Diario del covid-19 (52)

Después de varios días de mareo de perdiz, o sea, del personal, desde hoy mismo es obligatorio el uso de mascarilla en aquellos lugares donde no sea posible mantener la distancia de seguridad. Eso quiere decir que prácticamente en todos, pues tal como se ha puesto el ansia paseatoria de la peña, hasta en los ascensos a los montes se las ve uno y se las desea para no rozar a un congénere o no ser rozado por él. No les cuento la cantidad de runners sudorosos que me han rociado estos días con sus felipilllos renqueantes u otros fluidos.

Puesto que, en el fondo, no dejo de ser un miembro disciplinado del cuerpo social, seré el primero en acatar la medida, así me hostie treinta veces por el jodido vaho que, por más vídeos reenviados por guasap que mire, sigue empañando mis gafas. De hecho, antes de la entrada en vigor de la medida, ya iba con el tapabocas en mis temerosas y cívicas salidas por la rúa. Lo que no voy a dejar de hacer, sin embargo, es mostrar mi perplejidad ante los mil y un zigzags que se han marcado las autoridades públicas antes de decretar el uso impepinable del dichoso trocito de tela con filtro. Recuerdo en particular a un muy molesto Fernando Simón adoctrinando a un periodista sobre la inutilidad absoluta de las mascarillas frente a este coronavirus concreto. Pues ya ven.

Diario del covid-19 (51)

“¡La sociedad vasca no está para elecciones!”, barritan al unísono los integrantes del equipo paramédico habitual. Sin embargo, parece ser que algunos de los más aguerridos de esa misma sociedad sí están para ir jodiendo la marrana en esta o aquella sede de los malvados partidos opresores, entre los que ya se incluye, qué despiporre, a Podemos. Desde que se abrió la veda de los tontos del culo con esprai, ha perdido uno la cuenta de los ataques perpetrados con nocturnidad y cobardía por memos ambulantes partidarios del asesinato que tienen las pelotas de llamar asesinos a los demás. Cierto, como determinada individua cuyo certificado de penales incluye la colaboración probada con una banda criminal. Sí, esa que, disfrazada de lagarterana con mascarilla y sin haber puesto una tirita en su pajolera vida, se dejó ver el otro día desgañitándose en un hospital.

Tan clamoroso como esos berridos es el silencio de los que ustedes y yo sabemos. Claro que también es verdad que resultan aun más vomitivos y autorretratantes los “pero es que…” añadidos a reprobacioncillas de tres al cuarto. Lo que está mal está mal. Se rechaza sin lugar a dudas. Ocurre, por desgracia, que nos conocemos lo suficiente y, como no nos chupamos el dedo, tenemos muy claro que esto va de reparto de tareas y de caretas. Y no cuela.

Diario del covid-19 (50)

Francamente, no esperaba que los campeones siderales de loas a la soberanía popular fueran a retratarse como los más refractarios del lugar a la colocación de urnas. Como ya anoté aquí, resulta particularmente insultante, amén de autodefinitoria, la soplagaitez esa de que la sociedad vasca no está para elecciones. Cualquiera que se haya dado un rule ayer mismo por nuestras calles en la fase cero coma pico habrá comprobado que, sin ser el de antes de la pandemia, el paisaje ya no tiene nada que ver con el páramo del confinamiento. Vuelve a haber vida. Más incluso de la que el cenizo que teclea cree que sería razonable para un momento en el que el virus todavía no ha hecho las maletas.

Parece, por lo tanto, que no es descabellado pensar que el 12 de julio, dentro de casi dos meses, la situación vaya a ser mejor. Y si resultara que no, hay tiempo para plegar velas y esperar un momento más propicio. Puro sentido común. Por eso se antoja tan incomprensible que la cojan llorona y bronquista las formaciones políticas que, por lo demás, no tienen nada que perder de la convocatoria electoral. Al contrario: se la juegan los que llevan la manija de la gestión de una crisis endiablada donde casi todo el monte es orégano para hacer oposición de pimpampum calcadita, oh sí, de esa tan pintoresca allende Pancorbo.

Diario del covid-19 (49)

En medio de la pesadilla se nos ha ido Julio Anguita. Esta vez no ha sido el maldito bicho sino un corazón que ya no daba más de sí, después de casi ocho decenios de uso intenso. Es una inmensa pena porque aún le quedaban muchos años de esparcir dignidad con ese verbo tan preciso y ese tono de voz que penetraba por los poros de la piel más que por los tímpanos. Ni siquiera hacía falta estar de acuerdo con él para sentir que sus palabras brotaban de lo más íntimo de su ser, aunque no eran pronunciadas sin pasar antes por su cerebro.

