Gloria y miseria del candidato/a

Las campañas electorales son caras y sirven de poco. Hay dos niveles en este proceso: los partidos y los candidatos. Las siglas apuestan por la televisión para la notoriedad, la prensa y la radio para los mensajes y las redes sociales para la guerra de guerrillas. Los candidatos prefieren el contacto personal, convencer a vecinos, amigos y compañeros, humanizar la política; pero las marcas neutralizan las iniciativas particulares porque no se fían de la singularidad de los elegibles y de ahí que éstos parezcan clonados a imagen de sus partidos. Debería haber tantas campañas como ciudadanos en las listas. Es la anomalía de nuestra democracia, nada versátil: la protocolización del aspirante con el oprobioso Manual del Candidato, que todavía existe.

Así que nadie espere una campaña innovadora. Habrá frivolidad y crispación, llegarán los mesías. Se dirán falsedades como que ahora los votos se deciden en el espacio digital y no en la tele, que los debates organizados por las cadenas son imprescindibles y que las encuestas iluminan a los indecisos. El mal proviene del supremacismo de la derecha que se siente superior y de la izquierda que se cree mejor. La unanimidad se producirá en el miedo a la abstención, pues todos piensan que los suyos son los que más dejan de votar por pereza, el sol o la lluvia del domingo.

Quiero que se fijen en los llamados candidatos de relleno, esas mujeres y hombres a quienes los sufragios no les alcanzarán para un puesto, pero con el orgullo de ser vecinos comprometidos. Honor para ellos que no saldrán en la tele, salvo de pasada o como fondo de cartel. Creemos ser una democracia acomodada, pero somos un sistema de penurias, mal informado y retorcido por la intransigencia. Ayuso y su brujo Rodríguez, rancios chulapos, y los candidatos que fueron de ETA son sus excreciones.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Huyendo del cinefórum

Las comparaciones serán odiosas; pero son inevitables e incluso necesarias. Y al producirse la sustitución de Félix Linares por Dani Álvarez como conductor del popular espacio cinematográfico La noche de…, de ETB2, llega la hora de salir a la caza de las diferencias como en uno de esos pasatiempos de la prensa. La transición me pareció al principio como un contrato de relevo, esa figura laboral por la que un trabajador que se prejubila es sustituido por otro más joven en su mismo puesto tras un período de adaptación. Y en realidad, llevado al cine, ha sido un casting simulado con un guion de sainete de colegio y un final ridículo a lo Casablanca.

Dani no ha venido a cambiarlo todo, pues no se altera lo que funciona bien; pero tenía la obligación de visualizar la renovación. Ha empezado por lo convencional, como hacen los periódicos al inicio de una nueva etapa: modificar el grafismo y rejuvenecer los rótulos, tan característicos de su diseño. La retórica de La noche de…, por alguna extraña pedagogía, se expresa en la proyección a gran tamaño de los titulares de sus noticias, como en un PowerPoint. Más difícil es para un hombre de radio movilizar el lenguaje corporal y asumir el tiránico estilismo. Le cuesta ser actor por su sobriedad y ya le han aleccionado en el manejo de brazos, manos y miradas. Muchos profesionales de Radio Euskadi saltaron a ETB venciendo el vértigo de la imagen.

De entrada, hace bien Álvarez en no emular al tío listo de los cinefórum, aquel petulante que apabullaba a la gente con su sabiduría. A Félix no le superará Dani, porque no se aventaja a los pioneros. La suya será otra manera de inspirar amor al cine. Dentro de cien películas el formato seguirá siendo un éxito y Linares quedará en el recuerdo. Se está cumpliendo la premisa clásica de que lo que se hizo bien se puede hacer mejor. 

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

España crepuscular

Esto es España hoy, un rey malhechor y una abuela subrogada, de quienes la televisión -y también la prensa de élite, con imágenes en portada- se ocupan y agobian como expresión de su miseria profesional. Dos personajes que definen el devenir de una sociedad devaluada. Se dice de ambos que no tienen causas con la justicia; pero uno, intocable constitucional, puso a buen recaudo en paraísos fiscales la fortuna amasada en negocios opacos, y la otra cometió en Estados Unidos un acto considerado delictivo aquí -alquilar el útero de otra mujer- al amparo del chantaje emocional por la muerte de su hijo.

¿Deberían haberse silenciado las andanzas náuticas y sanitarias del Borbón en Galicia y Euskadi y el exhibicionismo feroz de esa mujer narcisista? Claro que no, pues hay libertad de información incluso para lo detestable; pero un país con una pizca de autoestima tendría que reducir, mediante sordina ética, el protagonismo de este dúo casposo. Lejos de aplicarse con decencia, las cámaras y los micrófonos han ido detrás de ellos, servilmente, generando contenidos de telebasura. Sabemos que el interés real sobre Ana Obregón -que ha publicado un libro doloroso, El chico de las musarañas– quedó pautada en el 9,1% de audiencia del programa especial de Telecinco en horario y noche estelares.

