
Sea como fuere que se desencadenó la pandemia del COVID-19 – la investigación histórica ya dará cuenta de ello oportunamente- y más allá de su dimensión sanitaria – ahora predominante por inmediata- y más acá de sus implicaciones políticas – que cada vez son más evidentes- todo apunta a que, una vez remontado el punto álgido de la crisis ecuménica, vendrán nuevos tiempos que acaso no se parecerán mucho a los pasados.
La clave de esta transformación que a muchos y muchas les costará reconocer y aún más aceptar, parece ser la inmersión en una nueva forma de civilización que se articulará en el vínculo electrónico y que se desplegará en todos los ámbitos ,implementando un gran cambio en los procesos de individuación y género , las relaciones interpersonales, la educación y la sanidad , el trabajo y el ocio, el comercio y la banca, o el mundo de la cultura.
El futuro, en este sentido, se presenta como un «tiempo adelantado a sí mismo» que diría el sociólogo Georges Gurvitch, pues el desarrollo de la pandemia ha conllevado , está conllevando, un campo de cultivo excepcional para los procesos disciplinarios de redimensionalización social , acelerando la implantación de las derivas electrónicas que venían apuntándose desde finales del siglo pasado.
Esta transformación que, en palabras del ministro de universidades, Manuel Castells, dará lugar a un a modo de tele-vida, debería ser motivo de reflexión urgente pues incluso las lamentaciones jeremíacas sobre lo que se está perdiendo en estos meses de confinamiento y perimetralidad , a fuer de su tosca sentimentalidad, no están ofreciendo , de facto y sutilmente sino el abrazo más estrecho a ese futuro telemático…








