No quiero una Euskadi con prisiones y prisioneros

 

Los artículos 10 y 12 del vigente Estatuto de Autonomía de Gernika recogen la competencia exclusiva de Euskadi en materia de prisiones, que ahora, de prosperar las negociaciones entre el PP y el Partido Nacionalista Vasco de cara a los presupuestos generales del Estado 2018, podría pasar, por fin, a ser gestionada por el Gobierno de Lakua. Catalunya tiene ese poder desde 1984. Con el descaro inherente a una recién llegada, la nueva secretaria del Partido Popular del País Vasco, Amaya Fernández, declaró hace poco, sobre la trasferencia de las prisiones, que «Euskadi también puede y debe gestionar esta competencia, pero las cosas no son de hoy para mañana, y una de las condiciones esenciales para asumirla es la disolución de ETA». ¡38 años después! Los campeones de la legalidad, quienes piden a los catalanes el cumplimiento de las leyes, se burlan de ellas y, además, sabiendo de su calculada omisión, te dicen, sin ironías, que hay que ir poco a poco. Todos los gobiernos españoles, de Suarez a Rajoy, pasando por González, Aznar y Zapatero, sistematizaron la desobediencia a una norma con rango de ley orgánica. ¿Por qué? Porque convenía. El pretexto, ya lo sabemos, era y es ETA.

Vamos a creernos que, esta vez sí, Madrid entregará a Euskadi la administración de las cárceles. No quisiera restar satisfacción por este hecho; pero no me parece a mí que tengamos que tomarnos el traspaso con mucho entusiasmo. La “organización, régimen y funcionamiento de las Instituciones y establecimientos de protección y tutela de menores, penitenciarios y de reinserción social, conforme a la legislación general en materia civil, penal y penitenciaria”, según recoge el artículo 10.14 de nuestro Estatuto, no implica que tengamos en nuestras manos la política penitenciaria, es decir, la capacidad de decidir la libertad o el modo de cumplimiento de las condenas de los reclusos, porque esa potestad recae en los jueces encargados, cuando no la ejerce directamente el Ministerio de Interior con su proverbial sentido de la separación de poderes y su férreo control del sistema judicial. No nos engañemos, lo que regiremos será el orden de las cárceles. Por así decirlo, ahora nosotros seremos los carceleros.

Disponer de la competencia de las prisiones tendrá una incidencia menor de la que creemos en el proceso de paz y convivencia en el que estamos desde el fin de ETA. ¿Nos permitirá excarcelar a los presos enfermos? ¿Será posible trasladarlos de prisiones españolas a alguna de las disponibles aquí? ¿Tendremos capacidad para cambiar o mejorar el régimen de cumplimiento de las penas impuestas? Y en todo caso, ¿están nuestras cárceles, en cuanto a instalaciones, disponibilidad de medios, cualificación del personal y programas de reinserción a la altura de una sociedad ética y democrática como la vasca, sensibilizada tras tantos años de abusos del Estado, que no concibe la privación de libertad como venganza sino como instrumento de reintegración social?

No hay paz con prisioneros

Si la competencia de prisiones se materializa, y derivado de la aceptación por los presos de ETA de las condiciones legales para su excarcelación y reinserción, es previsible que en poco tiempo la mayoría de ellos, sino todos, podrían ser trasladados a penitenciarias vascas. Será por acuerdo político. El hecho es relevante, más que como símbolo, como una posibilidad de intervenir positivamente en la normalización de la convivencia y dejar atrás el recuerdo del terror y sus efectos sociales y emocionales. ¿Cómo elaborar un relato veraz y completo del pasado con la circunstancia latente de varios cientos de hombres y mujeres encarcelados? Los prisioneros son una anomalía de presente y futuro. Son una excepción absoluta. Sería deseable que lo antes posible diésemos por terminado su castigo, por doloroso que resulte para las víctimas y especialmente extraño para aquellas que mantienen activo su odio. Todo tiempo de violencia prescribe con el olvido.

