Egiguren, Otegi y el derecho a la reputación

Berlusconi y su virrey Vasile no se dieron por aludidos cuando el Papa Francisco, en la histórica entrevista que Jordi Évole le hizo hace un mes en La Sexta, enunció los cuatro pecados capitales de los medios de comunicación, a saber,  la desinformación, la calumnia, la difamación y la coprofilia o “el amor a la caca”. Bergoglio apuntó que toda persona tiene derecho a la reputación,  de manera que los errores cometidos prescriben después de que se ha pagado por ellos. Señaló sin mencionarlo al ex primer ministro italiano entre los coprófilos: “A algunos conozco, católicos de misa, sí, y tienen medios que no hacen más que ensuciar a los demás”. Telecinco guardó silencio ante tan rotunda denuncia, y a lo suyo sigue. Lo justo sería distinguir entre la responsabilidad directa de las cadenas de televisión y la que de quienes en  ellas intervienen sin posibilidad de filtro editorial.

En el debate electoral de Atresmedia se dijeron cosas que podrían homologarse con el gusto por las heces. Si Albert Rivera se retrató en su histriónica agresividad, Pablo Casado se situó a la altura de las peores tertulianos del chismorreo cuando recordó que el ex dirigente socialista vasco Jesús Eguiguren fue condenado por violencia de género. ¡Hace casi 30 años!

¿Tan falto de argumentos actuales está el líder del PP? Hay un derecho individual al olvido que los medios -y las lenguas viperinas- no respetan, a la vez que exhiben un pésimo sentido moral de la historia. Eguiguren, como también Otegi y cualquier otro ciudadano, se merecen una  reputación  sin tacha después de que han saldado su deuda, momento en que caduca el pasado. Nuestra clase política se ha contagiado de la maledicencia  de Sálvame.

Pasado y presente danzan en el torbellino de la tele, como en las imágenes de Notre Dame ardiendo. Pero no somos lo que fuimos, somos  lo  que seremos.

Un VAR electoral

Nos vendría de perlas un VAR en la campaña electoral para impugnar las mentiras, las mudanzas de chaqueta y los piscinazos de los líderes. Ya existía unantecedente, la hemeroteca; pero las cadenas de televisión, antes de la era digital, eran caóticas en la gestión de su fondo de imágenes. El VAR haría trizas las estrategias de los candidatos que fundan la cínica recolección de votos en el olvido de sus falsedades. ¿Prescribe el engaño y la promesa incumplida? La democracia española va tan atrasada que sigue la vieja ruta de los debates audiovisuales, una fórmula sobrevalorada que solo interesa a los medios con el propósito de otorgar a la discusión ideológica un perfil de espectáculo. Eso son los debates en realidad: un talent show de aspirantes al mando. El día que los partidos perdieron la calle y el contacto directo con la gente entregaron su libertad a los profesionales de la comunicación social.

La tele nos ha hecho creer que sus debates son decisivos, con vencedores y vencidos. Hay que ser muy ingenuos para tragarse semejante troncho. El ciudadano Rivera empezó su carrera en un concurso de oradores. Sánchez e Iglesias se fajaron primero en las tertulias. Casado fue cocinero táctico antes que fraile. Son hombres de palabras, en plural; políticos de piscifactoría hechos a la medida del embuste de que el dirigente más fiable es el que mejor habla. 

El coloquio de hoy en TVE y de mañana en los canales de Atresmedia son perfectamente inútiles. Precedidos por un culebrón de suspensiones, reunirá cada uno a cuatro millones de espectadores. ¿Y qué? Los chismes de Belén Esteban los siguen a diario dos millones. Se zurrarán con butifarras y desplegarán sus corbatas y gestos teatrales, mas no alterarán los resultados en la España que habla mucho y hace poco. Ninguno gana y todos pierden porque no se escuchan.

Caña en la campaña


​Si el silencio es la respuesta de los cobardes, Risto Mejide es el más valiente. Solo su programa satírico ha sido generoso con lo que el periodista David Jiménez, regente de El Mundo durante un año, ha dejado escrito en El Director sobre las cloacas compartidas de los poderes mediático, político y económico. Hay un calculado mutismo sobre este libro, que contiene lo que todos sabemos y muchos callan para salvar su ego y su estipendio: “Comprarse un periodista no era posible en España, pero como dice el dicho afgano sobre la corrupción: del alquiler se podía hablar”. Jiménez es un romántico tardío y juega a ajustar las cuentas con sus colegas con una refinada venganza antes de sucumbir porostracismo.

