La mancha de la verdad: pederastia de la Iglesia vasca

Massachusetts, Irlanda, Australia, Chile, Pensilvania… ¿y cuándo en Euskadi? La verdad sobre la pederastia eclesiástica se va a abriendo paso con enorme parsimonia, pero avanza. Siempre fue así con la jerarquía católica, refugiada en la ocultación y amparada en su poder sagrado e intocable. Si tardaron 359 años en rehabilitar a Galileo Galilei y hubo que esperar cuatro siglos para que Roma reconociese el error de quemar -¡vivo!- al filósofo y astrónomo Giordano Bruno, cuyo inquisidor fue un cardenal a quien hicieron santo, podemos hoy aspirar a que cientos de miles de niños sean reconocidos víctimas de terribles agresiones sexuales y compensados con lo único que desean: el conocimiento público de aquellos hechos criminales y la depuración histórica de los culpables.

Con un Papa dispuesto a romper el muro de silencio, quizás tengamos alguna opción. Tras el escándalo de Pensilvania, donde se han documentado un millar de casos de menores sodomizados por unos 300 sacerdotes, Francisco ha manifestado que “nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado”. Se queda corto Bergoglio: a un chico violentado le tiene sin cuidado el perdón. Transcurrido un tiempo y amortizado su dolor en la soledad, la indulgencia es inane. La disculpa es un factor moral para los católicos; pero para un ser humano, el más vulnerable, es del todo inservible por su dudosa sinceridad. No se demanda compasión. Se exige la justicia de la pura verdad. Se reclama el señalamiento de los depredadores y la responsabilidad de sus encubridores, al tiempo que se busca evitar que sucesos tan brutales vuelvan a producirse. Nadie como un niño violado sabe más de sufrimiento insoportable.

¿Por qué en Euskadi, como en el conjunto del Estado, no se han llevado a cabo las depuraciones de la pedofilia sacerdotal? Con sus variables culturales, la Iglesia es igual en todas partes e idénticas son las personas ante la malversación del sexo y las pasiones, el pudrimiento moral y la dominación de los débiles por la fuerza. Los clérigos vascos eran y son del mismo patrón que los australianos, irlandeses, chilenos, bostonianos, los de Harrisburg y Pernambuco. Nuestra experiencia tiene similar dimensión y gravedad. La particularidad de la dictadura franquista, de la que la religión católica fue uno de sus pilares, hace más complicada la investigación. Sabemos lo que ocurría y sólo hay que poner en marcha un método que haga posible su descubrimiento, siempre que la autoridad religiosa coopere o, al menos, no ponga obstáculos de silencio y eluda solidarizarse con sus numerosos criminales. Que abra sus archivos y se conozca lo acaecido bajo las indignas sotanas.

Crímenes amortizados

¿Qué hace tan difícil el conocimiento de los casos de pedofilia clerical? Hay dos factores que, sin quererlo, interactúan hacia la impunidad. Por un lado, la vergüenza de las víctimas a revivir episodios que, después de muchos años, han amortizado en un olvido cobarde. Es una ardua tarea conseguir que un adulto relate las vejaciones sufridas por un religioso cuando era niño. El silencio, con la ayuda del terror y la humillación, se hizo crónico, lo que posibilitó la continuidad de la carrera delictiva de los culpables. Y, por otro lado, el secular recurso de la Iglesia al blindaje y secreto de sus vicios y corruptelas ha sido decisivo para que la pedofilia se convirtiera en sistémica e impugnable. La práctica era desplazar al cura sobón o agresor a otro centro de la orden y obligar a los niños a cerrar la boca, cuando no expulsar y escarnecer a los damnificados. Sobre esta espiral de atroz mutismo se ha construido la ignominia.

Los hechos protagonizados por el vicario Mendizabal son representativos de por qué ha quedado sin escarmiento la pederastia sacerdotal en nuestro país. El tiempo pasado, la prescripción de los delitos y la tardanza en las denuncias constituyen el pack causal de su impunidad. La Iglesia se resiste a aceptar su patético periplo, mientras las víctimas se mueren en su angustia. No, no olvidan, es imposible olvidar.

