No es toda la hostelería

Se ha hecho famoso, y no para bien, un empresario de hostelería que soltó en un programa matinal de la tele que en su gremio “lo normal siempre ha sido trabajar media jornada, o sea, doce horas”. La frase es demoledora y, desde luego, retrata al tipo que la pronunció sin siquiera ser consciente de la barbaridad de la afirmación. Apurando un poco más, podría convenir en que no es el único de su sector con una mentalidad que fluctúa entre el feudalismo y el esclavismo. Lo que no puedo aceptar es que, como muchos se lanzaron a proclamar, esas palabras reflejen ni el pensamiento ni la actitud de la totalidad de propietarias y propietarios de locales de hostelería.

Siempre he sido un enemigo de las generalizaciones, pero en el caso que nos ocupa, voy un paso más lejos. No hablo de garitos en plural sino en singular. Y, entonces sí, puedo entrar a valorar si en este bar, en aquel, o en el de más allá se dan prácticas laborales abusivas. No son pocas las ocasiones en que quien está detrás de la barra es el dueño del local, un autónomo cuyos derechos palidecen ante el más precario de los trabajadores por cuenta ajena y que se pega las arriba mentadas doce horas (o las que toquen) al pie del cañón. Así que propongo que nos vayamos liberando de ciertos prejuicios facilones. Por el mismo precio, a todos los que despotricaron contra el explotador de la tele les llamo a reflexionar sobre el modo en que tratan a quienes les sirven las cañas, los copazos, las raciones o el menú del día. Quizá alguno descubra, si es sincero, que sus comportamientos como cliente no andan lejos de los del sujeto que ha dado pie a esta columna.

Borbón contra Borbón

Bueno, pues ya parece que está. A la hora en que se publiquen estas líneas, un avión carísimo costeado oscuramente por no menos oscuros amigachos habrá devuelto al Golfo al niño grande Borbón y Borbón. Y sí, seguro que que habrá más garbeos por los que fueron sus teóricos dominios, pero cada vez merecerán menos atención mediática. Y, en todo caso, lo que ya parece totalmente claro a la vista del indigno comportamiento en este rule es que el paquidermicida tiene muchos boletos de permenecer en Abu Dabi hasta que se produzca eso que en el caso de su antecesor, el bajito de Ferrol, llamaban “el hecho biológico”. Con suerte, lo repatriarán cuando esté a punto de exhalar el último aliento. Aun así, cuando llegue el momento, harán falta quintales de lejía para blanquear su imagen. Él solito se lo ha buscado. Quizá los succionadores más recalcitrantes lo recuerden como el arquitecto de la inmaculada Transición, pero para el común de los mortales, incluso los no politizados, será un tipo que no podía dejar las manos ni la bragueta quietas.

Miembro, por demás, de una familia disfuncional, como lo prueba el hecho de que ayer tuvo la primera conversación cara a cara con su hijo en tres años. Y no fue, precisamente, para normalizar relaciones, como nos venden la prensa cortesana y las notas de prensa almibaradas. Hasta el Tato sabe que el viejo se llevó un rapapolvo del copón por parte de su vástago, que, por si tenía dudas, después del espectáculo de estos días, ya sabe que el tipo es mucho más perjudicial para la monarquía que la más incendiaria de las proclamas republicanas. Pidamos más palomitas.

Zedarriak y los malmetedores

El común de los mortales censado en la demarcación autonómica ni se ha enterado de la supuesta bronca tremebunda a cuenta de un informe elaborado por una entidad llamada Zedarriak. Como tantas veces, la cosa se ha quedado en titulares pirotécnicos para consumo exclusivo de una parte de la sociedad. Es verdad, una facción muy exclusiva, quizá la élite política y empresarial, pero si vamos a términos de impacto real en quienes depositan sus votos en las urnas, no llegamos ni al nivel del pedete de monja.

