Rivera en Altsasu

Como a Altsasu le faltaban tocapelotas contumaces, ahora se le viene encima ser sede del penúltimo capítulo de la competición entre el PP y Ciudadanos por ver quién es más facha, más cuñao y más casposo. En realidad, es una especie de partido de vuelta, pues como guardamos en nuestra memoria de acontecimientos patéticos y causantes de rabia y vergüenza ajena, el Fuhrercín Casado ya eligió la localidad de Sakana para lanzar algunos regüeldos selectos cuando todavía era candidato a suceder a ese moderado que hoy nos parece Mariano Rajoy. En esta ocasión, es el turno del falangete naranja —Albert Rivera en el españolísimo carné de identidad—, que en su desesperada lid por recuperar el liderazgo de la carcundia hipanistaní, acaba de anunciar que el próximo 4 de noviembre montará su circo en el pueblo que, según brama, “se ha convertido en símbolo para los constitucionalistas que defienden la unión y la igualdad entre los españoles”.

Aparte de que hay que tener los dídimos cuadrados para sostener tal membrillez sobre un lugar en el que su partidillo no llega ni a pedo de monja, el figurín figurón termina de retratarse como el incendiario sin matices que todos sabemos que es. Al plantarse con una colección de sogas en casa del ahorcado, busca descaradamente que su presencia termine en trifulca que abra los telediarios y refuerce su condición de sacrificado héroe de la causa. Quizá por eso, merecerá la pena tragarse las humanísimas ganas de satisfacer su vocación martiriológica para evitar a toda costa que se cumpla su autoprofecía. Aunque cueste, el mejor desprecio hacia su provocación será no hacerle aprecio.

Pobreza para la foto

Algún día venceré mi natural tendencia a la pereza y haré el ránking de los “día de” más estomagantes y pedorros. A la espera de ese ímprobo trabajo clasificatorio, estoy seguro de que aparecerá en los primeros puestos el que celebramos —porque este no se conmemora— ayer bajo la pomposa denominación Día mundial para la erradicación de la pobreza.

¡Qué hartura, señor, de datos absolutamente contradictorios y siempre indemostrables sobre el número de pobres en Euskadi, en España, en el Planeta Tierra, en el Sistema Solar o en la Vía Láctea! Tiene uno la impresión de estar asistiendo a una subasta de desgraciados o a un concurso de cantores del infortunio. Siempre ajeno, claro, porque ahí es donde queda retratada la inconmensurable falacia. Con excepciones dignas de loa, quienes pontifican sobre la miseria de los demás son tipos y tipas —no me cansaré de repetirlo, o sea, de denunciarlo— que tienen el riñón bien cubierto y que en no pocos casos han hecho de la cuestión su lucrativo modo de vida y su piscina para los baños de ego. Su chollo se acabaría, bonita paradoja, si se cumpliera lo que predican, es decir, lo que hacen como que predican.

No descarto que tras esta descarga me venga algún amigo bienintencionado a afearme el descreimiento. O quizá, como me ocurrió anteayer cuando cité sin nombrarla a la benemérita Adela Cortina, que se me reproche osar criticar a los apóstoles de las grandes causas. Bien quisiera no ser tan malaje, pero como yo sí he sido pobre, casi de solemnidad, hace mucho que no adoro santos por la peana ni estoy para lecciones de los comprometidos de boquilla que siempre caen en blando.

Buena jugada, Sánchez

Los muy cafeteros del politiqueo disfrutamos cual gorrinos en lodazal con las negociaciones presupuestarias. Aunque a veces se diría que vista una, vistas todas, lo cierto es que cada ceremonia de apareamiento de las cuentas públicas presenta peculiaridades que las hacen únicas para los paladares entrenados como el del que suscribe. Y qué gozada cuando, como es es el caso, coinciden varias al mismo tiempo y se aprecian las contradicciones, las incoherencias o directamente la bipolaridad soez de determinadas siglas. En este sentido, no deja de ser despiporrante cómo en Vasconia los de la piruleta y la gominola —Elkarrekin Podemos, en el registro de grupos del Parlamento— se ciscan en el mismo TAV que su metrópoli española, la del gran gurú de Galapagar apellidado Iglesias Turrión, ha bendecido, y no precisamente con con cuatro duros, en el acuerdo para las cuentas del Capitán Sánchez. Que tu mano pretendidamente izquierda no sepa lo que hace tu otra mano supuestamente zurda.

