¿Hay que temer a Vox?

¿Quién teme al lobo feroz? O lo que es lo mismo en el actual momento procesal: ¿Quién teme a Vox? Llámenme inconsciente, pero yo todavía no. En este instante, me limito a observar el fenómeno con infinita curiosidad, asco indecible —eso también es verdad— y cierta sorpresa porque, aun teniendo claro que son fascistas sin remisión y bodoques carentes de la menor humanidad, confieso que no esperaba que desplegaran toda la artillería pesada tan pronto ni con semejante nivel de descaro.

Como siga la progresión mostrada hasta ahora, llegaran a las vísperas del 28 de abril pidiendo grúas para colgar públicamente a los homosexuales y paseíllos con final en cuneta para quienes consideren rojoseparatistas, es decir, todo quisque menos ellos. Por brutal que suene lo que acabo de escribir, no parece exagerada la expectativa, si tenemos en cuenta que hasta la fecha ya hemos visto a Abascal y su recua cavernícola pidiendo que se permita portar armas a “los españoles decentes”, negando el bombardeo de Gernika y el holocausto o justificando la violencia contra las mujeres, mientras infestaban sus listas sin recato de militares abiertamente franquistas.

¿Y dice que tamañas atrocidades no han de ponernos temblonas las rodillas, ingenuo columnero? No digo que no sea para contener el aliento, pero también añado que quizá estemos ante un susto necesario. Me explico: el canguelo auténtico llegará si al contar los votos resultara que unas ideas como las enunciadas cuentan con un gran respaldo de la ciudadanía. Eso sí sería un drama, y más, si la aritmética convierte en decisivos los sufragios. En nuestra mano está que no ocurra.

Listísimas

Pasan lustros y no pierde ni un ápice de vigencia el principio sobre el reparto de puestos en la mayoría de las organizaciones políticas que dejó enunciado Alfonso Guerra. “El que se mueve no sale en la foto”, sentenció lapidariamente el entonces número dos del PSOE, que a los efectos de colocación y eliminación de efectivos, era el número uno. Se trataba, desde luego, de un aviso a navegantes, pero también de la descripción de una realidad difícilmente refutable: un partido necesita cohesión y observación de la jerarquía. Eso se consigue, no nos engañemos, rodeando al líder de personas fieles o, si se prefiere la versión suave, de personas de su confianza. Otra cosa es que lo sean por convicción, porque no queda otro remedio o porque la recompensa merece el esfuerzo.

Es verdad que la reciente moda de las primarias ha variado algo el procedimiento. Todos tenemos en mente media docena de casos, empezando por los de los propios Pedro Sánchez y Pablo Casado, en los que ha ocurrido lo inesperado. Quizá por eso mismo, porque conocen de primera mano los peligros de no tenerlo todo atado y bien atado, uno y otro se han aplicado el cuento y de cara a la inminente torrentera de elecciones han elaborado listas casi literalmente a su imagen y semejanza. Sánchez se ha librado de hasta el último susanista y ha instalado a su guardia de corps en los lugares preminentes. De lo suyo gasta. Con mayor descaro que su rival, Casado directamente ha laminado a la vieja guardia y la ha sustituido por frikis como Cayetana Álvarez de Toledo o Juan José Cortes, cuyo único mérito político consiste en ser padre de una niña asesinada.

Otro debate imposible

Que si la libertad de expresión y tal, pero de pronto te encuentras que en la misma semana te atizan por el extremo babor y el extremo estribor con la misma saña y, lo que es más revelador, muy similares epítetos. “Soldadesca jeltzale”, me escupía el miércoles pasado Hermann Tertsch del Valle Lersundi, que aprovechaba el viaje para atribuirme connivencias en regímenes de terror, recogida de nueces y reparto de no sé qué con filoetarras. Apenas 48 después, desde el flanco presuntamente opuesto al del espirituoso Tertsch, me encalomaban la condición de pluma del régimen y escasamente originales demasías del pelo. Todo, como irán imaginando, por haber cometido la osadía de salirme de la martingala canónica sobre las irregularidades en unas especialidades muy concretas de la OPE de Osakidetza.