Creo que procede anotarlo antes de contarles que el asunto va de una reflexión del arriba mencionado foro de opinión compuesto por personalidades muy relevantes del universo económico, financiero y empresarial del terruño. Se venía a decir, fíjense qué gran novedad, que si se bajaba la guardia, los tres territorios de la CAV corrían el peligro de perder pujanza y competitividad. De hecho, se señalaba que ya había indicadores que apuntaban por ahí y se hacía un llamamiento a ponerse las pilas. Pero en esas llegó el grupo de comunicación que ustedes saben y convirtió la recomendación de no caer en la autocomplacencia en la descripción de una suerte de infierno de Dante. Según la malintencionada lectura, el cacareado modelo vasco mordía el polvo ante el nacionalayusismo de barra libre fiscal. Qué más quería la menguante sucursal local del PP para ponerse a denunciar el apocalipsis y culpar de la catástrofe al lehendakari, mientras algún que otro dirigente de Confebask —las cosas, por su nombre— acariciaba el lomo de un gato y daba pábulo a la versión cuantopeormejorista que, como ya sabemos, fue un puñetero infundio.

Demografía, debate necesario

En mi rampante ingenuidad, pensaba que las propuestas que los partidos llevan a los parlamentos tienen como objeto mejorar la vida de la ciudadanía y no anotarse el tanto. Lo apunto –irónicamente, por supuesto– después haber visto con media sonrisa en la boca cómo la prensa independiente y en absoluto sectaria lamentaba amargamente que el lehendakari se hubiera llevado el protagonismo del pleno monográfico sobre demografía que tuvo lugar el pasado miércoles por iniciativa de EH Bildu. Parece ser que el anuncio de Urkullu de que las familias tendrán una ayuda mensual de 200 euros por bebé a partir de 2023 acaparó todos los titulares. Un parlamentario de la formación proponente prefirió verlo de otra manera y presumió ante su parroquia de “haber arrancado” esa ayuda. No solo es humano sino que entra en el funcionamiento habitual de la política, o sea, del politiqueo.

En lo que a mí me toca, no tengo el menor empacho en reconocer el acierto del grupo soberanista a la hora de proponer un debate tan inmensamente necesario como el de la demografía. Es un gran punto de partida, porque hasta la fecha se ha venido hablando de la cuestión a base de simplezas muy pedestres, casi lugares comunes que no han servido para hacer un diagnóstico real de la situación. Y es peor todavía cuando entran las consignas ideológicas, los prejuicios y la demagogia de aluvión sobre cómo hacer frente al problema. Añado de pasada que las ayudas podrán servir un tantín pero no nos harán que nos lancemos a procrear alegremente. Con todo, es un comienzo. Ahora toca por parte de Gobierno y oposición seguir trabajando en serio.

Chanel irá al infierno

Puedo prometer y prometo que mi intención era no volver a escribir media línea más sobre el tema musical (o lo que sea) que quedó tercero en Eurovisión. Ya dejé dicho que no me gustaba el soniquete y mucho menos, la letra, pero que olé las narices y la ejecución de la intérprete. La cansina turra mediática posterior estaba de más. O eso pensaba, hasta que he asistido en las redes sociales a una nueva lapidación de la artista cubano-catalana a cargo de guardianas de la moral y las rectas costumbres adscritas al bando requeteprogresí. Ni las más ultramontanas beatorras del caspuriento nacionalcatolicismo empatan en delirio con las menganas en cuestión.

Y como se reconocen rancias, van por delante con la excusatio non petita. “Quienes creemos que una canción invita a prostituirse enseñando el culo no somos moralistas”, se desgañita una inquisidora zurda antes de dejarnos al borde del descuajeringue de risa: “¡Ahora las niñas quieren ser Chanel y no investigadoras, vamos a bien!”. Espero que no hayan colmado su capacidad de asombro, porque tal mendruguez queda superada por esta otra: “Queréis espectáculos de mierda con tías medio en bolas y que luego los críos no vean a las niñas como cachos de carne y no las violen hasta la muerte. Y todo no puede ser”, bramaba otra que, junto a su nombre de usuaria, incluía un orgulloso #OtanNo. Quisera contarles que son ejemplos extremos, pero temo que tanto la opinión como la actitud condenatoria al infierno están mucho más extendidas de lo que uno hubiera sido capaz de ver venir hace apenas unos años. Los curas y las monjas preconciliares se han pasado de bando.

