Nuevos negacionistas

No teníamos bastante con los que farfullan que las vacunas provocan todo tipo de males o, en lo más reciente, con los que cacarean que la pandemia del covid-19 es un montaje de los poderes oscuros. A la legión de iluminados se le acaban de unir los negacionistas de la ocupación (me da igual si lo ponen con k) de viviendas. Lo tremendo es que si los anteriores son fácilmente identificables como patanes del nueve largo, los que se han lanzado en tromba a proclamar que la usurpación de domicilios es un invento de Securitas Direct forman parte de la crema y nata progresí. De hecho, el último que se ha puesto a la cabeza de la manifestación de denunciadores de la presunta falsedad es el mismísimo vicepresidente del gobierno español Pablo Iglesias Turrión.

Lo hace, claro, con la absoluta y ventajista certeza de que nadie se le va a colar en su choza de Galapagar. Y exactamente lo mismo les ocurre a los jueces de alta alcurnia que iniciaron el movimiento negacionista: viven muy lejos de los barrios humildes donde se producen los latrocinios. Porque como me harto de explicar a tanto guay, las víctimas de los expolios no son ricachos sino currelas que, en el mejor de los casos, llegan justos a fin de mes. Sigan negándoles la realidad que padecen cada día, y luego quéjense del ascenso del populismo ultra.

Memoria para la galería

Celebro hasta el atragantamiento de risa la mala sangre que gasta el facherío patrio tras la presentación del anteproyecto de la ley de Memoria Democrática. Sus lacrimógenos graznidos me suenan a música celestial, al tiempo que me confirman (como si lo necesitase) que padecemos una plaga de cabras que tiran al ultramonte, por más que vayan disfrazadas de constitucionalistas fetén. En cuanto rascas con una moneda de cinco céntimos, los aleccionadores de la tribu en materia de libertades fundamentales se revelan como jaleadores del bajito de Ferrol y sus mil y una villanías. Ahí se jodan.

Anotado lo anterior, dejo constancia aquí de mi estratosférico escepticismo ante la enésima cortina de humo parida por el siniestro gabinete de engaños y embelecos del (falso) doctor Sánchez. Siento decirlo, pero el tufo a brindis al sol es insoportable. De entrada, ese nombre gilipollas que le han puesto a la cosa nos pone sobre aviso de la intención de enseñarnos un pajarito para tenernos distraídos a tirios y troyanos, es decir, a partidarios de la revisión crítica del pasado y a los que echan las muelas ante eso mismo. Lo que se nos promete ya estaba contemplado hace un decenio en otra ley, la de Rodríguez Zapatero, cuyos primeros incumplidores fueron los que la promulgaron. En dos palabras, menos lobos.

¿Y una huelga indefinida?

Leo y releo el titular de la edición digital de una de las cabeceras en las que escribo: “Miles de personas piden un retorno seguro a las aulas en Euskadi”. Mi estupor no es menos que si se contara que el objeto de la movilización era la felicidad universal. Se diría que exactamente seis meses después del (tardío) Decreto de alarma que nos tuvo nueve semanas en casa y de 50.000 muertos en el Estado, hay quien sigue sin darse por enterado de la gravedad de la situación. Por más que a los eternos infantes que son algunos no les entre en la cabeza, absolutamente nadie está en condiciones de garantizar que el puñetero virus no hará presa en nosotros en un pupitre, en la caja del súper, en la barra del bar, en el andamio, en un estudio de radio o en la butaca de un cine.

Y sí, faltaría más, el derecho a la huelga es indiscutible… sobre todo, si se pertenece a un colectivo que puede permitírselo, pero una vez pasada la primera jornada, cabe preguntarse por el siguiente paso. Si ayer los centros educativos eran peligrosísimos focos de contagio, deduciremos que hoy lo siguen siendo. En pura lógica, procedería haber extendido los paros hasta tener la certeza de que ni nuestros churumbeles ni sus desasnadores van a pillar el bicho en cumplimiento del deber educativo. Ya puestos, ¿por qué no una huelga indefinida?

La placa de Ordóñez

Noticias condenadas a una esquinita perdida de la actualidad durante un abrir y cerrar de ojos. O en lo que se tarda en expeler un bostezo, que es la reacción única de parte de mis conciudadanos cuando se nos aparecen en una curva los fantasmas del pasado. Qué tremendo aburrimiento, ¿verdad?, que a estas alturas del calendario nos vengan con la matraca del segundo ataque a la placa que recuerda el asesinato de Gregorio Ordóñez en la Parte Vieja de Donostia. ¿Es que no pueden cambiar de canción? Pues miren, no. Yo no solo no puedo, sino además, es que no quiero.

