


Resulta difícil aceptar que ya no se volverá a algunos lugares que resultaron particularmente atractivos, incluso particularmente significativos, a no ser que, por fin, se haya encontrado, como le ocurrrió a Robert Louis Stevenson, una tierra, en este caso unas islas, que ya no se pueda abandonar después de haberla conocido. Claro que Stevenson era un rentista con complejo de culpa y tuberculoso – y muy listo y magnífico escritor, of course.
Pero ya que mayormente no podemos retornar en el espacio, parece que sí lo podemos hacer en el tiempo – que todo lo subsume según el amigo Kant. No por supuesto en el tiempo cronológico que se zampa todo, si no en la duración, esa forma del tiempo que se deslocaliza y se presenta como momentos – «momenticos» en mejor léxico de un amigo pamplonica.
Momentos, sí, que permanecen en la memoria y cuya rememoración parece integrarnos o acaso disolvernos en la corriente de eso que llamamos la vida.
De las últimas semanas guardo muchos de esos momentos: un atardecer entre algarrobos volviendo hacia Módica; la luna llena sobre el barrio de Chiafura de Scicli; el baño en las limpias aguas de Vendicarí; el sabor del primer expresso en el Café Sicilia de Noto…Pero si tuviera que quedarme con uno solo, reinvindicaría el sabor largo y profundo de la limonata artisanale que tomamos en una tasca junto a los hipogeos de Cova d´Ispica.
Y para tí, querido lector, querida lectora, mon semblable, mon frére ( y ma soeur), ¿ cuáles han sido tus últimos «momenticos»?

Hoy he dado un largo paseo, de nuevo con Mikel: parece que lo de pasear y trastear en FACEBOOK (y viajar de vez en cuando y no precisamente a Benidorm) es la alternativa ilustrada al «ir a ver obras» de la generación jubilar anterior.
Hoy Mikel estaba particularmente trascendente y apodíctico , y , mientras sorteábamos bicicletas por Zorrozaurre, ha sacado un papelito y me ha leído una frase que llevaba escrita y que decía así :“La única sustitución que se produce tras la muerte del Hombre conduce al establecimiento del Sistema. Se sustituye un equívoco absoluto por una evidencia unívoca. Se desiste de empuñar una abstracta antorcha lingüística ( El Hombre) y se acepta sobre la espalda el peso de una evidencia con la que hay que pactar ( El Sistema)”. Como todavía no me había tomado el segundo café matutino me he quedado mudo. » Es del Manifiesto subnormal, de Vázquez Montalbán, o sea ¡ de 1970!» ha dicho cabeceando.
Le había dado y de hecho ha continuado a buen ritmo: «¡Qué gran verdad! Y qué estupidez retrógrada la de quienes parafraseamos “la muerte del hombre” poniéndonos al pie de los caballos del Sistema. Acaso no fuimos sino los mamporreros de la nueva forma de poder que se iba asentando. La pregunta , una vez más , debería haber sido “Qui prodest?”, pero obnubilados por el estructuralismo y la posmodernidad, nos sumamos a un carro que , sin saberlo, corría en la dirección contraria a la que, supuestamente, queríamos ir»
«Y, tú, querido compañero»- ha soltado deteniéndose y apuntándome con el dedo- » antiguo y solícito camarada ¿ no estarás ahora mismo haciendo algo parecido con todo ese lío que te traes con el “zoon elektronikón”? , ¿ con esa crítica del mundo virtual, que a lo peor no hace sino señalar los caminos de su perfección? Sin duda, el saber fortalece el poder, porque al cabo el primero es abducido por el segundo para su mayor efectividad.»
He asentido y he quedado en que me lo pensaría- y claro que me lo voy a pensar.
N.B. A la vuelta de Zorrozaurre , la Gaviota del Ensanche me ha dejado su marca en la camisa en una acción quizá premonitoria…

Hoy, mi vuelta cotidiana ha transcurrido por el Paseo de Abandoibarra. Al llegar a la altura del museo Guggenheim casi nunca paso por debajo de la llamada «araña» de Louise Bourgeois, porque por lo general está ocupada por gentes diversas, haciéndose fotos de familia, comprobando con pequeños golpes la solidez de las patas o exclamando «¡Oh! y/o ¡Ah! ante el tamaño de los huevos que en una bolsa ad hoc penden de la susodicha.
Siempre me ha extrañado el carácter festivo que rodea a esta escultura que en realidad tiene por nombre «Maman» ( «Mamá») y que según el catálogo fue construida «en homenaje a su madre, capaz de tejer la tela de los afectos y también quedar atrapada en ellos» en un contexto de «reflexión plástica sobre temas profundos y dolorosos de la naturaleza humana», que era el contexto habitual de Bourgeois según se puede percibir claramente en la exposición ahora vigente en el interior del museo.
