Una ruidosa discoteca de amor otoñal.

EL FOCO

Onda Vasca, 18 mayo 2017

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Toda ciudad tiene dos almas: la que trabaja y vive de día y la que vive y se esconde en la noche. Las dos palpitan y son necesarias, pero no tienen el mismo poder. Una es más fuerte que la otra. Una hace su guerra de cara y la otra vive en la guerrilla y hace trampas. Una cumple y la otra no. Digamos que una y otra ciudad, de la que casi todos somos partes, son el exponente de las contradicciones personales, sociales y educaciones de los ciudadanos. Todas las ciudades del mundo tienen el mismo problema. Pero no todo es posible, aunque quisiéramos: la cuadratura del círculo del ruido y el descanso, del civismo y la juerga, de los excesos y los defectos, lo blanco y lo negro no pueden convivir como queremos o como afirmamos, a veces con demasiada ingenuidad y poca profundidad.

Nos vamos a situar en Bilbao, en el centro, a pocos metros de San Mames y el Palacio de congresos Euskalduna. Pero podríamos hacerlo en cualquier otro punto de Euskadi. O en muchos pueblos. O en otros lugares del mundo donde hay personas con ganas de diversión y personas con necesidad de descanso. En ese punto céntrico de Bilbao se inauguró hace cosa de un año una discoteca, de nombre Moma, cuya principal singularidad es que se dirige a un público adulto, de más de 40 años. No es una discoteca juvenil, aunque allí también se han organizado fiestas de Erasmus y otras juergas menos añosas.

Como no podía ser de otra forma, los vecinos y vecinas de esta zona céntrica de Bilbao se han quejado reiteradamente de las molestias generadas en el exterior del local, y también del sonido excesivo y vibraciones en los locales y pisos anexos, en concreto el Hotel allí existente. Es un conflicto clásico y previsible. No hay por qué dudar de que la licencia de actividad concedida por el ayuntamiento de Bilbao se hizo con arreglo a la ley. Sin embargo, los problemas de la licencia fueron inmediatos. ¿Cómo es que habiendo a pocos metros un colegio de enseñanza se dio esa licencia? ¿Cómo es que la ley no se ha modificado para que no existan discotecas en los edificios donde hay viviendas? ¿Cómo es que predomina la actividad empresarial, tan legítima, sobre la prioridad vecinal?

Me llama la atención que un local de música y baile de público adulto genere los mismos problemas, o parecidos, que las discotecas juveniles, de por sí excesivas en todo. Resulta que los buscadores de amor otoñal son también muy ruidosos. Luego parece que el problema no son los jóvenes, sino las personas en general, los adultos. El problema se sitúa sobre el respeto, o su ausencia, de unas personas sobre otras. El problema no es la hostelería, sino la desfachatez de la gente cuando deja de ser gente cabal. No entiendo el molestar como parte de la juerga. No entiendo a ese gamberro que llevamos los adultos en el interior.

Nuestra sociedad es poco innovadora. Cambia poco, tarde y mal. Las discotecas son un viejo producto, probablemente caduco. La ciudad se contradice cuando acepta que la fiesta es ruido. Hay mucha gente feliz y divertida que se lo pasa en grande reunida con amigos y familiares sin el menor ruido. Hay mucha fiesta que no molesta. El ruido no es solo un problema de la fiesta. Es un mal de nuestro tiempo, una plaga moderna.

El tópico y su falsedad es que la fiesta es de personas felices y divertidas, y el descanso de la gente aburrida y fúnebre. No es así. Hay locales en nuestra ciudad donde se ofrecen cosas diferentes: cafeterías de jazz en vivo, locales donde actúan músico amateur determinados días, pocos locales donde se recitan versos, se hace magia y donde los artistas van naciendo. ¿Por qué no hay entre nosotros sitios donde se ofrezcan monólogos, al estilo del Club de la Comedia? Conozco ciudades donde existen y forman parte del ocio creativo de la gente. En el mundo anglosajón son muy frecuentes. Quizás es que vamos a lo fácil: disco y marcha. Otras alternativas de ocio y arte se consideran poco atractivas. Y es un tremendo error, fruto de nuestra mente conservadora. Hay que ver lo profundamente conservadores que somos, bajo la excusa de la tradición y otras pesadas losas.

