Hacia las 4 de la madrugada del 5 de enero me he despertado en medio de gritos y luces azules, muy extrañado ya que esperaba el cotidiano jaleo de salida del pub situado bajo mi casa para la noche de reyes.
Levantada la persiana, he comprobado que ni los gritos eran los habituales , del tipo » hijo de puta, te voy a romper la cabeza», y que tampoco se oían los típicos lamentos sonoros, como » ¡otra noche sin follar!»
No, el enfrentamiento era entre dos grupos que intentaba separar con cierta contundencia un buen número de policías y que ,sin duda animados por las copas, se disputaban la bondad o maldad del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, recientemente secuestrado por un comando estadounidense.
Una vez bajada de nuevo la persiana, ya en la vela, he estado reflexionando un largo rato. Y se me ha ocurrido que este enfrentamiento callejero local puede ser la metáfora global del enfrentamiento político que debe (de) vivirse en la misma Venezuela, más acá y más allá de las fricciones subterráneas internacionales.
Pues despejada por el mismo presidente Trump la posibilidad de que sea la lider opositora María Corina Machado quien asuma el poder tras este golpe de estado disfrazado de extracción – curiosa palabra, por cierto ,antes solo usada en las novelas de espías- la única verdad hasta ahora evidenciada es el plan de control de la industria petrolera venezolana que como ya auguró Hugo Chávez fue y ha sido la causa final de esta operación quirúrgica (?) militar.
Y asímismo he concluído que, sumado a todo lo anterior , esa auto-legitimación iliberal ( MAGA) que no respeta la legislación internacional, ni acaso la de su propio país, deja consecuentemente sin efecto aquella severa y pragmática caracterización que hiciera Max Weber del capitalismo como «la racionalización del expolio».
Pues, lo que ya se advierte, más allá de ret´óricas indecentes, es el puro y duro expolio de los tiempos coloniales. Algo que probablemente percibir´án en muy poco tiempo quienes tanto se están alegrando del derrocamiento de Maduro entre gritos y luces azules…
De los tantos asuntos pendientes que me habían quedado del 2025, había uno que quería abordar con detenimiento y que era un larga entrevista con el filósofo catalán Miguel Morey en la que hace un repaso de su trayectoria vital y profesional.
En dicha entrevista hay un momento clave en el que articula toda su deriva posterior y que sitúa fundamentalmente en la experiencia escolar de los años sesenta, una experiencia plagada de una violencia inusitada – «la letra con sangre entra»- por parte del profesorado franquista y que luego se prolongó en la sistemática represión policial de los setenta en la universidad. Concluye Morey que aquellas vivencias le marcaron para siempre y que le colocaron desde entonces del lado de quienes sufrían y contra quienes ejercían cualquier tipo de violencia, fuera física , moral o incluso metafísica.
Y en este punto he encontrado otro vínculo con él, por más que ya tuviera otros derivados de intereses comunes , salpicados de libros, artículos, congresos y viajes varios y que es la experiencia de la represión directa , algo que puede resultar incomprensible para las nuevas generaciones.
Así que también he recordado las palizas sistemáticas a las que tuve que asistir en el Colegio Santa María la Real de los Hermanos Maristas de Pamplona – ¡ah hermano Melanio!- palizas que alcanzaban el nivel de tortura en algunos casos – ¡ clases de latín con el Santillana!- por no hablar de pederastia descarada como la ejercida por el hermano Braulio que, según dicen, fue luego expulsado de la Orden. Y, cómo no, la violencia policial del decadente tardofranquismo que viví en primera persona en los calabozos del Gobierno Civil de Navarra y que culminó en el asesinato de Germán Rodríguez en la masacre de la Plaza de toros de Pamplona en los sanfermines de 1978…
Violencia, sí, una violencia que a algunos y a algunas nos configuró como sujeto colectivo- de esto también habla Morey- y que sobre las mismas bases judeocristianas que simultáneamente nos iban modelando ideológica y confúsamente- Huici…¡Refúteme a Kant! – nos abrió las puertas de todas las doctrinas de la liberación desde el anarquismo hasta el zen pasando por el marxismo y el nacionalismo, en sucesivas o compartidas militancias.
