Prohibido llorar

¡Vaya! Ahora resulta que también hay que pedir permiso para emocionarse o sentir congoja. Era lo que nos quedaba por ver en este totalitarismo cutresalchichero disfrazado de lo contrario: una reata de autoproclamados sumos sacerdotes abroncando al personal porque echa la lagrimita con lo que no debe. Por ejemplo, con las imágenes de la devastación en directo, segundo a segundo, de la catedral de Notre Dame. Qué atrevimiento insensato, el de los simplones mortales que contemplamos el avance del fuego sumidos en una impotencia entreverada de horror e incredulidad. Qué supina muestra de debilidad mental, contener la respiración ante la caída de la aguja central casi a cámara lenta.

“¡Son solo piedras, ignorantes!”, nos abroncaban, imbuidos de su gigantesca superioridad moral los guardianes de la rectitud, antes de rematar(nos) con una selección de catetadas demagógicas de su pobre repertorio. Que si no lloramos tanto por los inmigrantes que perecen en el Mediterráneo o por los centenares de miles de niños que mueren de hambre cada día en el mundo. Que si el incendio hubiera sido en una mezquita, nos importaría un rábano y/o lo estaríamos celebrando. O, en fin, que por qué no dejamos de derrochar energías en lamentar la pérdida de un símbolo de la opresión cristiana y de la turistificación gentrificadora y las dedicamos a luchar contra el perverso capitalismo, las tres(cientas) derechas, el cambio climático, el heteropatriarcado o lo que se vaya terciando. Lástima, es decir, suerte, que uno haya renovado el carné las veces suficientes como para que las melonadas de los partisanos de lance le importen una higa.

¡Viva Finlandia!

¡Vaya con Finlandia! Moderna, civilizada, feliz, campeona sideral de no sé cuántos índices de desarrollo humano. Las brasas que habremos dado glosando la Ítaca nórdica y, particularmente, su envidiable y envidiado sistema educativo donde no se conocen ni el bullying ni el fracaso escolar. Y oigan, que no les digo que no sea cierto, pero déjenme que me rasque la cabeza con perplejidad a la vista de lo que han votado en las últimas elecciones un buen montón de ciudadanos forjados por ese modelo de enseñanza que se nos exhorta a imitar una y otra vez.

Les supongo tan informados y confusos como yo mismo: la ultraderecha agrupada en una formación llamada Verdaderos Finlandeses —¡glups!— se quedó a dos décimas, o sea, a 6.800 sufragios, de ganar los comicios. Se impuso por ese ínfimo margen el Partido Socialdemócrata, que vuelve a ser la primera fuerza después de dos decenios. Y ahí también se nos rompe un mito o una mentira que creíamos por pura inercia. Resulta que durante ese tiempo los gobiernos han estado encabezados por conservadores o centristas, que han venido constituyendo ejecutivos de coalición de variada coloratura. El más reciente, el que decae con estas elecciones, compuesto por centristas, conservadores y… ¡los propios Verdaderos Finlandeses! Es decir, que desde 2015, un partido al que se tiene por radicalmente xenófobo ha sido puntal de gobierno en el que creíamos paraíso del norte de Europa. Para más inri, su realidad política actual no es muy diferente de la que se vive en los países de su entorno, esos cuyos nombres aún pronunciamos al borde del éxtasis. Quizá debamos revisar ciertos tópicos.

Tales para cuales

Cuánto antifascista, y yo qué viejo. Antifascistillas o antifascistuelos, quiero decir. A más no llegan. Ni unos ni otros, que en realidad son haz y envés de idéntica moneda. Juegan exactamente a lo mismo y se necesitan mutuamente con urgencia, con apremio, con ansia infinita. Por eso se buscan y se encuentran, como este fin de semana en Donostia y Bilbao. ¿Lo de Errenteria? Sí, vale, también, aunque quizá ahí quepan más matices, por lo menos, para los que tiramos de decimales y no vamos a blanco o negro.