La tele honrosa va derrumbándose al paso de la ultraderecha emocional que representa ¡Hola!, su medio crepuscular. Y mientras se entretiene con tonterías deja pendiente los debates sobre la regulación -o no- de los vientres de alquiler y la derogación de la inviolabilidad del rey, herencia franquista insertada en la Constitución. Así están nuestras pantallas y quien quiera más madera tiene este próximo sábado la coronación del monarca británico. Los que sienten fascinación por la solemnidad y la aristocracia deberían hacérselo mirar

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Vascas, luchadoras, pelotaris…

Esta es una historia de hace un siglo, cuando las niñas y niños vascos no tenían móviles ni redes sociales, “pero había una cosa que sí tenían: paredes”. Es el preámbulo de Las Pelotaris 1926, serie de inminente estreno aquí, un relato vasco mexicano esmeradamente producido por Mediapro sobre las primeras pelotaris (al otro lado llamadas raquetistas) que constituyeron un fenómeno social en una época marginal para las mujeres. Itziar, Idoia y Chelo jugaban en frontones con una especie de raqueta de tenis, a 30 tantos, bajo apuestas y contratadas por el empresario de la cancha. Ganaban dinero, pero mucho menos que los hombres y eran famosas y admiradas.

La epopeya transcurrió de los años 20 a los 80 a ambos lados del Atlántico y su lucha fue poder jugar como profesionales. Ya en la primera secuencia queda estigmatizada con la mancha de sangre menstrual en la falda de una de las pelotaris. Tiempo atrás contaron sus hazañas Olatz G. Abrisketa en su libro Raquetistas, gloria y olvido de las pelotaris profesionales, y Victoria Cid en su vídeo Apostando por ellas. La serie adquiere una desafortunada perspectiva machista que atestigua cínicamente un personaje: “Los hombres pagan por ver a mujeres corriendo detrás de una pelota, con faldita corta y sudando”. Y añade: “Ustedes, las pelotaris, no son deportistas, son una fantasía”.

Y así el motor de la narración es forzadamente emocional. Apenas hay diálogos de enjundia y la abundancia de escenas de sexo desplazan la serie a la categoría de culebrón, al gusto latino. Hay crímenes, lujo y pobreza, matrimonios convenidos, mafia y violencia de género. Para la nostalgia están los escenarios vintage de Donostia, Pasaia y Goizueta. ¿Quién decidió hacer una telenovela en vez de una aventura heroica? Lástima, pero en Euskadi gustará porque la mayoría de las pelotaris eran vascas.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Fútbol, qué teatro

El fútbol es drama. Su patetismo es más evidente cuando, como ahora, llega el final de temporada y han de proclamarse ganadores y derrotados. Sí, hay millones de euros en juego, pero también emociones desatadas que le conceden una gran fascinación. La evolución de las retransmisiones ha incrementado su esencia teatral hasta el límite del puro barroquismo. A veces, tragedia y otras, comedia. Vemos que los contendientes simulan o exageran sus heridas para provocar una posición a favor. Los árbitros se acompañan del VAR, nueva versión de la griega y después romana Deus ex machina, una deidad que imparte justicia y cambia la trama.

Los entrenadores han asumido el histrionismo, conscientes de que la cámara les proyecta cincuenta veces por partido, en lo que destaca el bufón Simeone. Igual ocurre con los árbitros, comediantes en busca de una imagen de pedagogía con los jugadores y de superioridad con la gente. Otros intervinientes analizan el juego, pero nadie mejor que Carlos Martínez, brillante y confiable. ¿Y el estropicio de los comentaristas? En un reciente encuentro de la selección estatal en TVE el exfutbolista del Athletic Fernando Llorente hizo treinta observaciones y todas empezaron con el latiguillo “la verdad es que…”. Está el balón del último gol encerrado en una urna que se sorteará como una reliquia. Está cómo cantan los goles los locutores de radio emulando a artistas de Got Talent.  Y está Microsoft con sus algoritmos para darnos números inútiles. ¡Pero a quién le importa que la dificultad de un gol sea del 7,2%!

Hay una retórica de la imagen, muy calculada, que otorga a las marcas comerciales el debido protagonismo y a cargo de los realizadores que ordenan zoom sobre tal o cual anuncio o camiseta. Los planos cortos cotizan mucho, pues tienen que brillar los que financian este drama que también tiene su sesión golfa a las diez de la noche.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