
«No hay que confiarse: uno puede estar tranquilamente en el sofá de su casa por la tarde y acabar en la UCI por la noche».Con estas palabras, al parecer, se ha manifestado un «gerente» hospitalario en una cadena televisiva, sin mediar intoducción alguna.
Es de suponer que su intención era «buena», es decir, que pretendía alertar sobre no bajar la guardia preventiva frente a la pandemia, y , a más, advertir de que porque no se tengan síntomas- o sea, que sea asintomático- la espada de Damocles del COVID-19 no pende sobre nuestras cabezas.
Pero, como decía el escolasticismo «el fin no justifica los medios» y, en este caso, los medios no se justifican ni por sí mismos pues incurren ni más ni menos que en un acto terrorista. Sí ,terrorista, porque terrorismo es «la dominación por el terror» según la primera acepción de la R.A.E.
Por supuesto, no terrorismo de bombas o pistolas, el más condenable y condenado porque quita la vida, pero sí terrorismo verbal que quita todo vestigio de esperanza, atemorizando incluso a la población asintomática que se convierte en la diana preferente de las mentadas palabras
Y si de algo hay necesidad en estos crudos momentos es de esperanza, de confianza, de solidaridad, como ya he comentado en ocasiones anteriores.Pero parece que no aprendemos, que algunos siguen dando pábulo al amedrentamiento, en este caso rayano en la perversidad y casi en prevarización.
Pues si como decía Baltasar Gracián en su Oráculo manual y Arte de prudencia, ya en el siglo XVII, «las causas superiores no obran sin el premio o el apremio: influya inmediatamente el bien y mediatamente el mal», ¿no sería ya hora de algún premio y no de tanto apremio?
En fin, este tipo de declaraciones es tóxico, y tóxicos son quienes las pronuncian y quienes las permiten…y quienes no las rectifican. Hay que estar muy atentos y atentas ante estas explosiones de terrorismo verbal porque en su inconsciente – esperemos- maquiavelismo no hay una sin dos, ni dos sin tres…








