
Si, como decía Juan Carlos Onetti, vivir es fabricar recuerdos para el futuro,es previsible que la pandemia del COVID-19 dé para mucho.
Esos recuerdos conformarán luego el sustrato de la Memoria Colectiva, por más que la Historia, como Ciencia Social, ordene los datos cuantitativos y cualitativos que hayan podido documentarse, descubriendo acaso algunos aspectos insólitos o sorprendentes.
La Memoria Colectiva, por supuesto y como ya advirtió Maurice Halbwachs, será interesada, es decir, que recordará en función de los intereses del momento en que se recuerde y no será uniforme pues los intereses más o menos evidentes estarán condicionados por la geografía y la geopolítica, por el capital cultural y simbólico ( Pierre Bourdieu), por la pertenencia a diferentes grupos sociales y, por fin, por la perspectiva de género.
Pero todo esto ocurrirá en el futuro, cuando lo que ahora se está viviendo se haya convertido en pasado. Entre tanto sería conveniente, por duro y desagradable que sea, ir recogiendo el día a día de este periodo oscuro de la historia humana y en ello, además de la recepción pasiva y cansina de cada persona, no estaría de más que se empeñaran también aquellas instituciones que supuestamente son el repositorio proactivo de los recuerdos individuales y colectivos.
Pues ya tenemos suficientes experiencias de manifestaciones de lo que se ha denominado «memoria traumática» por haber impedido que los recuerdos se materializaran y compartieran, transmitiendo enormes vacíos vitales de una generación a otra.
Y así, sin acaso suscribir el viejo adagio latino que decía «Historia, magistra vitae», se podrá estar en una actitud más receptiva no sólo para asumir lo que pasó- lo que ahora mismo está pasando – sino también para apreciar mejor todos los cambios que soterradamente se fueron produciendo – se están produciendo…








