En mi casa o en la tuya

El sector más conservador de Hollywood estaba convencido de que Netflix se había equivocado de fiesta, que la suya eran los Emmy, que premian la excelencia en televisión, y no los Oscar, donde se enaltece el cine. Ese mundo decadente tiene igual sentimiento de invasión que el taxi hacia Uber. Por eso, le negaron a Roma la estatuilla al mejor film. Todas las presiones que Netflix desplegó en la Academia resultaron infructuosos y la ceremonia dejó una sensación de injusticia y desprecio hacia la más brillante película de esta década. Galardonaron a una comedia antirracista por no encumbrar una historia que ha arrasado en la tele y no ha pasado por la gran pantalla, solo por esa mezquindad.

Netflix no es el nombre de un supositorio, sino el nuevo gigante del séptimo arte, la metrogoldwynmayer de hoy y que entiende que la cinematografía ha encontrado su acomodo perfecto en la calidez del hogar -tardes de chocolate, bizcochos, mantita y dulces abrazos-, lejos de los espacios donde fastidiosos espectadores engullen encurtidos de pepinillo, crujen patatas fritas a la barbacoa y tragan cocacola con el mismo estruendo con que la abuela sorbía la sopa caliente. La sesión en  streaming nos salva de esa peste y es más barata, sin horarios y con pausa para hacer pis. No pierde el arte, cambia el soporte.

Debería ese Hollywood carca mirar hacia el fútbol y constatar que la tele ha ampliado los estadios. Si el pasado miércoles cien mil personas presenciaron en el Bernabéu, pagando entrada, la inapelable derrota del Real Madrid, otros 9,5 millones lo vieron en casa, gratis y cenando tortilla. El televisor es la cancha deportiva más grande del mundo. Admitan los nostálgicos que también es la mayor cartelera de cine de estreno. Para emular la magia de las salas de E.T. Superman, la gente compra pantallas de muchas, muchas pulgadas.

Historia negra de un cornudo

Las dos novelas de Carme Chaparro (No soy un monstruo La química del odio) comparten como personaje central a la inspectora de policía Ana Arén, trasunto de la filósofa Hannah Arendt. Obviamente, a la periodista de Cuatro le obsesionan la crueldad que albergan las personas corrientes y la banalidad del mal acuñada por la pensadora judía. Sobre estas fijaciones ha posicionado su nuevo magacín de tarde, Cuatro al día, al que se ha encomendado la misión de revertir el fracaso de la cadena y su vaciamiento informativo. Para empezar, le ha llegado el regalo de un zornotzarra, cornudo y celoso, que contrató a dos sicarios para liquidar al concejal asturiano que se entendía amorosamente con su esposa. ¡Qué gran historia para demostrar la naturaleza malvada de los seres humanos normales!

Los primeros datos de este chaparrón vespertino, de tres horas y media, son muy desalentadores, con una media de 2,2% de share y apenas 224.000 espectadores, cuatro veces menos que su oponente Más vale tarde en La Sexta. Los programas largos los inventó ETB hace una década: son más eficientes y permiten contenidos diversos en una única oferta prolongada. Ahora, la televisión vasca sobrevive a duras penas en esa franja horaria. Lo bueno es que Chaparro ha rescatado a Adela Úcar como una de sus reporteras, después de que la informadora bilbaína tuviera entre nosotros muy pocas oportunidades de demostrar su valía. 

Cuatro al día ha reinventado la fórmula de fusionar lo amargo de la crónica negra con lo dulce del costumbrismo social, una merienda que ya servía TVE. Es un producto para durar, pero no aguantará con tan leve audiencia. También empezó fatal Sonsoles Ónega en Telecinco contra Al rojo vivo de Ferreras y hoy le supera, eso sí, a base de frivolizarse. Es la guerra, Carme, y la tele tiene mucho de banalidad y de mal.

Juicio en el Supremo: la toga por la culata

A mi asistente virtual le he dado órdenes estrictas para los próximos meses: quiero ver todo lo que sucede en el juicio a los líderes independentistas catalanes y que emite, de martes a jueves, el Tribunal Supremo, el plató donde se escenifica el más viciado de los realities y en el que ejerce la coacusación un partido fascista. Tras las dos primeras jornadas el juez Marchena está maldiciendo su decisión de haber permitido la emisión del proceso y poner las imágenes a disposición de la televisión y los medios digitales. Si su intención era mostrar transparencia ante Europa, que observa con preocupación esta causa política, ha dado el pego con su impostura; pero como no tiene la menor idea de comunicación ha regalado a los ciudadanos de Catalunya la épica de sus dirigentes presos, lo que reforzará las posiciones ideológicas y emocionales del soberanismo. Y así ha comenzado un juicio que es una humillación para aquel país, compensada con el bálsamo de ver la inmensa dignidad de Junqueras y escuchar los brillantes alegatos de los letrados defensores. Al poder judicial del Estado le ha salido el tiro por la culata.