El caso es que la discoteca Moma, en Bilbao, ya ha generado unas 200 quejas de vecinos y otros locales. Relacionadas con el exceso de ruido y las situaciones de violencia y civismo que noche tras noche se producen en las inmediaciones. Hay testimonios fotográficos y en vídeo que acreditan tales hechos. La zona está en estado de guerra y no quieren esa discoteca allí. Para mediar entre las partes, concejales y técnicos del ayuntamiento se han reunido con los afectados. No hay necesidad de mediación, porque ya hay diálogo, pero de sordos. Hay dos ciudades irreconciliables, porque una de ellas no se comporta como es debido.

En este contexto, hemos conocido la celebración del seminario “Gaztetalk ocio”, ayer en Bilborock, en el que estuvo el alcalde de Bilbao, Juan Maria Aburto, junto con vecinos, jóvenes, hosteleros, representantes institucionales vinculados a la cultura, la juventud y el ocio. Entre ellos estuvo a quien denominan “el alcalde de la noche de Amsterdam”Se llama Mirik Milan y es un dinamizador social, de 37 años, un dj, que media entre las fuerzas municipales, los vecinos y los empresarios de los clubes nocturnos de la ciudad holandesa. Es el hombre bueno del jolgorio. Quien pide respeto, a la vez que defiende el derecho a divertirse. Su misión es fomentar la creatividad hostelera y ayudar a la cohesión social, el impacto económico y la diversidad cultural. Antes de Bilbao, Mirik ha estado en Nueva York, Sidney, Londres, Berlín y Moscú para asesorarles sobre cómo mejorar la gestión de su economía nocturna. Me parece muy bien la labor de este singular alcalde. Pero temo que la noche tiene más propietarios. La noche es sueño, descanso y amor. Y van mal con el ruido. Bilbao tiene que elegir y pienso que ya ha elegido. Como en otras cosas, la opción es la creatividad, la innovación y la calidad de vida. No creo que las discotecas, tan antiguas, tengas sitio en ese futuro. Vayan dándoles el pésame.

            ¡Hasta el próximo jueves!

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Elegir entre pragmáticos o puristas

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El fútbol, como fenómeno de masas y metáfora de nuestra sociedad, nos brinda ejemplos prácticos aplicables a la política. El resultadismo es uno de ellos. Se llama así a la estrategia eficaz desarrollada por un equipo, bajo el impulso de su entrenador, que prioriza el objetivo del resultado positivo sobre la brillantez del juego y el espectáculo. Mourinho y Clemente serían sus más fieles practicantes. El resultadismo es una de las contradicciones del forofo, que prefiere que su club gane, incluso a cualquier precio, que perder jugando bonito; y sin embargo, se atreve a reclamar preciosismo. En el área de la gestión empresarial, el resultadismo se llama eficiencia: la obtención del mayor provecho con los menores recursos posibles. Mire usted, menos los poetas ensimismados y los románticos, que alguno queda en las orillas del sistema, todos somos resultadistas.

El resultadismo político es una versión del viejo pragmatismo, la filosofía del valor práctico de las cosas. ¿Se opone la utilidad a los principios? No, porque la producción de los buenos resultados no tiene el precio de la pureza. Toda acción política se justifica, además de por su necesidad objetiva, en el provecho social, pues de nada serviría si no tuviera efectividad. La política no es una estatua ni un adorno. El purismo, que impugna al pragmatismo político, es inmaduro, incoherente. El resultadismo tiene como único límite el respeto a los derechos ciudadanos. Pragmatismo resultadista es votar a Macron para evitar el triunfo de la peligrosa y antieuropea Le Pen. Y es pragmatismo apoyar los presupuestos del PP en la medida del valor que contienen para Euskadi, aunque disguste el socio y su suciedad.

