Hablemos de Gibraltar

Habiéndose dejado el “Caso Bárcenas” sin la debida explicación política dentro y fuera del Parlamento, está justificado en adelante que la ciudadanía tilde de “cortina de humo” y no de “Serpiente de verano” cuantas acciones emprenda el gobierno de Rajoy, no encaminadas a esclarecer lo sucedido o a asumir responsabilidades, apreciación agudizada en el tema de la colonia del Peñón, por guardar la presente circunstancia de un Partido Popular con mayoría absoluta gobernando por decreto, vetando comparecencias y pese a todo de capa caída hasta en los Telediarios bajo su dominio, estrechas similitudes con lo acontecido en Argentina, cuando el gobierno de la Dictadura militar durante sus horas bajas, pretendió galvanizar los sentimientos patrios con la reclamación de las Malvinas, igualmente en las garras de la Pérfida Albión. Mas, como quiera que hasta los más complejos algoritmos informáticos de la NASA identifiquen la realidad política española como una Democracia, no debemos rehuir departir sobre lo que tercie por miedo a que las palabras sobre el colonialismo oculten los hechos de la corrupción y es con esta disposición de servicio que cierro filas como es deseo del ministro García Margallo y me dispongo a hablar de Gibraltar.

Es en Gibraltar donde se comete gran parte del fraude fiscal que el Gobierno del PP no sólo no persigue entre las grandes fortunas de empresarios y banqueros con el mismo celo que investiga la indebida percepción del subsidio del paro o la simulación de las bajas laborales por parte de los trabajadores, que hasta lo perdona. Y es que allí, hay el clima social que genera la confianza que siempre nos demanda el Presidente del Gobierno para atraer inversiones y financiación:

En Gibraltar, los políticos forjados en la doble moral protestante, sin renunciar a la corrupción que le es propia al género humano, dimiten en cuanto son pillados in fraganti y se cuidan muy mucho de echar la culpa a la prensa. En Gibraltar, su Primer Ministro no aparece ante sus ciudadanos en los momentos críticos en una pantalla de plasma; En Gibraltar, el Partido Gobernante no tiene a su ex tesorero en la cárcel ni este más de cien millones de euros repartidos por todo el mundo en distintos Paraísos Fiscales; En Gibraltar, el gobierno no precisa esquilmar las arcas públicas en una cuarta parte de su riqueza nacional para entregárselo a fondo perdido a los bancos; En Gibraltar no se permite a la entidades financiera comercializar auténticas estafas entre sus compatriotas como las Preferentes; En Gibraltar la cuarta parte de la población activa no sufre el desempleo; En Gibraltar la pobre gente no es desahuciada de sus casas por no poder afrontar cuatro meses las cuotas de la hipoteca; En Gibraltar, el 28% de los niños no padece malnutrición necesitándose abrir por caridad los comedores escolares en pleno Agosto para garantizar la dieta saludable en proteínas que sus familias ya no les pueden proporcionar; En Gibraltar, sus jóvenes talentos salen a formarse y no a trabajar en el extranjero por falta de oportunidades; En Gibraltar, el gobierno no ha recortado en ciencia, ni en salud o educación; En Gibraltar, el Gobierno no ha subido desproporcionadamente todos los impuestos; En Gibraltar no se ha congelado el sueldo a funcionarios y pensionistas; En Gibraltar, no se ha elevado en dos años la edad de jubilación…

Me encantaría seguir hablando de Gibraltar, aun a riesgo de corregir el texto de Platón sobre la ubicación de la Atlántida. Pero, conforme voy avanzando en su relato, se acrecienta en mi espíritu reclamacionista la abierta contrariedad que me hace comprender por primera vez la sinceridad con que los Llanitos de la Roca se desgañitan en declarar a los cuatro vientos con acento andaluz, su sentimiento de pertenencia a la Corona británica, porque efectivamente, la realidad descrita no pertenece a ningún rincón de España, a lo sumo, nos puede tocar algo por Andorra.

