
Cada vez hay más gente que deja caer sotto voce que no se lo ha pasado tan mal durante la fase más dura del confinamiento, aquella en la que, salvo tener un perro, apenas si se podía salir de casa.
Por supuesto , hay excepciones, notablemente quienes han tenido que tirar de teletrabajo en cualquiera de sus ámbitos ( laboral o educativo, mayormente) y, of course, los miembros (y miembras) del mundo sanitario.
Se relatan al respecto jornadas gozosas, sin horarios, tomando el sol a traves de las ventanas abiertas, leyendo plácidamente en el sofá, viendo toda una serie de series , así como películas tan grabadas como almacenadas, disfrutando de los dímes y diretes familiares y conectando ( y desconectando: esto es muy importante) con «el exterior» próximo por medio de las diferentes aplicaciones electrónicas que, sumándose a las ya integradas en la vida cotidiana , han hecho su agosto.
Y claro, como el gozo, que al decir de Roland Barthes es un placer proactivo en su singular pasividad, no es por lo general de recibo en una cultura del trabajo , sino más bien síntoma de anormalidad o patología, en seguida ha habido hábiles dictaminadores que han recuperado para esta manifestación particular el viejo diagnóstico del «sindrome de la cabaña», antes vinculado a cárceles y hospitales.
Y así, como lo cortés no quita lo valiente, se ha ido extendiendo la idea de que el deseo de no abandonar este confinamiento gozoso , en realidad es un miedo inconsciente a salir de casa, ya en el borde del precipicio de la agorafobia…O, ¿ acaso no es lo normal, desear salir, sobre todo para consumir cuanto antes más y mejor- y de paso reactivar la econosuya?
No sé, pero desde lejos percibo la ceja izquierda levantada de alguno de aquellos buscadores de oro norteamericanos que solían pasar meses enteros en sus cabañas tan campantes, sin saber que eran la figura viviente del «retirado» de Thoreau, o del «anarca» que luego popularizaría Ernst Jünger…Tan ajenos todos ellos al «síndrome de la cabaña»…