Y conciencia de un sujeto colectivo, quizá siempre más «en-sí» que «para sí» en la terminología clásica, que, sin embargo, continúa irritándose ante la violencia del infame que la ejerce, en cualquier lugar y en cualquier momento…
A pesar de que ya se puede hacer electrónicamente con ayuda de la IA, como todos los años por estas fechas, se me ha ocurrido hacer una consulta manual al I Ching evocando el próximo 2026.
He utilizado el procedimiento de las monedas y para la interpetación he requerido la ayuda de la versión castellana de Albert Galvany ( Yi Jing El Libro de los cambios, Atalanta,2006), la francesa presentada por François Jullien ( Le Yi King, Zulma, 1992) y la inglesa de Richard J. Lynn ( The Classic of Changes- I Ching, Columbia University Press, 1994).
El hexagrama obtenido ha sido el 8, Bi, La Alianza, si bien los dos seises en el segundo y tercer trazo, indican una evolución hacia el hexagrama 48, Jing , El Pozo, siendo el opuesto el 14, Da You, Las Grandes Posesiones.
Según esta disposición, globalmente el año 2026, va a ser un periodo de amplias alianzas en las que, por un lado, habrá una tendencia solidaria y por el otro una agrupación progresiva de infames violentos con los que de ninguna manera habría que pactar ni por una conveniencia coyuntural. Asímismo si la tendencia solidaria se mantiene, se generará una energía social positiva de larga duración.
Dadas las circunstancias históricas en las que vivimos, mayormente tristes a causa de las guerras y los enfrentamientos políticos ,el pronóstico parece apuntar hacia una apertura de cambio de ciclo ,si bien, teniendo en cuenta la trama profunda del I Ching, las situaciones presentes no vendrían a ser sino el germen de futuros cambios, así como las crisis de todo tipo, las ocasiones para las grandes transformaciones.
Toca , pues, aceptar con moderado optimismo el cambio de ciclo y sumarse a la tendencia solidaria de ayuda mutua, pues la agrupación de infames generará al principio más violencia ante la percepción de su decadencia.
Pues eso , mis hermanos, mis hermanas… Pero, any way, y como ya comenté en otra ocasión, dadle a todo lo anterior la misma relevancia que pudiérais darle al célebre Calendario Zaragozano de Don Mariano Castillo y Osciero…
La noche del 24 de diciembre, tras el mensaje de navidad del Rey Felipe VI, y poco antes de la cena, recibí un email de un lector habitual de este blog, reprochándome el pesimismo que a su juicio destila mi dietario 1978 recientemente publicado.
La coincidencia , como suele ser habitual, no me pareció ser tal, pues todo lo que elogió el monarca y sobre todo el acuerdo constitucional de aquel año, era lo que yo, por entonces y a pie de obra, veía y anotaba como problemático.
Por si sirve de algo, quizá sea preciso recordar que, muerto en la cama «el enano de El Pardo», el entonces » pelele Juancarlos» era considerado una prolongacion del franquismo bajo la forma de una monarquía ilegítima.
Y otro sí ,que el Partido Comunista de España era la fuerza más relevante de la oposición sin comparación con el PSOE, ni por supuesto con la izquierda anarquista, trotskista o maoísta (en la que yo, por cierto, militaba).
Por todo ello, la aceptación de la monarquía por parte de un PCE hasta la fecha republicano resultó incomprensible y todavía más su adhesión a una constitución que sancionaba el concordato con la Iglesia Católica alejando cualquier atisbo de laicismo , y dejaba sin resolver el problema de las sensibilidades territoriales reafirmando la existencia de una sola nación , España, cuya unidad quedaba garantizada por las fuerzas armadas.