Discrepé mil veces con él y estuve de acuerdo muchas más. Le escuché, en todo caso, siempre con atención. O con fascinación, incluso, como en aquella primera entrevista que le hice a bordo de un coche hace ahora 31 años, siendo yo un pipiolo sin desbravar. Me dijo entonces, y quedó anotado, que ni en el paredón mismo quería ser un profesional de la política. Sus hechos lo confirmaron: cuando tocó, se hizo a un lado y volvió a dar clases, que era su gran vocación. Años después, exactamente el 26 de abril de abril de 2003, volví a hablar con él desde Gernika, en plena conmemoración del 66 aniversario del bombardeo de la villa foral y solo 15 días tras la muerte de su hijo en la guerra de Irak. El dolor del padre no ocultó la lucidez del pensador. Descanse en paz.

Diario del covid-19 (48)

Escucho a señalados portavoces de uno y otro lado del meridiano ideológico que la sociedad vasca no está para elecciones. Así, tal cual, a palo seco, categóricamente, sin lugar al matiz ni a la réplica. Como tantas otras cosas en estas semanas de espanto, los usufructuarios únicos de la verdad han tomado la decisión de lo que es y lo que no es sin consultar a los implicados. Igual en lo que atañe a la sanidad, la economía, la educación o los meros comportamientos individuales, los autoinvestidos doctores toman las decisiones basándose en el mismo principio que guiaba a la asamblea de majaras de la canción de Kortatu: mañana sol y buen tiempo.

Y en esto de la celebración de las elecciones pendientes en julio —que yo no sé si sí o si no, se lo juro— ya han determinado que no hay más tutía. No, no, y no. Como me dicen varios oyentes de Euskadi Hoy en Onda Vasca-Grupo Noticias, quizá el error del lehendakari fue no hacer la propuesta contraria a la que le parecía más razonable. Si hubiera dicho que en septiembre o hablado de posponer el asunto sine die, se le estarían exigiendo los comicios para pasado mañana porque la Democracia no puede quedar al albur de una pandemia. ¿Y saben lo que les digo? Que tendrían razón. Si de verdad nos creemos lo de la soberanía popular, no hay que renunciar a ejercerla.

Diario del covid-19 (47)

Asisto con una ceja enarcada al debate sobre la vuelta a las aulas el próximo lunes de parte del alumnado de la demarcación autonómica. Como padre de uno de los chavales a los que les toca el regreso presencial, soy el primero no ya en comprender el recelo, sino en compartirlo. Por lo mismo, pero también porque tiendo a escuchar todos los argumentos antes de apostarme en la trinchera y disparar, me hago cargo de los muchos y diversos motivos por los que se considera inoportuna la medida. Hablo, insisto, de razonamientos, no de consignillas de a duro como esa letanía estomagante que ha hecho correr —con fortuna, reconozcámoslo— el equipo paramédico habitual: “Esto es para poder justificar las elecciones en julio, raca, raca, raca”.

Dejo para otro rato extenderme sobre esa mandanga que sirve para rotos y descosidos, y retomando la cuestión, anoto aquí lo que parece, más que una paradoja, una enorme contradicción o, incluso, una colosal muestra de hipocresía. Cualquiera que haya salido a la calle estos días en las franjas permitidas habrá sido testigo de la presencia masiva de cuadrillas de adolescentes de cuatro, seis, ocho y hasta quince integrantes haciendo exactamente lo mismo que antes de la pandemia. Y por tanto, arriesgándose a lo mismo por lo que no queremos que vuelvan a clase. ¿Entonces?

Diario del covid-19 (46)

Amigos, sí, pero la vaca, por lo que vale. Quiero decir que yo tengo responsabilidad individual por arrobas y que la regalo de mil amores por el bien de la causa, aun a riesgo de pasar por gilipollas, primaveras, meapilas o pringadete frente a los apóstoles del “buah, chaval, deja a la peña hacer lo que quiera”. Y estoy casi seguro de hablar también en nombre de las miles de personas que llevan dos meses poniendo de su parte hasta donde ya no hay más que sacar. Por fortuna, la mayoría de lo que Gabilondo llamaba la infantería social estamos a la orden no ya para vencer en la lucha contra el bicho, que ojalá, sino para limitar sus daños devastadores. No creo que se nos pueda pedir mucho más.

Comprendo perfectamente que nuestros dirigentes deben interpelarnos a sus administrados para que aportemos nuestra cuota de civismo solidario. Si yo fuera su asesor de comunicación, les anotaría en negrita esa parte del discurso, por supuesto. Pero acto seguido, les invitaría a ponerse al frente de la manifestación o, más que eso, a pasar de las palabras a los hechos. ¿Más claro todavía? A acabar con las herramientas a su alcance con los comportamientos letales que amenazan con devolvernos a lo más duro del duro invierno. Esa “minoría” es lo suficientemente grande como para arruinar lo conseguido hasta ahora.