El acuerdo del Partido Nacionalista Vasco alcanzado con el PP y Gobierno español es un ejemplo de política eficiente. Cinco votos valen millones de euros para todos, que no solo es dinero, sino también beneficios estratégicos en el sistema de cálculo del Cupo, trascendental para nuestro modelo de autogobierno, y en inversiones de calado para el futuro del país. ¿Había que dejar pasar la oportunidad del acuerdo por la repugnancia de los numerosos casos de corrupción que afectan al partido del Gobierno?  Si se hubiera optado por el refinamiento del juego político en vez de ganar al equipo de Rajoy, los vascos hubiéramos regresado de la competición de Madrid con las manos vacías, sin trofeo. Entiendo que los ciudadanos esperan el mejor resultado teniendo en cuenta que nos enfrentamos a rivales poderosos. Jugando limpio y con inteligente estrategia, el PNV ha ganado el partido por goleada.

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Oportunidad aprovechada

Si aplicásemos con rigor la corrupción del PP como impedimento para no pactar los presupuestos del Estado, quizás todos los cargos electos deberían abandonar las Cortes para salvarse de su contaminación pestilente. La razón es más simple. La situación de Rajoy no es más grave que las que afectaron en su día a Felipe González, José María Aznar y Rodríguez Zapatero. Al primero por los GAL, al segundo por su trío bélico con Bush y Blair; y al tercero, por sus demencias en la gestión de la crisis económica. Con aquellos gobiernos y sus partidos pactaron todos. Por necesidad, oportunidad o responsabilidad. Es posible que la especial habilidad el PNV para acordar en Madrid incomode a quienes se ven incapaces de concertar lo que, objetivamente, reporta mejoras a la ciudadanía vasca.

Estoy seguro de que si el PP no estuviera tan embarrado y, necesitado del concurso vasco para salvar la ley de presupuestos, firmase una alianza con el PNV, los demás partidos le hubieran criticado igualmente y extraerían de la vieja chistera algún motivo partidista para denostarlo. A la política española le falta sentido común y espíritu de acuerdo, de manera que el que no está en la firma tiene que maldecirlo. De ahí vienen los tópicos con que los ausentes han menospreciado el pacto: cambio de cromos, mercadeo… ¿Es que no se les ocurre mejor argumento? Es decir, si un partido establece un compromiso con otros se le califica de intercambio de cromos; pero si en ese convenio están los míos, entonces es un pacto responsable y de interés general. ¿Cuándo van a madurar los dirigentes políticos?

En España no pueden ocultar su admiración por la brillantez resultadista de los nacionalistas vascos. En determinados ambientes, influidos por la bajeza, se han escandalizado por el dineral y los compromisos arrancados a Rajoy por el partido presidido por Andoni Ortuzar. Se ha dicho también que el acuerdo PP-PNV lleva consigo una carga de profundidad contra los catalanes, hace años los más insignes pragmáticos; pero la mayoría política de Catalunya tiene su hoja de ruta, con lo que 1.400 millones de euros y hasta el oro de Moscú no les harían cambiar: someter a subasta presupuestaria en Madrid su renuncia a la consulta y sus ansias de independencia les envilecería. No, los catalanes no pueden pactar con España más que el respeto a la democracia y no ser demonizados por su noble y envidiable proyecto. Catalunya va a anticipar, con sacrificio, la futura redefinición del Estado.

¿De qué se quejan EH Bildu y Podemos?

El reproche de la izquierda abertzale contra el acuerdo presupuestario no se sale del guion de la simplicidad: su pérdida de peso social y las secuelas del pasado le llevan a un rechazo total, aun cuando reconocen la habilidad del PNV y la importancia del montante alcanzado en la negociación. Añadir a su previsible negación el concepto de inmoral es un terrible sarcasmo. Quien menos pueden enarbolar la ética y la moral en Euskadi son precisamente aquellos que hasta hace poco justificaban el uso de la violencia, la extorsión y la vil amenaza como acción política. Aquellas fueron sus armas, mientras la mayoría de los vascos nos moríamos del horror del terrorismo y pagábamos un alto precio en convivencia, economía y bienestar. Tendrán que ganarse el derecho a apelar a la ética y eso requerirá una revisión crítica de su pretérito. Pueden repudiar el pacto presupuestario, naturalmente; pero no en nombre de una dignidad moral cuya recuperación tienen pendiente y que los demás merecieron en el quehacer democrático y el respeto al pluralismo desde el fin de la dictadura y aún antes.