No deberíamos tener prisioneros de naturaleza política porque, a pesar del daño causado durante décadas, la dictadura y la Transición, primero, y, después, el terrorismo de Estado adquirieron una incalculable responsabilidad en que la violencia se prolongara. Creo que la sociedad vasca y quizás también la española si dispusiera de un análisis menos condicionado, entenderían que no hay paz plena con prisioneros. Dadas las cosas como están en la política real, no confío demasiado en la acción de las élites dirigentes en esta materia, que seguramente, aun estando de acuerdo en el objetivo de liberar a los militantes de ETA, preferirán hacerlo bajo un sigilo vergonzante, a través de indultos y ventajas diversas, en parte por temor a la reacción de cierta opinión pública y también por lo mal leída que tienen la historia de este país y la de otros que sufrieron sus propios conflictos, como Irlanda del Norte. Si lo quieren así, la excarcelación por la puerta trasera, háganlo; pero conste que la democracia no es un sistema que necesite esconderse para llevar a cabo lo que, valiente y responsablemente, le corresponde hacer.

Mejor sin prisiones

Pero hay más ciudadanos en nuestras cárceles de Basauri, Martutene y Zaballa. Según datos ministeriales, 1.239 entre preventivos y penados, la mitad por delitos de robo, hurto y tráfico de drogas. No estamos tan mal, pero lejos de la situación de los países noreuropeos, cuya población reclusa es muy baja en razón de su reducida tasa de delincuencia. Me gustaría saber cuál es el horizonte del Gobierno vasco en lo referente a las prisiones y las acciones de carácter social, educativo y laboral para los reclusos. Sabemos que, aún sin tener la competencia, interviene en estas políticas y subvenciona a organizaciones humanitarias, como la Fundación Adsis, para el acompañamiento y apoyo de los reclusos tras su puesta en libertad.

La cárcel es el fracaso de la sociedad democrática. Es su frustración, ante la incapacidad de prevenir el delito y promocionar el respeto a las normas y derechos. Si el objetivo de una sociedad utópica es la clausura del modelo carcelario como instrumento de castigo y resocialización, hay que señalar que la erradicación de la pobreza es la política prioritaria. A la pobreza están asociados una gran parte de los delitos que llevan a miles de personas a prisión. E inseparablemente de la lucha contra la pobreza, la educación prepara a las personas para la responsabilidad.

Lo normal es que Euskadi, como sociedad ética, busque modelos de excarcelación de la mayor parte de los presos por delitos de hurto y robo. No conseguimos nada teniendo a toda esa gente metida en prisión. Si queremos cerrar los ojos a la realidad, los apartaremos en esos lugares surrealistas y así seguiremos sin elaborar proyectos preventivos y de reinserción. No deberíamos tener ni el 50% de los presos actuales. 

A estos presos, los llamados comunes, hay que sumar los reclusos enfermos mentales, cuyos delitos están vinculados al tráfico de drogas. La cárcel es una fábrica de locos, un lugar donde el que entra sano sale enfermo y el que entra enfermo se agrava. Lo saben los psicólogos que trabajan en estos entornos. Ninguno de ellos tendría que estar en prisión; pero ni siquiera tenemos un derecho definido de salud mental, al igual que existe un derecho a la salud física.

Para los demás, los delincuentes peligrosos -pederastas, violadores, corruptos, asesinos, homicidas- no tenemos solución alternativa a la cárcel. La maldición es que siempre habrá un número reducido de personas irrecuperables. Tres penitenciarias en la CAV son demasiadas. No es bueno ni pertinente tener tantos prisioneros. Y los tenemos porque así hemos creado este sistema de crimen y castigo. Me gustaría que, con la potestad de las cárceles en nuestras manos, hagamos las cosas de tal modo que la privación de libertad sea inútil. Tenemos una democracia cobarde. En Euskadi nos sobra valía, y, sin embargo, nos falta valor.