Pero la justicia tardía en las diócesis americanas y otros países de tradición democrática proyectan un rayo de luz sobre la oscuridad de la historia de la pederastia en Euskadi. A esto se añade la enorme repercusión de Spotlight-Oscar a la mejor película en 2016- que ha removido conciencias sobre los abusos sexuales a menores y su ocultación por los poderes eclesiásticos. También el músico James Rhodes, actualmente afincado en Madrid, que fue violado desde los diez años por su profesor de boxeo (no era sacerdote), ha contribuido con sus libros y artículos de prensa (memorable su Carta a Pedro Sánchez en El País) a que se tomen medidas preventivas, de tratamiento a las víctimas y condena de la pederastia. Se puede hacer más.

Metodología para la verdad

El tiempo corre a favor de la impunidad de los religiosos pederastas en Euskadi. Y en contra de sus víctimas. No obstante, la persecución de la pedofilia es una causa mundial y crea una red de intervención que puede ser valiosa entre nosotros cuando solo hemos dado unos pocos pasos. El libro «Ez duzu abusatuko. Pederastia kasuak Euskal Herriko elizan», de los periodistas Alberto Barandiaran, Iñigo Astiz y Miren Rubio, aporta una metodología interesante en la investigación de la negra historia de las agresiones sexuales a menores.

Sin embargo, la clave es dotarse de un procedimiento que permita abrir brecha en el secreto de las víctimas de la pederastia. En mi opinión, esta función de escrutinio de los hechos ocurridos en las últimas décadas no puede recaer en los tribunales de justicia, por inoperantes, burocráticos y lentos, además de que todos los supuestos penales han prescrito; ni creo que tampoco deba ofrecerse esta labor a las instituciones universitarias. Y dado que quienes fueron abusados o violados por sacerdotes y frailes no hablarán con libertad de su desgracia si no perciben un plan serio, discreto y solvente, creo que lo más eficaz sería constituir una entidad privada, independiente y sin ánimo de lucro para tal y único fin. Los damnificados americanos formaron asociaciones, porque esa es su eficaz cultura. Aquí tendríamos que crear una fundación, sin subordinaciones públicas, capaz de proyectar un clima de confianza y afecto entre las víctimas para recibir y documentar las denuncias en todas sus variables, desde los tocamientos a las violaciones, pasando por las masturbaciones y vejaciones a las que se sometieron a los niños. Nada odia más un damnificado de abusos que su exhibición pública y protagonismo mediático. Quiere evitar que su desdicha sea un espectáculo.

Con una paciente estrategia de comunicación sería posible disponer de la referencia de numerosos hechos verídicos. A partir de ahí, debería abrirse un cauce de cooperación con las órdenes religiosas, colegios y diócesis para el examen de sus archivos. También la memoria de los pedófilos y sus testimonios serían aceptables. Una orden de transparencia del Vaticano sería decisiva, pero no definitiva, porque cada obispado, con mala voluntad, podría obstaculizar la investigación de mil formas rateras. Me cuesta imaginar a Munilla colaborando en el esclarecimiento.  

No, esto no es una causa general contra la Iglesia, ni un oficio de la inquisición, tan arraigada en su historia. No hay hogueras. No es venganza ni revancha. Es un acto aplazado de justicia que se ha negado a miles de niños vascos, humillados en su honor cuando su tutela y formación dependían de los curas. Es un deber de país, una obligación como sociedad. Una promesa de dignidad colectiva. ¿Seremos menos que los hombres y mujeres de Pensilvania, Chile, Australia, Irlanda o Massachusetts que han obtenido la victoria de la verdad para sus hijos? ¿Nos rendimos al olvido y el sacrificio de tantos chicos? Que alguien nos ayude.

Son 380 sueños


“El fútbol está hecho del material que teje los sueños”, dice un anuncio de la Liga 2018-19. La frase, inspirada en La Tempestad, de Shakespeare, y reutilizada a su modo por John Huston en el mítico final de El halcón maltés, expresa el delirio por el balompié. Sublimar lo superficial es tarea de la publicidad; pero lo esencial no es esta pretenciosa hipérbole, sino la descomunal maquinaria económica que mueve el fútbol. La compra por Facebook de los derechos del campeonato estatal para varios países asiáticos, cifrados en 90 millones de euros para los próximos tres años, deja en fuera de juego a las plataformas convencionales, como BeIN, Movistar y Gol. Y Amazon no tardará en entrar en liza. Huelen la sangre de los negocios globales. Todo esto incrementará la rentabilidad de los clubes de élite y obligará a las cadenas de pago y operadores de telecomunicaciones a captar más abonados. Seis millones y medio en España aún son pocos.

