
Resulta cada vez más frecuente escuchar argumentos «ad hominem» para deslegitimar una acción o una omisión
Este tipo de argumentación pretende socavar el rol social o profesional de alguien mostrando alguna falta o incongruencia con su vida personal.
La utilización de esta modalidad argumentativa, probablemente una consecuencia más del espíritu puritano que nos ha llegado, como casi todo, del mundo anglosajón, vale para tanto para un barrido como para un fregao, y lo mismo puede intentar desacreditar a un poeta como Jaime Gil de Biedma, aludiendo a su orgullosa condición de pederasta ( lo cual, por cierto ,es falso a la vista de sus propios Diarios) que a un juez, por sus opiniones tertulianas de barra de bar.
Pero, comenzando por este último ejemplo, es preciso reconocer que los jueces, en tanto que tales, hablan por sus sentencias, como los poetas, en tanto que cuales, por sus poemas. Y que, consecuentemente,puede haber – ha habido y habrá- médicos excelentes y gilipollas, abogados habilísimos y perversos, escritores espléndidos y canallas, músicos geniales y drogadictos , políticos seductores y racistas… y así se podría confeccionar una lista muy larga.
Por todo ello, argumentar «ad hominem», más alla de sumarse a una moda un tanto monjil, indica una verdadera incapacidad para reconocer la propia falta de una sólida argumentación y se parece más a la rabieta de un chiquillo malcriado, siendo en el ámbito político , además, una estupidez estratégica por mucho que sea efectiva tácticamente…








