
Tras el confinamiento y la desescalada, cuando la atención de la opinión pública está siendo dirigida hacia el control puntual de la pandemia y el problemático comienzo del curso escolar, el movimiento de pensionistas ha irrumpido de nuevo en la calle ordenadamente.
Según sus portavoces, han vuelto para insistir en sus reivindicaciones – y sobre todo en la de la pensión mínima de 1080 €- pero también para reclamar que se estudie a largo plazo todo lo relativo a las prestaciones a la tercera edad ,bien sean económicas, sociales o sanitarias.
Este último aspecto, ya apuntado desde el principio, ha tomado cuerpo ante los rumores catastrofistas, las vacilaciones presupuestarias y la crisis de mortandad surgida en las residencias.
Que un movimiento como este vuelva a desplegarse por las calles en una situación en la que llegan continuas noticias de EREs – que no ERTEs – despidos masivos y propuestas de rebajas salariales, y que lo haga con una perspectiva estratégica y no desde el tacticismo carpetovetónico de la cuenta de la vieja, es una buena noticia para cualquier demócrata que sabe que la democracia tiene muchos niveles de expresión y no los únicamente políticos que tanto gustan a los tecnócratas.
Y que lo hagan gentes de largo recorrido laboral y muy curtidas en la lucha social desde finales del franquismo, es una buena muestra de que la memoria histórica, si es que existe como tal, no es una mera reivindicación por el reconocimiento de algunos muertos y muertas del pasado, sino una apuesta permanente por quienes están muy vivos y con un futuro por delante.