El balón volvió a rodar el viernes. Serán 380 partidos de Liga, además de la Copa y los torneos europeos. No se celebran en San Mamés, Anoeta, Mendizorroza o Ipurua, ni en Madrid o Barcelona. Se disputan en la tele, donde el número de espectadores multiplica exponencialmente el de asistentes a los estadios que, en su diseño de gran espectáculo, son solo parte del atrezo. Esta vez con la novedad del videoarbitraje, VAR, ensayado con éxito en Rusia y que ha llegado para revolucionar el medio, con más ventajas que inconvenientes. De entrada, despeja dudas y reduce la subjetividad de los colegiados; pero paraliza el ritmo deportivo. Tendremos que acostumbrarnos a las nuevas emociones retardadas, conteniendo el éxtasis del gol y el desencanto de las anulaciones. Es raro y artificioso aplazar sentimientos que hasta ahora eran inmediatos.

Lo auténtico del fútbol televisado se vive en los bares, donde se reúnen los que no quieren pagar el abono y forman un mini estadio entre cervezas y discusiones. Cada gol a favor es un cohete al cielo. Esto da para una divertida y sociológica serie.

 

También esto es maltrato animal

El censo de perros en Euskadi es de 300.000, unos 5 millones en España. En numerosos hogares son parte de la familia. Muchas personas proyectan sobre ellos el amor y la ternura que no hallan en sus semejantes humanos. Los canes mitigan la soledad y el fracaso vital, ayudan y acompañan generosamente. En el otro extremo, existe la cinofobia, el terror a los perros; y a diario no son pocos los ciudadanos que los maldicen por la suciedad excremental y sus ladridos extemporáneos. Raras veces, atacan a niños y adultos. Con estos vínculos lo normal es que se cuenten bonitas historias de cánidos; la última, Sabuesos, subproducto de TVE, muy lejos de Rex, excelente serie austriaca de policías, y a distancia sideral de Lassie y Rin Tin Tin, míticos animales de las viejas epopeyas infantiles. Belén Esteban, en su desvergonzada ignorancia, llama Rin Tin Tin al retintín, “tonillo y modo de hablar, por lo común para zaherir a alguien”.

¿Cuándo y quién decidió que Max, el jack russel protagonista de Sabuesos, hablase y perdiera su condición de chucho excepcional sin dejar de ser un perrito? Al hacerlo la serie cambió de género, pasando de comedia familiar a boba fantasía de Walt Disney, tan mal concebida y esperpéntica que merece multa del ayuntamiento por maltrato animal. El relato carece de ingenio y sustancia, a partir de las penalidades de un detective privado, antes segurata, desahuciado, obsesivo compulsivo y enamorado de su cuñada. Nada tan grotesco como este perro hablador y poco mordedor al que, además, han puesto acento macarra. ¡Qué falta de respeto al antropomorfismo, omnipresente en nuestra tradición cultural!

Rodar con animales -y niños- es lo más complicado del mundo. Sabiendo esto, ¿cómo se atreven a trabajar con un chucho faldero sin habilidades? Empezaron mal haciéndonos creer que Max es nieto de Pancho, el que anunciaba la Lotería, una mentira de marketing y de esas cosas imposibles de acreditar. Si la mitad de las pinturas de las grandes galerías clásicas son falsas, imagínense la historia de los perros.

España siente que ha perdido

Esto no va de fútbol, sino de algo bastante más serio. Es un hecho reconocido que una parte de la sociedad española tiene el sentimiento de haber perdido política y socialmente en la lucha contra ETA, a pesar de que el terrorismo ha sido batido por vía policial y judicial y la organización se ha extinguido. Este sentimiento es más evidente entre un sector de la clase dirigente, intelectual y mediática, cuyos lamentos no dejan de sorprendernos. ¿Qué tiene España que está triste, cuando debería compartir con Euskadi el sosiego tras el fin de la violencia? Fernando Savater, uno de los ilustres plañideros, lo decía hace poco en El País: “Bien pensado, quizá salga más barato luchar un poco más hasta vencer mejor…” Qué extraño concepto, vencer mejor. ¿Qué querían, qué esperaban, qué les ha faltado, qué se supone que hemos hecho mal los ciudadanos vascos para que nos reprochen este epílogo de cincuenta años de violencia?

Algunos quizás lamentan que se les ha acabado el chollo con la disolución de ETA. Habían hecho profesión del antinacionalismo, que no del pacifismo. Ahora, Joseba Arregi solo escribe de teología, gracias a Dios. Quizás en nombre de todos los desconsolados, el profesor Rogelio Alonso ha publicado La derrota del vencedor (Alianza Editorial), cuyas 445 páginas exponen con una sinceridad que se agradece la tristeza y frustración española por un final que, él y otros muchos, consideran inmerecido. Este es su exorcismo para liberarlos de la falsedad histórica que al parecer tiene poseída a la mayoría social vasca.

