¿De qué lado estás en una esfera?

 

Cuando no se te ocurra nada, haz un remake versionando una historia, idea o música original olvidadas y disfrázala de nostalgia, porque la gente, ¡ay, Dios!, aún cree que cualquier tiempo pasado fue mejor. A veces funciona. El miércoles regresa a TVE la adaptación de ¿Quién sabe dónde?, que ahora titularán Desaparecidos. En la dramática búsqueda de personas perdidas pasamos de Paco Lobatón, algo fúnebre, a nuestra Silvia Intxaurrondo, merecedora de éxito por lo mucho que vale. Han pasado veinte años y nada es igual, aunque los Rolling Stones sigan cantando y en Londres mantengan vivo El Fantasma de la Opera desde 1986. O eres un clásico o innovas.

La Sexta Noche necesitaba enfrentarse a su desgaste y llamaron al veterano periodista Ferrán Monegal para que le diera un meneo a la tertulia de Iñaki López con el formato actualizado de Sé lo que hicisteis…, impugnado en los tribunales por fagocitar sin permiso imágenes de otras cadenas para hacer sátiras. Monegal lo presenta como un análisis incisivo de las artimañas de la tele. Lo hace con gracia, es verdad, y con corazón para ser creíble. Y viene a tutelarnos con aires de profesor cascarrabias que está de vuelta de todo. Se equivoca. La crítica televisiva no puede hacerse desde el mismo medio: la neutralidad es incompatible con la opinión sobre el producto de los competidores. Hay que tener una pizca de estética en el marketing y algo de decencia en el discurso. ¿De qué lado se puede estar en una esfera?

Monegal naufraga al no disponer de los vídeos de Mediaset por las sentencias favorables a Vasile. Quizás TVE y las autonómicas también le envíen al juez. Y así es un querer y no poder, lo pretenciosamente erudito se queda en anécdota y el humor cubre con risas la ausencia de rigor. Sin más programas que escrutar que los suyos, ¿vapuleará los arbitrarios noticiarios de Antena 3 o reprochará a Ferreras su escandalosa parcialidad en la crisis catalana? Resulta que sus jefes no son estúpidos ni masoquistas. Ya lo dijo el cínico Rato hace poco: “Es el mercado, amigo”.

 

Con España es imposible

 

Catalunya ha impugnado a España. Obligada a acudir a las urnas en unas elecciones convocadas por Madrid –todo un esperpento político-, con los miembros de su legítimo Govern encarcelados o en el exilio, humillada hasta el oprobio en una campaña que pasará a la historia como la más perversa y sucia de cuantas hemos conocido, la ciudadanía de la nación mediterránea ha dejado las cosas más o menos como estaban: una mayoría independentista frente a una minoría españolista. Muy bien, ahí están las certezas de un país al que han forzado a tomar decisiones extremas, arriesgar su economía y paz social, poner frente a frente a sus dos mitades con proyectos irreconciliables y quebrar su convivencia. A esto ha conducido la insensatez del Estado y su mezquina concepción de la libertad.

Todos los precedentes de esta situación remiten a la Transición, que legalizó el franquismo y sus leyes para darles continuidad en una Constitución que heredó al rey nombrado por el tirano, la forma de estado y parte de los poderes e instituciones que nos sojuzgaron durante décadas. La dictadura legó sus valores al nuevo régimen y la ignorancia política de la sociedad española ha permanecido intacta. La historia posterior es el relato de la frustrante imposibilidad de un cambio que no se hizo a la muerte de Franco. Todo se ha limitado a la ejecución de insignificantes reformas formales, de manera que no es extraño que los ciudadanos asistan impasibles y hasta gozosos de ver a un gobierno electo en prisión o desterrado. Lo que es motivo de escándalo e ira es normal y gustoso para España.