La distancia entre la recepción festiva y la intención dramática solo puede comprenderse en un medio en el que el arte se ha convertido en un mero espectáculo de masas – casi televisivo por su buenismo- y en el que se ha obviado la Historia del Arte. Otro ejemplo al respecto es la percepción que se puede observar en la mayoría del público que acude a la exposición sobre el Hiperrealismo sita en el Museo de Bellas Artes: sin Historia del Arte el Hiperrealismo se convierte en un Realismo Tonto que también provoca sus correspondientes ¡Oh! y/o ¡Ah! ante la verosimilitud del vello púbico de algunas de las esculturas ( ¡ y mira que hay que mirar!).
Si viviéramos en tiempos en los que la crítica del arte ( y de la literatura) no respondiera a encajes endogámicos, alguien podría alzar su voz y gritar con todas sus fuerzas FAKE! , ¡FALSO!, pero no dirigido a la amargada ( y con razón) Louise Bourgeois sino a quienes se toman a chirigota todo lo que le ha costado ordenar su dolor ( 22 toneladas de bronce, acero inoxidable y mármol) .
La insistencia de Mikel en quedar en el Iruña siempre ha tenido su sentido. Aquí nos conocimos en los años setenta y él continúa viviendo en aquellos años por mucho que se acabe de jubilar. Regresar a estas mesas – como a las de La Concordia , si fuera posible- es regresar una y otra vez a una situación originaria y por ello hipersignificativa. Sin duda aquellos años fueron muy importantes porque fueron los años del descubrimiento de la política, de la sexualidad, del sentimiento generacional, de la música…pero ¿tan importantes? Luego ha transcurrido mucho tiempo , casi cuatro décadas. Pero Mikel continúa escuchando música de aquellos años, le siguen gustando los films de la época y todavía le parece sentir la fuerza que acompañaba a aquellos conciertos multitudinarios o a aquellas manifestaciones radicales.
Puede ser que todo obedezca a una nostalgia de la juventud, con todo lo que ello conlleva: cierto adamismo, primeras sensaciones, descubrimientos iniciales e iniciáticos…Pero, ¿por qué esta vuelta de la mirada casi sistemática y obsesiva hacia aquellos años?
No sé, quizá le pesen los muertos, nuestros muertos. El Oso, el Grampo, La Rubia, Cuchillito, etc. Y cierto deseo de “decir” de ellos como comenta Roland Barthes. Pero los muertos suelen pesar como culpa, están vivos como culpa. Entonces ,¿ es culpa lo que mueve esta insistencia? Pero, ¿qué culpa? ¿La de haberles “traicionado”? ¿La de haber comprendido que aquello que defendíamos era algo imposible estratégicamente y que obedecía más a un instinto táctico cruelmente dirigido por fuerzas ajenas a nosotros mismos?
Por ejemplo, saber que que los servicios secretos potenciaron a la ultra-izquierda para combatir la infuencia del Partido Comunista. O que los conciertos multitudinarios terminaron por ser un gran negocio. O que los hippies adelantaron las pautas narcisistas de la sociedad de consumo.
La bala que mató a Germán Rodríguez en julio de 1978, y que tanto le ha obsesionado a Mikel como imagen de un enfrentamiento final, no sería, a estas alturas sino la bala de plata del ajuste que el poder decidió establecer en plena transición entre la izquierda política y los movimientos sociales. Algo así como: “Este es el límite de lo que podéis hacer. Más allá os encontaréis con la violencia legítima del Estado”.
O sea, que de alguna manera esa culpa es una culpa por no haber muerto en “los buenos momentos”, cuando la utopía , convenientemente adobada por nuestro judeocristianismo basal, todavía continuaba vigente, y así, por ejemplo, no haber tenido que ver tantas “ reconvensiones”. Reconvensiones de estudiantes troskistas, de mecánicos maoístas, de profesionales estalinistas en empresarios (muy) adinerados. Culpa por haber asumido que “ para que nada cambie todo tiene que cambiar” , aprovechando los márgenes estrechos de la movilidad social de la Transición.
Algo que ya estaba explícito el El Gatopardo, pero también en La educación sentimental…y que probablemente ya está esta por aquí , en alguna novela perdida aunque famosa.
