El programa de la risa y el olvido.

Eva y Alexandra
Frente a las tres fórmulas magistrales de causar sufrimiento (acción, palabra y silencio) se alzan, por compensación, los tres modelos básicos para producir risa: ridículo, incongruencia y palabra. En este último método se inscribe el género del monólogo, al que pertenece El Club de la Comedia, actualmente en laSexta y cuya nueva temporada arrancó el domingo con la única novedad de la presentadora. Eva Hache, despedida por Atresmedia por hacer un espacio similar en un canal competidor a pesar de que su contrato no se lo prohibía, ha sido reemplazada por la actriz Alexandra Jiménez, un mal apaño, aunque su resultado inicial sea bueno, igual audiencia que la cómica, con 1.227.000 espectadores. El Club tuvo la inteligencia -o el gesto malvado- de reciclar antes y después del estreno viejos capítulos con Hache. ¿Quizás para no perder a los incondicionales de la fea más guapa de la tele?

Las comparaciones son pertinentes, porque cooperan con nuestra libertad de elección. De Eva a Alexandra hay una diferencia de especialidad. Hache nació cómica, mientras que Jiménez es una actriz polivalente y su gracia, no mucha, se hizo para historias de enredo y chocarrerías, como Los Serrano, no para soportar el exigente primer plano del monólogo, que te atraviesa y desnuda. La capacidad comunicativa y el ingenio son los exponentes de nuestra talla intelectual. Si yo fuera coach plantearía a mis alumnos el reto de escribir e interpretar un soliloquio jocoso de diez minutos y por lo expuesto recomendaría como gestor idóneo a la persona con mayor facultad de hacer reír y poder creativo. Por arte de esta prueba sabremos el auténtico talento de cada cual, su seguridad y fuerza de superación de la vergüenza y otros complejos comunes. Hay que reconocer y descartar a quienes comienzan en la timidez y acaban en la cobardía.

Eva te alegra el alma. Nadie la va a olvidar, porque humor se escribe con Hache. Ante lo evidente, me pregunto: ¿Cuánto tiempo tardará El Club de la Comedia en rescatarla, hasta cuándo prolongará su castigo y escarmiento?

 

William & Virginia, cuando el sexo es amor

 

http://youtu.be/DSNr5oeHJkY

 

Tan difícil para los bilbaínos es llamar Azkuna Zentroa a lo que siempre fue la Alhóndiga, como para los espectadores referirse a Canal Plus con su renovada denominación de marca, Movistar Plus. A esta venerable y derrotada plataforma de pago fue a estrenarse el pasado lunes la tercera temporada de Masters of Sex, una de las series más delicadamente turbadoras de los últimos años y para la que todos los elogios son pocos en lo artístico, ambientación y cobertura musical, además de que Lizzy Caplan y Michael Sheen tocan el cielo como intérpretes. La nueva entrega mantiene la línea narrativa de centrarse no tanto en Masters y Johnson, la pareja que hace cincuenta años revolucionó el conocimiento del sexo, como en William y Virginia, unidos por el amor a fuerza de encontrarlo latente y escondido en los misterios de la sexualidad humana.

William y Virginia son dos seres diferentes, opuestos; pero el portento intelectual de él y la profundidad sensual de ella se complementan y abren sus corazones en una creciente necesidad mutua. Masters es emocionalmente discapacitado y Johnson, franca y arrolladora. Es absurdo que siendo sabio en sexo Masters se manifestase necio en sentimientos, tan incongruente como un escritor, dueño de las palabras, avaro y remiso en ternura conyugal. Si no hubiésemos creado las palabras no existiría el amor. ¿O es al revés? En efecto, esto va de emociones y no de sexo, por mucho que el serial nos agite con hermosos desnudos y coitos por doquier, no más abundantes que las lágrimas, miedos, silencios y otras fragilidades terrenales.

Al fondo de la historia quedan las hipocresías de la sociedad de los 60 en Estados Unidos, con la guerra de Vietnam, los conflictos raciales y la sex revolution entre sus exponentes. «Nosotros somos la revolución sexual», dicen en una provocativa presentación de su trabajo. Revolucionarios, sin duda, pero estremecidos, como dos arcaicos ejemplares de la especie, ante la noticia del embarazo de Virginia. Deberían enseñar esta epopeya en los colegios y menos biología.

