Una tierna imagen

NIÑO IMAGEN

La inmigración ilegal acostumbra a estropearme los desayunos con el periódico, las sobremesas con el telediario y la hora de conciliar el sueño por medio de la radio, arrojando día sí, día también, estampas nada agradables ni al oído ni a la vista; cuando no se nos describe los asaltos a las fronteras de Ceuta y Melilla en cuyas vallas podemos contemplar a los subsaharianos – entiéndase negros – subidos a ellas asemejados a los amenazantes pájaros de Hitchcock o emprendiendo en sus aguas territoriales los cien metros braza demenciales ahogándose entre botes de humo y pelotas de goma, se nos pone al corriente de los cayucos llegando a Canarias en masa o las pateras atestadas de norteafricanos – entiéndase negros descoloridos que pueden pasar por latinos bronceados – naufragando en el Mediterráneo durante la noche, que ya son ganas de informar ¡Como si no lo supiéramos! Por eso, es de agradecer, que por una vez, este fenómeno lamentable que dios quiera termine pronto, nos haya ofrecido una simpática imagen, cuya ternura estética nos ha encandilado a todos, cuál es, la de ese niño dentro de una maleta visto a través de un escáner de la Guardia Civil en el control del Tarajal en Ceuta. Y aquí escucho a Boris Izaguirre gritando eso de ¡Páralo Paul! ¡Páralo!

Yo, no sé ustedes, pero a mi, la presencia de ese pequeñín ahí dentro encogidito como un faquir me ha parecido de una belleza extraordinaria ¡Divina de la muerte! Gracias a la benemérita hemos tenido acceso, quizá, a la mejor radiografía de una enfermedad social, quién sabe si hasta de una ecografía fetal de los DDHH candidatos a ser felizmente abortados, no siendo nada extraño entonces que pronto viéramos la instantánea promocionando alguna campaña internacional de la marca Benetton, o renovando la publicidad del Cola Cao, haciéndole cantar “Yo soy aquel negrito”.

Ese conguito contorsionista acurrucadito dentro de una maleta, me ha parecido súmamente entrañable, algo que todos los padres del mundo quisieran poder hacer siempre cuando se van de vacaciones, al ir a un hotel o al partir los parientes tras haber pasado juntos las navidades, y que incluso, los propios hijos desearían ardientemente les ocurriera por ese instintivo gustirrinín gatuno de introducirse en cualquier oquedad mientras te lo permita el cuerpo, más todavía, tratándose de que te vuelvan a llevar sin necesidad de andar y encima ¡De polizón! ¿Quién no ha querido alguna vez en su vida viajar de polizón? Pero, aquí en la vieja Europa, nadie se atreve, porque se ha perdido el sentido lúdico de la existencia. Los pequeños aquí, deben viajar como pasajeros de primera, ocupando un asiento aunque les sobren tres cuartas partes de la tapicería, les cuelguen los piececitos y amarrados como si fueran montados en una Montaña Rusa.

Aquí, padres e hijos, asumen que los niños deben llevar ellos la maleta y no la maleta a ellos. ¿Por qué? ¿Qué hay de malo en que una maleta lleve a un renacuajo dentro? ¿No se porta en carritos a los bebés? ¿Entonces? ¡No entiendo! Dado que como he advertido, las mochilas de los escolares, a cada curso que pasa, son más grandes y voluminosas, ¿no sería factible que sus padres les introdujeran dentro de ellas antes de salir de casa camino del colegio? pues resulta absurdo que el padre lleve al niño de la mano y el niño la mochila de la otra o a su espalda, cuando el progenitor bien podría transportar a ambos, mochila y niño, con un mismo gesto.

Si algo nos ha demostrado este asunto, aparte de que los niños de corta edad, bien pueden viajar como equipaje sin ocupar plaza ni en autobuses, trenes, aviones o cruceros, es que nuestra sociedad no está preparada para aceptar que a los niños se les pueda meter por un corto espacio de tiempo en una maleta aunque quepan en ella. Porque, el lugar que debe ocupar un niño, no es una maleta, es un pupitre cinco horas al día, cinco días a la semana durante toda su primera infancia, la segunda y la tercera.