En fin, que si en mi libro 1978 se puede percibir cierto pesimismo, se trata de un sentimiento que desgraciadamente pudo estar legitimado a la vista de la deriva delincuente de Juan Carlos I, la subvención anual de 12.000 millones de euros a la Iglesia Católica y sus casos de pederastia y pelotazos inmobiliarios, la respuesta represiva ante el procés catalán o los intentos de golpe de estado militares como el del 23 -F ( por no hablar de los que algunos consideran judiciales)…
Y puntualizo todo esto a pesar de que puede ser acaso peccata minuta ante la ola de iliberalismo que amenaza hasta una constitución tan burguesa y liberal como la que ha reclamado el sucesor del Demérito, el Rey FelipeVI…
Nunca he ocultado mi preferencia por lo bello frente a lo sublime,preferencia que se me ha recrecido en estos tiempos de exaltación de lo sublime en los que tanto se busca lo extraordinario y tanto se obvia cuando no se desprecia lo de cada día, lo de todos los días.
Por ello me ha alegrado y mucho encontrar en uno de mis viejos cuadernos esta cita copiada hace unos años y que dice así:
“La vida es una invitación a HABITAR LA COTIDIANIDAD.Pero, ¿cómo vivir la cotidianidad? Observar los cambios de luz que se producen en todo momento, disfrutar de la luz, saber llevar los momentos de oscuridad; llamar continuamente con los nudillos a la puerta de la vida; cuidar la misteriosa verdad de la vida, librarse de la pereza que hace la cotidianidad de lo conocido, huir de la trampa más mortal de lo cotidiano -la desidia- como los pájaros del gato más cercano….Todo ello sin temor a que nos consideren locos. Más aún: deberíamos aprender a hacer el loco. A veces vale mucho.”
El texto original dice: “EGUNEROKOTASUNA HABITATZEKO gonbita da bizitza.Baina nola bizi egunerakotasuna?Uneoro gertatzen diren argi-aldaketeei erreparatu, argia gozatu, iluntasun-uneak eramaten jakin; uneoro hatz-koskoekin deika jardun bizitzaren atean; bizitzaren egia misteriotsua zaindu, gauza ezagunen arruntasunak egiten duen nagikeria gainetik kendu, egunerokotasunak duen tranpa mortalenetik – errazkeriatik- ihes egin, txoriek katu hurbiletik bezala…Hori guztia erotzat gaituzten beldurrik gabe. Areago: eroarena egiten ikasi behar genuke. Batzuetan asko balio izaten du.”
La cita pertenece al libro Eskarmentuaren paperak ( Alberdania, 2009) de Anjel Lertxundi ,autor de una extensa y premiada obra y de la que me han interesado particularmente sus excelentes y sugerentes dietarios , como el citado y Basamortuan behatxulo bat (2021) o Berbelitzen hiztegia (2024).
Y como a estas alturas ya es también conocida mi debilidad por este género literario que he practicado desde hace algunos años y sobre el que he investigado tanto en euskera y como en castellano, al encuentro con la cita mencionada y a las puertas que abre, se une mi convicción de que líneas así nos vuelven la mirada hacia todo lo bello que nos rodea. por mucho que más acá o más allá se vendan paraísos sublimes entre bombas y miserias…
«La política ya está en otra parte, pero todavía no se sabe muy bien dónde.»
Una lectora atenta me ha recordado este párrafo del dietario 1978 que he publicado recientemente de la mano de Pamiela Argitaletxea.
Atisbaba por entonces, en medio de una densa nube de dudas ,que desde el mundo progresista se entraba en una nueva forma de hacer política que ya no tenía mucho que ver con la práctica anti-franquista anterior.
Esa nueva forma de hacer política – que absorbió rápidamente la energía de los movimientos obreros y populares – fue al cabo moldeada por la monarquía parlamentaria consagrada en la Constitución que se aprobó en diciembre de ese mismo año.
Los años han pasado- ¡casi cincuenta! – y para nada era previsible que lo que por entonces se calificaba como una democracia burguesa convencional, estaría hogaño en el camino de diluirse en una dinámica autoritaria, liderada por la extrema derecha estadounidense y aplaudida por sus socios europeos y americanos.