Pero Mikel insiste: » Nadie podrá impedirme que escuche todas las veces que quiera «Smoke on the water» ( de Deep Purple, añado yo para los menores de sesenta)

Llevo siguiéndole un par de calles. Es un hombretón calvo y fuerte que camina ágilmente leyendo un libro mientras sortea con habilidad peatones y coches ( y bicicletas).Le sigo porque cada vez es menos habitual ver a alguien leyendo un libro en papel ( ¡qué cosas hay que llegar a decir!) y todavía menos con tanto interés.
Por fin se ha detenido – no sé cómo- en un semáforo, y he podido ver el título del libro que tanto mantiene su atención: La saga-fuga de J.B., de Gonzalo Torrente Ballester. Y no me he extrañado, pues abrir una obra así es entrar en un mundo del que es difícil salir.
En efecto, Gonzalo Torrente Ballester, compartiendo historia con muchos y muchas de su generación, se apartó de su primigenio filo-franquismo, y poco a poco, entre excelentes crónicas periodísticas y varias derivas narrativas de cierto éxito – como Los gozos y las sombras, en su momento serie de TVE- fue preparando esta monumental obra, Premio de la Crítica en 1972, que permanece oculta entre la marea continua de novedades.
El lector peripatético ha continuado su camino pero yo ya no le he seguido, una vez satisfecha mi curiosidad. Aún así queda para el misterio cómo alguien, tantos años después de su publicación, ha podido dar con este libro que es uno en los que más claramente se manifiesta esa posibilidad que da la literatura de crear un mundo totalmente significativo desde sí mismo. Alguien que ya está conociendo el gozo de entrar en un sombra todopoderosa, la sombra del lenguaje que aclara porque ordena y a la que renuncian muchos seres humanos en favor de un realismo visual tan tramposo como ingenuo.
Frente a la impresionante iglesia de San Giorgio de Ragusa Ibla, se extiende la larga Piazza del Duomo ,y en su extremo izquierdo el paseante se encuentra con un edificio modesto y discreto , casi siempre cerrado, en el cual figura la siguiente inscripción: Circolo di conversazione.
Se supone que es el lugar en el que la aristocracia ragusana ( masculina, por supuesto) se reunía para intercambiar opiniones y llegar a posibles acuerdos en un ambiente distendido.
Para quienes no somos ni aristócratas ni ragusanos, ni vivimos en el siglo XIX, la curiosidad sobre este edificio radica en su mismo nombre pues evoca la igualdad casi geométrica de unos pocos iguales frente a muchos desiguales.
Con el tiempo los muchos desiguales fueron creando sus propios círculos ( obreros, campesinos, ciudadanos, mujeres…) y terminaron en muchos casos por enfrentarse a los hasta entonces pocos iguales, pero la marca , en su dimensión geométrica, ha continuado teniendo su vigencia como es manifiesto en los edificios públicos que todavía sirven de palestras. Y esa marca, occidental por excelencia, es la marca del «homo aequalis» frente al «homo hierarchicus» que tan bien matizara en su momento el antropólogo Louis Dumont.
Y de todo esto doy buena cuenta cuando me llevan a la última cena en el ristorante-pizzería Convivio de Módica que de buena gana me llevaría en la maleta ( Salvo incluído) y que durante estos días ha sido nuestro verdadero circolo di conversazione…

La Cava d´Ispica, en los alrededores de Módica, es una larga cárcava de la que la autoridad museística de Sicilia permite visitar un recorrido de un par de kilómetros, ya que el resto se encuentra en diversas fases de excavación. Este recorrido, en realidad, cubre un amplio hipogeo con un sinnúmero de tumbas que ha sido utilizado y reutilizado en muchas ocasiones a lo largo de los siglos. Fue primero, como se ha dicho, cementerio y catacumba cuando los cristianos vivían en la clandestinidad, luego en la época tardorromana una parte se reconvirtió en gimnasium desalojando a los consiguientes muertos; en la Edad Media nuevos desalojos fueron aprovechados para construir hasta cinco pisos de viviendas. Pasaron los años en los que , como dejó muy claro Montaigne en sus libros de viajes, la antiguedad no era referente de casi nada y llegaron los de Goethe y los románticos en los que se comenzó a excavar media Europa buscando identidades ocultas. Fue entonces cuando se comenzó a valorar todo lo que había ocurrido entre estas altas paredes.
Sin embargo, a mí lo que más me ha sorprendido ha sido esa alternancia un tanto natural entre vivos y muertos, algo que hoy hemos perdido confinando la muerte a la profilaxis de los hospitales y las funerarias.
