
Por lo que dice la prensa y sus extensiones reticulares y plasmáticas, el reproche mayor que se le puede hacer al nuevo ministro de Cultura y Deporte es que no le gusta nada el deporte. Y es que en este mundo traidor de los tweets imborrables publicó el susodicho varios antológicos entre los que destacan dos que decían: : «No tuiteo de fútbol porque no tengo ni puta idea» y otro sí: «Umberto Eco: «odio a los deportistas». Yo, el deporte. Que manera de sobrevalorar lo físico! Ozu».
Pudiera parecer paradójico que al ministro del ramo no le guste el ramo pero no voy a ser yo ahora quien le recuse, pues , en el fondo, opino como Jünger que tal como hoy está concebido, el deporte es un continuo del trabajo productivo fuera de horas, algo muy alejado de mi traca, paseante sin cronómetro.
Aún así, y por la cuenta que le trae, alguna atención le tendrá que poner al deporte, al menos en la medida en que comprenda que no es sino una de las religiones civiles que , junto con el arte contemporáneo y la gastronomía extemporánea ,nos ha tocado en el sorteo algorítmico de la Historia , encaminando ensueños y fascinaciones compartidas como lo hacían antaño aquellas religiones que todavía llamamos «tradicionales»,
Y por supuesto, siempre que no confunda el deporte con su otra media cartera, es decir , con la Cultura ni esta, de paso, con un redil de zampabollos exquisitos…






