Lo malo es siempre inútil

¿De qué han servido las elecciones catalanas? Políticamente no han sido útiles, porque las cosas quedan como estaban, y aún peor, con varios candidatos en prisión o desterrados y la posibilidad esperpéntica de que el aspirante a presidir la Generalitat no pueda comparecer ante el Parlament a riesgo de ser detenido. A la televisión sí le han venido bien, al proporcionarle horas y horas de charla e informativos. Catalunya es el chollo de las tertulias, como lo fue Euskadi durante años, que en España sirven para la destilación del odio, no poco, que existe contra los legítimos anhelos de independencia. La noche audiovisual de Santo Tomás fue de las imprescindibles, un gozo, por el espectáculo de la crispación y el alboroto de las palabras irritadas de los comentaristas, enojados por los resultados favorables a los partidos soberanistas. La tristeza de la intransigencia es la alegría democrática.

Quizás por eso los índices de audiencia fueron más bajos de lo que era previsible. De hecho, ganó Telecinco con su serie La que se avecina, con más de dos millones y medio de espectadores, muy por delante de La Sexta, la cadena de los eternos debates inútiles. Si en Catalunya ha existido una epopeya de la libertad, en los medios españoles se ha desarrollado una épica de la manipulación que debería ser objeto de minucioso estudio. Pocas campañas han sido tan sucias como la del 21-D, en la que se han implicado personalidades y grupos que creíamos serios, para avalar ante la opinión pública la aplicación del 155 y el encarcelamiento de dirigentes por motivos ideológicos. Todo, la tele alocada por la reconquista de Catalunya, ha sido inútil. Fueron a por ellos y se han quedado sin nada. Hasta el éxito parcial de Arrimadas es infructuoso.

Habrá dos o tres meses de resaca. ¿Aprenderán España y sus líderes mediáticos de la torpeza de los esfuerzos inútiles? En Europa ya toman nota. Y falta que Catalunya, viéndose hendida en dos mitades, se diga a sí misma lo que se dicen las personas honestas en crisis: “Tengo que hablar conmigo”.

Aprendiendo a despertar

Gran Hermano no acepta su defunción. El decano de la telebasura española falleció el pasado jueves, a los 18 años, víctima de su propia miseria y después de una penosa existencia repleta de escándalos, degradaciones, ataques a la intimidad y una presunta agresión sexual. La última final ha sido la menos vista de su ominoso periplo, con poco más de millón y medio de espectadores, a enorme distancia de los nueve millones iniciales y de los casi cinco de las ediciones intermedias. Una muerte inevitable, a pesar de las transfusiones administradas por el dottore Vasile y el enfermero de guardia, Jorge Javier Vázquez. El reality se sostenía vegetativamente por la inercia de la veteranía y los delirios paranoicos de sus éxitos de audiencia.

Los muertos vivientes se creen inmortales y quedan mal enterrados. De ahí que ya se anuncie su regreso en 2019, tras una parada de dos años, para reciclarse; pero esta táctica informativa es más para mitigar el mal perder de Telecinco que por verosímil. Nos anticipan que volverá con Mercedes Milá, su majestad la reina de la casa encantada; porque ella y solo ella, con su donaire y osadía, es Gran Hermano, su diosa y su sentido. La catalana no ha ocultado su gozo por los malos resultados de esta temporada. Su ego ha salido reforzado en la presunción de que el fracaso se debe en parte a su ausencia. Milá se siente imprescindible, eterna. Y Jorge Javier, el usurpador, le dejaría paso libre para seguir en la portavocía de la maledicencia.

Pero no, GH ha muerto. Ya ha causado suficiente daño y ganado bastante oro. Lo sustituirán por otro engendro, porque la factoría del entretenimiento funciona a tres relevos. Viajan por el mundo, contratan ideas demenciales, ensayan en laboratorios de psicología social, acuden a clases de repugnancia. Aún hay mucha ignorancia y vacío existencial, el filón que explota este negocio. Alguien tiene que acompañar a tanta gente sola. Y como aprender a vivir en soledad es aprender a morir, existe la industria del pasatiempo. Vete al infierno, Gran Hermano.

 

El sastre de la Transición hacía chaquetas nuevas

Quizás vieron ustedes a millones de españoles celebrando, alborozados, la Constitución. Yo sólo vi a autoridades y vips festejándola con canapés sobre mullidas alfombras, en Madrid, y a un puñado de jóvenes del PP, en Bilbao, repartiendo copias del texto del 78; como pude ver hace poco, en Londres, a islamistas regalando ejemplares del Corán. ¡Convertíos, infieles!, decían sin decirlo unos y otros a la mayoría indiferente. TVE hizo algo parecido el miércoles, relatándonos la epopeya de un engaño que, no sin suficiente razón, titularon De la ley a la ley, la estampita. El telefilm justifica la fechoría del leguleyo que ideó la legitimación del franquismo como paso previo a una democracia tutelada, cuyos abominables vicios y carencias aún padecemos.