Todo pasa en dos o tres minutos

San Fermín

 

¿A qué género televisivo pertenece la retransmisión de los encierros de San Fermín? Podría entrar en deportes, porque de una competición de velocidad se trata, con la diferencia de que son personas y toros -juntos y revueltos- los que corren: unos, asustados, para alcanzar sin daño la meta de la plaza; otros, por igual despavoridos, para llegar rápido al chiquero. Se aproxima mucho al reality, al mostrar la diversidad de conductas humanas en situación límite. También es espectáculo de acción, documental de cultura tribal y espacio de sucesos; pero me inclino por catalogarlo como programa de animales, que vuelven a estar de moda en nuestras pantallas. Tanto «Vaya fauna», en Telecinco, como los encierros de Pamplona, en TVE, cargan sobre sí la indecencia de la explotación animal al servicio del caprichoso recreo de la plebe. Costumbres y tradiciones: esas invisibles tiranías del pasado sobre el futuro.

Los dos o tres minutos que transcurren entre el lanzamiento del cohete, a las ocho en punto, y la entrada del último astado en los corrales constituyen el potente desayuno de unos 800.000 seguidores, más o menos la mitad de la gente que a tan temprana hora tienen puestos sus ojos en la tele, sin contar con los millones de curiosos que en todo el planeta se atiborran de estas imágenes en los informativos. ¿Y qué busca el espectador? Los de buena conciencia, dicen, vibrar de admiración por los valientes corredores que se juegan el pellejo en el tumulto. Y los de mala conciencia, si son capaces de reconocerlo, apuntan a la irresistible emoción de las cogidas, el peligro, los actos temerarios y el rigor de una violencia primaria, la misma que amaba Hemingway. Las cámaras no se asomarían a los sanfermines sin la excitación morbosa por la sangre de los corneados y la noticia, alguna vez, de la muerte sobre la calle adoquinada.

Es un espectáculo único, sin duda, pero despiadado. Si malo es que te agrade tanta crueldad comprimida en dos o tres minutos, peor es que te deje impasible. La reina del mundo infeliz es la indiferencia.

Se vende miedo

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No querría llevar la contraria a los psicólogos, que tienen habilidad retórica para todo, pero creo que el miedo es racional: es no saber qué hacer por no saber qué ocurre. Así que el caldo de cultivo de cualquier tipo de miedo es la distorsión de la realidad y la conciencia de fragilidad, que necesariamente conducen a la incertidumbre. Antes los miedos se distribuían a través de la violencia física, en tanto que ahora se fundan en la amenaza contra la seguridad económica, la estabilidad profesional y las expectativas de futuro, es decir, el bienestar material, si bien el terrorismo yihadista y los crímenes de Estado se mantienen vivos en el mundo con toda su fiereza. El miedo sigue siendo la dialéctica dominante, con nuevas formas.

En España se ha lanzado una operación de terror comunicativo contra Podemos mediante una combinación de mensajes postizos y noticias dramatizadas cuyo propósito es crear un clima de incertidumbre ante la posibilidad -real- de que ese nuevo partido alcance el poder en las próximas elecciones y ponga patas arriba el Estado. No importa la inconsistencia de las informaciones, ni hasta dónde haya que retroceder para encontrar episodios, imágenes y palabras reprobables de los dirigentes de la izquierda alternativa que inciten el temor del electorado. Estamos ante la criminalización de las travesuras y la categorización de la anécdota. En la fabricación del miedo lo de menos es la verdad, la mesura y la proporcionalidad del relato, porque en este proyecto es aceptable hasta el esperpento. También Felipe González, experto en viejas campañas del miedo, como la del referéndum de la OTAN, en 1986, se ha unido al circo con esta perla: “El 99% de los votantes de Podemos no tiene ni idea de lo que pasa en Venezuela”.

