Efecto Semana Santa

Lo sorprendente de verdad es que siga sorprendiéndonos. Aunque ya sé que todo es impostura entreverada de eso que hemos dado en llamar fatiga pandémica. Hace catorce días, cuando ya la curva había emprendido su cuarta subida, teníamos una idea bastante aproximada de cómo iban a estar hoy los contagios y los ingresos. Sabíamos también cómo evitar ese reventón de casos a plazo fijo. O, por lo menos, cómo limitarlo. Y aquí es donde cambio la primera persona del plural por la tercera: muchos de nuestros convecinos no quisieron hacerlo. Era Semana Santa y, en el caso de Gipuzkoa y Bizkaia, con la propina de una final de copa entre los eternos rivales. Había que ser de piedra para no sumarse a la algarabía. Ya saldría el sol por Antequera. Además, teníamos el permiso silencioso de las autoridades sanitarias, que ni habían dicho ni habían dejado de decir. O viceversa, tanto da.

El resultado es, insisto, exactamente el esperado. Se ha consumado el efecto Semana Santa y nos debatimos entre el “Que nos quiten lo bailado” y el fastidio al ver que vuelven los cierres perimetrales y las persianas bajadas de los bares en los municipios en rojo. Eso, mientras los organismos competentes parecen haber tirado la toalla. ¿Qué nuevas medidas pueden adoptarse si no se cumplen ni la cuarta parte de las vigentes?

Prórroga, el mal menor

Todos los políticos con o sin responsabilidades de gobierno deberían revisar lo que han dicho sobre el estado de alarma desde que se decretó el primero hace más de un año. Comprobarían que han ido incurriendo no en una sino en una buena colección de contradicciones. Y da lo mismo la postura que se haya defendido. Quienes lo ponderaban como herramienta imprescindible e insustituible sostienen ahora que basta con la legislación ordinaria para hacer frente a la pandemia. Exactamente a la inversa, los que que proclamaban que era una exageración echar mano de un instrumento legal excepcional se han convertido ahora en partidarios de la prórroga.

Debo confesar que yo mismo no estoy libre de la contradicción o, si quieren, la incoherencia. En todo caso, después de lo visto en estos interminables 14 meses, opto por lo práctico. El decreto de estado de alarma —y más con la pachorra con que lo ha administrado el gobierno español— es la opción menos mala. Utilizando la metáfora al uso, es el paraguas jurídico que aun teniendo un montón de agujeros puede sacarte de un apuro en un momento dado. Vamos, que menos da una piedra. Por eso, y dado que los efectos de las vacunas todavía no han conseguido que la situación sanitaria sea muy distinta a la de octubre del año pasado, lo más lógico es mantenerlo.

Segunda República, 90 años

14 de abril, 90 años de la Segunda República española. Creo que conviene empezar cerrando el paso a las trampas en el solitario. Los ojos de hoy no sirven para mirar el ayer. Es metafísicamente imposible comprender el pasado desde la atalaya ventajista del presente. Como no dejamos de ver insistentemente en estos días previos al aniversario y ya teníamos comprobado con anterioridad, se tiende a presentar los hechos no como fueron sino como queremos que hubieran sido. Lo triste y alarmante es que esto no solo nos ocurre a los mortales corrientes y molientes. Muchísimos historiadores con toda la titulación en regla y centenares de visitas a los archivos acreditadas ofrecen una visión a beneficio de obra. 

Es así como nos encontramos con dos relatos —maldita palabra— diametralmente opuestos de lo que fue el periodo 1931-1936. Por un lado, el diestro, están los demonizadores sin escrúpulos que caricaturizan esos años como una etapa de terror literalmente rojo contra la que no quedó más remedio que levantarse. Enfrente están los que dibujan un mundo de fantasía al abrigo de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Y no fue ni lo uno ni lo otro. Creo que es más aproximado pensar que fue una época donde la luz trató de imponerse a la oscuridad. Ya solo por eso es justo y necesario reivindicarla. 

Lo de Bosé

Da exactamente igual que uno se empeñe firmemente en no ver el programa televisivo del momento. Antes bastaba con no sintonizar el canal en el día y la hora de emisión. Ahora, sin embargo, prácticamente hay que sacarse los ojos y poner en suspenso todos los sentidos. Y ni así. Por más precauciones que se adopten, el artefacto en cuestión acaba impactando contigo a través de sus mil y una formas de repicarse. Me pasó con las muy bien pagadas y perfectamente racionadas confesiones de Rocío Carrasco, y he vuelto a caer con el show patético de Miguel Bosé en la cadena más progresí del espectro radioeléctrico.