De manera que replantearse ahora la dimensión de lo político parece haberse constituido en una cuestión general básica, en la que, de nuevo ,lo macropolítico con su dinámica institucional , y lo micropolítico, articulado en los anclajes individuales y grupales, precisan de una nueva coordinación a partir de una reflexión conjunta y matizada…Pues la política ya está en otra parte, pero todavía no se sabe muy bien dónde…
Decía en los años setenta mi querido tío, a fuer de escritor y católico, Julio Manegat que las Navidades eran un invento de El Corte Inglés.
Se adelantaba así en tiempos pretéritos a la caracterización de la bacanal consumista en que se han convertido estas fiestas, iniciadas hogaño por los descuentos mid-season, el black- friday y el cyber-monday , y prolongadas en unas ya un tanto arrastradas y épicas rebajas de enero.
Lo cierto es, sin embargo, que desde una perspectiva histórica y antropológica, estas fechas siempre han sido motivo de celebración en el hemisferio norte occidental para conmemorar el solsticio de invierno, la conocida reversión de la tendencia al alargamiento de la duración de las noches y al acortamiento de las horas diurnas.De aquí, por cierto, el «Egu berri» o «día nuevo» de la tradición pagana vasca, que se complementa con el «on»( bueno) del augurio: Eguberri on!
Que a la percepción de este fenómeno se la haya dado una u otra cobertura o interpretación cultural no es de extrañar pues es lo habitual entre los distintos pueblos de la Humanidad, como lo ha demostrado feacientemente la Sociología del Conocimiento desde Émile Durhkeim y Marcel Mauss.
Y si también es cierto que lo que comenzó con rituales que ahora consideramos primitivos y hasta originarios, específicos de cada lugar y cada sociedad , ha ido transformándose, siendo en nuestro caso fundamental la aculturación religiosa del judeo-cristianismo, era de prever que la evolución no se detendría por mucho que surgieran variantes acerca de la ubicación del nacimiento de Jesús en este periodo anual que ha dado origen a la Navidad o Natividad.
Pues como decía el filólogo irlandés E. R. Dodds, «el crecimiento religioso es geológico: su principio es, en conjunto y salvo excepciones, la aglomeración, no la sustitución» y » un nuevo esquema de creencias rara vez borra por completo el esquema anterior : o el antiguo sigue viviendo como un elemento del nuevo – a veces como un elemento inconfesado o inconsciente- o bien los dos persisten yustapuestos».
Consecuentemente, desde la aparición de la religión civil amparada en la Sociedad de Consumo, el nuevo tinte que enmascara estas fiestas, por otro lado tan tradicionales, es precisamente este consumismo que, ya en el contexto de la globalización y tras la crisis sanitaria de la pandemia del Covid , ha ido adoptando manifestaciones cada vez más radicales y cortoplacistas, animadas por unas redes sociales que hacen una permanente apología del narcisismo más descarado…
No es de extrañar, por lo tanto, que esta nueva fórmula navideña despierte tantas adhesiones como odios, y que , por otro lado, ya hasta el diseño inaugural de El Corte Inglés – y de Coca-Cola, no lo olvidemos-, aparezca , metafórica y empíricamente, superado por sí mismo, incluso hasta la extenuación…
Los avances tecnológicos han aportado una nueva perspectiva al antiguo deseo humano de inmortalidad expresado en diferentes tradiciones religiosas. José Félix Merladet, miembro del Seminario de Escritura que coordino desde hace unos años, ex-diplomático y buen conocedor de culturas muy diferentes a la occidental que mayormente nos ha constituido, ha escrito esta reflexión que transcribo por su interés y que generará sin duda una nueva línea de discusión sobre estos temas.
INMORTALIDAD Y RESURRECCIÓN TECNOLÓGICAS: ENTRE CIENCIA Y CREENCIA
Durante la visita de Putin a Pekín el pasado septiembre, un micrófono abierto le captó manteniendo una breve charla con Xi Jinping sobre longevidad humana, en la que hablaron de avances en biotecnología, trasplantes de órganos, etc que anuncian la posibilidad de vivir hasta 150 años e incluso mencionaron la posibilidad de la “inmortalidad”.
