Muros los hay para dar y tomar. Hay muros psicológicos que aparecen cuando el mundo se divide en Yo y los demás como le sucede al autista; muros económicos que separan a los pasajeros en preferentes y turistas, muros lingüísticos que discriminan a los ciudadanos en nacionales y extranjeros, a los extranjeros en turistas e inmigrantes, a los inmigrantes en legales e ilegales, euskaldunes y maketos, catalanes y charnegos…pero durante estas fechas conmemorativas del cincuenta aniversario del levantamiento del Muro inspirador de los Pink Floyd, toca hablar de esas heridas de cemento que se alzan entre los pueblos sobre las más ocurrentes excusas que quepa imaginar como mantener la Ley, ayudar a la estabilidad social, preservar la paz, garantizar la seguridad, salvaguardar la libertad, proteger la democracia, defender los valores Occidentales, etc, que desde la caída del denominado “Muro de la Vergüenza” lo que parece haberse derrumbado de verdad, no ha sido el Muro, pues desde entonces hay más, sino la vergüenza, pues apenas quedan gobiernos y regiones en el mundo que no cuenten, tengan en construcción o en proyecto, levantar un muro en sus fronteras o dentro de ellas.
Ciertamente, el fenómeno no es nuevo; Pero tampoco su irrupción entre los hombres se pierde en la bruma de los tiempos. Por extraño que resulte escucharlo a quienes creen que la Institución de la Guerra es consustancial a la naturaleza humana – axioma del todo equivocado del que me ocuparé en otro artículo – no siempre fue necesaria su presencia como lo demuestra la Creta Minoica, cuyas poblaciones florecieron sin murallas. Sin embargo, hemos de reconocer, que ya en la Antigüedad, eran célebres los muros de ciudades enteras como el de Jericó que pasa por ser el primero documentado o el de la bella Babilonia descrito por Herodoto, sin olvidar el Muro de Adriano para mantener fuera del Imperio Romano a los Pictos y la famosa Muralla China para evitar a las hordas mongoles.
Así pues, en la historia los muros han servido para proteger los palacios de la plebe cosa que en la Edad Media diera como resultado a los hoy bellos Castillos; para defender los asentamientos urbanos, sus cosechas y ganado, de las díscolas tribus nómadas cuyo enfrentamiento viene recogido en la lucha bíblica entre Caín y Abel; pero también de regiones enteras cuando los accidentes geográficos no colaboraban demasiado, con idéntico resultado, a saber: tarde o temprano, por mucho que las sociedades se crean a salvo en sus enormes “jaulas de oro”, todos los muros caen cuando fuera crece el motivo por el que neciamente se levantaron creyéndolo contener. Antes al contrario: su efecto momentáneo de contención, no hace sino aglutinar su masa externa que cada vez con mayor intensidad como el agua de una presa, ejerce mayor presión sobre la misma haciéndola reventar si antes no se le da una salida negociada para que siga su cauce natural, sea la corriente de agua, sea la humana. Ya lo dice el refrán ¡No se le puede poner cercas al campo! Pero no aprendemos.
Antes de su caída, en Irlanda del Norte (1970) se levantaría una barrera para dividir a la población Católica y Protestante, en Chipre (1974) otra para separar a los Greco-Turco chipriotas y en 1987 Marruecos hizo lo propio para anexionarse parte del Sahara y dejar fuera a sus legítimos habitantes. Pero, como ya he indicado, desde la caída del Muro de Berlín, parece como si a todos les entrara saudade. Un afán constructor ha levantado muros de hormigón, acero, alambre y espino, a diestro y siniestro, como si su nefasto recuerdo o la todavía funesta presencia de su colega entre las dos Coreas desde 1959 no fuera suficiente para enjugarla.
Casualmente, uno de los primeros Gobiernos en ponerse manos a la obra, fue el español que no dudó en emplear esta obsoleta herramienta de contención social levantando dos enormes vallas para evitar la inmigración – perdonen que me da la risa – en Melilla (1998) y Ceuta (2001) medida que pronto fue imitada por los EEUU que interpusieron una gigantesca alambrada en toda su frontera con México y por Israel que añorante de los Campos de concentración a levantado muros y torretas de vigilancia por toda Palestina, para evitar el libre tránsito con Cisjordania y encarcelar a toda la población de Gaza, no sin la ayuda del gobierno egipcio que también ha puesto su granito de arena al respecto en tan faraónico esfuerzo por exterminar a un pueblo como el Palestino. Actualmente hay más de cincuenta “Muros de la Vergüenza” en Uzbekistán, Irak, Brasil…y hay casi treinta proyectos para ponerlos en marcha en Pakistán, Irán, India; El último del que hemos tenido noticia, es iniciativa de Grecia que va a cavar una zanja de 120 Km para separarse de Turquía. A lo mejor les ha entrado el pánico de que este maravilloso crisol de culturas ingrese en la UE y les robe la deuda.
Pero al margen de la contradicción que supone ver como los gobiernos con su mano derecha se empeñan en dividir a los pueblos levantando muros que impiden su comunicación y relación fraternal mientras su mano izquierda firma tratados de libre comercio, libre tránsito de mercancías, libre circulación de empresas y capitales…en nuestras ciudades, igualmente se viene observando una trayectoria similar, sólo que las barreras al objeto de separar barrios y gentes se lleva a cabo mediante pulcros trazados de autovías o líneas del AVE dejando fuera y sin acceso fácil al centro comercial-financiero, a las más oscuras periferias aquellas en que marginamos a los indeseables que viven en chabolas e improvisados campamentos. De continuar apostando por esta tendencia de separar en vez de unir e integrar, dentro de poco, los ciudadanos pudientes habremos de acostumbrarnos a vivir libremente enclaustrados intramuros en nuestros particulares oasis de felicidad urbanos, rodeados de lujo y confort, pero también de verjas, puertas blindadas, alarmas, perros guardianes, cámaras de video-vigilancia, cuerpos de seguridad, para evitar que nos invada la miseria que dejamos fuera. Mas, todo será poco para ponernos a salvo de nuestro peor enemigo: nosotros mismos.