El rechazo de Podemos al pacto bilateral es más difícil de comprender, salvo que la delegación local de la formación de Pablo Iglesias deje entrever alguna duda sobre el Concierto Económico y demás potestades históricas de Euskadi. En algún momento estas sospechas aflorarán, tal vez en la votación de la ley quinquenal que regula este instrumento y su actualización. La tendencia uniformadora es un mal endémico de la izquierda y de quienes todavía están en fase de definición ideológica, habitando en las estribaciones del populismo y con sus tendencias antisistema a cuestas. Elkarrekin-Podemos tiene un problema ante el espejo vasco: no vale hacer valer el derecho a la libre determinación y al mismo tiempo erosionar los poderes de nuestro autogobierno actual, en los que solo cree lo justo.

Bien está la eficacia del resultadismo político demostrado por el Partido Nacionalista Vasco, porque es de una innegable utilidad para la gente. Bien está que se elogie la estrategia planteada y la virtud de aprovechar una oportunidad histórica. Pero que se proyecte sin complejos, por favor. Pactar con el PP no es peor que hacerlo con cualquier otra formación que gobierne España. El Estado es una perenne incomodidad para los vascos, por su asfixiante unitarismo y falsa superioridad. No hay que lavarse las manos por este acuerdo, ni rubricarlo con la nariz tapada. Quien tenga un contrato alternativo que lo ponga sobre la mesa y nos haga el recuento, euro a euro, hecho a hecho, para ver en qué mejora el ya alcanzado. En política, como en la vida, estar a la altura es la base de todo.

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Bajo el terror de los pirómanos


EL FOCO

Onda Vasca, 11 mayo 2017

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 Bilbao y Bizkaia están siendo atacados por una plaga de la que nadie sabe casi nada. Los pirómanos nos han declarado la guerra. En los últimos meses han ardido en Bilbao y diferentes localidades vizcaínas 271 contenedores de basura, sí, esos recipientes de diferentes colores en los que depositamos a diario los residuos de comida, envases, vidrio y papel. La broma, o lo que sean estos actos de vandalismo, nos han costado a los ciudadanos alrededor de 300.000 euros, a 1.000 o 1.200 euros por depósito. ¿Qué está ocurriendo? ¿Cómo es que no se sabe quiénes son los autores de estos incendios que, además de destruir estos viene públicos chamuscan de paso, vehículos y fachadas de comercios y edificios? Y, sobre todo, ¿por qué? Cuando algo no se sabe, a mí me vuela la imaginación.

La policía ha informado de la detención de dos personas por estos incendios. Se trata de un hombre de 30 años, que ya está en libertad con cargos; y un señor de 65 años, detenido en el centro de Bilbao. La policía autonómica y las policías locales no han ofrecido datos sobre si esta plaga de incendios obedece a un patrón o se trata de autores inconexos, sin motivación específica. Es muy probable que prefieran la discreción informativa para no perjudicar las investigaciones. Aun así, espero que no se trate de un silencio por ausencia de respuestas.

Hay que decir que la piromanía es un trastorno psicológico que produce en el enfermo placer, curiosidad y atracción por el fuego. También le seduce todo lo relacionado con los bomberos. A los niños les encanta jugar con fuego y muchos aspiran a ser bomberos de mayores. Pero eso no quiere decir que tengan el mal de la piromanía. Tampoco hay que confundir al pirómano con el incendiario, que es quien provoca incendios intencionadamente. Dicen los psicólogos que el trastorno de la piromanía es muy raro y que el 90% de las personas diagnosticadas son hombres. Además, la piromanía tiene un cierto parentesco con un mal que a mí me parece repugnante, el maltrato animal.