Espionajes que sí nos molan

Esto debe de ser lo del clavo que quita otro clavo. Un escándalo de espionaje se tapa con el producto de otros espionajes de naturaleza absolutamente ilegal. Piénsenlo bien, porque en esencia estamos en las mismas. Lo del Pegasus será más chic y más sofisticado que las ñapas empleadas por los cero-cero-sietes hispánicos, pero en uno y en otro caso se trata de husmear al objetivo para tenerlo controlado y, si llega el caso, someterlo a chantaje o, directamente, desptrozarle la reputación.

Les hablo, por si no están al corriente, de la serie de grabaciones del inefable comisario Villarejo con diferentes políticos del PP del Antiguo Testamento que ha empezado a difundir el diario El País. En las dos primeras entregas quedan retratadas (o sea, más de lo que ya están) María Dolores de Cospedal y Esperanza Aguirre. La una, pidiendo al conseguidor que pare lo “la libretita de Bárcenas” y la otra, reconociendo al pocero mayor del reino que está rodeada de una jarca de mangantes como Prada y Granados.

Todo, muy grave, pero me temo que ya amortizado. Incluso aunque se vuelva a emplumar a Cospedal, no estaremos mucho más allá de donde ya estamos. ¿Por qué, entonces se nos sirve este potito recalentado? Pues porque así está establecido en la guerra de las dos familias que operan en las cloacas, obediente cada una a su bandería ideológica y con terminales mediáticas de cabecera a las que filtrar la mandanga. Disimulando muy poco sobre los propósitos reales. “¿Qué hay en la libretita de Feijóo?”, deja caer, como quien no quiere la cosa, una redactora del “periódico global en español”. El nuevo líder del PP es el objetivo.

EITB, 40 años… ¿Y después?

EITB cumple 40 años. Veintitantos de ellos, descontando algún tiempo de represalia por díscolo y añadiendo unos meses de trabajo en la sombra por lo mismo, los he vivido en primerísima persona. Mi balance, a pesar de todos esos pesares y de otros, es razonablemente positivo. ¿Razonablemente? No, mucho más que es eso. Debo lo poquito que soy ahora a mi paso por lo que más de uno de mis compañeros de entonces llamaban (y supongo que siguen llamando) la santa casa. Las y los profesionales que más he admirado estaban ahí. Me sobraban los Kapuscinskis y hasta, con perdón, los Gabilondos, teniendo a Félix Linares, Kike Martín, Idoia Jauregi, Iñaki Berasategi, Fermín Alberdi, Maritxu Diez… y tantas otras personas a las que no nombro porque ocuparía diez columnas como esta.

Y esos son solo los de mi medio natural, la radio. Qué decir del resto de pioneros y continuadores de un milagro necesario en el medio más popular, la televisión. Algún día encontrarán el reconocimiento que merecen. No hablo de homenajes o premios. Quizá de algo más sencillo: contar con ellas y con ellos para pensar si la radiotelevisión pública vasca es hoy la que quiso ser. Y más importante que eso: dar forma a la EITB del futuro, porque es evidente que soplar velas, aunque sean 40, no debe llevarnos ni a la autocomplacencia ni a la diatriba cansina de los que, igual desde la izquierda patriótica que desde la derecha patriotera, no saldrán de la matraca de Telebatzoki. Compañeras, compañeros, responsables del ente y de las instituciones: hay que trabajar ya y en serio para tener algo que celebrar dentro de otros cuarenta años.