¿No lo entienden, verdad? La tele favorece el relato del sufrimiento catalán. Porque está en las palabras y lenguaje no verbal de los acusados. Porque el fiscal Zaragoza expone un discurso calcado del PP. Porque el secretario general de Vox, revestido con toga, pone cara y ojos al odio. Por la desmesura de las acusaciones y penas reclamadas. Pasen y vean en streamingcómo la alta justicia española pierde la poca vergüenza que le quedaba.

¿Quiere Marchena enmendar el fiasco? Revoque su ilustrísima la prisión provisional de los detenidos y rebaje así la tensión de un asunto robado al diálogo democrático. Nunca hubo un juicio más inútil. Alexa, pasa el mensaje a tribunalsupremo.oac@justicia.es

Saber olvidar es lo mismo que saber recordar

¿Por qué hay tantas dificultades para establecer un relato común de las décadas de terrorismo en Euskadi? Porque ninguna de las partes, situadas en los extremos políticos, está dispuesta a reconocer su cuota de responsabilidad histórica y se disputan los despojos de la contienda. Y lo que es más grave: no les importa el pasado, sino el presente. Sí, el pretexto son los años de violencia, las víctimas y todo lo que nos condicionó política, económica y socialmente; pero lo que pretenden los discrepantes es imponer una historia sobre el presente, un dolor del pasado para que continúe doliéndonos a todos, algo así como la cronificación del pretérito para que el antes siga instalado en el ahora. Es su estrategia fantasmal. Ni siquiera, unos y otros, tienen la honestidad de reconocer su olvido de los muertos y los estragos (con algún ramo de flores y una plegaria en el camposanto de vez en cuando), tan bien instalados que están en sus vidas actuales, disfrutando de sus cargos públicos o como rentistas del sufrimiento en las instituciones, chiringuitos de velatorio y fundaciones nominales. Son sus batallitas, no las de la mayoría de los vascos.

No somos el único país del mundo que ha padecido la violencia civil. Todos los pueblos que han soportado guerras interiores han pasado por este proceso de construcción y deconstrucción de la memoria. Y en todos ellos este recorrido ha sido lento y plagado de altibajos, contradicciones y revisiones. La historia contada es pura y grotesca fábula, como las películas de Hollywood, que hacen malos a unos y buenos a otros y más tarde cambian a los buenos por los malos. ¡Qué más da! Esos países empezaron por cargar la culpa a alguna de las partes (la derrotada), santificando a sus mártires (los vencedores), a los que dedicaron monumentos, homenajes y memoriales, para tiempo después reconocer que los sucesos fueron más complejos y transversales los errores.

Con el aprendizaje de lo que otras naciones han vivido antes que nosotros podríamos saltarnos el primer paso, el de la culpa, y pasar al siguiente, desterrar el maniqueísmo y reconocer que el terror no tuvo justificación y que sus actores militaron a ambos lados de la trinchera, y que entre unos y otros, había un pueblo sobrecogido que padeció a ETA y a los responsables del Estado español por igual, además de a una clase dirigente incapaz de alcanzar una solución y que prolongó el conflicto durante décadas. Díganme ustedes qué país de guerra cainita no sigue revisando hoy la historia de su tragedia y en cuál las culpas no están equitativamente distribuidas. Claro, no viven en el pasado como España.

La memoria española

Lo más irónico de la batalla del relato, tan absurda e inmadura, es que sea España quien reclame a Euskadi una narración obligatoria y que esta se imparta, a su modo hostil y airado, en las escuelas y se difunda por los medios de comunicación como dogma de fe. ¿Cómo se atreve el reino de España a exigir tal cosa teniendo pendiente su propia crónica de la dictadura de Franco, la guerra civil y las décadas previas? ¿Quién es España para requerir a Euskadi la explicación de su historia reciente cuando no ha sabido exponer la verdad de lo que en su seno ocurrió y mantiene, 46 años después, un mausoleo donde se ensalza al tirano, además de tener, para su bochorno, miles de fusilados en las cunetas de sus pueblos y ciudades? ¿Cabe mayor sarcasmo que este Estado, repleto de símbolos, calles y fundaciones que rememoran a los fascistas, nos reclame un relato que, por descontado, le exculpe de su responsabilidad criminal en tierras de Euskalherria? ¿De qué tiene que darnos lecciones éticas un país cuya derecha política aún justifica y aplaude aquel régimen autoritario, coartada que se hace más palpable con la irrupción de Vox, puro franquismo? ¿De qué demonios nos hablan de narración y su cuento de Calleja?

El problema es que España tiene memoria de la mala, la selectiva, que consiste en recordar lo secundario y olvidar lo más importante. Esta es la memoria española, cuajada de ignorancia y mala fe, de injusticia y tiranía. Tuvo que esperar 32 años, hasta 2007, para aprobar la Ley de Memoria Histórica, del presidente Zapatero, tímida y acomplejada, pero un avance en el erial de los recuerdos aplazados y que fue rechazada por el PP, sistemática incumplida por las administraciones e interpretada con mezquindad por numerosos jueces. En definitiva, España se empeña en seguir evocando su victoria sobre la mitad de los suyos. La prevaricadora negación de la transferencia de las prisiones a Euskadi es la muestra del resentimiento que persiste en los aledaños del PP.