Ya sé que las versiones al uso son que no hay que montar tanta bulla por algo que se quita con acetona (en este caso, bastante más que eso), que se trata de la gamberrada de unos críos o, faltaría más, que es peor la política penitenciaria que empuja a suicidarse a nuestros gudaris… incluso a uno que fue tirado como una colilla por los que ahora lo han convertido en mártir de la causa. Allá quien compre esa mercancía averiada, que para más inri, viene acompañada de susurros que dan a entender que en este caso la víctima se buscó acabar en el cementerio de Polloe antes de cumplir los cuarenta. Por mi parte, levantaré la voz en cada ocasión en que ese trozo doloroso de nuestra memoria vuelva a ser mancillado. Espero que seamos muchos.

Caso Ellacuría: faltan culpables

Nos han puesto fácil el juego de palabras. Al final, Inocente era culpable. Muy pero que muy culpable. Como me consta que hablo de una de esas noticias que, pese a su importancia, pasan desapercibidas para el común de los mortales, me apresuro a aclarar que hablo de una escoria humana llamada Inocente Orlando Montano. La Audiencia Nacional acaba de condenar a este tipejo, excoronel del ejército salvadoreño, por el vil asesinato del jesuita portugalujo Ignacio Ellacuría, junto a otros cuatro religiosos, una cocinera y su hija en la Universidad Católica del país centroamericano en noviembre de 1989. Le han caído 133 años de cárcel como instigador de ese brutal crimen que marcó a los de mi generación y que representa la reproducción a escala de una época terrorífica en toda América Latina.

Se supone que la condena, más de cuatro decenios después, debe aliviarnos o, incluso, alegrarnos. He leído varios testimonios de muy buena gente en este sentido. Sin embargo, reconociendo que es un paso, me temo que no alcanza para reparar ni para aclarar ni en una millonésima parte aquella atrocidad. El tal Montano apenas era un apéndice de un siniestro aparato justiciero montado por los gobiernos salvadoreños y diferentes administraciones estadounidenses… ante el silencio cómplice de, entre otros, Juan Pablo II.

Diario de la segunda ola (4)

Menudo papelón, el del presidente Sánchez, el ministro Illa y el bienquerido e intocable doctor Simón. El lunes prometían a todo trapo que para diciembre llegarían a Hispanistán tres millones de dosis de la vacuna de Oxford, y ni 24 horas después, los responsables de la investigación anunciaban la suspensión temporal de los trabajos ante un serio contratiempo: uno de los voluntarios había desarrollado una grave enfermedad que los científicos no sabían explicar. En ese punto, los titulares de aluvión proclamaban con estruendo la catástrofe y los mismos todólogos que el día anterior celebraron con vítores en mil y una tertulias el anuncio de los temerarios mandarines españoles corrieron a pontificar el tremendo desastre.

Por fortuna, no tardaron en aparecer quienes de verdad distinguen una probeta de una pastilla de Starlux para contarnos que lo ocurrido no era ningún drama. De hecho, según añadían la mayoría de los auténticos expertos, lo que podía resultar mosqueante es que hasta la fecha todo pareciera ir tan maravillosamente bien. Lo habitual en este tipo de investigaciones es que el camino esté trufado de adversidades, cuya paciente resolución será la garantía del funcionamiento deseado del producto final. La lección es bien sencilla: sobran las prisas y las ganas de colgarse medallas.

Igor, del desprecio al martirio

Cómo cambia el cuento cuando te birlan una parte fundamental de los hechos. “Agur eta ohore, Igor”, rezaban con épica de todo a cien las pintadas que aparecieron en mi pueblo en la madrugada del sábado, apenas unas horas después de que trascendiera que el recluso Igor González Sola había aparecido muerto en su celda de la cárcel de Martutene. Para ese instante, el boletín oficial de la cosa se rasgaba las vestiduras sobre el sufrimiento evitable —manda pelotas; lo que hubiéramos evitado con una proclama así hace cuarenta, treinta, veinte o diez años— y, lo mismo que los portavoces de la abertzalidad fetén, devolvían al desgraciado finado la heroica condición de preso político.

¡Un momento! ¿Cómo que devolvían? Me alegra que me hagan esa pregunta, tanto como me cabrea que haya pasado desapercibida la noticia que publicaron el martes todas las cabeceras de este humilde grupo mediático. Resulta que el ahora mártir de la causa había sido repudiado por los guardianes de la ortodoxia después de que cometiera la osadía de aceptar la legalidad para progresar de grado. Las listas de los certificadores oficiales de hace quince días son inexorables. Ni el EPPK ni Sare lo citan como uno de los suyos. González Sola se quitó la vida en el puto ostracismo. Pero la culpa es del estado opresor en exclusiva, claro.