Diario de cuarentena. Día 71. Haciendo equilibrios

Hoy no ha habido muertos por coronavirus en Euskadi, lo que no ocurría desde el 17 de marzo, cuando la OMS decretó la pandemia a escala mundial. Es una buena noticia, lo que no impide olvidar a los 1.494 fallecidos hasta ahora, 1.494 personas con nombre, familia e historia, seres humanos concretos y reales que para la información solo son un número. Y así estamos, entre la angustia y la esperanza, agotados de cuerpo y alma.

Las medidas sanitarias de protección (higiene, mascarilla y distancia social) han sido eficaces, unidas a la esforzada labor del modelo de salud vasco y sus profesionales; pero sigo pensando que el confinamiento es inútil, abusivo y contraproducente. Es la respuesta del pánico sistematizado ante la impotencia en la contención de los contagios. A cambio de la generalización del miedo se han causado daños tremendos en la vida de la gente, la economía y el bienestar de la sociedad. Sin necesidad.

Algunos de los que leen y comentan este diario han criticado con dureza mi posición contra la reclusión domiciliaria en la que llevamos más de dos meses. Dicen que es irresponsable. Entiendo que haya gente de mentalidad más o menos sumisa que obedece los preceptos de la autoridad sin rechistar, como antes se hacía con los curas y los policías. El miedo es un virus duradero y muy contagioso y puede más que toda la fuerza bruta y las amenazas juntas. Si estos lectores hicieran uso de su inteligencia crítica verían que no todos los países han adoptado la medida decretada por el Gobierno central. Y no han obligado a la gente a quedarse en casa de forma tan estricta. Y tienen registros de contagios mucho menores. Suecia, Dinamarca, Alemania y otras naciones europeas son un ejemplo de éxito en contraste con la calamidad de España, que ha querido ser más papista que el papa y ha salido trasquilada.

Mis críticos me comparan con Trump, Bolsonaro y, aún peor, con Vox por sostener una posición contraria al confinamiento. Vieja táctica de los que razonan con el culo. No tengo la menor intención política, porque siempre he creído que todo lo esencial en la vida se basa en el equilibrio: entre los ricos y los débiles, entre la derecha y la izquierda, entre la fe y el escepticismo, entre la necesidad y el placer, entre la realidad y la utopía. En la pandemia hay que salvarse hoy y seguir viviendo sin destruir lo que teníamos. ¡Matan moscas a cañonazos! Ha faltado ese equilibrio en la protección.

Las autoridades no creen en la responsabilidad de la gente y piensan que hay que castigar para hacer cumplir. Es una pedagogía perversa, cuartelera. Sí, hay personas que incumplen. Y también hay políticos corruptos. Y asesinos. Pero no se encarcela a todos por unos pocos. Y no se rompe la baraja por un tramposo. El autoritarismo generaliza el mal para justificarse. Y al final, tras el desastre, veremos que hubo un país que, por desconfiar de sus ciudadanos, hizo más daño que bien en la prevención. Faltó inteligencia. Faltó equilibrio.

Diario de cuarentena. Día 70. Queridos bareros

Los bareros (así se llama a los profesionales de los bares en el sector) de Bizkaia se manifestaron el viernes por la Gran Vía de Bilbao. Una protesta ejemplar, en orden y en filas de a tres y respetando las normas de seguridad. Una imagen impactante. Es imposible no sentirse solidarios con la gente de la hostelería que, como otros negocios y comercios, llevan tres meses cerrados, agonizando.

La perspectiva del sector no es halagüeña. Desde el lunes podrán abrir en el interior, pero solo hasta el 50% de la capacidad y garantizando la distancia de protección entre clientes. Y no tienen permitido el uso de las barras, la zona más rentable de sus establecimientos. Tienen razón al sentirse frustrados ante exigencias tan arbitrarias que les llevan a no poder alcanzar el umbral de rentabilidad.

Había rabia contenida en la manifa de los hosteleros vizcainos. “La hostelería en pie de guerra”, decía una de sus pancartas, nada menos. “Los bares no se mueren, son asesinados”, decía otro de sus carteles. Duros mensajes que expresan un gran dolor y una enorme impotencia. Lo que piden es la condonación de los impuestos de los meses de cierre obligatorio, la moratoria de los alquileres, que no se les exija hacer de policías en el cumplimiento de las normas, la ampliación de los ERTES hasta final de año y la apertura total de sus locales sin menoscabo de las normas de distanciamiento… Cosas así, más que razonables que a las instituciones les toca dar respuesta y que casi todas, entiendo yo, serán atendidas. Más difícil, creo, será que los policías municipales y la Ertzaintza dejen de hostigarles con los excesos de sus clientes. ¿No es bastante complicada ya la vida de la hostelería como para venir a tocar las turmas a los bareros? Ya vale de machacarles.

