1978 o La Transición vista desde el cuartel ( por Francisco José Martínez)

Mi querido amigo y colega Francisco José Martínez, catedrático de la UNED y miembro siempre activo de la FIM ( Fundación de Investigaciones Marxistas), me ha enviado este largo comentario sobre 1978– un dietario, que se suma a anteriores recensiones y reflexiones, y que transcribo a continuación, como siempre, muy agradecido:

«20 de Noviembre. Tercer aniversario de la muerte de Franco. Será difícil explicar en el futuro lo que esta figura ha representado para quienes nacimos en los años cincuenta. (V. Huici, 1978)

Recibo un libro de mi amigo Vicente Huici, Peli, titulado sobriamente 1978 y que se basa en un diario que el autor redactaría dicho año en el que concluyó su servicio militar en Madrid. El libro, por supuesto, es personal pero también es generacional y por eso me he sentido tan concernido por él. Huici y yo nos cruzamos en nuestras milis respectivas: yo, madrileño, la llevé a cabo desde julio de 1976 hasta septiembre de 1977 en el País Vasco y Navarra, Vitoria y Estella,- siguiendo, por cierto, los crímenes perpetrados en Vitoria y Montejurra por la policía y los carlistas ultras, siendo Fraga el ministro del Interior -, mientras que Huici, pamplonica, la llevó a cabo en Madrid, Alcalá y Leganés, entre 1977 y 1978. En el texto se recogen reflexiones que conjugan la experiencia personal con la experiencia colectiva de nuestra generación y condición: intelectuales urbanitas de clase media nacidos en los años cincuenta. Temas como la familia, el ejército, la militancia política, el consumo ávido de cultura y la escritura como objetivo último se abordan de forma indirecta en este breve pero vivido texto.

En relación con la familia se ve en el libro la inserción del autor en la tradición familiar, con sus luces y sus sombras, pero reconociendo siempre lo que debe, como persona y como intelectual, a dicha tradición familiar en sus dos ramas. En una época en que se fomenta la ideología del individuo como alguien que no debe nada a nadie, que no reconoce ninguna deuda y al que le es todo debido, Huici reconoce humildemente lo que debe a su familia.

El libro relata el último año de servicio militar del autor en Leganés y la vida en esas condiciones tan especiales y tan difíciles de entender para los jóvenes que no han pasado por esa experiencia está en el centro de la narración. En el aspecto burocrático de contacto con los oficiales que tenían casi todos los intelectuales en sentido amplio en esas condiciones. Huici era maestro y además por su capacidad de dibujo tenía una relación privilegiada por los mandos. Por otra parte, la relación con los compañeros de clase y de instrucción expuesta a través de la relación de las conversaciones de todo tipo, políticas, culturales y personales y la diversión de comidas, bebidas y cuchipandas. Nuestra generación se formó básicamente a través de las conversaciones con los amigos y la diversión conjunta. Por último, el contacto con los jóvenes analfabetos a los que daba clase para obtener el graduado escolar, por los que muestra un gran afecto y de los que recuerda cuando se va su lealtad y solidaridad.

He de confesar que mi experiencia fue muy parecida. No tanto en la relación con los mandos ya que yo no ocupé cargo alguno en los destinos que tuve, como en el intercambio de experiencias con los compañeros, especialmente con los procedentes de las capas más populares. Y aquí se encuentra unos de los aspectos para mi más enriquecedor de mi experiencia militar: el convivir con tipos humanos que yo solo conocía por los libros. En el grupo de los Franciscos, en Estella – nos ordenaban por el nombre y no por el apellido – conocí un espectro amplio de chicos procedentes de las capas más populares.

Lo primero que extrañaba era el elevado número de analfabetos que había en los años setenta entre la juventud española. En mi compañía que era especial, era la Compañía de Escaladores y Esquiadores de la Sexta División Navarra, compañía que tuvo sus orígenes en una compañía gemela fascista italiana, entre 200 soldados había casi 30 analfabetos totales. Yo conocí allí a jóvenes, yo llegaba ya con varias prórrogas, es decir con 24 años, la edad de los  tenientes recién salidos de la Academia, mientras que la mayoría de los reclutas no llegaba a los 20 años, jóvenes con vidas de libro. Uno de un pueblecito de Jaén contaba que eran tres hermanos jornaleros y albañiles según la época del año que tenían una casita en el pueblo, un piso en Jaén y una moto y que vivían en una economía de comunismo primitivo, excepto el más joven que se iba a casar y guardaba lo que ganaba para él. Otro procedente de un pueblo de Córdoba era un mecánico que había estudiado con los salesianos y era un cuadro medio. Por último, al final de la mili hicimos unas maniobras en Montejurra donde a nosotros nos tocó hacer guardia durante periodos de cuatro horas para que el enemigo no rompiera las líneas defensivas. Tan largo tiempo lo empleé en leer uno de los libros más aburridos que he leído, los Principia Ethica de G. E. Moore, y en conversar con un chico que vivía en Barcelona procedente de un pueblecito manchego. Este joven me contó cómo llegó un conocido al pueblo y les dijo que en Barcelona había mucho trabajo y primero fue el padre y el mayor y al final toda la familia se estableció en Barcelona. Me quedé de piedra cuando este chico de apenas 20 años me confesó que tenía una lesión de columna y que si en algún momento se quedaba inútil se “caería” del andamio para no ser una carga para su familia. Mi compañía estaba compuesta la mitad por gente de Madrid y la otra procedente de Barcelona, la mayoría charnegos. Allí en las animadas conversaciones se producía una formación mutua en la que los más avispados aconsejaban a los otros en temas sexuales, políticos y de todo tipo. Hay que tener en cuenta que para muchos de ellos esta era la primera vez que salían de su pueblo y el contacto con gente de procedencias y culturas muy diversas era por un lado un poco angustiante pero por otro también enriquecedor por poder acceder a otras experiencias y tradiciones.