Democracia y Barbaridad

Al gobernante se le llena la boca remontando el sistema democrático a la Grecia Clásica, como paradigma de derechos y libertades, que lo fue, pero pasando por alto la estructura injusta que lo sustentaba, donde esclavos, mujeres y extranjeros tenían vetada su participación en asuntos públicos, no tanto por la ignorancia del dato relevante, cuanto por no abrirnos los ojos al paralelismo con que hoy se reproduce tan próspero esquema. Y es que, la Democracia tiene sus límites, como no se cansan de repetirnos los representantes de la Partitocracia.
Hoy, a propósito de lo sucedido en Ceuta, deseo centrar la atención en lo concerniente a las distintas categorías que un forastero recién llegado a nuestra sociedad le pueden ser asignadas que en su conjunto he dado en llamar “Barbaridad”.
Los griegos gustaban decir “bárbaro” a todo extranjero a causa de que su lengua no griega les sonaba algo así como barbarabarr. La Democracia de entonces, negaba el voto a los extranjeros, pero tenían ciertos derechos como a comerciar, trabajar, adquirir una vivienda y hasta participar en sus guerras. Nuestra Democracia, ha avanzado en este asunto una auténtica barbaridad, empezando por distinguir hasta cinco categorías de foráneos bien reconocibles por los hablantes y medios de comunicación:
Hasta ayer, pese ha haber transcurrido desde la experiencia ateniense veinticinco siglos, en poco o nada nuestro tratamiento y distinción jurídico-lingüística, se había diferenciado de la griega, poniendo en evidencia que al desarrollo de hominización, no le ha acompañado un avance en humanización, de suerte que, todas las personas venidas de fuera han sido tratadas y tenidas por extranjeras, cosa que como se apreciará a continuación ya no es así, pues el término casi ha caído en desuso a favor de otras nuevas expresiones cargadas de significado.
Cuando los individuos provenientes del exterior, gozan de un estatus acomodado, una profesión cualificada, cierta solvencia económica que se traduce en vestimenta elegante, medio de locomoción propio, presencia en lugares de ocio en compañía de amigos lugareños, etc, casi pasarían por auténticos ciudadanos, por lo que, en principio, no suelen tener problemas para acceder a permisos de trabajo y residencia, cosa que redunda en beneficio de lo anterior. A estas personas solemos aludir por el gentilicio de su país de origen, sobre todo, cuando este pertenece a un país de la OTAN o una gran potencia emergente; A este respecto, brasileños, Indios y Chinos han visto mejorado su tratamiento, pues los primeros han dejado de ser Sudacas, los segundos asiáticos y los terceros sencillamente amarillos. De este modo, no nos faltan colegas estadounidenses en la oficina, vecinos ingleses, amigos italianos…
Cuando quien viene del exterior sólo lo hace de visita con intención de disfrutar de sus vacaciones dispuesto a gastarse el dinero en nuestros comercios y hoteles, entonces lo etiquetamos de turista. Su presencia, aunque molesta para el ciudadano medio, es muy apreciada por las instituciones y cuantos hacen su agosto con su tránsito, que es contemplado como riqueza. Todos los turistas son bienvenidos. Empero, los que no tengan la suerte de ser de raza caucásica, es recomendable que luzcan en todo momento algún elemento, mismamente una cámara fotográfica, que lo distinga de otras peligrosas categorías que le podrían suponer cacheos continuos y pasar alguna que otra noche en comisaría. Al turista se le garantiza la salud, el transporte, buena alimentación, buen alojamiento, buenas vistas al mar, diversión, juego, drogas, prostitución y cuanto desee mientras lo pueda pagar. Al turista se le perdona todo y es muy raro ver alguno en la cárcel.
Quizá el último reducto de la palabra “Extranjero” esté asociado a la condición del “Estudiante” que ha elegido nuestro país para ampliar conocimientos. Así tenemos la figura del Estudiante extranjero, cuya simpatía económica es inferior a la del turista pero mejor soportable para la ciudadanía, más, cuando se le contempla como a alguien con quien se puede pasar un buen rato, pero sin compromiso pues está previsto se vuelva a su país. Esta negligente alegría con que se recibe a todo estudiante extranjero, explicaría lo bien que se le trata entre sus vecinos, compañeros y sobre todo potenciales parejas sexuales, sin caer en la cuenta que a muchos se les lleva al equívoco de pensar que está en el Paraíso y en consecuencia tome la decisión de quedarse aquí ¡para siempre! robándonos los mejores puestos de trabajo dada su alta formación académica.
Peor lo tienen quienes vienen a trabajar para cuantos hemos reservado el despectivo término de “Inmigrantes”. Si lo hacen dejando atrás a sus familiares y amigos, es sólo porque son pobres. Y como son pobres, sólo son rentables para la Patronal, pues gracias a su irrupción entre la fuerza de trabajo autóctona, la mano de obra se abarata lo suficiente para que ni unos ni otros dejen de ser pobres trabajando. En buena lógica, dispongan o no de permisos laborales, son odiados por las capas bajas de nuestra sociedad, pues ciertamente les hacen la competencia en el trabajo y son quienes han de convivir con ellos en los extraradios urbanos, hacer cola con ellos en los supermercados de barrio, ir con ellos a la escuela…haciendo añicos el dicho “El roce hace el cariño”.
Por último, tenemos a cuantos provenientes de África, son de raza negra, y alcanzan nuestra tierra al modo olímpico, es decir a nado, o saltando vallas. Estos especímenes son designados como Subsaharianos. Son seres despreciables y despreciados por la inmensa mayoría de los ciudadanos respetables, por lo que se les deniega sistemáticamente visados en sus países de origen, solicitudes de asilo, permisos de trabajo o residencia, derecho a asistencia sanitaria, alquiler de vivienda, etc. El único modo en que nuestras instituciones democráticas tienen de dispensarles todo ello, es dándoles caza en nuestras calles y plazas e ingresándoles en los Campos de internamiento conocidos como CIES o en su defecto, en las prisiones donde se les puede contar por millares.