Cuando se haga justo balance de la desgraciada época de la pandemia y el confinamiento a que fuimos sometidos arbitrariamente, habrá que valorar si las policías -los cuerpos estatales, autonómicos y locales- estuvieron a la altura del sufrimiento de la gente. ¡Más de un millón de sanciones han recolectado! Una barbaridad que muestra la saña despiadada con que no pocos uniformados han actuado. En España se ha multado más que en todos los países de la UE juntos. Una pulsión franquista, según la cual el ciudadano solo aprende a base de palo y tente tieso. Y todo bajo una dudosa legalidad que deberá corregirse con una amnistía o el sobreseimiento masivo, en justicia. 

Sí, amigos, necesitamos los bares abiertos, como los restaurantes y el comercio en general. La gente ya sabe cómo hay que comportarse, porque es madura. Es hora de la apertura y la libertad plenas. Es hora de que la vida vuelva a nuestros barrios, pueblos y ciudades. No es un capricho, es una necesidad que nace de nuestro modo de entender la vida. El confinamiento ya ha causado suficiente daño sin aportar una sola ventaja. ¡Abran todo!

Diario de cuarentena. Día 69. Rebelión en las aulas

El confinamiento estéril a que estamos sometidos bajo el abusivo Estado de Alarma decretado por el Gobierno central tiene muchos efectos desastrosos, entre ellos la suspensión de las clases presenciales, imprescindibles para la formación de los niños y jóvenes. Este próximo lunes vuelven a las aulas los alumnos de cuarto de ESO, Bachillerato y FP. O sea, los chicos y chicas de 15 años en adelante, a quienes más afecta el parón provocado por el coronavirus y los que más se juegan en esta desventurada crisis.

Para cumplir con las medidas de protección, los colegios están redimensionando las aulas para dar cabida a menos alumnos y habilitando canchas deportivas y bibliotecas. Al mismo tiempo, se les ha aprovisionado por el Gobierno Vasco de mascarillas, guantes y geles de limpieza y señalando las entradas y salidas del colegio por lugares distintos. Es lo correcto. Me pregunto si los profesores y los centros educativos están a la altura de la gravedad del sufrimiento de los jóvenes. ¿Se dan cuenta de lo que se están jugando? ¿Cómo han sido estos dos meses de clases on line? ¿Han funcionado pedagógicamente o se han limitado a meros envíos de tareas sin que haya existido una auténtica interactuación profesor-alumno?

Si el sistema educativo estuviera preparado para el modelo de clases on line, es probable que la situación se hubiera superado sin mayores trabas. Pero el sistema no estaba habilitado para eso, ni el profesorado ha recibido una preparación técnica y pedagógica para esa nueva y dificultosa tarea. ¿Cuál es el balance hasta ahora del trimestre on line? ¿O debemos dar por amortizado este curso?

La enseñanza es de esas profesiones donde la diferencia de calidad es determinante. Hay profesores buenos y profesores malos. No es lo mismo un guardia municipal mediocre y vago que un profesor de los malos. ¡Ay, ¡Dios, eso sí que causa estragos! Y al revés, qué determinante ha sido para mucha gente haber caído en manos de un buen maestro, en primaria, en bachiller o en la universidad. ¡Cuántas grandes personas le deben empujón de sus vidas a los maestros que tuvieron! Todos podemos contar casos concretos y en lo que a mí respecta jamás tuve un profesor que me inspirara. De los maestros nacionales de mi niñez, brutales y franquistas, solo puedo evocar desprecio.

Para ayudar en el regreso a las aulas, el sindicato ELA ha convocado una huelga. Hay que ser irresponsables. ¡Los niños no son tornillos, pandilla de ociosos sindicalistas! Son materia sensible, lo más importante y delicado que tiene el país. ¡Espabilen, profesores y colegios, espabilen! Hagan todo lo posible para que estos chicos no pierdan un año de su vida y eviten malograr su futuro. Se necesita un plus de esfuerzo y generosidad. Hagan honor a su sagrado oficio. Ojalá el curso 2020 se recuerde como el que encumbró a los maestros a lo más alto.

Diario de cuarentena. Día 68. Salvar vidas

Odio las frases reiterativas que van de boca en boca hasta convertirse en lemas oficiales, políticos o culturales sin que se tenga una idea exacta de su significado. El mantra de ahora es “salvar vidas”. Y me saca de quicio, porque es mentira, es el falso parapeto en el que se atrincheran lo mismo los que gobiernan que los que combaten a las autoridades. ¿Salvar vidas? Salvar hostias.

El origen de la idea de “salvar vidas” es militar. Es el argumento falaz que los generales usan para justificar una matanza ajena y evitar bajas propias. Bombardear, con respaldo legal o sin él, una supuesta base guerrillera que puede causar decenas de muertes civiles significa, en esa perversa mentalidad, “salvar vidas”. Lanzar la bomba atómica, bombardear ciudades, las tácticas antiterroristas, los asesinatos selectivos y otras hazañas bélicas son “salvar vidas”. Es la épica de matar a precio favorable.

