Lo que el silencio dice

Nada más perturbador que el silencio. Puede ser defensivo, despectivo, disfraz o instrumento de olvido; pero, entre notas y compases, es parte de la música. En la nueva y exitosa serie El silencio, creada por Aitor Gabilondo y servida por Netflix, hay un gran repertorio de silencios dentro de un thriller psicológico, intenso y de alta calidad que se ha valido de varios rincones de Bilbao y otros escenarios vascos. ¡Somos un país de película! Arrepentido de experiencias panfletarias como Patria (“aún dudo si valió la pena”), Gabilondo se ha tomado en serio este complejo relato al borde de la distopía y con tantos hechos inquietantes.

Es la historia de Sergio Ciscar (¡bonito apellido!) quien siendo menor es condenado por el asesinato de sus padres. Desde entonces vive en un profundo silencio dejando muchas incógnitas sobre las causas y circunstancias del parricidio. Seis años después sale en libertad y es sometido a vigilancia a lo big brother con cámaras ocultas en su casa y seguimiento de todos sus pasos. Se trata de un “programa macabro” a cargo de una psiquiatra obsesionada con su inocencia, junto a un grupo de policías y expertos informáticos que actúan desde las torres Isozaki.

¿Cabe imaginar, más allá de lo literario, un futuro en que sea corriente la monitorización humana? Ya lo tenemos aquí con la liquidación de la intimidad y los excesos de los tinglados digitales y las leyes a su servicio. No está solo el silencio del “asesino del balcón”, también el de la corrupción policial, judicial y empresarial, la falsa reinserción y la disfuncionalidad familiar. Los silencios sobre la enfermedad mental y la extraña hibristofilia o atracción por los criminales. Acaba como empieza, con salto al vacío y nos quedamos con el rumor del silencio de lo que nunca entenderemos. ¿Por qué saltaron las mellizas de Oviedo?

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

La gran estafadora

Los italianos piensan que los españoles son tan crédulos que darán por veraz la operación de limpieza de Telecinco y su tránsito a un modelo familiar y de entretenimiento, iniciado con la liquidación de Sálvame, icono de la telebasura. No esperen que expresen arrepentimiento por los daños causados, irreparables en varias generaciones. Mediaset, a imitación de la España postfranquista, ha comenzado una transición -ejemplar, por supuesto- “porque tenemos el deber de empezar a cambiar”, de acuerdo con su CEO, Alessandro Salem. Y si aquella maniobra política fue un fraude (cuya consecuencia más brutal es el inviolable y corrupto Juan Carlos I), la transición de Telecinco no va a ser menos. Al fin y al cabo, el actual presidente de Mediaset es hijo de uno de los testaferros del emérito, Prado Colón de Carvajal, condenado y convicto por delitos económicos.

Para las labores de limpieza han elegido a Ana Rosa Quintana, quien publicó en 2000 una novela, Sabor a hiel, con fragmentos robados de relatos de Danielle Steel y Ángeles Mastretta. El monumental plagio lo resolvió Planeta a golpe de talón tras vender más de cien mil ejemplares de un producto falso. En cualquier país serio una tramposa semejante hubiera caducado en las pantallas para siempre, pero España disculpa dictaduras y pillajes. ¿Es que sus nuevos jefes no conocen esta historia? ¿Y sus manejos con el delincuente Villarejo? Sabemos que Quintana, ideología ultra aparte, es una ferviente anticatalana y antivasca, por lo que no ha de extrañar su reciente chinofobia.

Tras el verano la señora pretende armarse de lejía para desinfectar las tardes “en las que no habrá política”, según Salem. Sálvame es bazofia con su tropa de lenguaraces y su estilo de malvado cotilleo; pero es conceptualmente imposible que una plagiaria, con su cochino engaño, pueda limpiar algo. 

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Gloria y miseria del candidato/a

Las campañas electorales son caras y sirven de poco. Hay dos niveles en este proceso: los partidos y los candidatos. Las siglas apuestan por la televisión para la notoriedad, la prensa y la radio para los mensajes y las redes sociales para la guerra de guerrillas. Los candidatos prefieren el contacto personal, convencer a vecinos, amigos y compañeros, humanizar la política; pero las marcas neutralizan las iniciativas particulares porque no se fían de la singularidad de los elegibles y de ahí que éstos parezcan clonados a imagen de sus partidos. Debería haber tantas campañas como ciudadanos en las listas. Es la anomalía de nuestra democracia, nada versátil: la protocolización del aspirante con el oprobioso Manual del Candidato, que todavía existe.