Extranjero rico; Extranjero pobre

Ya pueden decir lo que quieran las tradiciones judeocristianas o sus herederas hegelianomarxistas sobre el signo positivo del final de los tiempos o de la historia en el que prevalecerá el Bien sobre el Mal, que de momento, lo único de lo que tenemos constancia es de lo contrario; sirva de prueba que pese a reconocerles como los malos malísimos de la escena, desde Caín, hasta el Dr. House, los personajes más despreciables o reconocidos como tales en la imaginaria vulgar, son en cambio, los mejor recordados que de ahí a admirarlos sólo hay un paso, por ejemplo Calígula y Nerón entre las decenas de Emperadores Romanos, Barrabás frente al buen ladrón, Hitler entre los gobernantes alemanes o Falconetti de la célebre serie “Hombre rico; Hombre pobre” que inspira estas líneas.

Este verano a nuestras playas como de costumbre llegan en vuelo charter turistas a tomar el Sol, gentes en patera a las que broncearse no les hace falta y por ello se ponen a trabajar como esclavos y traídos por la marea, algunos cuerpos subsaharianos que esperamos den algún servicio a las facultades de medicina para cubrir los gastos que genera su continua recogida y almacenaje. También durante estos meses comprobamos como quienes vienen ilegalmente, apenas causan problemas de orden público – para eso tenemos a los perroflautas del 15-M que deseaban atentar contra el Papa con un coctel Molotov – mientras aquellos a los que hemos dejado entrar con todas las de la Ley se lo pasan bien haciendo el gamberro como ha ocurrido en Lloret de Mar o causando alborotos en Madrid – ¡Perdón! El del coctel Molotov era un exaltado de la JMJ – y sin embargo los primeros acaban en los Centros de Internamiento para Extranjeros y los otros se les permite continuar con la fiesta, cuando en sus países de origen como podemos observar ocurre en Londres se les hubiera juzgado y encarcelado por vía sumarísima.