Desde que el ser humano se descubrió mortal, comenzó a rebelarse contra su destino. La muerte ha sido siempre una frontera infranqueable, pero jamás un final aceptado. De Egipto a la India, de Israel a Grecia, la humanidad ha repetido, en mitos y liturgias, una misma declaración de resistencia: no queremos desaparecer. La vida, tan llena de belleza como de injusticias no reparadas, no puede ser un paréntesis irrisorio entre dos nadas. Ese anhelo de permanencia, de continuidad, de sentido, explica la persistencia universal de la resurrección, la reencarnación o cualquier forma de vida después de la vida.
Y, sin embargo, el siglo XXI introduce un giro inesperado. Allí donde las antiguas tradiciones hablaban de almas, dioses y mundos futuros, la ciencia comienza a pronunciar palabras inquietantemente similares. La neurociencia cartografía el connectoma, la IA recrea voces y personalidades, la biología sintética sueña con regenerar cuerpos, y la física cuántica deshace la materia en pura vibración. Lo que antes era mito, visión o revelación, hoy se investiga en laboratorios financiados por los «señores del aire», los dueños de las grandes tecnológicas, quienes, paradójicamente, pueden prolongar su vida pero no garantizar su legado.
Tal vez el punto más decisivo sea la noción de muerte informacional. Hoy se sabe que no morimos cuando el cuerpo cesa, sino cuando se pierde el patrón que nos constituye: nuestras conexiones neuronales, nuestra memoria, nuestra arquitectura mental. Y si ese patrón pudiera preservarse —por escaneo, criogenia o copia digital—, entonces la muerte ya no sería un abismo, sino un problema técnico. Un día incluso reparable. Es una idea perturbadora: que lo más íntimo del yo no sea una sustancia mística, sino un orden de información.
Los transhumanistas abrazan esta posibilidad con fervor casi religioso. Aubrey de Grey imagina un futuro donde el envejecimiento sea una enfermedad curable; Kurzweil, una época en la que superemos definitivamente nuestros cuerpos, para él muy defectuosos. La promesa es tentadora: siglos de vida, identidad ampliada, una especie humana que deja atrás su fragilidad ancestral.
Pero la pregunta más honda no es si viviremos más, sino si podremos volver a vivir. ¿Qué pasa con los que ya murieron? Está claro que no todos desearían volver a un mundo les seria ya ajeno y extraño sin su entorno conocido o donde creen que sentirían el hastío del inmortal borgiano. Pero para los que deseen regresar, ¿es concebible reconstruir un cuerpo a partir de su ADN, restaurar una mente a partir de sus datos, reanimar una personalidad desde las huellas que dejó en vida? Ya existen avatares digitales como los “ghostbots” que hablan con la voz de los muertos. Son toscos, sí, pero cada nueva tecnología empieza así: como un balbuceo.
Este horizonte tecnológico extrañamente se encuentra con antiguas tradiciones espirituales. El budismo, que ve el yo como flujo y no como sustancia; el hinduismo, que imagina la vida como una cadena de renacimientos; el cristianismo, judaísmo e islam, que prometen resurrección de cuerpo y alma. Incluso la teosofía, con sus registros akáshicos, o Teilhard de Chardin, con su noosfera, parecen anticipar la idea de una huella universal donde nada se pierde del todo. Y la física moderna —que reduce toda materia a energía vibrante— sin querer les da una metáfora plausible: si la identidad es patrón, quizá pueda recuperarse.
Imaginemos entonces un futuro hipotético, pero no imposible, con cuatro pasos: conservar la estructura mental; regenerar o clonar un cuerpo; restaurar la información perdida mediante IA; y garantizar que el resucitado se reconozca como sí mismo. No como copia fría, un clon con tabula rasa mental o un androide con recuerdos implantados, sino como continuidad subjetiva. En ese punto nos veríamos obligados a preguntarnos si hemos asistido a una resurrección, a una reencarnación o al nacimiento de un «posthumano”.