Quedémonos pues con las otras grescas y, afinando más, con la de la capital vizcaína, que fue resumen y corolario de la ponzoña extremista o extremoide con que nos toca lidiar. Y la prueba, la felicidad del provocador mayor, Santiago (y cierra España) Abascal. No le entraba una paja por el tafanario al mindundi encumbrando como líder carismático de la fachitud al abandonar la Villa de Don Diego. “Profeta en su tierra”, titulaba viniéndose muy arriba un medio de orden ante un lleno más imaginario que real en el Euskalduna… o, en todo caso, certificado a golpe de autobús y cenutrio foráneo. Un mitin de medio pelo convertido en apertura informativa peninsular a todo trapo gracias a los alteregos del terruño vascón, que regalaron a los convocantes la batalla campal, duras cargas policiales incluidas, que habían venido a buscar los de la falange renombrada con tres letras. Y casi peor que los que la liaron en el asfalto, los burguesotes que a buen cubierto cantaron la gesta en Twitter, tomándose la licencia de comparar a los bronquistas con Neus Catalá, auténtica antifascista fallecida el mismo día. De vómito.

Aznar al rescate

Están las hemerotecas —ahora Google— hasta las cartolas de desplantes de José María Aznar al Partido Popular y, de modo particular, al que él mismo impuso como su sucesor al mando del nido de la gaviota, Mariano Rajoy. Entre las bofetadas a mano abierta, destaca la carta que le escribió en noviembre de 2017 al hoy registrador de la propiedad para comunicarle su renuncia a la presidencia de honor de la formación.

Un gesto de rata abandonando el barco que se consumó hace menos de un año (junio de 2018), cuando en la presentación de un libro de su fiel sirviente, Javier Zarzalejos, se situó en varias ocasiones fuera del partido. “No tengo ningún compromiso partidario, ni me considero militante de nada ni me siento representado por nadie”, llegó a decir, antes de ofrecerse para liderar la reunificación de lo que él denomina sobrepasando el eufemismo “centro-derecha español”, dividido en tres, según su diagnóstico.

Por entonces, Abascal era “un chico lleno de cualidades”. Pero ya no. Ahora su exdíscipulo y Rivera son dispersadores del único voto útil para que en España no vuelva a ponerse el sol, el que vaya al PP de Pablo Casado, el otro niño amamantado con su mala leche. Y tan catastróficos está viendo los sondeos del chisgarabís palentino, que Superjosemari se ha echado la campaña a la chepa. Después de años negándose a poner los pies en un mitin (tampoco queda claro si era porque no le invitaban), Aznar figura como cabeza de cartel en media docena de actos selectos del que ya sin duda vuelve a ser su partido. Si consigue la remontada, será su éxito. Si no evita el fiasco, simplemente se encogerá de hombros.

No es otra campaña

Hala, pues ya estamos de nuevo enfiladitos hacia otra fiestadelademocracia (léase de corrido) que habrá de depararnos el coche, la Ruperta, el apartamento en Torrevieja, la vaca o lo que toque, como en el viejo 1, 2, 3, responda otra vez que tantas veces utilizo como metáfora. Bonitos quince días de campaña nos aguardan, teniendo en cuenta el menú de sapos y culebras que han precedido al que todavía se mantiene —menuda hipocresía— como periodo oficial para pedir el voto de la ciudadanía.

Resulta paradójico pensar que para muchas de las personas más cabales, asistir al navajeo vacío de contenido puede ser una invitación a la abstención. Y eso sí es peligroso. Lo es ante cualquier consulta con las urnas, pero más ante una en la que parece que está en juego algo más que en otras. Ahí queda, sin ir muy lejos, el precedente andaluz. Espero con toda mi alma no ver el 29 de abril manifestaciones como las que en la Bética y la Penibética siguieron a la victoria que sumaban las tres derechas.