Anoté el viernes y repito hoy que el cirio que se está montando está a la altura de las del tantas veces nombrado Inda. Se puede ser igual de manipulador que el director de Okdiario vistiendo, como él, como para interpretar a Fígaro en El barbero de Sevilla o con jersei de lana, barbita y gafapasta. Lo determinante es el método, que como también apunté el otro día, consiste en tomar media de docena de hechos verdaderos para construir una mentira inconmensurable. Una vez difundida y repicada hasta la saciedad por los cantores de gesta habituales —muchas veces, en los mismos medios a los que acusan de ser sucursales de Sabin Etxea, empezando por EITB—, no hay forma humana de intentar un debate mesurado para separar el grano de la paja. Cualquiera que no comulgue con la versión oficial es un enemigo del pueblo. Qué hartura.

El retorno de la momia

Esta nueva adaptación de La momia ya tiene más secuelas que sus predecesoras. Aquí andamos ya por El retorno del retorno del retorno de la momia, y me llevo una. Quién le iba a decir al viejo criminal de Ferrol que sus residuos mortales iban a ser, así que pasaran 44 años del hecho biológico, combustible para la campaña electoral de un partido nominalmente socialista. Quién se lo iba a decir también, por cierto, a los dos presidentes de esa formación, Mister Equis y Mister Zetapé, que sumando un jartá de años en el gobierno de la nación, no se acordaron para nada de los huesos del caudillo de España por la gracia de Dios. Y ahora, en cambio, se agita a cada rato el espantajo. ¿Por qué?

La respuesta oficial, ya me la sé, es que por dignidad, por reparación a las víctimas y blablablá. Soy consciente de que ese relato cala entre mucha gente que tiene cuentas pendientes con el régimen asesino. Pero por eso mismo todo este baile con el difunto de hace casi medio siglo resulta más indecente. No se puede usar una cuestión tan seria para hacer electoralismo de aluvión. Menos, cuando todo lo que se ha hecho hasta la fecha es una sucesión de anuncios que siempre han resultado fallidos. Eso, sin contar con el buscado efecto —así de triste— de resucitar no a Franco sino a los franquistas. Incluso, de crearlos ex-novo entre chiquilicuatres que ni habían nacido cuando palmó el sátrapa.

Mi propuesta sigue siendo cortar el chorro económico al Valle de los Caídos y dejar que se venga abajo solito, allá cuidados. Las exhumaciones que de verdad me parecen urgentes son las de los miles de cadáveres que permanecen en las cunetas.

La caza de Darpón

Se consumó la cacería. Después de meses de acoso y derribo sin cuartel, el consejero Jon Darpón, tan duro, tan berroqueño como parecía, se ha quitado de en medio. Fíjense que a primera hora de la mañana de ayer, cuando ya se había instalado el chauchau sobre su dimisión, yo no acababa de creérmelo. No llegué a apostar, pero pese a los crecientes indicios sobre lo que finalmente ocurrió, en mi fuero interno aún pensaba que aguantaría. En realidad, quería pensarlo por algo tan simple y primario como, obviamente, cándido por mi parte: era radicalmente injusto que resultara el chivo expiatorio de esa gran mentira con trocitos de verdad que se ha montado a cuenta de las irregularidades en unas especialidades muy concretas de la OPE de Osakidetza.