Así que nadie espere una campaña innovadora. Habrá frivolidad y crispación, llegarán los mesías. Se dirán falsedades como que ahora los votos se deciden en el espacio digital y no en la tele, que los debates organizados por las cadenas son imprescindibles y que las encuestas iluminan a los indecisos. El mal proviene del supremacismo de la derecha que se siente superior y de la izquierda que se cree mejor. La unanimidad se producirá en el miedo a la abstención, pues todos piensan que los suyos son los que más dejan de votar por pereza, el sol o la lluvia del domingo.

Quiero que se fijen en los llamados candidatos de relleno, esas mujeres y hombres a quienes los sufragios no les alcanzarán para un puesto, pero con el orgullo de ser vecinos comprometidos. Honor para ellos que no saldrán en la tele, salvo de pasada o como fondo de cartel. Creemos ser una democracia acomodada, pero somos un sistema de penurias, mal informado y retorcido por la intransigencia. Ayuso y su brujo Rodríguez, rancios chulapos, y los candidatos que fueron de ETA son sus excreciones.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Huyendo del cinefórum

Las comparaciones serán odiosas; pero son inevitables e incluso necesarias. Y al producirse la sustitución de Félix Linares por Dani Álvarez como conductor del popular espacio cinematográfico La noche de…, de ETB2, llega la hora de salir a la caza de las diferencias como en uno de esos pasatiempos de la prensa. La transición me pareció al principio como un contrato de relevo, esa figura laboral por la que un trabajador que se prejubila es sustituido por otro más joven en su mismo puesto tras un período de adaptación. Y en realidad, llevado al cine, ha sido un casting simulado con un guion de sainete de colegio y un final ridículo a lo Casablanca.

Dani no ha venido a cambiarlo todo, pues no se altera lo que funciona bien; pero tenía la obligación de visualizar la renovación. Ha empezado por lo convencional, como hacen los periódicos al inicio de una nueva etapa: modificar el grafismo y rejuvenecer los rótulos, tan característicos de su diseño. La retórica de La noche de…, por alguna extraña pedagogía, se expresa en la proyección a gran tamaño de los titulares de sus noticias, como en un PowerPoint. Más difícil es para un hombre de radio movilizar el lenguaje corporal y asumir el tiránico estilismo. Le cuesta ser actor por su sobriedad y ya le han aleccionado en el manejo de brazos, manos y miradas. Muchos profesionales de Radio Euskadi saltaron a ETB venciendo el vértigo de la imagen.

De entrada, hace bien Álvarez en no emular al tío listo de los cinefórum, aquel petulante que apabullaba a la gente con su sabiduría. A Félix no le superará Dani, porque no se aventaja a los pioneros. La suya será otra manera de inspirar amor al cine. Dentro de cien películas el formato seguirá siendo un éxito y Linares quedará en el recuerdo. Se está cumpliendo la premisa clásica de que lo que se hizo bien se puede hacer mejor. 

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

España crepuscular

Esto es España hoy, un rey malhechor y una abuela subrogada, de quienes la televisión -y también la prensa de élite, con imágenes en portada- se ocupan y agobian como expresión de su miseria profesional. Dos personajes que definen el devenir de una sociedad devaluada. Se dice de ambos que no tienen causas con la justicia; pero uno, intocable constitucional, puso a buen recaudo en paraísos fiscales la fortuna amasada en negocios opacos, y la otra cometió en Estados Unidos un acto considerado delictivo aquí -alquilar el útero de otra mujer- al amparo del chantaje emocional por la muerte de su hijo.

¿Deberían haberse silenciado las andanzas náuticas y sanitarias del Borbón en Galicia y Euskadi y el exhibicionismo feroz de esa mujer narcisista? Claro que no, pues hay libertad de información incluso para lo detestable; pero un país con una pizca de autoestima tendría que reducir, mediante sordina ética, el protagonismo de este dúo casposo. Lejos de aplicarse con decencia, las cámaras y los micrófonos han ido detrás de ellos, servilmente, generando contenidos de telebasura. Sabemos que el interés real sobre Ana Obregón -que ha publicado un libro doloroso, El chico de las musarañas– quedó pautada en el 9,1% de audiencia del programa especial de Telecinco en horario y noche estelares.

La tele honrosa va derrumbándose al paso de la ultraderecha emocional que representa ¡Hola!, su medio crepuscular. Y mientras se entretiene con tonterías deja pendiente los debates sobre la regulación -o no- de los vientres de alquiler y la derogación de la inviolabilidad del rey, herencia franquista insertada en la Constitución. Así están nuestras pantallas y quien quiera más madera tiene este próximo sábado la coronación del monarca británico. Los que sienten fascinación por la solemnidad y la aristocracia deberían hacérselo mirar

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