¿Cómo albergar alguna expectativa positiva sobre España? Solo desde la ingenuidad o el autoengaño puede confiarse en que el modelo del Estado se desarrolle en mejoras sustanciales. El cambio es una quimera. Su inexperiencia revolucionaria es un lastre. El peso de sus valores tradicionales es brutal. Y con tantas asignaturas pendientes en su cultura política y tantos desequilibrios en lo económico, cultural y social es imposible que se modernice. Es más, no quiere cambiar, ni lo sueña. Cuando un catedrático de Derecho Administrativo, Ramón Parada, es capaz de llamar “patología descentralizadora” (El Mundo, 28 diciembre 2017) a la débil estructura autonómica nacida del 78, ¿qué va a decir la gente impregnada por el ideal jacobino de la unidad nacional?

Aún hoy los reducidos sectores intelectuales que desearían una transformación de España creen que la oportunidad es Europa. Pensaron en 1989, con la entrada en la UE, que la europeización contagiaría su democracia para hacerla perder sus viejos lastres y rompería las cadenas mentales del franquismo que condicionan los avances de la libertad. Pero Europa no puede hacer lo que una sociedad no anhela, por satisfecha o adormecida. Bastante tiene la Unión con salvarse a sí misma de su dispersión y contradicciones.

¿Y con otra Constitución?

Los optimistas, como mi amigo Manu, veterano e impenitente republicano, expulsado del PSE por heterodoxo y a quien dedico este escrito, lo fían todo a una evolución que nos transborde a un Estado confederal, con el reconocimiento de su plurinacionalidad y la potestad aceptada del derecho de autodeterminación. Suponiendo que tal ilusión pudiera llegar a darse en un tiempo cercano, ¿quién cree que la derecha española y también la izquierda socialista firmarían un texto constitucional en semejantes términos? ¿La coalición del 155, los mismos que han suspendido el autogobierno catalán y avalado la pesadilla represiva, cambiarían la legalidad hacia ese horizonte esperanzador? ¿Pasarían la página del postfranquismo? Nuestro temor es que una hipotética reforma nos lleve a una regresión de derechos y la liquidación del Concierto Económico, último residuo de soberanía. Y ahí está Ciudadanos, tras su pírrica victoria del 21-D, situando su espada de Damocles sobre nuestras cabezas y media España clamando contra lo que, en su indecente ignorancia, califican de privilegio.

La apelación revisionista de la Constitución no va más allá de ser una bandera táctica del PSOE para hallar en la expectativa electoral algún modo de detener su sangría. Algo de makeup para su espectáculo político. Es de todo punto improbable que los socialistas, de aquí y allí, asuman el derecho de los pueblos a decidir su propio futuro, ni siquiera, en coherencia con sus principios ideológicos, a cuestionar la monarquía. A Pedro Sánchez, más inocente que intrépido, ya le han recordado sus mayores que España es una y trina. Y la nueva izquierda, Podemos, sigue en clases de teoría, porque lejos de los puestos de gobierno nada es posible, salvo especular. A Podemos no le queda ya indignación social que gestionar y se diluye.

No, España no tiene remedio. Es como intentar cambiar a los noruegos a la mentalidad mediterránea, una tentativa ensayada en la sarcástica película “Un italiano en Noruega”. Sobre el Estado español pesa la maldición de soportar un sistema tutelado por la amenaza y la violencia autoritaria, restringida a lo que una mayoría inexorable se le antoje y determine nuestro modo de gobernarnos. Estamos condenados a su asfixiante abrazo. ¿Debemos esperar sentados a que se alumbre el milagro de que España cambie su lamentable estándar democrático? ¿Y cuánto tiempo hay que aguardar? ¿Un siglo o dos?

La exigente independencia

Euskadi no está en España por amor. Está a disgusto y descolocada, porque no hay forma de salir. Estamos bloqueados y sin opción de respuesta unilateral, porque, como se ha demostrado en Catalunya, está vía traería consigo una catarata de agresiones políticas y económicas, que precederían a la intervención militar. Muy hartos tendrían que estar los catalanes para zanjar su divorcio tan tajantemente. Llega un momento en que la única solución es la ruptura, el choque, la revolución democrática, con todos sus peligros y su aventura. Admiro a los valientes que lo dan todo por la libertad o por amor. ¿O no es valentía, sino desesperación?