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Dicen también los psicólogos que la piromanía es contagiosa entre quienes tienen alguna tendencia a ella. Es decir, las noticias de incendios incitan a los pirómanos a la imitación. Esto ocurre con otras muchas problemáticas mentales, particularmente el suicidio. Lo que a su vez nos lleva al tratamiento que en prensa merece este tipo de sucesos. Los medios tienen el derecho y el deber de informar sobre los incendios, porque son noticias relevantes. Pero si su información es insistente, podría provocar involuntariamente la propagación del problema. ¿Qué hacer? Se supone que yo no tendría que comentar nada sobre el asunto y dejarlo estar. Creo que todos somos responsables y sabemos poner medida a las cosas. No hay que exagerar.

¿Quién y por qué están incendiando los contenedores en Bilbao y Bizkaia? Una de las cosas que me llama la atención es que con tanta presencia de cámaras en la vía pública la Ertzaintza y las policías locales no tengan más pistas. Es bastante incomprensible. Puede que los pirómanos estén actuando de manera que no puedan ser identificados por las cámaras de vigilancia. Todo lo cual me lleva a imaginar los motivos de estos incendios urbanos.

Supongamos la hipótesis más sencilla. Hay una serie de personas, sin ninguna conexión, con tendencias maniáticas y compulsivas, que les ha dado por quemar depósitos de basura. Sin más. Empieza uno aquí, le sigue otro allá y otro acullá. Y así se forma, sin más, este fenómeno. Dicen los expertos en estrategia que la solución a un problema siempre es la más sencilla. Y esta es la más probable.

Una segunda hipótesis es que estemos ante las consecuencias de un juego de rol iniciado por algún grupo en las redes sociales. Algo así como el peligroso juego de la ballena azul, que ha causado el suicidio de varios adolescentes, y que consiste en llevar a cabo 50 retos en 50 días, el último de los cuales supondría el suicidio. Un juego macabro. Cabría imaginar que quemar contenedores sería uno de estos retos. Es mucho imaginar, pero en las redes, os aseguro, ocurren cosas terribles.

Una tercera hipótesis es que estemos ante una banda de chantajeadores que presionan a las contratas que llevan el servicio de basuras para que paguen por cesar los incendios. Suena absurdo; pero hay muchas mafias que envenenan y alterran productos por dinero. ¿Puede ser un rebrote de carácter político? Esta cuarta hipótesis no es descartable, porque ya recordamos el gusto de la kale borroka por los contenedores. Existe un grupo escindido de la izquierda abertzale que preconiza la vuelta a la violencia. ¿Y por qué no reivindican los incendios? ¿Es un ensayo?

Soy capaz de imaginar una quinta hipótesis. Que sea un acto de protesta por parte de algún grupo, secta u organización secreta para hacerse patente entre sus integrantes. El fuego es un elemento del mundo oculto, por esencia purificadora. Parece absurdo, incluso mueve a la risa, pero yo me creo todo. Voy un más allá, como sexta hipótesis: los incendios obedecen a un experimento sociológico cuyo fin es elaborar una tesis de respuesta social, mediática y personal sobre una cadena de fuegos en la ciudad. Una broma científica. Cosas más raras se han visto.

O, como última hipótesis, que se trate de gamberrada ideada una noche de juerga por un grupo de personas, una moda que se les ha ido de las manos y que puede que acabe como empezó, siendo nada. En las noches del fin de semana ocurren cosas excesivas. Hay muchos destrozos en las calles. Los incendios pueden ser uno más, que se ha extendido como moda en algunos ambientes. Me creo esta opción.

Una sola persona podría montar un fenómeno así, con atrevimiento y poca moral. Podría querer escribir una novela provocando un hecho encadenado de sucesos y con ellos montar mi historia. Puedo sentir el poder de alterar la realidad y poner en jaque a la ciudad con mis actos, y luego contarlo en un libro. Puedo imaginarme muchas cosas. Pero Bilbao y Bizkaia tienen un problema y nadie sabe qué está ocurriendo. Es hora de saber quiénes son estos pirómanos y por qué nos atacan.

