Diario del covid-19 (23)

Acabaremos teniendo que pedir perdón por no dedicar el confinamiento a leer tochos de autores ignotos a 25 euros la pieza. O por no sacrificar nuestras retinas y nuestros cerebelos frente a las llamadas series de culto, denominación que suele querer decir que son tubos infumables producidos con el único fin de tirarse el moco. O, en fin, por no ser capaces de enriquecer nuestro encierro con todas las cosas elevadísimas para el espíritu a las que se entrega esa élite que muestra su desprecio por la zafiedad de las costumbres del populacho en estos días de clausura domiciliaria obligada.

Quizá hayan tenido la suerte de no cruzarse en las redes (que es donde ahora hacemos mayormente la vida dizque social) con estos individuos de mentón enhiesto y rictus, según los ratos, de asquete o de ironía ante lo que arrumban como costumbres bárbaras de la chusma. Yo, sin embargo, no paro de darme de morros con sus diatribas contra cualquiera de las iniciativas con las que los tipos corrientes y molientes tratamos de hacer más llevadero el chape. Enarcan la ceja ante los aplausos de las ocho, fingen erisipela cuando denuncian haber escuchado Resistiré o ¿Quién me ha robado el mes de abril?, se mofan de las pancartas caseras con mensajes de ánimo y, en definitiva, se retratan como los absolutos esnobs que son.

Diario del covid-19 (22)

Los números vuelven a darnos una bofetada. Otra vez más muertos y más contagios. Y eso, pasando por alto que los positivos son en función de la cantidad birriosa de test que se hacen y que empezamos a descubrir que hay caja B de defunciones. Menos mal que hemos entrado en la realidad dictada por decreto y propagada por los medios alpistados —una kilada a repartir entre Atresmedia y Mediaset; al resto, que nos ondulen con la permanén—, que son los mismos que dicen luchar contra los perversos bulos.

Pues que empiecen por el ombligo propio, porque nada más publicadas las cifras, andaba Ferreras contando que eran unos datos cojonudísimos, lo que confirmaban uno tras otro sus compañeros de francachela, incluyendo el presunto experto con el que conectan por Skype a pantalla completa. Por si cabía alguna duda, los creativos grafistas se habían currado una curva donde el aumento de fallecimientos aparecía como una cuesta abajo. Todo, después de haberse pegado la mañana entera poniendo de chupa de dómine al diario El Mundo por publicar en portada una escalofriante fotografía de varias filas de féretros ordenados alfabéticamente en la siniestra morgue que se ha debido improvisar en el Palacio de Hielo de Madrid. ¿Quién dice que esta pandemia nos va a cambiar a todos? Se ve que algunos son inmunes.

Diario del covid-19 (21)

Y ahora, unos nuevos Pactos de La Moncloa. No sabe uno si cogerla llorona o descoyuntarse de la risa. Aunque quizá lo que verdaderamente debería hacerse sería buscar la fe perdida en el fondo de un baúl, hincarse de rodillas y ponerse a rezar en bucle ante la evidencia de que quien se ha erigido en autoridad máxima para sacarnos de esta no sabe por dónde le da el aire. Dejando de lado que, por más melaza que les hayan echado Victoria Prego y los apologetas de la Inmaculada Transición, aquellos acuerdos fueron un timo de la estampita a quienes los firmaron de buena fe, hace falta tener rostro para reclamar su reedición a modo de patente de corso para hacer lo que a Sánchez y a Iván Redondo les vaya saliendo de la sobaquera.

Por supuesto que la salida de una crisis endiablada como esta requeriría un gran consenso más allá de las siglas o las instituciones que se represente. Pero la condición de partida es la lealtad, la sinceridad y la disposición a consensuar las decisiones o, como poco, a someterlas a debate de pros y contras. No es, desgraciadamente, lo que ha venido haciendo Sánchez. La penúltima prueba es que sus ocurrencias más recientes, lo del Arca de Noé y los test a tutiplén por sorteo las supieron antes los medios amigos que los responsables políticos a los que se les pide respaldo.

Diario del covid-19 (20)

Se comprende la necesidad de buenas noticias, pero no puedo evitar que me resulte obsceno celebrar una porrada de muertos y otra de contagios bajo el argumento de que es la menor cifra desde no sé cuándo. Soy el primero en mirar con ansiedad los datos cada mañana buscando una señal, pero creo que no está de más una gota de contención. Las grandes derrotas se cimentan demasiadas veces en levantar los brazos prematuramente.

¿Que el bicho me está haciendo más cascarrabias de lo que ya era? No lo niego. Y anoten otra muestra de acidez gástrica y mental: tampoco entiendo el milagro a punto de obrarse de la multiplicación de los panes y los peces, o sea, de las mascarillas y los test rápidos. En cuanto a los preciadísimos tapabocas, y al margen de los vaivenes sobre su efectividad real o no, ya quisiera uno saber cómo se las va a maravillar el gobierno español para obligar a su uso, como dice que estudia hacer, cuando, simplemente, es imposible conseguir una.

