Pinchogareño

De siempre, a nada que doy una vuelta por España, de regreso me siento como estafado en mis patrias chicas del norte, no ya tanto por la consabida ausencia de tapas incluidas con la consumición, cuanto por los abusivos precios que he de pagar que de ocurrírseme invitar, podrían suponerme la ruina. De este modo, me acostumbré a manejarme en dos situaciones distintas: con jolgorio y alegría fuera de mi tierra, precaución y mesura arriba del Ebro, que por algo se llama Ebro y no Ebrio.
Pero, el pasado Septiembre, tuve la oportunidad de acercarme por Valencia donde, a parte de visitar la magnífica “Ciudad de las Ciencias y las Artes”, corroboré de nuevo, la impresión antes comentada de que, por donde yo me muevo habitualmente, a saber, de Barcelona a Santander, pasqando por Zaragoza, Pamplona, Vitoria, Donosti, Bilbao y Castro, se nos está haciendo pagar muy cara la afición de ir de pinchos por los bares, pues allí, en la cuna de la rica Horchata, en la terraza de una gran superficie tomarme una jara de medio litro de cerveza con un pincho de los que aquí te sacarian un ojo por mirarlos con intención, me costó unicamente dos euros. ¡Lo sé! Pensais que estoy exagerando. Yo tampoco me lo podía creer.
Si ya cuando voy a Valladolid – mi cuarta patria tras Castro, Portugalete y Estella – amortizo el viaje con las tapitas, en Valencia casi me pago el hotel. ¿Cómo es posible tan bajo precio, en terraza, en una gran superficie donde todo es más caro, y semejante cantidad y calidad? Lo primero que a uno le viene a la mente, es que se trata de una equivocación y que te han cobrado de menos, para después alarmarse porque pueda tratarse de una promoción especial para despachar la mercancía revenida del establecimiento; luego viene eso de que el local puede estar blanqueando dinero…Lo que nunca se te pasa por la cabeza, es que la pregunta que te has hecho no es la apropiada y que en vez de cuestionarte ese precio que te parece barato, lo que habrias de preguntarte es ¿ Cómo nos pueden cobrar lo que nos cobran por un culín de cerveza y una triste aceituna? ¡Y nosotros pagarlo!
¡Es verdad! ¿Cómo hemos pasado de la llevadera tradición de ir de pinchos todos los fines de semana junto a familiares y amigos, que salía más a cuenta que irse a comer a casa, a casi tener que domiciliar la nómina en la barra del bar para hacer frente a las deudas contraidas por dos banderillas que se te clavan en el bolsillo como dardos? ¡No lo sé! Es posible que con la moda de la cocina de la señorita Pepis y los premios que cada ciudad otorga a estas esquisiteces culinarias, los laureles se les hayan subido a la cachola y ahora obren en consecuencia y hasta ande de por medio la SGAE con los derechos de autor de las recetas. Claro que, todo ha ido en consonancia. Hoy es el día, en que los restaurantes de postín, esos que tienen cinco tenedores de los que de trincharte sales económicamente más estrellado que un huevo frito en la Guía Michelín, han visto el negocio de la cocina minimalista y al lado de una pincelada de solomillo con aroma de roquefort, aliñado con un suspiro de grosella, te lo describe el camarero por si no adivinas el sabor. A caso por ello, todavía nos resulte barato, como antaño, ir de pinchos los fines de semana, en lugar de acudir a comer de cuchillo y tenedor.
Fue tomando aquellas jarras de cerveza y zampando aquellos deliciosos bocadillitos de salmón con queso fundido, de revuelto de champis con gambas, jamoncito con lámina de foie gras…con la misma satisfación y ansiedad con la que se disfruta de una oportunidad que no sabes lo que va a durar – debe ser sensación parecida a la ancestral inclinación de comer fruta robada – que empecé a darle vueltas a dos ideas hasta que confluyeron en este nuevo concepto “pinchogareño” que aquí presento: La primera idea, tiene que ver con lo que siempre contaba mi madre, de que allá en Brasil, donde ella se ha criado, ni las pandillas de jóvenes, ni las cuadrillas de mayores, tienen por costumbre ir de bares; Hacen las fiestas en sus casas. La segunda idea está relacionada con el “Fenómeno del botellón” procedimiento por el que la juventud bebe cuanto quiere fuera de los locales a precios mucho más asequibles. Pues bien, la gente debería plantearse seriamente practicar el “Pinchogareño” consistente en que cada uno en su casa prepara su especialidad, pongamos mi caso “Raviolis de Parmesano aderezados con melocotón en almibar” yendo de casa en casa, para entre trago y trago criticarnos nuestras capacidades de envenenamiento. Así disfrutaríamos de las tres fases del rito de ir de pinchos: primero del encanto que supone pensar en los demás e intentar dar lo mejor de uno a la sociedad por medio de la elaboración personal nada más y nada menos que de la comida; segundo del propio deleite de lo trabajado entre todos en grata compañía y finalmente, del recuerdo en conversaciones de lo acontecido, bien para repetirlo o para evitarlo, en todo caso para mejorarlo. No tengo duda alguna que además de más sano y divertido, será mucho más barato. Porque hoy en día la expresión “ir de pinchos” casi podría traducirse como “ir de sablazo en sablazo”.
Una de dos, o los hosteleros o cuantos se enriquecen con sus alquileres o los Exmos Aytos con los impuestos, toman nota de cuanto aquí se ha expuesto y empiezan a poner precios anticrisis como han hecho ya en Vitoria con el famoso “Pintxopote a un euro” o la población se verá obligada a “ir de pinchos” por las casas, costumbre que de iniciarse ya no será reversible, toda vez los ciudadanos hayan probado su ahorro y la faceta lúdicosexual de la gastronomía, que como enseña la obra “Tomates verdes fritos” es una forma sutil que tienen las mujeres de penetrarnos a los hombres. Y no me negarán ustedes que de clavárnosla es mejor así que con un pincho.