Muy concretas, vuelvo a resaltar, porque hace falta ser desmedidamente mezquino para extender la mierda, propia de Inda, de que todo quisque que trabaja en el Sistema Vasco de Salud ha conseguido su puesto haciendo tortillas en un batzoki. De hecho, las medianías políticuelas que han montado este pifostio saben que en el tráfico real —yo no niego evidencias— de favores no ha habido siglas, sino otras cuestiones. Amiguismo, desde luego, pero también, y aquí es donde los ventajistas dan grima, la intención de tener a los más aptos de verdad en la certidumbre de que el método de selección es un cagarro infecto. La cosa va de salvar vidas, poca broma. Pero, claro, en lugar de conjurarse para mejorar el procedimiento infame y hacer un verdadero servicio a la sociedad, resultaba más fácil sacarse la foto con la pieza cobrada entre las fauces y pidiendo todavía más sangre.

Amigos como Puigdemont

No me cansaré de repetir que ninguna buena acción queda sin castigo. Ni tampoco que hay determinados amigos que hacen que sobren los enemigos. Que se lo pregunten al lehendakari. En buena hora se le ocurrió atender la llamada angustiada de un entonces accidental president de la Generalitat que no sabía cómo salir de la brutal trampa para cazar elefantes en la que había entrado por su propio pie. Lo suyo habría sido preguntarle al desbrujulado Puigdemont, menos Carles que Manolete, que si no sabía torear para qué se había metido. Pero Urkullu es como es y, como siempre, pensando en echar una mano, que en el caso que nos ocupa era evitar un desastre, cambió los mocasines por las katiuskas y se fue de hoz y coz a un barrizal del que inevitablemente iba a resultar pringado por activa, pasiva o circunfleja.

Como se acaba de ver, el pago por tal favor ha sido que el señor de Guaterló se haya despachado tildando a quien le echó el capote de desmemoriado o, como han entendido nuestros succionadores procesistas de salón, de mentiroso. Hay que ser muy miserable para hacerlo y muy malnacido para jalearlo. Más, cuando sobran los detalladísimos archivos de Urkullu para saber que la trola gorda a la par que cobarde —¡otra vez!— es la del delfín desviado de Artur Mas. Lo que ocurrió aquel 26 de octubre de 2017 es público y notorio. Está tasado y medido porque lo contamos todos los medios, igual los más proclives al soberanismo que los entregados al unionismo. Puigdemont citó a la prensa para anunciar la convocatoria de elecciones. Un tuit hablando de 155 monedas y tres mil estudiantes gritando le hicieron dar marcha atrás.

La triderecha navarra

El de UPN debe de ser foralismo grouchomarxiano. Si no les gusta o si no nos conviene, tenemos otro. El concepto se puede retorcer hasta el quinto tirabuzón y llegar, tachán, tachán, al antiforalismo necesario para meterse en una santa alianza con Ciudadanos, el partidete que nos ha venido dando la matraca de los privilegios vasco-navarros —según su terminología— desayuno, comida y cena. Anda que no nos habremos jalado veces la cantinela del figurín figurón naranja sobre el cuponazo, la insolidaridad y hasta el expolio que perpetramos los censados en los cuatro pérfidos territorios sobre el indefenso pueblo español.

Ahí están las hemerotecas, las videotecas y las fonotecas. De hecho, basta una leve espeleología en los archivos para encontrar las collejas cruzadas entre los ahora socios en la legión que pretende rescatar el régimen de las manos rojoseparatistas en que ha estado durante los últimos cuatro años. Claro que, visto desde el otro lado, quizá el milagro pueda apuntárselo el mesías Esparza, que ha convertido para la causa a la banda de Rivera. Se dice que ayer mismo Inés Arrimadas iba predicando la buena nueva del Convenio. Por supuesto, ni caso. En cuanto les pregunten por la cosa en Sigüenza o Almendralejo, negarán siete veces siete. O cantarán la gallina, que es lo que sabe desde el principio hasta el menos informado: el fin justifica los medios, y si hay que mezclar agua y aceite, se mezcla. Y si hay que vender Navarra —porque esto sí es vender Navarra—, se vende. No quisiera adelantarme demasiado, pero esto apunta a que el PSN ejercerá de árbitro una vez más. ¿Nos preparamos para otro agostazo?