No les vendré con la vaina censora sobre a quién no se debe entrevistar. Después de haber asistido a conversaciones con los peores delincuentes del país o del plantea, me escandaliza lo justo (es decir, absolutamente nada) que se ponga un micrófono a una antigua estrella convertida en grotesco negacionista de la pandemia y difusor de memeces en bucle con voz de farlopa. Por bajo que sea el nivel de la audiencia, no creo que las bravatas de un pobre diablo acabado vayan a provocar una revuelta de mascarillas quemadas. Me da más qué pensar el hecho de que haya quien se pase por el arco del triunfo los escrúpulos más básicos y saque tajada —además en dos entregas— de los desvaríos de un infeliz.

Ayuso y los despistados

Confieso mi fascinación por Isabel Díaz Ayuso. No como persona, ojo, sino como personaje. O si afino más, como fenómeno. Un fenónemo que, por demás, ha construido prácticamente ella sola. Y sí, ya sé que tiene como consejero áulico al inefable Miguel Ángel Rodríguez, tipo con acreditada falta de escrúpulos al que se atribuye la conversión de Aznar de mindundi en líder carismático de la derecha. Sin embargo, no creo que el influjo del pretendido gurú en el carrerón de la supernova madrileña vaya más allá de cuatro toquecitos de manual de asesoría política. Otra cosa es que el pelo de la dehesa machista haga ver incluso a los que van de feministas del copón que tras los logros de una mujer solo puede haber un hombre.

Ahí damos, precisamente, con una de las claves del éxito de Ayuso. Es tratada como tonta y loca por los más progresistas del lugar y ella consigue revertir los ataques a su favor como el judoca que aprovecha la fuerza del rival para derribarlo. En ese sentido, podríamos considerar que —¡toma paradoja!— sigue uno de los principios básicos del marxismo: pone al enemigo frente a sus contradicciones. Así es como va consiguiendo ganarse el favor no solo de ricachos sino de camareros con sueldos insultantes. Pero los que aspiran a derrotarla en las urnas el 4 de mayo parece que no se enteran.

El pifostio de AstraZeneca

Me he pasado las últimas horas poniendo la oreja a conversaciones ajenas. Sin rigor estadístico alguno, he constatado que cerca de la mitad de esas charlas robadas tenían como asunto el inmenso pifostio de la vacuna de AstraZeneca. Había valientes que decían que no tendrían el menor reparo en chutarse una dosis del antídoto de marras y también personas muy ponderadas que sostenían lo obvio, que el riesgo es incomparablemente inferior a los beneficios. Estamos hablando de un muerto por cada millón de pinchazos frente a miles de vidas salvadas. Ahí llegaba la apostilla de no pocos de mis espiados: eso, si damos por cierto lo que nos han venido contando, cuestión que no resulta nada fácil a la vista de los sucesivos espectáculos de las últimas semanas y no digamos de los incontables cambios de criterio sobre las franjas de edad para las que es adecuada.

La conclusión es que se ha instalado la sospecha y va a ser muy difícil restaurar la confianza. Los antivacunas se están dando un festín en medio de esta ceremonia de la confusión. Ocurre esto justo cuando parecía que la mayoría de la población había entendido la necesidad de vacunarse y también cuando empezábamos a coger ritmo en la inmunización. ¿Cómo arreglarlo? Con una herramienta que las autoridades sanitarias usan regular: la comunicación.

Con o sin estado de alarma

En su última gran comparecencia a mayor gloria de sí mismo, Pedro Sánchez dejó caer que su objetivo era no prorrogar el estado de alarma cuando alcance la fecha de caducidad el próximo 9 de mayo. En realidad, el inquilino de Moncloa estaba haciendo de la necesidad virtud. Tal y como baja el patio politiquero en Hispanistán, con unas elecciones a cara de perro en Madrid, los aliados soberanistas cabreados y hasta el socio de gobierno actuando de dinamitero, no conviene arriesgarse a una derrota en las Cortes. Menos, si tenemos en cuenta que desde el fiasco de Murcia, no han dejado de llover piedras sobre el presidente y su hechicero Iván Redondo, al que parece haberle dejado de funcionar la magia.

Pasando por alto el comprensible cabreo de los responsables autonómicos —empezando por el lehendakari— por un anuncio hecho sin consulta previa, cabe preguntarse cómo se luchará contra la pandemia sin estado de alarma. Y lo cierto es que no tengo una respuesta. Hasta ahora ese presunto paraguas jurídico ha sido una especie de perro del hortelano. Ni ha comido ni ha dejado comer. Las comunidades, da igual el signo político, no han podido hacer lo que entendían mejor para poner el virus en retirada. La paradoja es que a partir del 10 de mayo tampoco podrán hacerlo. La elección es entre lo malo y lo peor.