Hay una contradicción entre cómo España enseña, con demasiada benevolencia, a sus niños y jóvenes en las aulas la historia de la guerra y el franquismo y cómo la viven los conservadores y partidos de derecha, a los que no les pareció mal. No solo se amnistiaron, también se “amnesiaron”. Esta brecha de injusticia es la que se quiere evitar en Euskadi con el programa educativo Herenegun, un relato transversal en el que todas las violencias son condenadas y la diversidad de víctimas testimonian su calvario.  No es solo una clase de historia, es también una clase de ética. Que a algunos sus contenidos les resulte insuficiente, porque el charco de su sangre no es todo lo grande que quisieran, es otra derivada del partidismo que ensucia el relato.

La memoria vasca

¿Quién puede contar la historia mejor que sus testigos, que la vivieron cada día y durante años? Como la sociedad vasca fue protagonista, no tiene ansiedad en hacer balance. Entre nosotros, es verdad, están los que tienen mucha prisa en el recuerdo de sus muertos y quieren un relato que se centre en ETA y sus crueles asesinatos, marginando el terrorismo de Estado, la tortura y la siembra de odio que produjeron las acciones policiales. Tienen miedo al olvido y que la ciudadanía pase página. Buscan un relato unívoco y obligatorio. Y están los que tienen prisa en el olvido, porque, ya en paz, les pesa la vergüenza actual, de la que carecían entonces, de haber apoyado y alentado décadas atrás el terror etarra. Y, además, les repugna pasar a la historia como los únicos malos de la película.

En medio de los ansiosos del relato sangrante y los deseosos del olvido rápido y sin secuelas, tan victimistas los unos y los otros, está la mayoría de Euskadi que asiste, perpleja e indiferente, a la batalla por los despojos y que lo fía todo al mejor criterio de sus instituciones. Siendo tan complejo y delicado el asunto, reclama a su clase dirigente un esfuerzo de consenso en el recuerdo y un respeto a la verdad entera, con menos gritos y demostraciones de odio en quienes viven, profesional o políticamente, de la muerte de los suyos. Ya vale de carroñería.

Más allá de que sea factible alcanzar la utopía de un relato compartido, algo así como una verdad oficial, lo determinante es el proceso natural de olvido que sigue a toda tragedia. Bastante tuvo el pueblo vasco con la vivencia de aquellos desgarros como para que ahora, en paz y en una convivencia política casi normalizada, mantengamos las trincheras en la memoria. Tienen que entender que la gente olvida, porque el presente, con sus quehaceres, y el futuro, con sus incertidumbres, importan más que un pasado miserable. Olvidar no es justo ni injusto: es a lo que nos aboca la eficaz naturaleza humana. Olvidar no es amnesia, es memoria de la buena. Euskadi no es insensible, no lo fue antes y tampoco ahora. Nos acusaron vilmente de mirar para otro lado ante la violencia. ¿Pretenden ahora, con aquel falso sentimiento de culpa, que comulguemos con las ruedas de molino de una narrativa cuajada de mezquindad ideológica y rencor? Van a fracasar, porque el olvido pesa más que el recuerdo, sobre todo si va acompañado del perdón. Oigan, déjennos olvidar en paz, déjennos recordar tranquilos.

 

 

Escasos de diálogo, escasos de democracia

Si una sola palabra, relator, es suficiente para que la peor política soliviante los ánimos en la calle, es que andamos escasos de diálogo. En la televisión se practica poco y mal. En Sálvame unos dos millones de personas cada día asisten con gusto a la perra maledicencia. Apenas hay espacios para hablarse y escucharse con respeto e inteligencia. Con Salvados, de título parecido, pero opuesto en estilo y contenido, Jordi Évole logra las noches de los domingos un equilibrio imperfecto entre el interés informativo y la exposición personal de los entrevistados. Sus conversaciones son pura pedagogía, aún con el riesgo de fiarlo todo a la palabra en un modelo audiovisual sustentado en el espectáculo. De Sálvame a Salvados hay la misma distancia que entre la España del agravio y la sociedad que se rebela, piensa y acredita su dignidad; median cien años de cultura.

El éxito de la entrevista de Évole al terco Maduro, con más de 3,5 millones de espectadores y su impacto en los medios internacionales, es una esperanza frente al desprecio, la razón contra la rabia. A la misma hora, en Cuatro, Risto Mejide, el entrevistador del antifaz, apenas sobrepasaba el millón de seguidores, quizás porque su narcisismo canibaliza el coloquio. Para ser entrevistado por Jordi hay que ganárselo y estar dispuesto a las preguntas difíciles. Para que te interpelen Mejide y Ana Pastor basta con ser famoso en declive o político locuaz.

Si Sánchez buscaba un relator lo tenía en Évole. Es catalán, conoce la realidad de aquel país, es neutral entre el independentismo y el 155 y ha demostrado su destreza para sentar a la mesa a gente muy diversa, como cuando juntó a Junqueras con una familia andaluza en una charla leal. O ayer mismo, reuniendo a Arrimadas con Montero. Necesitamos más diálogo en España y Catalunya: más Évole, por favor.