​¿Y a qué juega Iglesias con la tele? Ya no le embelesa como antes, cuando iba de plató en plató a poner voz a los indignados por los estragos de la crisis. El martes tuvo una bronca de pantalón largo, en directo, con Ferreras, a quien acusó de ser uno de los principales protectores de Inda, oficial mayor de las alcantarillas del Estado. ¿Cuántas veces Pablo y Eduardo compartieron silla en La Sexta noche de Iñaki López? Atacado de cuernos, el líder de Podemos anticipa su derrota. ¿A qué juega Pedro Sánchez confrontándose con los fachas en la privada y despreciando la pública? ¿A qué juega Aitor Esteban al acudir a una encerrona de debate, en Cuatro, donde la estrella fue Belén Esteban? Estar a toda costa en la pantalla no es eficaz para la reputación y el voto: quien quiera payasos que llame a los Tonetti.

¿A qué juega Casado prometiendo que las corridas de toros regresarán a TVE? ¿A qué juega Rivera con susdesmesuras sobre TV3? Si esta es la realidad insoportable, mejor optar por las intrigas de ficción. Esta noche pasada, Juego de tronos ha estrenado en todo el mundo su temporada final. Feliz agonía.

Casado (y Abascal) casa quieren

Ver, oír y callar es el papel asignado a los telespectadores en un debate electoral. ¿Tiene sentido en la era de internet? Al menos el convidado de piedra de Tirso pudo enviar al infierno al lúbrico don Juan. Esta es la peor campaña de la historia: aspirantes folclóricos, mensajes intempestivos y mucha bisoñez. Sí, habrá debates. Como a Sánchez y Casado les conviene remarcar el bipartidismo se celebrará un choque a dos, moderado por la nueva presidenta de la Academia de Televisión, María Casado, que con ese apellido corre el riesgo de parecer la prima del líder del PP, algo delicada para la tarea. Como el christma audiovisual del rey, todas las cadenas lo retransmitirán en directo. Menos en Euskadi y Catalunya.

            El enmascarado Risto Mejide y su programa satírico en Cuatro se lo han montado para este miércoles bajo el título de «Debate de verdad» y al que asistirán siete fuerzas políticas. ¿Y por qué no organiza el suyo «Zapeando», en La Sexta, para que hasta el 28-A todo transcurra en una insustancial astracanada? Mientras, la Junta Electoral Central, tan censora del amarillo rebelde, deja sin cobertura a Oriol Junqueras y Jordi Sánchez para ejercer sus derechos desde prisión y quizás acceda a que Vox tenga presencia en las cadenas públicas pese a ser extraparlamentario. Son los vestigios del 155.

Telecinco rescató el viernes a Bertín para regalar a Abascal el reportaje de un facha entrevistado por otro facha. Ana Rosa rodea de niños a los candidatos en horario escolar. Y en Antena 3, El hormiguero, puro espacio promocional, convoca a los presidenciables para que hagan gracias. ¡Qué pérdida de tiempo teniendo a Jordi Evole! Ayer volvió a acertar con la confrontación entre Colau y Valls. ¿Decide la tele el resultado en las urnas? No más que un anuncio: las elecciones son un producto previsible cargado de ansiedad.

El listo de Spielberg

Fichajes, fichajes, todo se resuelve con fichajes. ¿Que un equipo de fútbol va a la deriva? A fichar. ¿Que un partido político necesita un impulso de reputación? Nada de cambiar sus ideas caducas y el viejo pensamiento: se fichan toreros, militares, famosos de la farándula (el ciudadano Toni Cantó fue pionero), cómicos o astronautas. ¿Cómo es que no han llamado a Belén Esteban, por favor? Fascinación se llama el engaño. Es la estrategia comunicativa desarrollada en el lanzamiento de Apple TV+, la nueva plataforma de contenidos por suscripción que ha sacudido la industria audiovisual. En Cupertino presentó Tim Cook, CEO de la compañía, a sus rutilantes fichajes. Por video o en persona comparecieron Steven Spielberg, Jennifer Aniston, la rubísima Reese Witerspoon, Ron Howard, J. J. Abrams y la gran dama de la información, Oprah Winfrey. Y no faltó el gusano.

            El gusano en la manzana es la incoherencia de Spielberg que, días después de atacar furiosamente a Netflix por su apuesta por el cine al margen de la gran pantalla, se ha sumado con entusiasmo al negocio del streaming. ¿A qué juega el genial director? Conspiró para privar del óscar al mejor film a “Roma”, la obra maestra de este siglo, y ahora vende su talento a los tecnodólares de Apple por un hueco en la tele.  En el Steve Jobs Theater el mensaje sonó a la defensiva: todos contra Netflix. 

Algo podrida en su arranque, pero competitiva, la televisión de la manzana alterará el mercado. Aporta series (también los nuevos “Cuentos asombrosos”, de Spielberg), películas, documentales, videojuegos, incluso una tarjeta de crédito. Y Apple News, con las páginas reales de diarios y revistas. ¡Atención, editores! Esta es su supervivencia para la era post-papel: estar presentes en los televisores. Es el quiosco del futuro que salvará el periodismo de siempre.