            ¡Hasta el próximo jueves!

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El mayor atraco de la historia de España

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Fue a las 22:45 del pasado martes, en Antena 3, tras el partido de Champions entre los dos equipos de Madrid. A esa hora, se producía el mayor atraco de la historia en España; pero no los 2.400 millones de euros del botín, sino el de una serie con ínfulas de obra maestra y que no pasa de ser un pastiche de thriller con toques eróticos y hasta políticos. Parece que La casa de papel ha conseguido dar un buen golpe, con cuatro millones de espectadores en su estreno. Así funcionan las cosas en la tele cuando el talento se sustituye por el cálculo comercial. Había que crear un Frankenstein presentable. Y entonces los guionistas pensaron en pequeño, pero en talla XXL. Un gran robo como en Hollywood, donde ya se atrevieron a saquear la Reserva Federal, en Mad Money. Su equivalente local, la Fábrica de Moneda y Timbre. Pero nada de comedias, ni patochadas franquistas, como Atraco a las tres, con Alfredo Landa. El mejor modelo para dar el pego era El plan perfecto, con Denzel Washington y Jodie Foster, que relata el minucioso robo a un banco presidido por un antiguo nazi.

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A partir de ahí, bastaba con su adaptación oportunista, conservando algunas ideas superficiales, como vestir con buzos a los atracadores y añadir caretas de Anonymous, igualmente imitadas de otras películas. ¿Qué más era necesario? Un poco de sexo, amor secundario y un toque de intriga política, situando a la hija del embajador británico entre las personas secuestradas en el asalto. Y, claro, el negociador, encarnado por Itziar Ituño. El boicot a la actriz basauritarra, por el democrático delito de simpatizar con la izquierda abertzale, cooperó con el festín del atraco.

Y eso es todo. Hay 18 capítulos por delante que no enmendarán el fiasco, pero rentabilizarán la inversión. En suma, puro efectismo, guion de imitación y personajes de pacotilla, sin ninguna aportación creativa ni densidad culta. Un enorme boquete, producto de la mediocridad española. Toda obra humana debería hacer una declaración de inteligencia: no quiero tener razón, sino que todo tenga sentido.

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Euskadi: Ven y demuéstralo.

EL FOCO

Onda Vasca, 4 mayo 2017

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Muchas cosas han cambiado en Euskadi en los últimos años. Somos un país diferente al que éramos hace 20 años o menos. Y somos diferentes porque nuestra vida, la de cada uno, es distinta. Vivimos de otra manera. Que sea mejor o peor que antes lo tendrá que decir cada uno. Una de las realidades más cambiadas es que somos un país más receptivo de visitantes de lo que éramos hasta hace poco tiempo. Una de las causas es que se terminó la violencia política que sacudió nuestro país, lo que retraía considerablemente el turismo, pese a las campañas que se hacían para demostrar las bondades y calidades de nuestro país como punto de destino vacacional. ¿Quién no recuerda aquella campaña de “¿Ven y cuéntalo”, promovida por el Gobierno Vasco? Hoy suena prehistórico, pero aquel esfuerzo comunicativo era necesario para no aislarnos como sociedad frente al resto de países.

El caso es que, en 2017, y recién terminada la Semana Santa y el puente del 1º de mayo, Euskadi está batiendo récords históricos de visitantes, siguiendo la tendencia de los últimos años. Hemos estado al borde del overbooking. Los agroturismos han estado al 99% y los hoteles han superado el 85% de ocupación. No había más que pasear por las calles para verlas llenas de turistas, tanto procedentes del Estado español como de diferentes países. Por tener turistas, tenemos hasta visitantes chinos, tan exóticos hasta ahora. Tan buenos datos y con excelentes expectativas, nuestro país aún no ha interiorizado que para ser un destino turístico estimable, de calidad y bien posicionado en el mundo necesita emprender una serie de cambios a los que parece resistirse. 