Ahora, los políticos hablan de “salvar vidas” para dar un marchamo de épica a las medidas sanitarias extremas. Y así, para ellos en su discurso falaz, el confinamiento y todas las desgracias que conlleva es “salvar vidas”, cuando en realidad es una decisión que atenta contra las libertades y es inútil, pues el uso de los medios de autoprotección (distancia, mascarillas e higiene) son suficientes. Pero tienen que darle una épica comunitaria, como un aire de sacrificio colectivo por el bien común y usan el estribillo de “salvar vidas” para justificarse. 

Ayer, en el pleno del Congreso de los Diputados, todos recurrieron a esta cantinela de “salvar vidas” tanto los partidos del Gobierno y quienes les apoyan, como los de la oposición, incluida las rabiosas derecha y ultraderecha. Todos están por “salvar vidas”. Van de salvavidas como discurso preventivo, unos para avalar la gestión de la crisis y los otros para acreditar su posición contraria. Ayuso, la de Madrid, usa su lengua viperina con este mantra vacío y a la defensiva. “¿Salvar vidas?”. No, salvar su culo, señora. Ustedes no salvan nada. Eso lo hace la gente y los que trabajan en la sanidad con los medios y el saber que disponen.

La cultura salvífica se ha instalado en la clase dirigente española, un mesianismo oportunista con el que tratan de tutelar a la gente y privarle de pensamiento libre y criterio propio. O de lanzarla por el camino del odio al enfrentamiento civil blandiendo sus banderas.

No es un defecto de comunicación. Es engañar y protegerse. Hablar mal es decir sin parar “el conjunto de…” para referirse a todos los partidos, todas las Comunidades Autónomas, todos los ciudadanos… ¡Ya vale con lo “el conjunto de”!, maldita sea. Pero mucho peor es invocar el truco de “salvar vidas”. Dudo que abandonen ese mantra. Les ha gustado y sienten levitar cada vez que lo dicen. Por favor, absténgase de salvar mi vida. Ya me apaño yo.

Diario de cuarentena. Día 67. Tiempo de cerezas

La primavera siempre fue para mí el tiempo de las cerezas, la fruta más deliciosa que conozco. Cuando era niño las cerezas llegaban a finales de mayo, cerezas pequeñas y ácidas que crecían de los frutales de El Regato, barrio rural y pulmón de Barakaldo, a tiro de piedra de Bilbao. Ignoro si aún existen cerezos en la zona o han sido barridos por la expansión del cemento y el olvido. Lo que recuerdo de aquellas cerezas es que eran rojas y de sabor ácido, diferentes de las que más tarde llegaban de Cáceres, Aragón o Lleida, más dulces y grandes. No sé si mejores, pero rotundamente distintas.

Yo podría ser el monstruo de las cerezas, como el monstruo de las galletas de Barrio Sésamo, que las devoraba de forma compulsiva e insaciable. Es tan corta la temporada de las cerezas, más que la de otras frutas. Llegan y se van. Y te deja una sensación de hambre insatisfecha, un placer demasiado rápido.

Ahora las cerezas llegan antes, incluso a finales de abril ya se pueden encontrar en fruterías. Soy adicto a las cerezas. El lunes a la mañana compré una caja de dos kilos y a la noche no quedaba ninguna. Hoy tengo nuevo suministro y quizás para mañana las haya terminado. ¿Qué tienen las cerezas que no tengan otras frutas? No lo sé. Son divertidas, ácidas, incluso eróticas, fantasiosas, sabrosas, efímeras…

Las de este año llegan en medio de una pandemia brutal y confinados a la fuerza. Son estos momentos cuando con más intensidad hay que vivir y degustar los placeres de cada día. Hay que profundizar en los sabores, comer mejor, beber con más gusto, amar con más lentitud y ternura. Con dulzura. Es hora de la lentitud, de lo auténtico, de lo que más importa, de lo que tiene más sentido.

El libro de Carl Hororé, “Elogio de la lentitud”, que ya tiene unos cuantos años, lo ponía muy claro: «La lentitud nos permite ser más creativos en el trabajo, tener más salud y poder conectarnos con el placer y los otros». Añadiría que lo ideal es vivir en adagio, que es el ritmo del corazón en estado de reposo. 

Reivindiquemos los puros, pequeños y más sosegados placeres. Mirar la naturaleza y seguir su ritmo y sabias leyes. Deshacernos de la ansiedad y las prisas. Parar el mundo en su locura y volver la mirada a lo auténtico, el pensamiento, el arte, la música y el espíritu libre. Nos hemos quedado enjaulados en nuestras propias trampas de falso y apresurado bienestar que no sabe a nada.

Ya no quiero tener más, quiero ser mejor. No más cosas, sino más tiempo. No más entretenimiento, sino más alegría. Una vida tan divertida como las cerezas. Porque por la boca y el corazón se vive de verdad.