Plaza Nueva de Bilbao, diez de la noche del Viernes Santo. El bar – que simula una taberna y tiene nombre euskaldun – está a rebosar y para ir al baño hay que sortear un delirante amontonamiento de sillas y mesas. Ya no queda ni un pincho en los tres anaqueles de la barra pero , al parecer, sobran unas rabas que no salieron al mediodía.Tampoco hay cañas y sólo sirven botellines de cerveza. Se oye hablar en inglés, en alemán, en francés…
Al salir , desde un gran escenario suena una melosa canción en gallego que es seguida por un spiritual andaluz .Unos castellers embutidos en sus fajas rojas aplauden con fervor. Alguien comenta que es un recital de Kepa Junkera. Otro más que aquello parece un festival de los de Coros y Danzas de la Sección Femenina de antaño.
Vamos hacia el Arenal. A lo lejos resuenan los tambores nazarenos. Mikel me susurra que todas las cofradías salvo una surgieron en los primeros años del franquismo.»¡ Vaya con la multiculturalidad! » se oye entre el tumulto. «Ni multiculturalidad ni puñetas, esta ciudad se parece cada vez más a una pintarrajeada prostituta babilónica que se vende al mejor postor…»responde otra voz por la izquierda.
Mañana, seguramente, los periódicos y las televisiones hablarán de niveles de ocupación hotelera y de gasto medio por turista.
¿Basque-fest?