La narración no es neutral. Es la apología de un fraude sin precedentes. Con tres protagonistas: Juan Carlos de Borbón, Adolfo Suárez y el más listo, Torcuato Fernández-Miranda. Aquel trío trilero fraguó el timo que llamaron “la ejemplar Transición”. Con desvergüenza y una épica de cartón piedra lo describen al modo que Cuéntame lo que pasó recuerda cómo un estado social de ignorancia y miedo favoreció el cambio de chaqueta de la clase dirigente que, de un día para otro e invocando la amnesia, pasó de fascista convencido a demócrata sin tacha. Arranca con el atentado de Carrero y concluye con las elecciones del 77, pasando por la muerte del tirano, la designación de Suárez, la ley de reforma política y la legalización del PCE. Hasta inventaron el bunker como hechizo cómico. Si como documento histórico es una farsa, como película es un coñazo, apenas visto por el 9% de la audiencia. Nunca se han visto caracterizaciones más torpes del mago Torcuato y sus contemporáneos.

Mientras, TVE guarda en el congelador de la censura varias series y películas históricas rodadas o compradas en época de Zapatero, que costaron más de 18 millones. Los devotos de la Constitución temen su verdad malnacida. Hoy podríamos reprochárselo, diciéndoles: “España, eres peor que una esperanza”.

Prométeme mentiras

Nadie te hace más promesas falsas que la soledad y la televisión. Te prometen libertad, emociones, consuelo…, pero se limitan a colonizar tu tiempo y repetir lo de siempre, una monotonía con presunción de sosiego. TVE ha reinventado sin matices el clásico relato de buenos y malos con la serie Traición, un producto tan superficial como pretencioso, sin la mínima aportación especulativa acerca de la condición humana. Todos los caracteres son los que conocimos en Dallas, Falcon Crest y otros antiguos seriales. Son perversos y mezquinos, infieles, lineales y bebedores, trasplantados al escenario actual. Tenemos al patriarca del poderoso despacho de abogados que, en el final de su enfermedad terminal, se retracta de haber dejado en el camino sus románticos ideales. Y están los hijos: el ambicioso, la ingenua, el yerno estúpido, la nuera engañada y la más pequeña, impetuosamente lista. Todos adoran el becerro del dinero. Y para mayor abundamiento en el tópico, aparece el vástago adulterino, que resulta ser el único bondadoso de la historia, letrado de oficio cuya integridad no está en venta.

A Ana Belén le han pulverizado en su papel de matriarca, protectora del clan y la legítima prole. Al interpretar el personaje de Pilar (no por casualidad el mismo nombre de la canción de amor que Víctor Manuel le dedicara en los setenta), le dijeron: «tú pon cara de mala». Y Ana la puso avinagrada todo el rato. Nunca estuvo tan fuera de lugar. El fiasco se saldó con derrota: 14.1% y 2.281.000 espectadores, por debajo de la serie de Telecinco, Accidente, de estreno el pasado martes, con más acción y empeño.

También Risto Mejide en el regreso de Chester a Cuatro ha sido predecible, empeorado con sus nuevas gafas de antifaz. Las entrevistas tienen su frontera en cada invitado si quien pregunta es el divo en el diván. Jordi Evole le barrió en La Sexta con su cara a cara entre Artur Mas y Rodríguez Zapatero. Todo marcha igual en las pantallas, pero la realidad cambia. ¿Quién se atreve a hacer una programación basada en hechos reales?

Escupiendo al Cupo

Si las sesiones parlamentarias no estuvieran condicionadas por la tele serían menos teatrales. Es tan agobiante esa presencia que los diputados, ellas y ellos, se tapan la boca con la mano para evitar ser interpretados por el lenguaje labiofacial de los sordomudos cuando hablan en sus escaños. Y ya pueden tener cuidado con no quedarse dormidos un instante o meterse el dedo en la nariz si no quieren ser objeto de escarnio. Los realizadores tienen la culpa y también los fotógrafos por dramatizar el debate mediante tomas simultáneas de quien interviene desde la tribuna y del ministro o político interpelado, lo que obliga a éste a lanzar su réplica instantánea con muecas y ademanes corporales. Saben que la cámara les apunta y no hacer nada es debilidad o asentimiento. Albert Rivera, el líder de Ciudadanos, ha llevado al extremo esta obsesión televisiva, quizás porque se curtió en un certamen de oratoria y en su primer cartel de campaña salió en pelotas. Es el perfecto dirigente histriónico y un esclavo de su perfil mediático. Un peligro para la autenticidad, por no saber de él cuándo es actor y cuándo verdadero.

Durante el pleno de aprobación de las leyes del Cupo y el Concierto el pasado jueves, Rivera exhibió todo su repertorio de expresiones gestuales desde el asiento, sabiéndose observado por la tele. Lo tenía preparado y así mostró -a cámara, no a sus críticos- una portada de periódico, un ejemplar de la Constitución y un recorte de prensa. A ver si iba a perder la oportunidad de vanagloriarse, tan lindo, tan español, como caudillo de la uniformidad fiscal. Su tonta ocurrencia de calificar de cuponazo el Cupo es la representación de su raquitismo intelectual y desvergüenza.

Es necesario que alguien enseñe aquí y allí, sin aritmética ni retórica, qué son el Concierto y el Cupo. Nadie lo explica mejor que Pedro Luis Uriarte, exconsejero del Gobierno Vasco. ETB debería crear un espacio fijo y en horario principal para él y su proyecto pedagógico. Algunas preguntas importantes tienen respuestas muy urgentes.