EL FOCO
Onda Vasca, 27 abril 2017

Vivimos en una sociedad poscristiana, que ha heredado determinados valores. Uno de ellos es la caridad o beneficencia, ese gesto de desprendimiento hacia los demás, bien intencionado pero equivocado en su concepto, porque en general no resuelve nada más allá del momento. Nuestra sociedad demanda solidaridad, que es el nuevo valor que sustituye a la vieja idea caritativa. La solidaridad se puede entender de muchas maneras, una de ellas la filantropía. Este es un país que no tiene cultura de la filantropía, porque sigue demasiado anclado en la idea cristiana de caridad. Y así la gente piensa que las dos cosas son malas: la caridad, porque no resuelve el problema de las injusticias; y también, la filantropía, porque piensa que los ricos son malos por naturaleza y sus donaciones tienen trampa. También en eso, la culpa en buena parte es de la religión católica: a nadie trata peor el evangelio que a los ricos. Y eso lastra aún nuestra mentalidad social.
El caso es que en España tenemos a la cuarta fortuna del mundo y la primera de Europa. Es el empresario gallego Amancio Ortega, dueño y creador del imperio Inditex, con Zara como primera marca, además de otras muchas. Este señor, que empezó de la nada, y que no deja de crecer su emporio empresarial, tiene una fortuna personal de 66.359 millones, según la revista Forbes. Además, cada año gana 372 millones de euros, entre causas porque Inditex tiene unos beneficios netos de 2.875 millones al año. Y todo eso con unas plantillas de trabajadores que totalizan 152.854 personas en todo el mundo. Cifras de mareo.
Amancio Ortega tiene una Fundación. Y esta Fundación acaba de hacer una donación a la sanidad pública del Estado español de 320 millones de euros, de los cuales, 14,7 millones han ido a parar a Osakidetza. Los protocolos de la donación ya se han firmado por los representantes de la Fundación y el lehendakari. Con este dinero, Osakidetza comprará cinco aceleradores de radioterapia, la mitad de los que ahora tiene, que se repartirán dos en Cruces, uno en Basurto, otro Txagorritxu y uno más Donostia. Recordemos que el cáncer es la primera causa de muerte entre los vascos y que estos sofisticados aparatos sirven para el tratamiento de los tumores.

Puede decirse que Amancio Ortega acaba de hacer un gesto que, literalmente, nos salva la vida. Y lo ha hecho por que sí, porque cree que este es un buen destino de una parte de su inmensa fortuna. La calidad de su criterio filantrópico es que no reparte dinero sin más a las instituciones para que éstas le den el destino que quieran. No. Su idea es que el dinero tenga una razón finalista: se destina a algo concreto, que permita a la Fundación visualizar y hacer un seguimiento del uso que sus fondos vana a tener. Da el dinero para algo en particular, entiendo, en este caso, que el cáncer es una prioridad social y que hay que apoyar la lucha contra el cáncer.
Y una vez que hemos conocido este gesto de la Fundación gallega se ha desatado, sobre todo en las redes, un debate sobre la naturaleza de la filantropía. Digamos que hay tres posturas muy marcadas: la primera es la que sostiene que un Estado democrático no debe recibir dinero de las personas que, por sus afanes, acumulan una gran fortuna. Dicen que los ricos deben contribuir de forma directa, vía impositiva, a la solidaridad pública, de manera que debemos subir los impuestos a las grandes fortunas, y que lo de la filantropía es una antigualla y cosa del pasado. La segunda postura es la de quienes dicen que las donaciones fundacionales son, en realidad, un instrumento de beneficio fiscal para las empresas, puesto que la ley permite unas ventas para quienes hagan donaciones de carácter social de acuerdo con unas determinadas condiciones. Vienen a decir que es una tapadera fiscal y no responde a un espíritu benefactor. Además, dicen, son formas publicitarias dentro de la estrategia de comunicación social de las empresas y corporaciones. Y la tercera, la que señala el carácter positivo y social de la filantropía, por cuanto se pone a disposición de la gente unos recursos que proceden de la libre actividad económica. Pensamos que las personas ricas hacen algo muy valioso y reconocemos su aportación y la saludamos con admiración, respeto y agradecimiento.
Quizás convenga resaltar, si tenemos la desgracia de tener un familiar enfermo de cáncer, o un niño, o nos cae esa fatalidad a nosotros mismos, que somos directos beneficiarios de la donación de Amancio Ortega, que no tenía ninguna obligación de hacerlo. Sobre el empresario textil hay toda una leyenda. Su discreción, su trayectoria desde lo más abajo a lo más alto, sus problemas familiares y su capacidad para hacer dinero y crecer exponencialmente dan muchos argumentos a los rumores, las falsedades y también las envidias. Amancio Ortega es un rico valioso. Da trabajo a miles de personas y su fortuna se reinvierte socialmente. Contra él y sus empresas se han dicho cosas irreales: que explota a los niños del tercer mundo haciéndoles trabajar día y noche para producir prendas a bajo precio. Esto es una leyenda que no se sostiene, más allá de los rumores que ponen en marcha sus competidores. Se dice de él que es un evasor de impuestos gracias a la ingeniería financiera y que lo tendría que hacer es pagar lo que le corresponde y dejarse de campañas de engaño. Se dice, en suma, que su Fundación no es otra cosa que el descargo de conciencia de un explotador de sus trabajadores y ocultador fiscal.

Me parece injusto. Amancio Ortega no necesita recurrir a esta publicidad para vender más pantalones, vestidos, trajes o zapatos, porque la gente elige sobre todo por el precio y el diseño. Necesitamos más ricos como él, porque siempre habrá ricos y pobre fruto de la desigualdad natural de los seres humanos. Lo que creo también es que otras muchas empresas deberían imitarle. Y donar parte de sus beneficios netos a la sociedad, además de pagar sus impuestos. Necesitamos muchos Amancios Ortega, también Euskadi. A veces, nos salvan la vida.
¡Hasta el próximo jueves!
