
Hoy no ha habido muertos por coronavirus en Euskadi, lo que no ocurría desde el 17 de marzo, cuando la OMS decretó la pandemia a escala mundial. Es una buena noticia, lo que no impide olvidar a los 1.494 fallecidos hasta ahora, 1.494 personas con nombre, familia e historia, seres humanos concretos y reales que para la información solo son un número. Y así estamos, entre la angustia y la esperanza, agotados de cuerpo y alma.
Las medidas sanitarias de protección (higiene, mascarilla y distancia social) han sido eficaces, unidas a la esforzada labor del modelo de salud vasco y sus profesionales; pero sigo pensando que el confinamiento es inútil, abusivo y contraproducente. Es la respuesta del pánico sistematizado ante la impotencia en la contención de los contagios. A cambio de la generalización del miedo se han causado daños tremendos en la vida de la gente, la economía y el bienestar de la sociedad. Sin necesidad.
Algunos de los que leen y comentan este diario han criticado con dureza mi posición contra la reclusión domiciliaria en la que llevamos más de dos meses. Dicen que es irresponsable. Entiendo que haya gente de mentalidad más o menos sumisa que obedece los preceptos de la autoridad sin rechistar, como antes se hacía con los curas y los policías. El miedo es un virus duradero y muy contagioso y puede más que toda la fuerza bruta y las amenazas juntas. Si estos lectores hicieran uso de su inteligencia crítica verían que no todos los países han adoptado la medida decretada por el Gobierno central. Y no han obligado a la gente a quedarse en casa de forma tan estricta. Y tienen registros de contagios mucho menores. Suecia, Dinamarca, Alemania y otras naciones europeas son un ejemplo de éxito en contraste con la calamidad de España, que ha querido ser más papista que el papa y ha salido trasquilada.
Mis críticos me comparan con Trump, Bolsonaro y, aún peor, con Vox por sostener una posición contraria al confinamiento. Vieja táctica de los que razonan con el culo. No tengo la menor intención política, porque siempre he creído que todo lo esencial en la vida se basa en el equilibrio: entre los ricos y los débiles, entre la derecha y la izquierda, entre la fe y el escepticismo, entre la necesidad y el placer, entre la realidad y la utopía. En la pandemia hay que salvarse hoy y seguir viviendo sin destruir lo que teníamos. ¡Matan moscas a cañonazos! Ha faltado ese equilibrio en la protección.
Las autoridades no creen en la responsabilidad de la gente y piensan que hay que castigar para hacer cumplir. Es una pedagogía perversa, cuartelera. Sí, hay personas que incumplen. Y también hay políticos corruptos. Y asesinos. Pero no se encarcela a todos por unos pocos. Y no se rompe la baraja por un tramposo. El autoritarismo generaliza el mal para justificarse. Y al final, tras el desastre, veremos que hubo un país que, por desconfiar de sus ciudadanos, hizo más daño que bien en la prevención. Faltó inteligencia. Faltó equilibrio.