En el libro que continúo leyendo a trancas y barrancas, Robert Louis Stevenson cuenta el caso de un aborigen hawaiano que habiendo contraído una enfermedad mortal, cavó frente a la puerta de su choza su propia sepultura, se metió en ella y estuvo comiendo, bebiendo y durmiendo ( y fumando y charlando con todos los que por allí pasaban) hasta que definitivamente se murió.
Buena lección para quienes siempre quieren parecer jóvenes y están aterrados por el paso de un lapso de tiempo que resulta ridículo en comparación con el tiempo geológico de, por ejemplo, esta profunda y larga Cava d’Ispica.

En la primavera de 1959 un grupo de intelectuales italianos vinculados al PCI visitaron el barrio «de las cuevas de Chiafura» de la localidad siciliana de Scicli. La misión de aquella visita fue doble: por un lado querían constatar una forma de vida troglodita en pleno siglo XX; y por otra parte deseaban solidarizarse con aquellas personas que sobrevivían sin agua corriente ni suministro eléctrico. En las fotos que han quedado de aquella visita se ve a un Pier Paolo Pasolini con un traje impecable y encorbatado charlando con unos ragazzi en camiseta, a María Antonietta Macciocchi escuchando a unas señoras oscuras vestidas de negro ,o a Carlo Levi fumando mientras toma notas en el interior de una de las cuevas. Resulta evidente que aquellas gentes vivían en el siglo XIX como también vivían en el mismo siglo quienes disfrutaban de los palacios aristocráticos que se extendían a la vuelta de la esquina- más concretamente a la vuelta de la Iglesia de la Inmaculada que cerraba el barrio.
Hoy en día, el barrio de Chiafura comparte las covachas con unas humildes casas provistas sin duda de agua corriente y electricidad ( a juzgar por el número incontable de antenas de televisión), pero el núcleo central de Scicli se ha puesto de moda. Así la calle Francesco Mormina comienza con » la comisaría de Montalbano» y finaliza con la «Farmacia de Montalbano» y a lo largo de ella se suceden palacios e iglesias con visita de pago, salteados por boutiques de ropa cara, restaurantes de pro y heladerías con pie de página, concitando la atención de una buena muestra de la pijería autóctona. Por lo demás, se intenta mantener una cierta imagen de sicilianidad al modo de un pequeño Pals, pero el deseo de hacer negocio- en este caso, «el agosto»- es tan manifiesto que provoca una cierta repulsión: está bien pagar por un servicio y hasta pagar mejor por un mejor servicio, pero sentirse carne de guiri al que darle la clavada y despedirle cuanto antes no es de recibo.
Scicli puede morir de exito – que tomen nota quienes quieren copiar el modelo en otros lares. En fin, hoy no vamos a cenar aquí, nos tomaremos tan sólo una cerveza- hoy probaré la Semedorato a ver qué tal es a fuer de siciliana. En la mesa de al lado unos yankis vociferan. Seguro que no tienen ni idea de que a no menos de un kilometro sigue existiendo Chiafura.
Escudo de Blanca I de Navarra
Hoy, por fin, he podido comer una caponata, un guiso a base de berenjenas, apio, tomates, olivas y alguna que otra alcaparra, que es, para mí, un resumen perfecto de la comida siciliana.
He acompañado la caponata de una gran salchicha fresca a la plancha que recordaba mucho a la butifarra catalana. Según dice Leonardo Sciascia, el Reino de Aragón dejó por estas tierras, entre otras muchas marcas más olvidables, la marca gastronómica ,y así es fácil que te ofrezcan para comer lentejas , garbanzos, o chocolates inspirados en los turrones de Alicante o, incluso, una variante del resolí catalán.
En cualquier caso, la caponata de hoy ha caído frente al Castello de Donnafugata, muy cerca de Ragusa. La etimología dice que el topónimo viene de la corrupción del árabe «Ayn as Jafat» – fuente de la salud- que se convirtió en Ronnafugata, italianizándose luego como Donnafugata. La leyenda, sin embargo, cuenta que en este castillo estaba encerrada Blanca I de Navarra, reina consorte de Sicilia y viuda del rey aragonés Martín el joven, y que siendo requerida a casarse por la fuerza con Bernardo de Cabrera para convertirse este a su vez en rey, huyó hacia la corte navarra en 1415, de donde el castillo paso a llamarse de «donna fugata» o sea Donnafugata.
Todo esto nos lo ha contado don Augusto, un sesentón hiperactivo de pelo cano que regentaba la trattoria y que nos ha obligado a sentarnos de nuevo en la mesa cuando ya nos habíamos levantado para pagar, porque nadie se podía ir de allí sin probar sus dolci, en este caso unos pequeños canoli rellenos de requesón y acompañados de una gelatina de canela que estaba para chuparse los dedos.