Escepticismos

Preámbulo número uno: soy partidario de gastar los dineros de la tele pública, antes que en gazmoñadas y potitos ideológicos, en programas como Escépticos, que se estrenó el pasado lunes en ETB-2. Incluso aunque la audiencia fuera discreta —no está el patio catódico de Surio para muchos cohetes—, son estos productos los que dan sentido a un medio que debe distinguirse, sin obcecarse en el share, de los pastelones que nos atizan las privadas. De la TDT cavernaria, ni te cuento.

Preámbulo número dos: muchas de las personas a las que más admiro y de cuya sabiduría suelo abusar con harta frecuencia se autodefinen con la palabra que da nombre al espacio. Son, por vocación y decisión, escépticos militantes grandísimos tipos como Juan Ignacio Pérez Iglesias, Javier Armentia o Félix Ares, por poner sólo tres de entre numerosísimos ejemplos.

Y ahora llega la hora de sacar el estoque, con todo el cariño, por supuesto: me declaro escéptico ante el escepticismo. Ante el científico, digo, que es del que aquí se trata. Nada que oponer a la denuncia de los vendepeines que dicen curarte soplándote detrás de la oreja, a los iluminados que encuentran la cara de San Judas Tadeo en tostadas o a los jetas que te leen el aura en tres idiomas y cuatricomia. Pero no metería en el mismo lote de trileros a quienes defienden que las antenas de telefonía pueden tener efectos perjudiciales sobre la salud o a los que no las tienen todas consigo respecto a las redes wifi. No me parece nada respetuoso despachar como histéricos indocumentados a personas que manifiestan una preocupación que, si la miramos con ojos pura y simplemente humanos, resulta verosímil.

¿No cabe ni una duda razonable? No y punto. Esa suele ser la respuesta escéptica de manual. Yo soy el que sé y tú no. A callar. Es paradójico que una corriente de pensamiento y obra que busca poner en tela de juicio los dogmas se haya vuelto tan dogmática.