Y es que, sin que se diga en el Tontodiario, si los esquimales como en un anuncio de detergente saben distinguir una docena de tonalidades de blancura, nosotros en España no nos quedamos cortos a la hora de discriminar entre extranjeros, siendo la primera diferencia la que establecemos por su nivel adquisitivo entre extranjero rico y extranjero pobre; Porque no somos un país racista, sino clasista. El racismo sólo lo usamos para diferenciar en un segundo nivel. Por ejemplo, un eslavo rico ha de gastar más que un Yankee para ser atendido con la misma simpatía, como un árabe ha de derrochar el doble que un eslavo para obtener el mismo reconocimiento; Más difícil lo tienen los asiáticos y los negros ni os cuento, estos como mínimo además de derrochar, han de ser muy educados, superlimpios, con carrera, elegantes al vestir, y aún así, ya lo dejaron claro en “Adivina quien viene a cenar esta noche” siguen sin ser aceptado como uno más de nosotros aunque se alisen el pelo y digan que les gusta Elvis.

La verdad, es que lo tenemos mejor montado que el Apartheid en Sur África, que de visible que era, resultó ineficaz para el mismo propósito que aquí todos perseguimos: la felicidad sostenible de los seres humanos. Nuestras Leyes democráticas dignas de Nuremberg, dividen a la población en nacionales y extranjeros; a los extranjeros en Comunitarios o extracomunitarios, los extracomunitarios en turistas e inmigrantes y finalmente, los inmigrantes en legales e ilegales. Pero como digo, al final, esta clasificación del personal se supedita al poder adquisitivo del sujeto a clasificar, cosa que sin pensarlo bien repugna a mucha gente pero que de meditarlo un poco más, es evidente que eso es mejor a que sea por asuntos tan subjetivos como la belleza, nivel cultural o capacidad para jugar al ajedrez, lo que no quita para que en ocasiones así suceda en casos aislados con modelos, escritores o deportistas que entran por la puerta grande a gran velocidad. Lo cierto, es que no se hace nada distinto a cómo dividimos a los nacionales y en consecuencia no le podemos reprochar a la sociedad española aplicar a los demás una medicina distinta a la que toma ella misma.

Sin embargo, hemos de reconocer que tratamos mejor a nuestros gitanos quienes ya llevan tanto tiempo entre nosotros que toleramos – que bella palabra “tolerancia” que nos sitúa por encima de lo tolerado en lugar de emplear esa mierda del “respeto” – su afición por vivir en el extra-radio en campamentos chabolistas, cuando a los rumanos pronto les hostigamos para que levanten sus improvisados asentamientos, auténticos focos de infección moral-sanitaria. Por eso la reciente irrupción en un pinar junto al Pantano de La cuerda del pozo en Soria, de dos millares de franceses y holandeses sin el permiso correspondiente, va a poner a prueba una vez más nuestra capacidad para distinguir entre pueblos y gentes.

De entrada ¡Ya vamos mal! Si se han percatado, el único fallo de los medios de comunicación en el caso de Lloret de Mar, fue dar a conocer los hechos, cosa que se pudo haber evitado para no dañar la imagen del turista como se ha hecho; No obstante, fíjense en que se tuvo la precaución de no tratar la noticia como suele hacerse con los casos de rumanos o subsaharianos cuyas nacionalidades pronto salen a la luz para incriminar a todo su grupo étnico, racial o nacional; en el caso de Lloret, no se citó ninguna de las nacionalidades implicadas, aunque todos tenemos muy claro que eran la mayoría ingleses…¡Así se debía haber hecho en el caso actual de Soria! Pero no…en la primera noticia, ¡ale! a comentar a los cuatro vientos que son franceses y holandeses…¿Por qué? ¿Por qué esta diferencia de trato?

