El balón apaisado

Hay tanto fútbol en televisión y entre ambos hay tanta relación de dependencia que el balón ha dejado de ser redondo para adoptar la forma apaisada de los televisores y así rueda de maravilla. Sin el espectáculo del fútbol la televisión decaería y sin la financiación de la publicidad el fútbol retrocedería a los años sesenta del siglo pasado. Cuando se queje usted de tanto anuncio, recuérdelo: la publi financia la tele y toda la prensa libre. ¿O prefiere el modelo público británico BBC, con el pago del canon anual de 174,50 libras, unos 200 euros? Pertenecemos a la era del homo publicitarius, desarrollo perfecto del homo sapiens.

Con la Liga ya en marcha comienza un periplo de 380 partidos de pago, más los de las competiciones europeas y sin contar los de Copa que ofrece gratis TVE. Serán decenas de millones de telespectadores en casa y en el bar, sin incluir a los piratas que encuentran un atajo. Ir contra ellos como si fueran delincuentes es como los normandos persiguiendo a Robin Hood. Hasta la selección estatal femenina alcanzó una audiencia de seis millones en la final de la Eurocopa. Una locura que riega de riqueza a jugadores, clubes, ciudades y una economía de consumo apabullante.

La tele quiere innovar sus retransmisiones, pero fracasa. Los comentaristas suspenden en retórica, aburren. Originarios de la radio, con exceso de verbo y pobre narrativa, pretenden dejar su sello y quedan lejos de Carlos Martínez y sus solventes crónicas. Agarran el micrófono como estacas y dicen palabras pretenciosas como cuerpear, opacar y encimar. Los antiguos pasaron de orsay a fuera de juego, de balón a esférico, de árbitro a colegiado, sin más historias. ¿Y no podría haber alguna mujer más entre los locutores? Solo hay una, Sandra Díaz, y no es de las mejores.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Nueva York reinventada por mujeres

¿Puede ser Nueva York, con sus más de 8 millones de vivientes y sus desigualdades, de la opulencia a la pobreza extrema, escenario de comedia? ¿Existe otra versión de la ciudad de los rascacielos que no sea la agresiva y angustiosa, mil veces retratada en las pantallas? Para imaginarla amable habría que amputar el 90% de su realidad. El resultado fantaseado y convertido en serie es And just like that, secuela de la clásica Sexo en Nueva York y cuyo capítulo final veremos este próximo jueves.

Tenemos una historia de cinco mujeres ricas y guapas (los hombres aquí solo cuentan como apéndices), Carrie, Miranda, Charlotte y las añadidas Seema y Lisa, un universo femenino en diversidad de género, razas y estado, con hijas e hijos pijos, a gusto de una comunidad woke y moderna, nada de cincuentonas carcas. Ya no tienen treinta años como cuando arrancó Sexo en Nueva York a finales del siglo pasado. Si HBO Max se echa atrás y no las liquida definitivamente pese a su modesta audiencia, las veremos como Las chicas de oro renovadas, viejecillas locas que se masturban entre sábanas de seda.

La mitad de la serie es la feminidad de Sarah Jessica Parker, que lo ha dado todo, hasta exprimirse, en su papel de la perturbadora e inteligente Carrie y atado su carrera a este romántico personaje con el que se identifican millones de mujeres. Y también, en menor medida, Miranda, lesbiana sobrevenida y madre feliz. La otra mitad es el interminable desfile de moda y casoplones rendidos al lujo de una ciudad frívola. Esta sobredosis de glamour supera su concesión a la realidad en forma de muertes, rupturas, casos de cáncer, sexo poco explícito y hasta un embarazo adolescente. Pero ellas, las mujeres de esta historia, lo subliman todo, su fascinación y hegemonía. Descansen en paz.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Televisión, consuelo de los afligidos

Érase una joven política a quien la codicia llevó a falsear su currículum. Manifestó poseer un doble grado en Derecho y Ciencias Jurídicas y añadió un Grado en Estudios Ingleses, incluso imaginó ser licenciada en Derecho por la Universidad Central de Missouri y profesora de Ciencias Políticas. Y por modestia no agregó un doctorado honoris causa por Harvard. Hasta que un mal día se descubrió el engaño y Noelia Núñez fue obligada a dimitir como diputada del Congreso, concejala en Fuenlabrada y vicesecretaria de Movilización y Reto Digital del PP. A su caída en desgracia añadió una penúltima mentira: “Ha sido un error”, a sabiendas de la intencionalidad de sus trolas. ¿Cuál será el destino de esta impostora?