Por lo demás, salgan o no salgan los números en el Congreso, ovación y vuelta al ruedo para el inquilino cada vez menos accidental de Moncloa. Ha conseguido unos presupuestos de lo más fotogénicos. No le arrienda uno la ganancia a las formaciones soberanistas catalanas, que pueden quedar en esta historieta como las que se cargaron por un quítame allá estos presos una serie de medidas que suenan a música celestial aunque sean de cumplimiento más bien dudoso. Hace bien el PNV, plusmarquista sideral de pactos beneficiosos, en mantenerse esta vez en discreto segundo plano. Cuando se aclare el panorama, tocará poner las cartas sobre la mesa.

Plutofobia

Venga, inventemos palabras. Si una señora de muy buen vivir acuñó el término aporofobia con grandes ovaciones desde la grada progresí, cabrá pensar que existe lo opuesto o, por lo menos, lo complementario. Recordemos que el neologismo que tanto gustirrinín provoca entre los chachipirulis pretendía definir el odio a los pobres. Luego, lo divertido e ilustrativo, como ya contamos aquí, era que en realidad se trataba del odio que unos tíos que jamás han pasado una puñetera estrechez atribuyen, olé sus bemoles, a ciertos pobres que tienen el atrevimiento de protestar porque de un tiempo a esta parte su vida se ha puesto todavía más complicada. Siempre ha habido clases y subclases.

Anotado lo anterior a modo de contexto, apunten mi propuesta, que quizá hasta ya está contemplada en los diccionarios oficiales u oficiosos: plutofobia, oséase, asco indecible a los ricos. Y da igual a los de familia que a los que se lo han currado a pulmón desde la miseria absoluta o a los que han amasado un capital por cualquier método. Amancio Ortega, que en su día fue descalzo por su pueblo, es un ejemplo, pero no me meteré en un charco tan hondo. Señalaré a Rafa Nadal, que viniendo de la clase media (si algún día existió), a base de talento y aptitudes que no están al alcance de cualquiera, ha ganado un buen dinero. Y eso le hace digno del desprecio y del sojuzgamiento al pormayor, como acabamos de ver en las diatribas que ha recibido por haberse puesto el traje de faena para echar un cable en las inundaciones que han provocado graves daños en su entorno. Tiñosos en pijama encontraban sospechosa su actitud. Patéticos plutófobos.

Picasso, el idealista

Me encantan las polémicas menores, esas que juntan en comunión a escandalizadores al por mayor y escandalizables de garrafón. La penúltima, la toreada que les ha pegado Arturo Pérez-Reverte —de profesión, sus troleos— a ciento y la madre de mordedores de anzuelos a cuenta de si un famoso cuadro de un celebérrimo pintor no sé qué o no sé cuántos.

Vale, se lo traduzco. Ocurre que el académico, tocanarices y (notable con excepciones) novelista anda promocionando su último seguro best seller, donde el protagonista, un cabrón de marca mayor presentado como tipo fascinante, se planta en París en 1937 para evitar que Picasso muestre el Guernica, en pleno proceso de elaboración, en la Exposición Universal. En su, seguramente, lícito propósito de vender más ejemplares y conseguir unos titulares de aluvión, al autor le ha dado por proclamar que el genio malagueño no pintó la emblemática obra movido por los sentimientos ni la ideología, sino por el dineral que le pagó el gobierno de la República.