Quizá, después de todo, nuestras vidas sean como composiciones musicales: irrepetibles en su ejecución, pero preservadas en una partitura que no desaparece. La muerte sería la coda final, pero no la destrucción. Y mientras exista esa partitura —ese patrón de información que somos—, la obra puede interpretarse de nuevo. Con variaciones, con nuevos tempos, pero con la misma clave y cohesión interna que un día nos hizo decir “yo”.
En el Popol Vuh maya se afirma: “Lo que somos no se pierde.” Y el Zohar añade: “Nada se extingue; todo se transforma.” La ciencia no confirma estas frases, pero tampoco las desmiente del todo. Quizá la resurrección —divina, tecnológica o híbrida— sea menos un milagro que la expresión última de la obstinación humana: ese deseo profundo de volver a despertar y repetir, una vez más, la música de nuestra vida.
Presentaba mi dietario titulado 1978, un testimonio diario y directo de la vida cotidiana, social, política y cultural de este año singular, desplegado entre los últimos estertores del franquismo y la ilusión de una incipiente democracia.
El día 6 estuve en el stand de Pamiela Argitaletxea, en el que me sentí muy bien acogido, y tuve la oportunidad de encontrarme con amigos como el historiador Juantxo Madariaga o el filólogo Juan Martín Elexpuru, así como saludar a viejos colegas como Joseba Sarrionaindia o Bernardo Atxaga.
También pude comprobar que el relevo editorial está garantizado y hasta multiplicado y diversificado y que el impulso original se mantiene vivo y con excelentes perspectivas de publicación tanto en euskera como en castellano.
Además, y como colofón, durante el fin de semana fueron apareciendo algunas reflexiones sobre 1978 ( como la del escritor y poeta Valentí Gómez Oliver) y una excelente entrevista de Jesús Barcos en el Noticias de Navarra en la que recoge hábilmente casi todo lo que hay detrás de este libro para mi también un tanto particular.
Así que tan solo puedo dar gracias y muchas . Pello, Carmen, Txema, Valentí, Jesús…Esker anitz!
En el debate de la presentación de mi libro 1978 en Pamplona, el compañero de lucha antifranquista y actual investigador social Javier Colomo hizo alusión a lo en aquellos años se llamaban «unidades de acción».
Estas «unidades de acción» eran reuniones en las que representantes de diferentes partidos y organizaciones políticas de ideologías varias acordaban acciones puntuales sobre aspectos muy concretos.
Y meditando sobre esta cuestión, se me ha ocurrido que quizá sea ahora un buen momento para recuperar esta metodología de trabajo, toda vez que lo que se está poniendo en cuestión es ni más ni menos que el sistema de gobierno democrático que, a pesar de sus manifiestas insuficiencias, es el garante y punto de partida de lo que hemos conocido como Estado de Bienestar.
Pues lo que ya avanza desde el decadente Imperio americano es una ola iliberal, dirigida por una beligerante nueva casta oligárquica que, con el apoyo de una imponente tecnocracia, recoge la frustración que ella misma ha generado, volcándola , en ocasiones violentamente, contra las instituciones que ha privatizado, y haciendo de los iguales los enemigos, sean inmigrantes o simplemente gentes empobrecidas.
Y si bien quedaron lejos aquellos tiempos en los que, como señaló Manuel Vázquez Montalbán, muchos y muchas descubrieron que eran más anti-fascistas que revolucionarios, no está de más recordar, como ya he comentado en alguna otra ocasión, que en una conyuntura histórica en algunos aspectos similar a la actual, Antonio Gramsci afirmó: «El programa liberal integral se ha convertido en el programa mínimo del Partido Socialista».
Un programa mínimo que quizás en estos momentos debería agrupar desde los restos de la democracia cristiana hasta las nuevas fuerzas de la izquierda alternativa surgidas al calor de la crisis de 2008…¡Unidad de acción!
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