¿Cuánto mide Gibraltar?

http://www.youtube.com/watch?v=09yVnKShCHQ

En principio, la colonia británica de Gibraltar no alcanza los 7 Km cuadrados, limitándose su jurisdicción al terreno que no a sus aguas según se desprende del Artículo X correspondiente al Tratado de Utrecht donde puede leerse “El Rey Católico, por sí y por sus herederos y sucesores, cede por este Tratado a la Corona de la Gran Bretaña la plena y entera propiedad de la ciudad y castillo de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortalezas que le pertenecen…” Pero ya vemos que de lo no dicho al hecho, hay un trecho y en este caso, un estrecho.

Lo sucedido estos días entre los pescadores del lugar y las patrulleras gibraltareñas, comenzó siendo una cuenta más que incluir en el rosario de afrentas que desde la vergonzosa firma de semejante cesión se han venido consintiendo; pero algo me indica que esta vez, los hechos consumados suponen un punto de inflexión en las negociaciones, dado que es muy curioso que los Estados se abstengan de tomar ellos la decisión cediendo el protagonismo a los afectados. Y aunque parezca que la acción esté algo desequilibrada por cuanto en el escenario aparecen de una parte humildes pescadores y de otra una Potencia político-militar como es la Autoridad de Gibraltar, precisamente por eso, la autoridad de dicha Autoridad se ha visto muy rebajada, primer paso para hacerles caminar por una senda que para nada desean sus habitantes recorrer en su comprensible afán por aferrarse con uñas y dietes a la ciudadanía británica.

Esta casi imperceptible sutileza en el cambio de rumbo de los acontecimientos sólo aparece cuando los límites del Gibraltar oficial y el real nada merecen ser discutidos por cuanto las ancestrales características que destacaban la colonia, como es hablar inglés, manejar su moneda la Libra Esterlina, sus ñoñas costumbres del té, etc, resulta que se han extendido a lo largo de toda la costa mediterránea, hasta el extremo en que hoy, a un lugareño no le hace falta salir al extranjero para sentirse como tal; le basta con acercarse por Torremolinos, Benidorm o Fuengirola para experimentar el enorme desprecio que la degenerada rama genética anglosajona siente hacia nuestra refinada cultura grecolatina y en consecuencia hacia nosotros como seres inferiores que para ellos somos.

Así es. Cualquiera de ustedes que se haya acercado por estos sitios de veraneo, habrá observado que, las cíclicas oleadas de turistas venidas de esas inhóspitas latitudes brumosas cuya naturaleza abiertamente hostil y bárbara reconoceríamos de inmediato, de no estar embelesados con su apariencia benefactora de traernos divisas e ingresos que no son tales como se comprobará de seguido, no se mezclan con la población autóctona salvo para cometer canalladas, de modo que colonizan hoteles enteros cual colmena, consumen exclusivamente en locales regentados y atendidos por su propia gente pagando con su moneda y hablando en su asqueroso idioma.

De este modo, los ingleses que vienen a disfrutar del sol, la playa, la gastronomía, la cultura, educación, amabilidad y demás alegrías que brillan por su ausencia en su tierra, por no tocar el tema de aprovechar nuestro servicio de salud y seguridad social ¡que esa si que es buena! no sólo buscan ya pasarse unas vacaciones de calidad a bajo precio, que ahora tampoco quieren contribuir en justo pago a la riqueza y prosperidad del pueblo y las gentes humildes que les acogen.

Los ingleses son un pueblo nocivo para el resto de la humanidad y las autoridades españolas deberían desalentar su turismo por medio de la exigencia de visados y controles vejatorios como se tiene costumbre hacer con los ciudadanos brasileños al objeto de que desistan en tenernos como destino preferencial, dado que si se hacen bien las cuentas con ellos, a medio plazo, se gana lo que no se pierde, pues en la actualidad el colonialismo ya no precisa de buques con cien cañones por banda cuanto de hoteles con mil habitaciones para anexionarse el contenido de un territorio sin necesidad formal de reconocerlo suyo como tal.