En defensa del antidisturbios

Con ocasión de lo sucedido a mi amigo Esteban durante la pasada Huelga General en Euskadi, aprovecho para salir en defensa de una profesión que, si bien no es un trabajo agradable ni la meta que un joven se plantea para cuando sea mayor, merece en cambio, ser percibida con toda nuestra comprensión e indulgencia. Y si esto se dice del oficio, cuánta mayor sensibilidad no habremos de poner a la hora de juzgar con el debido respeto a ese buen hijo, padre de familia, amigo de sus amigos, entrenador del equipo del colegio, animador de las fiestas del barrio… que por avatares de la vida, no le ha quedado otro remedio que convertirse en un profesional antidisturbios.

Y es que, como quiera que en todo tiempo y lugar haya gente que se queje, es necesaria su existencia en el reparto de funciones que toda sociedad asigna adecuadamente, según el grado de estupidez, necedad, habilidad o necesidad del que cada cual participe. Así, siempre se encuentra a un tonto que trabaja, que se encarga de producir alimentos y bienes de consumo que otros comprarán; Son los campesinos, obreros, peones, mecánicos… más conocidos como trabajadores. Luego es preciso dar con la persona de confianza que transporte, almacene y distribuya de aquí para allá la mercancía, sin robar nada para que todo llegue a quien lo puede comprar; hablamos de transportistas, comerciales, representantes, tenderos… que se ocupan celosamente de que los clientes que pueden comprar, tengan siempre a mano lo que el tonto que trabaja a producido. Pero tal cúmulo de riqueza, no puede ser fiado por entero a la honradez del intermediario, es entonces cuando se localiza inteligencias que vigilen la propiedad elaborada por el tonto que trabaja, y que otro tonto transporto, almacenó y distribuyó, hasta que la disfruta quien la puede comprar; Aquí tenemos al Ejercito, la Policía, las empresas de seguridad, la Secreta y los que no conocemos. Pero claro, los tres tontos anteriores no han de parar ni por un momento en su tarea, para que el que puede pagar, no deje de disfrutar lo que el primero produce, el segundo distribuye, y el tercero vigila. Como no hay esclavo ni tonto perfecto, se ha de encontrar alguien que vele por su salud para mantenerlos activos hasta que se jubilen y mueran; así aparece la casta médica. Con todo, los cuatro tontos, productor, distribuidor, vigilante, y médico, tienen en común que precisan formación, función que se le reserva a la casta docente, que les enseña a realizar bien y obedientemente lo que deban hacer para que quien compre no tenga motivo de queja. La armonía social basada en “el roce hace el cariño”, genera entre los cinco tontos anteriores algunas fricciones que merecen la pena mantener para que no lleguen acuerdos entre las partes, pero que se deben atajar cuando las mismas pueden poner en riesgo la comodidad del que compra y paga. Así aparece la casta jurídica de abogados, jueces, fiscales, y procuradores. Pero como resulta que nada hay más peligroso para quién disfruta de la producción como verse rodeado de gente eficiente, bien preparada, que sabe lo que hace… es primordial que crean en lo que hacen, menester del que se ocupa la Iglesia convenciendo a todos desde el tonto que trabaja pasando por el distribuidor, el vigilante, el médico, el profesor, y hasta el jurista de que su labor es buena, provechosa, y querida por Dios. Pero en las sociedades avanzadas, el gran consumidor se ha percatado que para mantener en esta Fe a la ciudadanía, se precisa también la manipulación y la desinformación, asunto del que se ocupará la casta mediática con los periodistas al frente. Pues bien, a veces ocurre que, de modo cíclico, más por cuestiones emotivas que racionales, a todos los tontos anteriores les da por dejar de trabajar, transportar, distribuir, vigilar, curar, enseñar, juzgar, sermonear, manipular, y para matar el tiempo no se les ocurre otra cosa que ponerse en huelga, realizar protestas y manifestaciones, poniendo en riesgo la confianza que en el sistema deposita el gran consumidor de nuestro tiempo, el inversionista y accionista de la Gran Banca que es la que tiene comprado y pagado todo el sistema explicado. Es entonces y solo entonces, cuando el gran consumidor hace uso de los más espabilados, que porra en mano disuelven a los anteriores para restablecer la paz, la seguridad, la libertad y armonía social que garantiza la buena marcha de la producción, y a quienes conocemos como antidisturbios.

Desagradecidos, entonces nos mostramos, para cuantos sacrifican su espíritu e imagen por defendernos de nosotros mismos, de nuestra incapacidad para el autocontrol, de nuestras ansias de protagonismo exhibicionista, en definitiva…de nuestra fatal atracción de ponerlo todo en riesgo por pequeñeces que en nada modificaran nuestras vidas.

2 comentarios sobre “En defensa del antidisturbios”

  1. Animo Esteban, espero que te recuperes pronto, pero te lo has ganado a pulso, hay que respetar las fiestas y las huelgas.

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