
Maite Moñux, activa participante del Seminario de Escritura Autobiográfica que coordino, me ha hecho llegar este precioso texto que recoge un aspecto singular de la vida cotidiana de barrio, y que reproduzco aquí y con mucho gusto:
MARTES DE BARRIO
«El martes siempre llega sin hacer ruido, como si supiera que lo estamos esperando. A veces pienso que el barrio también lo sabe. Hay algo en el aire esos días, una especie de entusiasmo, inquietud y nerviosismo, como cuando alguien regresa a casa después de haber estado demasiado tiempo fuera.
Durante años me moví por otros ambientes más encorsetados, otros círculos, otros ritmos. Tediosas reuniones de empresa. Cafés donde las conversaciones eran más formales. Siempre trataba con gente seria que parecía tener prisa por ir a algún sitio. No era un mal mundo, pero no era el mío. Yo creía que sí, me había instalado en él y me sentía a gusto. En realidad era como llevar una chaqueta que te han prestado para una fiesta, pero que nunca llegas a sentirla propia.
Y sin embargo, de pronto, casi sin darme cuenta, volví al barrio.
No fue un plan premeditado, ni una decisión solemne. Todo empezó con un encuentro con una amiga de la juventud en una comida de hermandad, un saludo en la calle, una conversación breve en la panadería, un “¿te acuerdas de…?” que abrió la puerta que estaba cerrada desde hacía años. Detrás de esa puerta estaba todo, las caras conocidas, las voces de siempre, la forma sencilla de entender la vida.
Ya somos un grupo de doce personas. No siempre estamos todos. Los martes por la tarde nos juntamos para cantar, habaneras y bilbainadas. Nada demasiado formal, un pequeño ritual que ya forma parte de nuestra semana.
Primero en un bar, luego en otro. En concreto dos bares del barrio que parecen hechos para eso. Mesas de madera desgastada, vasos que tintinean suavemente y el murmullo de la gente que se va callando cuando empezamos a entonar las primeras notas.
Las habaneras tienen algo de mar. Cuando las cantamos, parece que la voz se mueve como una ola suave, lenta, con ese ritmo que invita a cerrar los ojos por un momento. Luego están las bilbainadas, más nuestras, más de aquí, más de calle y de cuadrilla. Se cantan con una sonrisa que empieza tímida y acaba iluminándolo todo. Las canciones se repiten cada martes, sin embargo, nunca suenan igual.
Lo curioso es quiénes somos. Está la panadera, que tiene las manos siempre tibias, como si acabara de sacar pan del horno aunque lleve horas fuera del obrador. Cuando canta, lo hace con una voz sorprendentemente firme.
El profesor, es el más joven. Al principio parecía el más serio de todos. Llegó un día invitado por una vecina, se sentó discretamente en una esquina y durante un rato solo escuchó. Pero cuando por fin se animó a cantar una bilbainada, resultó que conocía todas las letras, incluso las más antiguas. Comentó que había entonado muchas de esas melodías con su padre, en el txoko.
Luego está el aparejador, que tenía un negocio de construcción y es quien ha mejorado y rehabilitado los locales y pisos de medio barrio. Tiene una forma divertida de explicar las cosas y siempre cuenta alguna anécdota. Además de ser mi vecino, es el director del coro, y viene acompañado de su mujer.
El administrativo que trabajó en el concesionario de coches donde yo llevaba mi vehículo a arreglar, también custodiado por su mujer. El jubilado que conoce todo el barrio, la mujer que siempre trae caramelos de menta en el bolso, el que llega tarde pero canta más fuerte que nadie, así hasta completar la cuadrilla.
No somos extraordinarios. Y tal vez ahí esté la belleza de todo esto. Cuando cantamos juntos ocurre algo curioso. Las voces, que por separado serían sólo voces normales, se mezclan y crean algo que parece más grande que nosotros. No es un coro perfecto, ni pretendemos serlo. A veces alguien entra antes de tiempo, otra persona se equivoca en la letra, y siempre hay quien se ríe a mitad de la canción, pero nadie se enfada, al contrario, esas pequeñas imperfecciones son parte de lo que nos une.
Después de cantar llega uno de mis momentos favoritos de la noche, las charlas.
Las mesas se llenan de vasos, las sillas se acercan un poco más, y la conversación empieza a rodar como una pelota que nadie quiere detener. Hablamos de todo, del barrio, de cómo ha cambiado la vida, de la actualidad, aunque evitamos los temas políticos.
El profesor habla de cómo piensan y actúan los jóvenes. La panadera cuenta que cada vez hay menos gente que compra pan a diario. El aparejador explica cómo las ciudades crecen y cambian de piel. También recordamos a nuestros padres, porque casi todos los conocíamos.
A veces participo, pero otras muchas veces prefiero quedarme observando la escena. Las caras iluminadas por la luz cálida del bar, las manos que se mueven al hablar, las risas que estallan sin aviso. Entonces pienso en lo curioso que es todo.
Durante años creí que avanzar significaba alejarse. Ir a otros sitios, conocer a otras personas, moverse en ambientes distintos. No me arrepiento de haberlo hecho, porque también aprendí mucho allí fuera. Pero ahora entiendo algo que antes no veía, la esencia no se pierde del todo. Puede quedarse dormida, escondida bajo capas de tiempo, de experiencias nuevas, de caminos distintos, pero sigue ahí, esperando. Y un día, casi sin avisar, vuelve.
Eso es lo que siento cada martes cuando caminamos de un bar a otro entre canción y canción. Las calles del barrio parecen mirarnos con complicidad, como si dijeran: “Ya era hora”. Yo sonrío, porque sé que es verdad.
He vuelto a encontrar ese sabor que nunca debía haber perdido. El sabor de lo cercano, de lo sencillo, de las personas que no necesitan aparentar nada. He vuelto al barrio.
Cuando salimos del segundo bar, la noche suele estar ya tranquila. Algunos se despiden en la esquina, otros siguen caminando juntos un rato más. Siempre hay alguien que dice:
-El martes que viene, ¿no?
Y todos respondemos casi al mismo tiempo.
-Claro.
Porque ahora sabemos que esos martes no son sólo una costumbre, son una pequeña forma de volver a casa».
(c) Maite Moñux