La mili con su exigida mescolanza de gentes de diversas clases sociales y distintas procedencia geográficas y culturales era una buena ocasión para los jóvenes intelectuales urbanitas como nosotros para llegar a la conciencia de que no dejábamos de ser “una burguesía progre emergente”, progre sí, pero también y muy esencialmente, burguesía. El localismo de los reclutas se veía muy bien en la comida, cada uno solo comía lo que conocía y se traían comida de su pueblo. Para mí esa fue una experiencia muy enriquecedora ya que ha sido junto con mi corta experiencia de trabajo como ingeniero la única vez que he tenido una relación más o menos intima con gentes procedentes de medios no intelectuales. No puedo concluir esta breve reflexión sobre el ejército sin confesar que no comprendo cómo se puede ser republicano sin defender junto a la elección democrática del Jefe del Estado la existencia de un ejército popular y de algún mecanismo de redistribución de la riqueza. Estos tres elementos han sido esenciales en todas las experiencias republicanas clásicas desde la griega y la romana hasta el republicanismo del siglo XIX, pasando por el humanismo cívico de las ciudades italianas renacentistas exaltado por Maquiavelo. Esta es una más de las innumerables asignaturas pendientes que la izquierda tiene olvidadas pero que no deja de tener su importancia como vemos en la actual revisión del tema del servicio militar obligatorio que algunos países europeos esté comenzando a traer de nuevo a la palestra.

Las reflexiones de Huici tienen como segundo tema esencial el contexto histórico de la época con la supervivencia del franquismo enquistado en los aparatos de Estado y la cuestión del terrorismo etarra que Huici como historiador y como político seguía muy atentamente. Hay que tener en cuenta que nuestro autor se podía haber convertido en unos de los intelectuales de referencia de la izquierda radical vasca por su formación y sus capacidades pero su fuerte tendencia hacia la escritura y el hecho de que, como él mismo dice en una ocasión, su vinculación con la izquierda radical vasca era más emocional que política, le hizo centrarse en su verdadera vocación que era la enseñanza y sobre todo la escritura. En sus comentarios se ve la crítica de las actuaciones, muy duras y continuadas durante ese año de los milis de ETA, y su apoyo a las tendencias más pactistas como la de los poli-milis. De esa manera no deja de lamentar que precisamente fueran los más proclives a la negociación con el Estado los que fueran asesinados por sus compañeros más radicales, alentando la sospecha de la confluencia entre las tendencias más militaristas de ambos bandos, ETA y el Estado, para mantener la lucha armada, unos con el objetivo utópico de una Euskadi independiente y socialista y otros con el objeto de utilizar el pretexto del terrorismo para controlar y disminuir los nacientes logros democráticos. Es un tema que alguna vez habría que analizar con acribia y desapasionamiento. Un nacionalista moderado como el autor no tiene inconveniente en resaltar un artículo de Sánchez Ferlosio que oponía con motivo de las celebraciones comuneras de Villalar de ese año los narcisismos alternativos de las nacionalidades como reflejos especulares del nacionalismo español. Huici, como lo más serio de las izquierdas vascas, siempre ha tratado de conjugar marxismo y nacionalismo, articulando la cuestión social con la cuestión nacional, en lugar de someter aquella a esta como ha sido la tendencia dominante hasta ahora de casi todas las corrientes que salieron de la constelación que giraba en torno a ETA.

Por último, la cuestión de la escritura. El texto es un diario, es decir, pertenece a un género literario específico. En el mismo se alude a diversas películas, obras de teatro y libros que fueron esenciales para él en esos años de formación en los que la lectura aparece como un refugio y la escritura como una necesidad; como un gusto convertido casi en obligación; como una disciplina necesaria. Las lecturas esenciales en ese año fueron Baroja, Flaubert, Pla y Umbral; más o menos las mismas que las mías, excepto la de Pla al que todavía no me he acercado, siendo su lectura una de las innumerables asignaturas pendientes que aún tengo. Comparto con el autor su devoción por Umbral al que yo también leí desde esos años hasta su muerte. Su estilo acerado y penetrante era capaz de abordar cualquier tema, banal o esencial, con profundidad y humor al mismo tiempo. La escritura, para Huici, no solo era un placer y una disciplina sino que le ayudaba a refrenar la velocidad del pensamiento por su menor velocidad en el tratamiento de los temas. Importantísima la alusión de Pla a la necesidad de conjugar los sustantivos y los adjetivos, especialmente para autores que como los filósofos, sociólogos e historiadores casi no usan adjetivos y mucho menos adverbios. Huici como escritor se confiesa como “más adicto a la copa corta que al trago largo”, cosa que se ve en su producción centrada en los cuentos y especialmente en los haikus, esos prodigios de concisión y profundidad en los que nuestro autor es un maestro.

Concluyo esta breve nota animando a la lectura de estas páginas a los de su quinta para que recuerden su juventud y a los más jóvenes para que se acerquen a esta crónica de la Transición escrita desde la observación participante de ese gran sociólogo y literato que es Vicente Huici».

Publicado por

Vicente Huici Urmeneta

Sociólogo, neuropsicólogo y escritor.

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