¿Está dando resultados? Creo que no. El movimiento anti Podemos está dominado por la ansiedad y el rencor y sus malévolas intenciones son demasiado evidentes, con muy poco contenido válido y un pésimo diseño estético. Se diría que es contraproducente y que a lo más podría activar parte del voto conservador que se abstuvo en las últimas elecciones. Los estrategas del miedo no comprenden que el escarmiento de la pobreza generada y la debacle institucional derivada de los abusos y la corrupción han producido un irrevocable cambio de mentalidad en la sociedad, así como una nueva percepción de la realidad pública, y que al igual que la crisis ha variado para siempre el modelo económico y que jamás volveremos a la situación anterior al 2007, tampoco habrá marcha atrás en el estándar político. La indignación no es solo una emoción; como el miedo, también es racional.

Miedos griegos

En Grecia, la patria de la democracia, han vuelto a representar a Esquilo y Sófocles, pero con escenografía alemana y luxemburguesa para que el pueblo heleno sienta el efecto del miedo y sucumba a las reglas de la autoridad financiera. Las tragedias que se exhiben sobre el tinglado griego se proyectan en todos los países: o pagáis bajo nuestras condiciones o morís de hambre y privaciones. Lo que hace la banca continental, precisamente, es desbancar la soberanía nacional por un mandato extranjero que a menudo se disfraza de filantrópico club al servicio del desarrollo de los pobres. Las reglas de los acreedores son tan desiguales e injustas que invalidan la democracia de las naciones insolventes.

Dejar de pagar la deuda o reducirla se ha convertido en un arma poderosa para los débiles, porque el impago dejará en evidencia el sistema draconiano en el que se fundamenta el poder financiero y su radical deshonestidad. Hacen bien los griegos en acudir al desacato por decencia y al impago como medida defensiva. Deben ser conscientes de su fuerza en medio de su fragilidad económica. Podría culpabilizarse al modelo administrativo heleno de múltiples desajustes; pero ninguna de sus taras es peor que la más suave de las condiciones impuestas por Frankfurt y Bruselas. Acusar a Grecia de chantaje a las instituciones monetarias y políticas europeas para la renegociación de sus créditos y pagos es un sarcasmo, como si los menesterosos no tuvieran derecho a usar sus recursos contra aquellos que les llevan a la ruina. No hay mayor desafío para un espíritu creativo que la desesperación.

El miedo se ha extendido sobre Grecia para someterla al trágala brutal de la troika. En este contexto, la gente -que tiene que vivir y comer y que, además, carga con su dignidad personal y nacional- necesita un liderazgo fuerte que desde los sacrificios iniciales se imponga a los abusos y le conduzca a una situación de mayor equilibrio. Las imágenes más atemorizantes se han centrado en los jubilados haciendo cola para cobrar sus pensiones. Por si fuera poco, como complemento del discurso del miedo se han filtrado mensajes de humillación generalizada, al calificar a los griegos de vagos, evasores fiscales y corruptos, obviando que los autores de su quiebra han sido las ideologías que hoy gobiernan la UE.

Grecia necesita un gobierno épico, la épica de Homero para vencer. No estamos ante la lucha de un país en bancarrota: es el principio de un cambio de relación entre el poder de las personas y la fuerza de los dueños del dinero. El tránsito a este nuevo vínculo será lento, tanto como el tiempo que lleve a la gente ser consciente de su superioridad y aceptar que el miedo es imaginario, vencible, un tigre de papel. Antes y después de Grecia, hay otros casos. Escocia perdió su derecho a la plena soberanía por el miedo. Quizás Cataluña sucumba en septiembre al mismo terror. Todas estas oprobiosas intimidaciones fueron generadas para reducir la libertad y cambiar el destino con saña. Y no son nada, humo y mentira.

El fracking y otros miedos prefabricados

Detrás de toda amenaza e imposición está el miedo, que recuerda nuestra absoluta vulnerabilidad. También el miedo es la dialéctica entre la gente. Obsérvense los discursos entre posiciones antagónicas y sabremos que la razón corresponde a aquella que no utiliza el miedo para ganar, la que convence sin atemorizar. En Euskadi, han vencido los partidarios de la prohibición del fracking, método de extracción de gas del subsuelo. Es verdad, una técnica discutida, pero que ha sido barrida en el Parlamento vasco con una ley que, en la práctica, impide su desarrollo y por tanto nos priva de la posibilidad de obtener fuentes de energía. Fue enternecedor ver juntas a la izquierda y la derecha en esta causa disparatada.