No hay un único modelo de país turístico. No podemos -ni lo queremos- ser un país de sol y playa, de cantidad y poco calidad. Pero podemos ser un país de turismo de calidad, para un turismo de poder adquisitivo, a partir de nuestros principales argumentos: el paisaje, la gastronomía, la diversidad de oferta en bodegas, playas, deportes náuticos, cultura e innovación. Ahí están nuestros poderes en Bilbao, Donostia, Vitoria, La Rioja alavesa, la costa vizcaína y guipuzcoana, los hoteles rurales, las fiestas, los festivales, los congresos científicos, etc. Mucho poder.

Teniendo tan importantes argumentos, ¿qué nos falta, en qué tenemos que cambiar? En primer lugar, creerse que somos un gran país turístico. No somos un destino de menor cuantía; al contrario, somos un destino privilegiado. Nunca seremos un país de masas en materia turística. Y no lo queremos. Así que el primer cambio de mentalidad para ser un país turístico de primera es que consolidar un concepto turístico potente en Euskadi no es una amenaza para nuestra forma de vida, nuestras cultura y nuestra personalidad como sociedad diferenciada.

Y si nos creemos que podemos ser un país turístico, que mejore nuestros ratios económicos y aporte nuevas oportunidades de empresa y empleo, tenemos que aceptar que ciertas pautas deben cambiar. Tenemos que ser más flexibles, sin merma de nuestras condiciones de vida. No es posible que tengamos una entrada considerable de turistas y que nuestras tiendas y establecimientos de hostelería estén cerrados en días festivos. Es un absurdo, a lo que tenemos que enfrentarnos con inteligencia, sin prejuicios, con criterio de país serio.

La flexibilidad implica la decisión estratégica del sector del comercio y la hostelería para adecuar su estructura organizativa a la oferta que un turismo de calidad exige y espera de nosotros. No digo que el comercio y la hostelería deba abrir por sistema en días festivos, no. Pero debe abrirse a aperturas concretas, inicialmente de prueba y experiencia, y más tarde, en función de resultados, a mayores aperturas, naturalmente, sin precarizar los derechos de los trabajadores. No debe existir contradicción entre lo uno y lo otro. 

Lo que está ocurriendo es que los turistas en días festivos están concentrándose en zonas concretas, particularmente en los cascos históricos. La experiencia del Casco Viejo bilbaíno en Semana Santa ha sido sublime, con cifras de negocio impensables hasta ahora. Y así lo que vemos es que estamos produciendo una concentración excesiva en estos puntos concretos de nuestras ciudades, con unas zonas saturadas de turismo, mientras el resto de la ciudad está desierta o sin vida. No puede ser. El Casco Viejo no puede convertirse en un parque temático de turistas en días festivos. El resto de la ciudad tiene mucho que ofrecer. Tenemos que dialogar sobre esta problemática.

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Hay cambios de paradigma que emprender. Hemos visto este último puente cómo la zona de San Juan de Gaztelugatxe, en Bermeo, se saturaba de turistas. Aquello era sumamente incómodo, con miles de personas que querían visitar aquel idílico pasaje, en parte para revivir los escenarios donde se han rodado algunos capítulos de Juego de Tronos. Los turistas, a veces, son así de simples. Pero no vaya a ser que muramos de éxito, a base de inundar sin control nuestros paisajes naturales. No están hechos para el turismo masivo. Pero tampoco para el turismo ocasional. Hay que estudiar a fondo cómo extendemos nuestra oferta, nos flexibilizamos, sacamos aún más rendimiento nuestra oferta gastronómica, la hacemos más presentable, con menos quebag y más tabernas vascas con estilo y sabor.

Estamos bien, creo yo, pero muy lejos de establecer y redondear un concepto turístico vasco. Tenemos medio país, maravilloso, sin explotar turísticamente. Tenemos una gastronomía que se pasa de precio. Tenemos rincones que casi nadie conoce, ni nosotros mismos. Tenemos mucho que mejorar. Con más cultura y más espectáculos desde nuestra raíz vasca. Tenemos que responder, de verdad, a la cuestión, como Hamlet: “Ser o no ser”… un país turístico.

             ¡Hasta el próximo jueves!

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