 

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Consultor de comunicación

Joseba gana la partida

 

El tercer mandamiento de ETB es televisarás las fiestas. Y lo ha cumplido en Iruña, Bayona, Gasteiz, Donostia y, finalmente, Bilbao. Con las celebraciones de nuestras capitales ocurre lo mismo que con algunos acontecimientos: son poco televisables. Los vives en la calle o te aburres en la pantalla. Nuestra televisión pública tenía dos opciones para proyectar el bullicio: entrar en la feria o llevársela al plató. Prefiere lo primero, al contrario de Telebilbao, capaz de trasladar a sus estudios la esencia de la Aste Nagusia. El resultado es que la cadena local lidera la información festiva, con Joseba Solozábal, tan transversal, en su salsa. Sucede que ETB tiene pánico al descontrol y a que los espontáneos, desinhibidos por el alcohol, la tomen con los reporteros y rompan el protocolo de la retransmisión, un caos surrealista que para Telebilbao es deseable.

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Es valioso el esfuerzo de ETB1, junto con algunos espacios de ETB2, por comunicarnos las fiestas; pero no han sabido crear un paradigma de emisión que retrate la peculiaridad de la diversión vasca. Visitan las fiestas, sí; pero no entran en ellas. Como con los fuegos artificiales, uno de sus mayores absurdos. Para aproximar la magia de la pirotecnia a quienes no puedan disfrutarla mirando al cielo de la noche sería necesario el acompañamiento de la música. No digo que pongan a Haendel y su Música para los reales fuegos de artificio, pero sí algo parecido para estimular la fantasía, la emoción y hasta la sensualidad del espectador. Cuando nadie habla o solo hay ruido, tiene que sonar una melodía, como en las películas mudas.

Para compensar, BeIn Sports se sumó en San Mamés al cachondeo de la Aste Nagusia en su emisión del Athletic-Panathinaikos. El locutor, Miguel Ángel Román, no cesó de llamar Lajodimos al guardameta griego, de apellido Vlachodimos, que se pronuncia con la hache aspirada. Fue intencionado, porque pudo evitar la palabra malsonante usando el nombre de pila, Odysseas. Se hizo el burlón, a falta de mejores recursos. Que le contraten para el circo.

 

¿Cómo se televisa un atentado?

CÓMO se televisa un atentado? No se imparte esta lección en las facultades de periodismo, así que es urgente que las cadenas de televisión definan un modelo conveniente. Con tres objetivos: que las noticias ayuden a la sociedad sin desinformarla, que por un mal entendido realismo no favorezcan a los criminales y que no dificulten la investigación policial, crucial en las primeras horas. Sí, es un viejo debate, pero el terrorismo de ahora es emocionalmente más complejo que la guerrilla clásica. Por lo que vimos el jueves y viernes pasados en los canales privados y públicos tras los ataques de Barcelona y Cambrils, las redacciones no tienen un protocolo actualizado. Solo saben que hay que interrumpir la programación como señal de relevancia social y navegar en el caos con más improvisación que criterio. El jueves fue peor que el viernes. Al desastre del primer día contribuyó que la tragedia fue en agosto, con las plantillas plagadas de becarios. ¿Por qué se difundieron imágenes explícitas de las víctimas? ¿No habíamos convenido, tras el 11-M de Madrid, que nunca más se expondría la sangre vertida por el terrorismo? Cuando París, Niza, Londres, Bruselas, Berlín y Estocolmo fueron masacrados por los yihadistas, sus televisiones, responsablemente, omitieron el espectáculo inútil y desolador de los cuerpos rotos. No les dieron esa baza a los canallas y la verdad brilló completa y digna.

Regresaron a toda prisa Piqueras, Ferreras, Griso, Ana Rosa, Ruiz y Casado, y el disparate se enderezó desde La Rambla. Muy teatral su luto textil. ETB estuvo bien con Klaudio Landa. Todos, en su afán de mostrar la angustia de la gente, provocaron un reparto masivo de miedo. Pero gestionar el pánico consiste en serenar los ánimos y hacerlos indesbordables. Menos mal que los catalanes optaron por un lema grandioso: “No tinc por” (No tengo miedo).

Tenemos un problema con las redes sociales y su corresponsalía ilimitada. Un imbécil con un móvil es un peligro. Lo ha dicho Évole bien claro: “No difundamos el odio de los que odian”. Pues eso.

¿Quién sabe escuchar?