La posverdad inventada

De entrada, el profesor Alonso -¿o sumo sacerdote?- se reviste de dogmatismo al afirmar que su libro “demuestra que se está intentando cerrar el período marcado por el terrorismo de ETA asumiéndose desde amplios estamentos políticos, académicos y periodísticos un revisionismo histórico que deforma lo sucedido revistiendo de verdad única y establecida interpretaciones erróneas de la realidad”. Obviamente, la verdad y la realidad solo están al alcance del autor y lo demás es herejía. El título lo toma de un artículo de otro de la cofradía del dolor, el catedrático de Filosofía Moral de la UPV Aurelio Arteta, publicado en El País, en 2014, que se cierra con este aserto: “¿A quién beneficia esta ingenuidad de suponer que todo el problema vasco se agotaba en el ejercicio del terror y que, acabado este, ya no hay problemas? Al que siempre ha favorecido: al creyente en la causa nacionalista, no al defensor de la democrática”.

Para no quedarse solo en su infundada amargura, Alonso cultiva un método muy sencillo, el recurso de la hemeroteca y los entrecomillados que en su mayoría corresponden a escritos de los que comparten sus mismas tesis y que completa, para golpear y manipular, con breve notas de autores contrarios, entre ellos un artículo mío, publicado en DEIA, en 2003, a propósito del espíritu de Ermua, fantasma del que nunca más se supo. El libro es una mera recopilación de prensa hecha por un documentalista muy ideologizado y sectario. No se aprecia ninguna aportación nueva basada en elementos objetivos. El PNV es la diana principal de sus reproches, al que atribuye el haber favorecido el nacimiento de ETA, el aprovechamiento político de la violencia, promover el olvido de las víctimas y contribuir a la distorsión del relato. Dice, literalmente: “El nacionalismo no es condición suficiente, pero sin duda sí necesaria, para la aparición y mantenimiento del terrorismo etarra”. Una idea que machaca hasta el oprobio. El penoso libro de Andoni Unzalu “Ideas o creencias. Conversaciones con un nacionalista” (Editorial Catarata), se afana en la misma cantinela: “El nacionalismo ha otorgado a los militantes de ETA un halo heroico que ha hecho fortuna entre mucha gente que, aunque no esté de acuerdo con el terrorismo, le concede una especie de valor moral.”

El dolor de la victoria contra el terror, que no siente ni reconoce, lleva Alonso a reprochar de tibieza a medio mundo, hasta el PP de Rajoy y el PSOE. Tampoco Fernando Aramburu y su Patriase libran de la ira de don Rogelio por su contenida narrativa y mencionar solo en una ocasión en esa novela, expresamente, al PNV. Como si las novelas, buenas o malas, tuvieran la misión de crear realidad y no fueran, como mucho, reflexiones morales sobre lo humano. Añade a su lista de tibios y cómplices de la no-derrota de ETA a Elkarri y Lokarri, a Daniel Innerarity, a Zapatero y Rubalcaba, al PP de Rajoy por no esforzarse hasta lo imposible por la ilegalización vitalicia de la izquierda abertzale…

Alonso se pone la bata de médico y, como tantos otros, se permite hacer el diagnóstico de que Euskadi es una sociedad enferma, dicho por él, infectado intelectualmente por el prejuicio y emocionalmente por el rencor. En su alucinación, Alonso se cree investido para hablar en nombre de los muertos, “porque se merecen que se escriba la verdad, incómoda en ocasiones, con rigor académico, con honradez y honestidad, sin servidumbres partidistas”. Semejante arrogancia da miedo.

La obsesión del relato

El profesor Alonso profesa una gran preocupación por el relato de lo sucedido en Euskadi desde 1968 hasta hoy. Cree que la verdad no debe ser la suma de muchas historias, el testimonio de la gente, una narrativa trasversal con todos los enfoques políticos, no. Tiene que ser el suyo, el de los buenos frente a los malos, el de los españoles frente a los vascos malos españoles. El cuento de la Guardia Civil y la furia. ¿Cómo podría consolarse la España decepcionada?