A falta de datos objetivos sobre las bondades o maldades de este modelo extractivo, y sin que se haya producido un debate social serio y abierto, Euskadi pierde, por generación del miedo, una oportunidad energética muy valiosa. Hemos abortado por efecto del temor -la masiva destrucción de ríos y tierras- sin saber lo que esperábamos, si una ocasión económicamente provechosa o un monstruo.

El debate de fracking se ha ventilado del mismo modo en que se liquidó la cuestión nuclear, bajo amenaza del miedo, alimentado por los trágicos precedentes que vivimos en la década de los ochenta. ¡Rechazamos que nos acobarden, pero hay que ver lo que nos gusta asustar! Prefiero que me acusen de tener intereses en las empresas del sector a que se utilice el miedo para esconder la arbitrariedad argumental. Ha faltado ciencia y conciencia.
El menú del miedo es abundante. La llamada “ley mordaza” del PP contiene elementos de intimidación para socavar la capacidad de protesta y el derecho de manifestación de los ciudadanos. Convierte a la policía en defensora del poder y dota a la administración pública de una capacidad sancionadora que condiciona gravemente el ejercicio de las libertades fundamentales. ¿Quién se atreverá a obstaculizar un desahucio bajo el miedo a multas salvajes? ¿Quién querrá participar en un 15-M con la amenaza de ser procesado? ¿Quién puede ser generosamente rebelde? Esa ley aberrante no garantiza la seguridad ciudadana, solo la tranquilidad del Gobierno. Hay una rara verdad, apenas reconocida: lo último que se pierde no es la esperanza, sino el miedo.

A Pello, con gratitud

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Las pantallas de ETB han fundido a negro para llorar la muerte de Pello Sarasola, alma de la radiotelevisión vasca, a la que dedicó su vida con entusiasmo. ¿Cuántos años, cuántos desvelos y cuánto de ese sacrificio que no entra nómina entregó Pello al proyecto de EITB? ¿Cuánto de su talento, ideas e intuición contiene el éxito social de nuestros medios públicos? La pasión del joven hernaniarra por la tele se forjó en una sutil combinación entre amor por el cine y perspicacia observadora, un puzle de arte y ciencia en el que se sintió identificado para desplegarlo en la complicada disciplina de saber qué les gusta y disgusta a las personas, tan diversas y contradictorias, y qué persiguen y anhelan, es decir, el marketing de la vida. Los sociólogos -como Manu Castilla, su colega en el desafío de ETB- son impacientes buscadores de las verdades escondidas.

Pello nació lleno de curiosidad y quiso conocer los resortes emocionales de la gente, sus certezas y porqués. Y de tanto escudriñar motivaciones y tanto hacer preguntas pertinentes le vino la vocación de dar él mismo las respuestas y pasó a deducir programas e influir en el modelo de información, cultura y entretenimiento de ETB y en cómo la pluralísima sociedad vasca podría ensancharse compartiendo aventuras, humor, diálogo y osadías. Ese fue su sueño, desacralizar el simbolismo de la televisión pública y que en ella nos viésemos iguales con nuestras fascinaciones y ridiculeces. Sarasola creía en esa Euskadi creativa y transgresora, pero radicalmente euskaldun. Era tan adorable que se fue unos años a Antena 3 a tocarnos las pelotas.

“Trabajador de ETB”, decía su esquela. Pues sí. No director, ni jefe de programas, ni responsable de contenidos. Currante puro y duro. Compañero, amigo, decente, libre. Eskerrik asko, Pello, por lo mucho que nos diste. Vives para siempre en esa gratitud y en tu obra, en Susana y tus hijos. Tú que buscaste sin desmayo una explicación para todo, ya sabías que la única ignorancia soportable es la aceptación del misterio de la vida.