Es difícil dar con la respuesta de guiarse por la raza, tanto los de Lloret como los de Soria son caucásicos, tampoco sirve la religión mayoritaria que será la cristiana, menos nos ayuda su condición Comunitaria y dudo mucho que su pertenencia o no al euro sirva para contestar. Lo que resuelve la cuestión, es ni más ni menos que mientras extranjeros blancos cristianos comunitarios turistas de Lloret de Mar vinieron en avión, ocupando hoteles para dejarse la pasta en discotecas y comercios, estos otros de Soria, han venido en caravanas, acampando al aire libre sin dejarse un duro en nuestros hoteles, Campins, cafeterías o restaurantes.

Para finalizar esta divagación, traigo a la memoria la observación que me hiciera en la terraza de un hotel de cinco estrellas en Fuengirola mi amigo Tavo de profesión mecánico de la economía sobre la ausencia de pedigüeños en las zonas turísticas; lo más que se consiente cerca de los giris son vendedores ambulantes que no espantan el negocio hotelero aunque hunda al pequeño comercio. ¿Cómo debe ser! La miseria debe hacer competencia a la miseria y la escoria ha de vivir junto a la escoria. Por eso, las clases bajas son mucho más racistas y xenófobas que las personas pertenecientes a la clase alta de la sociedad que desde la distancia gozamos de una perspectiva más objetiva del problema pudiéndonos permitir ser tolerantes y sobre todo generosos con su prójimo y toda la humanidad, siempre y cuando se queden en sus lugares de origen y no vengan a abusar de nuestra caridad.

Intramuros

Muros los hay para dar y tomar. Hay muros psicológicos que aparecen cuando el mundo se divide en Yo y los demás como le sucede al autista; muros económicos que separan a los pasajeros en preferentes y turistas, muros lingüísticos que discriminan a los ciudadanos en nacionales y extranjeros, a los extranjeros en turistas e inmigrantes, a los inmigrantes en legales e ilegales, euskaldunes y maketos, catalanes y charnegos…pero durante estas fechas conmemorativas del cincuenta aniversario del levantamiento del Muro inspirador de los Pink Floyd, toca hablar de esas heridas de cemento que se alzan entre los pueblos sobre las más ocurrentes excusas que quepa imaginar como mantener la Ley, ayudar a la estabilidad social, preservar la paz, garantizar la seguridad, salvaguardar la libertad, proteger la democracia, defender los valores Occidentales, etc, que desde la caída del denominado “Muro de la Vergüenza” lo que parece haberse derrumbado de verdad, no ha sido el Muro, pues desde entonces hay más, sino la vergüenza, pues apenas quedan gobiernos y regiones en el mundo que no cuenten, tengan en construcción o en proyecto, levantar un muro en sus fronteras o dentro de ellas.

Ciertamente, el fenómeno no es nuevo; Pero tampoco su irrupción entre los hombres se pierde en la bruma de los tiempos. Por extraño que resulte escucharlo a quienes creen que la Institución de la Guerra es consustancial a la naturaleza humana – axioma del todo equivocado del que me ocuparé en otro artículo – no siempre fue necesaria su presencia como lo demuestra la Creta Minoica, cuyas poblaciones florecieron sin murallas. Sin embargo, hemos de reconocer, que ya en la Antigüedad, eran célebres los muros de ciudades enteras como el de Jericó que pasa por ser el primero documentado o el de la bella Babilonia descrito por Herodoto, sin olvidar el Muro de Adriano para mantener fuera del Imperio Romano a los Pictos y la famosa Muralla China para evitar a las hordas mongoles.