Vamos, que ha descubierto la gaseosa. ¿Se puede ofender alguien a estas alturas por haber enunciado algo que, por otra parte, se ha venido diciendo en mil y una ocasión? Pues parece que sí. Han salido en tromba los recauchutadores de virgos históricos a leerle la cartilla al que les ha puesto el trapo. Sostienen sin rubor que está documentadísima la versión opuesta, la del arranque patriótico e idealista, y añaden, como si ellos mismos lo acabasen de descubrir, que no hay nada malo en que los artistas sean remunerados por su trabajo de acuerdo con su valor en el mercado. Y este servidor ni quita ni pone, solo sonríe con maldad.

Rescates imposibles

Es humanamente comprensible y nada censurable que los trabajadores de La Naval exijan que el Gobierno vasco (o el español o el del Vaticano) rescaten el astillero con un pastizal público. Lo que no es de recibo es que lo hagan, impostando cabreo, representantes políticos que saben perfectamente que tal operación es del todo imposible. Y casi peor si no lo saben, lo que tampoco es descartable, dada la ignorancia enciclopédica acreditada por ciertos fans de los Simpson y otros voceros que creen que para conseguir lo que sea basta cerrar los ojos, desearlo muy fuerte y exigirlo amenazando con enfurruñarse mucho si no se satisfacen sus demandas.

Algún día superaremos este infantilismo reivindicador, pero en tanto lo hacemos, no queda otra que explicar con paciencia de profeta bíblico que al primer céntimo público que le cayera a la compañía, Europa saltaría al cuello y donde teníamos un problemón, tendríamos dos. Eso, por no hablar de las condiciones de la privatización que, como se ha repetido también hasta la saciedad, ponen en sánscrito cualquier intento de salvar la firma a cargo del presupuesto.

Y aquí es donde viene el definitivo baño de realidad. Porque una vez aclarado que no se puede, cabe preguntarse si se debe emplear paletadas de dinero de todos (la cifra sería estratosférica, además) para reflotar una firma que lleva tres decenios largos demostrando que es inviable por cuestiones puramente estructurales. Pregunten a los miles de trabajadores de las subcontratas, las sub-subcontratas, o las sub-sub-subcontratas, grandes olvidados y a la postre, verdaderos paganos de esta tragedia radiotelegrafiada.

Por ser Rufián

Más palomitas, por favor, que esto se pone interesante. ¿Dos diputados a la greña? Se preguntará qué tiene eso de particular o de novedoso. En realidad, nada de lo primero y nada de lo segundo, pero aun así, si aplicamos la moviola (ahora, el VAR), en el lance entre sus ilustres señorías Rufián y Escudero podemos apreciar mucho más que un intercambio de coscorrones dialécticos o que la enésima refriega por un minuto de atención mediática. Incluso tras la disculpa de Rufián, les diría que el episodio contiene el croquis a escala real de la inmensa impostura que nos asola. Repasemos los hechos:

“Palmera”, motejó el culiparlante dicharachero de ERC a quien, en efecto, había demostrado haberlo sido en aquella comparecencia en la que Aznar vertió aguas menores y mayores sobre casi todos sus interrogadores. Pero, por lo visto, no se quedó en la carga de profundidad verbal, más bien poco ofensiva para lo que acostumbra el individuo en cuestión. Al dardo dialéctico siguió un guiño de ojo —me abstengo de calificarlo— que fue lo que encocoró a la escañista del PP y le hizo responder a la afrenta con otra: “¡Imbécil!”

Como primer ejercicio, les propongo ver cómo han narrado el sucedido los medios cercanos y/o simpáticos a uno u otra. Una tontuna sin más recorrido, según los (digamos) progresistas. Un ataque intolerable de un machista miserable, según los (digamos) conservadores. Ahora todo lo que tienen que hacer es imaginar los mismos hechos con las siglas cambiadas. A estas alturas, el guiñador sobrado encabezaría la lista de machirulitos infectos y vomitivos. Pero como es Rufián, ella se lo ha buscado.