¿Ha renunciado Euskadi a la utopía de su independencia? ¿Ha sentido los sucesos de Catalunya como una seria advertencia contra su sueño de emancipación de España? Temo que sí. Creo que gran parte de los vascos que votan nacionalista han interiorizado la imposibilidad de constituir su futuro propio y que, a lo más, aspirarían a incrementar sus recursos competenciales mediante pactos con el Estado, es decir, por concesiones en momentos de necesidad del correspondiente Gobierno español. Según encuestas recientes, ha descendido el potencial soberanista vasco. Nos hemos creído que carecemos de masa crítica suficiente, en lo económico y demográfico, para ser libres. Hemos aceptado que la liberación nos dejaría fuera de la Unión Europea y quedaríamos aislados y empobrecidos. Nos están ganando la batalla del argumentario. Y sin embargo, el incumplimiento estatutario después de cuatro décadas sería razón suficiente para tomar el billete de salida de un Estado falso, desleal e ilegítimo.

A la independencia vasca se le pide una mayoría cualificada como aval, lo que otorga a la minoría españolista el privilegio de imponernos su modelo de pertenencia. No les vale el principio universal de “una persona, un voto”. Lo más importante para merecer la libertad es apreciarla como valor superior e inviolable para ampliar el mundo de los vascos frente a una democracia malnacida. No hay barreras económicas ni geoestratégicas que puedan detener los deseos de la gente, en tanto crea en su razón y honor de ciudadanos libres. Estamos sucumbiendo al discurso de los rácanos. La libertad, como toda grandeza, tiene un precio, es exigente. Lo aterrador no es que España nos imponga un pensamiento único: nos obliga a un sentimiento único, nivel máximo de humillación y subordinación.

 

ETB y los libros

“Bajó la cabeza en señal de vergüenza, porque el pueblo en el que había vivido durante casi diez años no había querido tener una librería”. Así concluye la novela breve La librería, de la británica Penélope Fitzgerald. El relato, convertido ahora en película por Isabel Coixet -que comenzó haciendo mágicos anuncios para la tele- cuenta la historia de la joven viuda Florence Green, contra la que todos, menos un viejo valeroso, conspiran para desahuciar su local de libros. A primeros de febrero, ETB1 va a hacer lo que Florence: abrir una librería. Es fantástico, pero también una temeridad, porque en Euskadi, como en Hardbourough, hemos “perdido el deseo por las cosas raras”. Se llamará Arte[faktua] y la regentará Yolanda Mendiola, quien ya fue del equipo de Sautrela, el espacio literario sostenido durante trece años por el inolvidable Hasier Etxeberria, fallecido el pasado año.

         Sautrela cerró en 2012. Y con Fórum, en ETB2, clausurado sin motivo, nuestra cadena pública no tenía librería. Lo que nos promete Arte[faktua] es una jugosa macedonia: entrevistas a escritores, información sobre novedades, recomendaciones y diálogos con editores y booktubers, versión libresca de los influencers. ¿Puede la tele promover el amor por la lectura, cuando es su devastación? No hay duda de que puede y así se hace en Francia, donde llevan la literatura en la sangre. Debería ser como la Azoka de diciembre, pero todo el año, en sesión continua de excitación intelectual y ritual de pasiones escritas. No, no es rutina lo que repetidamente nos hace felices. Queremos una gran librería en ETB y pasar de los textos en euskera al castellano, como en Durango. Así que hay que poner otra tienda de libros en ETB2.

Además, con Merlí, el profesor chiflado de filosofía, desde ayer en ETB1 tratando de abrir la mollera de los adolescentes con ayuda de Platón, Nietzsche y demás clásicos, vamos a por la utopía cultural con corazón. La razón no basta. Recordemos que la comunicación es darse a entender y hacerse querer. Y que los libros salvan vidas.