Así pues, en la historia los muros han servido para proteger los palacios de la plebe cosa que en la Edad Media diera como resultado a los hoy bellos Castillos; para defender los asentamientos urbanos, sus cosechas y ganado, de las díscolas tribus nómadas cuyo enfrentamiento viene recogido en la lucha bíblica entre Caín y Abel; pero también de regiones enteras cuando los accidentes geográficos no colaboraban demasiado, con idéntico resultado, a saber: tarde o temprano, por mucho que las sociedades se crean a salvo en sus enormes “jaulas de oro”, todos los muros caen cuando fuera crece el motivo por el que neciamente se levantaron creyéndolo contener. Antes al contrario: su efecto momentáneo de contención, no hace sino aglutinar su masa externa que cada vez con mayor intensidad como el agua de una presa, ejerce mayor presión sobre la misma haciéndola reventar si antes no se le da una salida negociada para que siga su cauce natural, sea la corriente de agua, sea la humana. Ya lo dice el refrán ¡No se le puede poner cercas al campo! Pero no aprendemos.

Antes de su caída, en Irlanda del Norte (1970) se levantaría una barrera para dividir a la población Católica y Protestante, en Chipre (1974) otra para separar a los Greco-Turco chipriotas y en 1987 Marruecos hizo lo propio para anexionarse parte del Sahara y dejar fuera a sus legítimos habitantes. Pero, como ya he indicado, desde la caída del Muro de Berlín, parece como si a todos les entrara saudade. Un afán constructor ha levantado muros de hormigón, acero, alambre y espino, a diestro y siniestro, como si su nefasto recuerdo o la todavía funesta presencia de su colega entre las dos Coreas desde 1959 no fuera suficiente para enjugarla.

Casualmente, uno de los primeros Gobiernos en ponerse manos a la obra, fue el español que no dudó en emplear esta obsoleta herramienta de contención social levantando dos enormes vallas para evitar la inmigración – perdonen que me da la risa – en Melilla (1998) y Ceuta (2001) medida que pronto fue imitada por los EEUU que interpusieron una gigantesca alambrada en toda su frontera con México y por Israel que añorante de los Campos de concentración a levantado muros y torretas de vigilancia por toda Palestina, para evitar el libre tránsito con Cisjordania y encarcelar a toda la población de Gaza, no sin la ayuda del gobierno egipcio que también ha puesto su granito de arena al respecto en tan faraónico esfuerzo por exterminar a un pueblo como el Palestino. Actualmente hay más de cincuenta “Muros de la Vergüenza” en Uzbekistán, Irak, Brasil…y hay casi treinta proyectos para ponerlos en marcha en Pakistán, Irán, India; El último del que hemos tenido noticia, es iniciativa de Grecia que va a cavar una zanja de 120 Km para separarse de Turquía. A lo mejor les ha entrado el pánico de que este maravilloso crisol de culturas ingrese en la UE y les robe la deuda.

Pero al margen de la contradicción que supone ver como los gobiernos con su mano derecha se empeñan en dividir a los pueblos levantando muros que impiden su comunicación y relación fraternal mientras su mano izquierda firma tratados de libre comercio, libre tránsito de mercancías, libre circulación de empresas y capitales…en nuestras ciudades, igualmente se viene observando una trayectoria similar, sólo que las barreras al objeto de separar barrios y gentes se lleva a cabo mediante pulcros trazados de autovías o líneas del AVE dejando fuera y sin acceso fácil al centro comercial-financiero, a las más oscuras periferias aquellas en que marginamos a los indeseables que viven en chabolas e improvisados campamentos. De continuar apostando por esta tendencia de separar en vez de unir e integrar, dentro de poco, los ciudadanos pudientes habremos de acostumbrarnos a vivir libremente enclaustrados intramuros en nuestros particulares oasis de felicidad urbanos, rodeados de lujo y confort, pero también de verjas, puertas blindadas, alarmas, perros guardianes, cámaras de video-vigilancia, cuerpos de seguridad, para evitar que nos invada la miseria que dejamos fuera. Mas, todo será poco para ponernos a salvo de nuestro peor enemigo: nosotros mismos.