Mi amigo Manu es uno de los dos millones de ciudadanos que no ven nunca la televisión, ni un minuto. Descontando a los bebés, indigentes, ciegos, monjas de clausura y moribundos, podría decirse que hay en el Estado español un millón de rebeldes contra el mando a distancia. Deberíamos escuchar las razones de su rechazo, muy proustianas en la valoración de su tiempo. En el otro extremo están los adictos a la pantalla, con un consumo de ocho horas diarias, equivalente a un tercio de su existencia. En verano las cosas cambian un poco y los telespectadores bajan un 16% respecto de la audiencia de invierno. En todo caso, es demasiada gente para el nivel de calidad de la programación. Pongamos dos ejemplos de rebajas.

Mad in Spain, en Telecinco, es la versión mostrenca de lo que en su día fueron Moros y cristianos y La Noria, ambos en el mismo canal, debates corales y de algarabía en los que intermediaba Jordi González. Este subproducto ha subido el volumen de la bronca, añadiendo más decibelios, que es la medida del argumento entre los españoles. ¿Qué haces, querida Lucía Etxebarria, en ese foro de locos? Es inadmisible que Vasile le haya robado la marca a la plataforma Mad in Spain, dedicada a la creación de artículos de diseño con imagen de España. Por debajo del millón de espectadores y en grabación diferida, el espacio morirá en septiembre como mueren, entre gritos, los que nunca debieron nacer.

A la hija mayor de Lola Flores TVE le ha regalado un abanico para recibir sin sofocos a sus invitados. No niegan en la cadena pública que Lolita tiene un plan es una imitación tardía de las charlas caseras de Bertín Osborne, su sección femenina. Pensaron que otra profesional de los escenarios y habitual de la prensa rosa les proporcionaría un buen registro, pero apenas ha llegado al 8,6% en su debut. En verano no resucitan las momias ni con Tom Cruise y la tele debería aprovecharse como escuela de hablar y escuchar, dos quehaceres cultos: hablar implica entender la síntesis, y escuchar es la perfecta decodificación.

España vertebrada por la tele

Ortega y Gasset no imaginaba en 1922, cuando publicó España invertebrada, que la uniformización del Estado la produciría una tecnología de masas llamada televisión. No lo lograron los militares, como preconizaba, ni tampoco las élites. El “proyecto sugestivo de vida en común” con el que soñaba el filósofo está en la programación audiovisual. En esta tentativa totalizadora fracasó TVE por lo grosero de sus métodos y su manifiesto falangismo. Ahora, con más tacto y por vía del entretenimiento y la ligereza, Telecinco y Antena 3, con sus canales filiales y lo que queda del ente público estatal, suman el 72,2% de la audiencia y moldean las conciencias a través de la información y el ocio, del idioma y el argumentario emocional. Además de un negocio rentable, la tele es un movimiento nacional que solo internet podría amenazar.

En Euskadi domina Telecinco y también en Catalunya. Más que el Tribunal Constitucional y el Supremo, el peor rival del referéndum del 1-O es la televisión. Los datos de julio ponen de manifiesto las preferencias de vascos y catalanes por la emisora de Berlusconi. ¿Cómo se entiende esto en naciones de mayoría nacionalista y lengua propia? Los sociólogos que, como los economistas, son expertos en predecir lo que ya ha ocurrido, dicen que la gente discrimina lo próximo seguro de lo lejano ocasional, de la misma manera que lo global refuerza lo local. No hay contradicción, es un privilegio de consumo de las sociedades avanzadas. Una especulación optimista, creo yo.

El éxito de la televertebración implica un cierto fracaso de ETB. En los registros del pasado mes se observa un descenso de ETB2 (7,2%) y una deportiva subida de ETB1 (2,4%). La tele de Vasile supera el 14%. Nuestro canal público nació para neutralizar la asimilación española, tanto en lo democrático como en lo cultural y sociopolítico. Es verdad, somos un país incoherente; pero no lo estamos haciendo bien y eso facilita las incongruencias. Nos falta autoestima, memoria y criterio. Y hasta estética: qué feo es el gusto por el estercolero.