Cómo morir cuatro horas al día

 

Cuatro horas, 240 minutos, es el promedio español de consumo televisivo por persona y día, según informe de Barlovento Comunicación. ¡Malgastar una sexta parte de la existencia delante del televisor es una tragedia absoluta! Serían trece años fallidos de ochenta de vida. En Euskadi es algo menor, 228 minutos, contando la visión en directo y la diferida. De un análisis más fino se deducen datos más preocupantes, como que los ancianos se enajenan ocho horas diarias con la tele. Eso no es envejecimiento activo, sino muerte a cámara lenta. Y si a esto añadimos los excesos en el uso de las tecnologías digitales, puede decirse que vivimos de prestado. ¿Por qué se oculta que la adición audiovisual es uno de los graves problemas de la sociedad? Quizás porque el vigente sistema de miedos y la industria del entretenimiento les conviene mantenernos atados y navegando ciegos y en calma chicha. Ganarle libertad a las pantallas es un gran propósito para 2018. Inténtelo, por su autoestima. Háganse esta pregunta sobre la gestión de su tiempo: ¿Cuándo es tiempo de espera y cuándo tiempo perdido?

Mientras tanto, las cadenas líderes escapan del tratamiento ético de los sucesos. Hace décadas se denominaban sucesos a los crímenes y homicidios. Los periódicos apenas informaban sobre ellos, dejando el festín morboso a El Caso, un semanario infernal especializado en truculencia. Telecinco y Antena 3 han hecho suyo su legado, con lo que gracias al terrible asesinato de Diana Quer están incrementado su caudal de espectadores: hay sed de sangre, pues si acostumbras a las masas a su sabor dulzón éstas terminan por cogerle el gusto. Llevaban meses carroñeando con la víctima.

Por fortuna, la televisión pública vasca ha sabido narrar con honor la desaparición del joven Jon Bárcena. Imaginen el destrozo humano si este asunto cae en manos de Ana Rosa y Griso. En fin, estamos en el año de la felicidad y hoy regresa El Conquistador a ETB2. Hagan el favor de no alargarlo artificialmente, como el chicle. ¡Buf, chicle, una palabra brutal estos días!

El rey que rabió

Felipe VI de España no es el rey sol, Luis XIV de Francia; pero tal alucinación debió experimentar la pasada Nochebuena al comparecer en televisión, en todas las cadenas menos las rebeldes, ETB y TV3, para ofrecer su previsible mensaje. Su pose, sus palabras y sobre todo sus silencios denotaban la soberbia de quien exige la pleitesía de la escucha. Días antes, los medios monárquicos habían creado cierta expectación sobre su intervención tras su derrota del 21-D. ¿Reconocería el fracaso de su lamentable y agresivo discurso del 3 de octubre, precursor de la liquidación de la autonomía catalana por la banda del 155? Nada de eso: un rey no se doblega ante la plebe. Habló de Catalunya, pero no para brindar por los soberanistas, ni lamentar la prisión y el exilio del legítimo Govern. Y dijo lo obvio: que nadie puede imponer sus ideas. Pues mire usted, señor Borbón; eso es, incoherentemente, lo que ha producido España en Catalunya, su brutal sometimiento a una ilegítima legalidad.

Ante más de ocho millones de españoles y unos doscientos y pico mil vascos a punto de comerse los langostinos y el jamón, Felipe cruzó las extremidades inferiores y leyó lo escrito en el teleprónter. ¡No se cruzan las piernas cuando se habla con autoridad ante la gente! Es una figura indecorosa, según los manuales básicos de protocolo. Fíjese en Isabel II, cuya sencilla pompa le permite sentarse ante las cámaras con corrección y disposición amable. Es evidente que este rey ha recibido clases de comunicación. Es mejor actor que su padre, pero se le nota artificial, sin emoción ni convicción. No ha entendido nada: no es el atrezo, los planos cortos, la barba bien cuidada y la corbata lo importante, sino la sinceridad del mensaje, el tono intensivo, de corazón, de lo que se transmite, porque son tus propias palabras, no las del «negro» de Moncloa.

Para que haga sol de noche, y más en Nochebuena, se necesita más que un actor con corona y filigranas. Haría falta que el orador poseyera la dignidad de su derecho ganado en las urnas y menos arrogancia.