¿Quién lo ordena?

La organización católica Caritas, aprovechó la presentación de su informe “La situación social de los inmigrantes” para denunciar un ilegal aumento de los controles por parte de la policía en sus centros asistenciales e inmediaciones, así como en locutorios, parques y estaciones de transporte público. Para Caritas, esta práctica, no está justificada, únicamente responde a una política migratoria planificada que trata al inmigrante irregular como a un presunto delincuente, con el riesgo de generar sentimientos racistas en la población que sólo percibe cómo se les detiene cuando no han cometido ningún delito.
Aunque el Ministerio del Interior lo desmiente, resulta que el pasado Miércoles, el propio Sindicato Unificado de Policía presentó una denuncia similar ante el Congreso por medio de su Secretario General, José Manuel Sánchez-Fornet, quien reconoció precisamente que, en España se producen millones de identificaciones a inmigrantes sin que se cumplan los requisitos estipulados por el Tribunal Supremo para que un agente pueda exigir la documentación a un ciudadano en la vía pública, cuáles son: que resulte sospechoso de haber cometido un delito o parezca que puede cometerlo. En su opinión, la libertad ha sucumbido escandalosamente a la seguridad, pero no por los policías que se ven forzados a cumplir órdenes.
¡Y es verdad! Hace tiempo que el SUP está dando un auténtico ejemplo de democracia y valentía a toda la sociedad, especialmente a la casta política, en lo que concierne al trato despiadado y contrario a los DDHH que España dispensa a los inmigrantes. ¿Quién ordena las redadas indiscriminadas en el centro de nuestras ciudades para dar caza a la carrera a esos desgraciados que intentan malvivir entre nuestra inmundicia moral? ¿ Quién manda a la policía a los comedores sociales para pillar con el pan en la boca a un pobre indocumentado? ¿Quién ordena darles palizas para evitar que molesten a los buenos ciudadanos en los barrios residenciales y se limiten a quedarse en los guetos asignados? ¿Quién amenaza a las madres con quitarles a sus bebés si no desaparecen del lugar? Es evidente, que un trabajo tan ingrato como el descrito, no participa de la voluntad de los agentes que se ven obligados a llevarlo a cabo directamente, llenándose de vergüenza ante sus familias y ante si mismos para toda la vida. Entonces…¿Quién lo ordena?
La primera respuesta que viene a la cabeza, son sus superiores en la cadena de mando. Pero si pese a todas las películas que se hagan, nadie aquí se creyó lo de Tejero, lo suyo es que todo el cuerpo de policía no haga otra cosa que seguir las directrices políticas, pues de lo contrario, no viviríamos en democracia, sino en un Estado policial. Por consiguiente, parece plausible que sea Alfredo Pérez Rubalcaba que está al frente del Ministerio del Interior quien de las órdenes en este sentido. Pero, sería ingenuo pensar que una acción sistemática, planificada, de carácter general, con el concurso de varios organismos implicados, como la denunciada por Caritas, tenga por responsable de la barbarie a un solo individuo, por depravada que sea su conciencia, de igual modo que la Historia se ha abstenido de volcar sobre la figura de Hitler toda la culpa de las atrocidades cometidas durante el Nazismo.
Y es que, el Ministro del Interior, es a la vez Vicepresidente del Gobierno, por lo cual, es fácilmente deducible que no actuará por su cuenta y riesgo, sino en sintonía del buenismo, sonrisismo y solidarismo propio del talante de ZP quien a su vez, como demócrata que es, sin importarle lo más mínimo que le llamen demagogo en los asuntos sociales, no hace nada que a ciencia cierta sepa, le pueda restar votos entre las filas socialistas. Así pues, cabe suponer que es el PSOE, sus militantes y sus votantes, quienes dan las órdenes, bien sea por activa, bien por pasiva, para que se cometan estos actos contrarios al espíritu cristiano y de lesa humanidad.