Claro que aun es más alucinógeno lo de las pruebas. Hasta hoy, ni siquiera se las practican a sanitarios que han tenido contacto estrecho con pacientes o compañeros que han dado positivo. Sin embargo, de repente nos anuncian que se las van a hacer a todo quisque, y de modo especial, a las personas asintomáticas. Estoy deseando verlo.

Diario del covid-19 (19)

Dos semanas más de confinamiento. “Pero relajando medidas», titulan algunos. “Sin descartar que haya que alargar el periodo hasta finales de mayo”, apostillan otros. Y seguro que lo uno y lo otro salió de los labios del presidente del gobierno español, con esa curiosa facultad para anunciar cosas diferentes en medio párrafo de distancia. Qué curioso ejercicio mental, por cierto, imaginar qué pasaría si el de las comparecencias oficiales tuviera gafas, barba blanca y un peculiar modo de pronunciar las eses. Como poco, las cañas serían lanzas y las lanzas, cañas. O sea, los que ahora echan espumarajos y tildan de inútil al jefe del Ejecutivo andarían pidiendo altura de miras y llamando a remar en la misma dirección. Y viceversa, claro. Los que aplauden con las orejas al líder máximo y tachan de antipatriotas a los que osan emitir cualquier crítica estarían exigiendo la dimisión inmediata.

A mi, francamente, me da lo mismo que me sermonee uno que otro, aunque agradecería un poco de consideración. Vamos, que no me tomen por más idiota de lo que ya me siento. De igual modo, no me pilla por sorpresa la prórroga del encierro, como tampoco me asombrará que vuelvan a largarlo. Temo que lo peor vendrá depués. Es decir, presiento que tras la noche, vendrá la noche más larga. Adiós, Aute. Gracias por tanto.

Diario del covid-19 (18)

Por si no tuviéramos bastante con la hemorragia diaria de datos sobre contagios y fallecimientos, ayer nos impactaron como una patada en la boca del estómago los de paro. Tan brutales como desgraciadamente previsibles. Y eso, que ahí no salen las millones de personas —decenas de miles en Euskal Herria— puestas en ese barbecho llamado ERTE, que no en pocas ocasiones solo será una pasarela hacia la tarjeta de desempleo definitiva.

Qué decir de quienes no aparecen ni en una ni en otra lista de damnificados porque ni siquiera gozaban de la condición de trabajadores por cuenta ajena. Pobres parias autónomas y autónomos, a los que no les queda más que bajar la persiana, seguir pagando la cuota y los gastos corrientes y callar. ¡Ay, si encima tienen algún currela a su cargo! Si lo manden a casa serán señalados como despiadados capitalistas explotadores. Y si pretendieran mantener la actividad, aunque fuera al trantrán, se les acusará de poner en peligro lo más importante, que es la vida.

¿La vida? Por descontado, pero versionando a Quintín Cabrera, qué vidas más diferentes, las de quienes están ya o se van a quedar en bolas y las de aquellos que tienen la absoluta certeza de que en ningún caso serán carne ni de paro, ni de ERTE ni de declaración de quiebra. Justamente, los que más lecciones dan.

Diario del covid-19 (17)

Conforme a lo previsto, España ha superado los 100.000 casos, con más de 800 muertos diarios. En Hego Euskal Herria hoy rozaremos —esperemos que sin sobrepasar— los 10.000 positivos y los 600 fallecidos. No deja de horrorizarme la facilidad que hemos adquirido para hacer tan siniestras previsiones y, por encima de todo, la normalidad con que manejamos semejantes cifras. Tampoco diré que es porque nos hayamos vuelto indiferentes. Creo, simplemente, que hemos perdido la perspectiva y que nuestra humana defensa es no profundizar demasiado. La paradoja es que casi nos aterran más los números pequeños, porque esos vienen con nombres y apellidos de círculos que se van estrechando sobre nosotros.

Por fortuna, hay un contrapeso al que abrazarnos como vía para la esperanza. Igual que lo extraordinario se nos ha vuelto ordinario, en el partido de vuelta, lo ordinario se demuestra extraordinario. Hablo, sí, de todas esas y todos esos profesionales que siempre habían estado cuidándonos y en los que ahora reparamos, pero también de vecinos anónimos que en estas circunstancias han revelado capacidades inesperadas incluso para ellos. Quede aquí constancia de mi admiración, por ejemplo, por la mujer que anima la tarde-noche de mi barrio pinchando discos desde su balcón. Y por tantos más que lo hacen menos difícil.