
(M.S-O)
Por fin, algunos responsables políticos han reconocido públicamente que no hay condiciones para lo que denominaron Nueva Normalidad.
Lo han hecho después de estar dando la murga durante casi dos meses en los que, además, han confundido, interesadamente o no, la normalidad social con sus usos y costumbres , con los ritos de la realidad institucional, constituída esta en el eje fundamental de su argumentación: pues , en efecto, nada articula más la normalidad política en una democracia que unas elecciones a fuer de realizadas contra viento y marea, y probablemente con buenas intenciones.
Pero, así como el hábito no hace al monje,la normalidad institucional no implica la análoga social, y tanto más cuando se materializa en el periodo más anormal del año cual es el verano, con sus fiestas patronales, sus viajes y sus vacaciones.
La falta de constatacion de esta empiría social , sumada a las exigencias económicas de la Vieja Normalidad ,y multiplicada por la presión colectiva acumulada durante el confinamiento, ha convertido la desescalada en una ocasión para el desmadre , un desmadre legitimado por una educación mayormente dirigida por tecnócratas para quienes valores como la «responsabilidad individual» resultan obsoletos.
Y así parece que nuestros gobernantes han apostado sin mucha estrategia por la táctica del «ensayo y error», exigiendo de la ciudadanía lo que nunca se le había inculcado, y culpándola después de no merecerse una Nueva Normalidad.
Consecuentemente, ante esta muestra de indisciplina social es más que probable que vuelva a sonar el cornetín y que, como ya se ha adelantado, se decrete un toque de queda . Quizá ya no hay otra alternativa para que la situación no se deteriore más. Pero sería muy conveniente no olvidar lo ocurrido y tenerlo en cuenta cuando se alcance algún tipo de Normalidad.
Una Normalidad que no sea como esta Nueva Normalidad que , como suele decir el escritor navarro Miguel Sánchez- Ostiz, ha sido más falsa que un amadeo…








