
Hay algo de incomprensible en la exhibición televisiva de esa imagen de fondo cuando se afronta la información de la pandemia del coronavirus.
Pues el denostado COVID-19 se muestra siempre muy ampliado,ya que con su famosa corona mide entre 120 y 160 nanómetros
de diámetro, teniendo en cuenta que un nanómetro es la millonésima parte de un milímetro.
Además, el aspecto general con el que se le representa , que se puede corresponder, salvo por la perfección geométrica , al original, abunda en sus tentáculos, destacándose estos bien por su movimiento , bien por su rojo colorido.
Otro sí, el virus representado en primer plano suele venir acompañado, en fatídico despliegue, y cuando la infografía es de cierta calidad el conjunto se muestra como una composición digna de la Guerra de las Galaxias.
Vamos, que lo que se quiere transmitir es la inminencia de un peligro que parece pequeño pero que es mucho más grande de lo que podemos ver en la nocturnidad que nos envuelve, que es tan pegajoso como alevoso y que viene siempre en cuadrilla…¡Un malo, malísimo!
Y en fin, si bien es cierto que aquel jesuita ilustrado que fue Baltasar Gracián afirmó que «nunca lo verdadero pudo alcanzar a lo imaginado» y que era necesario retener la imaginación con la cordura, también avisó de que «faltará esta regla en lo malo, pues le ayuda la mesma exageración».
Pero, ¿ ayuda tanta exageración? ¿ No sería mejor que las informaciones sobre esta pandemia se transmitieran, por ejemplo, sobre la imagen de un amanecer soleado – ¡ amanece que no es poco! – de esta primavera en la que ya hemos entrado?