En efecto, su porvenir es la tele, consuelo de los afligidos, consolatrix afflictorum, según las letanías lauretanas para pequeños pecadores. Y ya la tenemos en Cuatro como tertuliana del espacio En boca de todos que dirige Nacho Abad, cronista de sucesos. También podría haberla fichado Iker Jiménez para que contase el misterio de su currículum fantasma y su experiencia como la chica de la curva de la calle Génova. Antes de su derrumbe ya la veíamos en laSexta Xplica dando a diestro, que no a siniestro, contra las maldades de la izquierda.

¿Y qué va a hacer Noelia en la tele? Ser objeto de mofa y dar risa y pena a la vez, pues siempre será la tramposa del currículum, al igual que Andy Byron será eternamente el tío de los cuernos cazado por la kiss-cam en un concierto de Coldplay. Que sepa que en la tele a los tertulianos les pagan una mierda y que quien acude a reivindicarse (Mario Conde lo intentó en un canal ultra) fracasa sin remedio. Sálvese, señora, del contagio de su mentora y mentirosa Ayuso y no caiga en la tentación de regresar a la política.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Montoro, historia de codicia

Se dice pronto, pero Los Simpson suman 36 temporadas en las pantallas. Ya no los encontrarán en las televisiones en abierto porque en este tiempo de libertades tuteladas el clan amarillo de Springfield sería llevado preso ante el tribunal de la corrección política. Su osadía cultural, su léxico gamberro y su desparpajo crítico fueron motivos sobrados por los que Antena 3 canceló su emisión en 2018. Las entidades de la derecha y las religiones, del Opus al islamismo, odian Los Simpson, a los que acusan de envenenar a nuestros jóvenes y entusiasmar a los rebeldes. La industria nuclear celebró con alborozo su retirada. Con todo, la serie de Matt Groening es revolucionaria y un hito del talento.

Fue fácil asimilar, por formato craneal, mirada torva, hablar nasal y risita atiplada, al señor Burns con Cristóbal Montoro: uno, tiránico dueño de la central nuclear donde trabaja Homer Simpson; y otro, antipático paladín de la austeridad y camuflado lobista. Con tantas semejanzas era inevitable que la sátira política se cebara en quien, ahora, la justicia investiga, junto al resto de su trama mafiosa, por cohecho, fraude contra la administración pública, prevaricación, tráfico de influencias, negociaciones prohibidas, corrupción en los negocios y falsedad documental, presuntamente.

La televisión persigue a Montoro para que ofrezca explicaciones. ¿Por qué calla el exministro? Su silencio es más culpable que prudente siendo un apestado para el PP y un alivio para el Gobierno en la actual ola de corrupción. La frívola Ayuso, muñeco de su ventrílocuo Rodríguez, ha dicho que el caso es “una serpiente de verano”. En otoño deberá confirmarse si, además de por su mala estampa, Mr. Burns y don Cristóbal son idénticos en codicia y cinismo. Hagan sus apuestas… al amarillo.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

De la mala memoria a la propaganda

Los malos perdedores tienen obsesión por el relato, su última bala, motivo por el cual países e ideologías tiránicas falsifican la historia con libros infames, series bastardas y cine mentiroso. Y así la izquierda abertzale recuerda el fin de ETA como un justo armisticio para blanquear su trágico periplo y el Estado español hizo de la mediocre novela y serie Patria su verdad oficial y regaló un Goya a La infiltrada por glorificar el ficticio heroísmo de la Guardia Civil. ¡Es la propaganda, amigo! Y para todo esto siempre hay suculentos presupuestos, como hubo, sigue habiendo y habrá fondos reservados y cloacas.

La Frontera, producida por TVE en colaboración con Prime y escrita por David Zurdo y Luis Marías, se centra en el mito del “santuario francés”, término con el que las autoridades estatales se referían a Iparralde por la escasa colaboración del gobierno galo en la lucha contra ETA; pero solo era la excusa de la incompetencia española. Estamos en 1987 y el capitán Mario Sanz persigue a un comando que pretende atentar en París al margen de la organización. Hay terroristas feos y desgarrados, policías guapos y estupendos y políticos inmorales. Y surge un amor de tricornio y capucha. ¡Por favor!, es un sainete caricaturesco a los sones del surrealista Satie, de quien ahora se recuerda el centenario de su muerte.

El viejo truco de advertir que “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia” es una trampa retórica con la que quieren hacernos creer que este bodrio tiene alguna certeza para compensar su cinismo. ¿Quién gestiona la propaganda del Ministerio del Interior y adultera la historia del horror policial y el terrorismo? Y en octubre Netflix vuelve con el mismo tema, Un fantasma en la batalla. Otra fantasmada sobre Euskadi, me temo.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