Un VAR electoral

Nos vendría de perlas un VAR en la campaña electoral para impugnar las mentiras, las mudanzas de chaqueta y los piscinazos de los líderes. Ya existía unantecedente, la hemeroteca; pero las cadenas de televisión, antes de la era digital, eran caóticas en la gestión de su fondo de imágenes. El VAR haría trizas las estrategias de los candidatos que fundan la cínica recolección de votos en el olvido de sus falsedades. ¿Prescribe el engaño y la promesa incumplida? La democracia española va tan atrasada que sigue la vieja ruta de los debates audiovisuales, una fórmula sobrevalorada que solo interesa a los medios con el propósito de otorgar a la discusión ideológica un perfil de espectáculo. Eso son los debates en realidad: un talent show de aspirantes al mando. El día que los partidos perdieron la calle y el contacto directo con la gente entregaron su libertad a los profesionales de la comunicación social.

La tele nos ha hecho creer que sus debates son decisivos, con vencedores y vencidos. Hay que ser muy ingenuos para tragarse semejante troncho. El ciudadano Rivera empezó su carrera en un concurso de oradores. Sánchez e Iglesias se fajaron primero en las tertulias. Casado fue cocinero táctico antes que fraile. Son hombres de palabras, en plural; políticos de piscifactoría hechos a la medida del embuste de que el dirigente más fiable es el que mejor habla. 

El coloquio de hoy en TVE y de mañana en los canales de Atresmedia son perfectamente inútiles. Precedidos por un culebrón de suspensiones, reunirá cada uno a cuatro millones de espectadores. ¿Y qué? Los chismes de Belén Esteban los siguen a diario dos millones. Se zurrarán con butifarras y desplegarán sus corbatas y gestos teatrales, mas no alterarán los resultados en la España que habla mucho y hace poco. Ninguno gana y todos pierden porque no se escuchan.

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