Votar es, por lo tanto, la mejor forma de no tener que recurrir al berrinche. La otra cuestión es escoger la papeleta correcta. Lógicamente, esa parte se la dejo a ustedes, aunque sí me permito recordar que en la caprichosa aritmética electoral, no todos los sufragios se cuentan igual. Los hay —y ojalá no tengamos que lamentarlo en Navarra— que se van por el desagüe de los porcentajes mínimos, la ley D’Hondt y me llevo una. Y no acaba ahí la perversión de las matemáticas. Una vez convertidos los votos en escaños, los habrá que sirvan para sumar o para restar, como comprobamos en la moción de censura a Rajoy o en los presupuestos.

Clases de ‘Consti’

Qué idea más inspirada e inspiradora, oigan, la del figurín figurón naranja. Dice Alberto Carlos de Todos los Santos que cuando él gobierne —Belcebú no lo quiera— implantará en los centros escolares hispanistaníes una asignatura llamada Constitución española. Y al cacarearlo, suelta en plan excusatio non petita que si a alguien no le gusta la ocurrencia es porque tiene un problema. Al gañán que se hacía el dormido para no cambiar los pañales de su hijo —les juro que lo confesó hace poco— apenas se le nota la intención de hacer un remedo de lo que en tiempos relativamente recientes fue la Formación del Espíritu Nacional, por sus siglas, FEN. No pocos oyentes que sufrieron tal cosa me lo están diciendo estos días entre risas y pasmo.

Pero, ¿saben?, si no me acongoja el fachirulo Abascal, menos me preocupa esta memez del chaval del Ibex. Le encuentro la pega de ubicar la vaina en los programas escolares, que ya no dan abasto. Me decía un amigo que se bate el cobre en las aulas que llegará el día en que se cepillen las mates, la fi-qui o la lite para hacer sitio a todas las propuestas sandungueras que listos diversos pretenden incorporar a los currículos.

Y luego está el temor más que fundado de que la materia se quede inconclusa. Vamos, que al alumnado le bastará para aprobar con saberse la unidad de España, la Corona, el ejército, el monopolio de la fuerza y el 155. Lo demás, es decir, la no discriminación por sexo, ideología o creencias, los derechos a trabajo, vivienda, libertad de expresión… será pura paja. De la mención a la nacionalidades en el artículo 2, ni hablamos. He ahí la Constitución de Rivera.

Bazofia indigna

Por supuesto que entiendo como acto de amor sublime e infinito acabar con el sufrimiento indecible de la persona querida. Y estaré en primera línea de denuncia de la persecución penal de quien lo cometa. Tengo muy claro que el derecho a la muerte digna es igual de básico que el derecho a la vida. Lo he defendido, lo defiendo y lo defenderé, entre otras cosas, porque espero que algún día se me permita dejar este mundo antes de convertirme en un amasijo de pieles, huesos y vísceras. También porque es lo que deseo y procuraré, así me duela dos océanos, para los seres a los que adoro.

Lo que no me pueden pedir es que participe de la conversión en espectáculo de algo que debería ser, si no íntimo, sí por lo menos, sobrio y discreto. No soy capaz de expresar el asco, la perplejidad y la rabia que siento últimamente al ver cómo en incontables vertederos de mierda, incluyendo algunos medios que pasan por serios y hasta adustos, se dispensa morbo por arrobas con diferentes casos de personas que ya se han ido o que no les dejan irse. Como pertenezco al oficio, comprendo perfectamente el poder de concienciación que se consigue presentando tales casos sin edulcorar. Pero por el mismo motivo, también conozco las innobles intenciones que mueven a regodearse en la crudeza y en los detalles más escabrosos. “Esta noche tal programa [uno requetechachi] emitirá imágenes en exclusiva de Ángel Hernández tras ayudar a su mujer, Maria José, a morir”, ponzoñeaba anteayer la cuenta de Twitter oficial de la cadena televisiva que difunde la ortodoxia progresí. Así transmutan la muerte digna en bazofia indigna. Y hay peña que traga.