Esa España resentida hubieran querido que el final de ETA trajera consigo la derrota política del nacionalismo, en primer término, el radical. La España triste anhelaba su ilegalización eterna, como los partidos nazis y fascistas están proscritos en Alemania e Italia. Querrían la aniquilación de lo que llaman el brazo político de ETA. También les hubiera consolado la humillación pública de sus votantes, su vergüenza y escarnio. Se sentirían ganadores si existiera un clamor contra el silencio y que nadie tuviera dudas, como un dogma sagrado, que la sociedad vasca fue cobarde y que en su mayoría miró para otro lado mientras el terrorismo mataba sin piedad. Hubiera querido que Euskadi se postrara ante el Estado, pidiendo perdón y declarándose culpable del pecado de omisión. También reclaman al PNV el reconocimiento de su patrocinio ideológico de ETA, así como su derrota electoral y el gobierno durante décadas para las fuerzas constitucionalistas a fin de revertir el adoctrinamiento nacionalista. En suma, querrían un 155 de limpieza de Euskadi para una españolización integral de los rebeldes y un largo sometimiento hasta el fin de los ideales abertzales. ¿Qué fue de aquel proyecto de ley, impulsado por Basagoiti, de otorgar voto en Euskadi a quienes, presuntamente huidos por la presión del terrorismo, estaban ahora empadronados en España?

            Nada de esto ha ocurrido y Alonso se entristece en nombre de la España inconforme con la paz alcanzada y que sangra por esa herida. La izquierda abertzale gobierna en muchos municipios, está presente en el Gobierno de Nafarroa, es el segundo partido en votos en la CAV y junto con el PNV constituye el 60% del Parlamento vasco. La tragedia y sus secuelas van pasando al olvido, respetuosamente. Se hacen pactos trasversales en todas las instituciones, lo que se considera normal. Hay más Euskadi y menos España. Todo esto es la causa de su sentimiento de derrota tras el fin de ETA. A Rogelio Alonso y quienes se ven representados en su opinión solo les queda el frente de las cárceles para cobrarse algún consolador triunfo. ¡Nada de trasladarlos a Euskadi, ni hablar de transferir la competencia de prisiones al Gobierno vasco! Lo de Altsasu y las bárbaras condenas a un puñado de jóvenes por un altercado menor son parte de ese último precio, en diferido, por la venganza no obtenida. Quizás ahora los profesionales del recuerdo obligatorio como Alonso viajen a Catalunya, con sus trastos de odio, a ver qué pueden ganar allí que han perdido aquí.

Ana Rosa de España, enmudecida

Y al tercer día habló Ana Rosa Quintana. Rompió el silencio sobre la detención de su marido, implicado en un presunto delito de extorsión a un abogado. Telecinco le había dedicado al caso 30 segundos en el informativo de la noche de San Ignacio, mientras que el programa de verano de AR, que ocupa su ausencia por vacaciones, evitó pronunciarse durante las dos jornadas posteriores, lo que se interpretaba como censura al equipo de la reina de las mañanas. Ahora era ella, colateralmente, la señalada. El silencio, tan mafioso, es el método Mediaset ante los inocultables males de la casa. Ya en 2013 y 2015 apenas comentaron las condenas al dueño del tinglado, Silvio Berlusconi, por corrupción, abuso de poder e incitación a la prostitución infantil. Y ella misma protegió a su antiguo colaborador, Màxim Huerta, cuando se conocieron sus fraudes fiscales y, solo al final, con la dimisión, criticó al fugaz ministro. Ya se sabe: las palabras te definen y los silencios te delatan.

Verás, Ana Rosa, deberías aprender la lección. Tú, que has vilipendiado a tantas personas por menos de lo que la Fiscalía Anticorrupción aún imputa a tu pareja; tú, que calificaste de mamarracho a Oriol Junqueras y te has saltado a la torera toda presunción de inocencia; tú, que emitiste los tuits particulares de Puigdemont, mancillando su intimidad; tú, que te has desgañitado contra ideas y dirigentes políticos que no eran de tu gusto; tú, plagiaria y pretenciosa, que te has situado por encima del bien y del mal como falsa sacerdotisa y querías ser la Oprah Winfrey española pero sin su talento y honestidad, de repente te has encontrado al otro lado, en la indeseable diana de los reproches públicos donde uno se siente desolado e indefenso. La lección, señora, se llama humildad. Ya ves, también tú eres vulnerable.

Lo peor que podría ocurrir es que todo quedase en serpiente de verano y Quintana no alterara su discurso feroz de cada día. Que continuase en su trinchera. La vida le ha ofrecido una oportunidad de cambio. En fin, nos vemos en septiembre.