El misterio del destino

Silenciosportada2Doce ideas construidas con menos de veinte palabras. Doce redobles de corazón. Doce argumentos, más uno, contra el silencio…

Ser o no ser, esa no es la cuestión, sino la verdad o la angustia.

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Tan apasionante como ir tras un sueño es descubrir todo lo que encuentras en el camino.

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Si hoy no has tenido ninguna idea es como si no hubieses sonreído en todo el día.

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No quiero que seamos iguales; preferiría que sigas siendo inigualable.

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Si ahora todo está “en la nube”, ¿cuándo lloverá tanta información?

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El secreto consiste en hacer todo lo posible para que se cumpla nuestro destino.

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Sí, se puede elegir: vivir tranquilos o vivir de verdad.

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No confrontes tus razones con el corazón porque saldrás perdiendo.

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La mejor solución es siempre la más sencilla. ¡Qué hermosa mentira!

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Quizás hoy te toque uno de los prodigios que el destino sortea todos los días en el mundo.

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El único sentido de la soledad es demostrar que estamos hechos para vivir en compañía.

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Las causas perdidas no son las que nunca ganamos, sino aquellas que aún no hemos encontrado.

 

La vida cabe en veinte palabras

Silencios273

La reina del mundo infeliz es la indiferencia.

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¿Qué es la paciencia? Esperar con criterio, esperar con corazón.

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Epitafio: me declaro culpable de todo lo que no hice e inocente de la mitad de lo que hice.

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Equilibrio: gestión pragmática y compasiva de un mundo dual, eternamente conflictivo.

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Tan cierto como que todos somos distintos es que solo algunos son realmente únicos.

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Puedes invitarme alguna vez; pero evita que me quede a vivir contigo, dijo la soledad.

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Hacía las cosas tan bien, tan bien que hacía excepciones.

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Curiosamente, las personas más veraces son las que guardan más misterio.

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Nueva Declaración Universal de los Derechos Humanos. Art. 1º: Todas las personas tienen derecho a la belleza.

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No existe el tiempo perdido, sino la vida no vivida.

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Es verdad, de sueños no se vive. En realidad, morimos por ellos.

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La grandeza humana tiene tres condiciones: bondad, inteligencia y alegría.

 

 

 

 

 

 

Permanezcan atentos a su pantalla: Bárcenas en directo.


Se acabó Bárcenas en diferido, empieza Bárcenas en directo. Ahora que ya está libre el ex tesorero del PP se va a pasear por los platós de la tele para desenredar el nudo de su historia y salvarse ante la opinión pública del indeseable papel de cabeza de turco que su partido le ha adjudicado para ocultar su corrupta financiación. Vaya con cuidado, don Luis: la televisión no es el mejor medio para el argumentario ético, pero si para el impacto y la denuncia, y usted necesita más que nada aclarar el origen de sus helvéticos millones. Francamente, me encantaría que Luis Bárcenas me encargase el diseño de su comunicación dentro de la estrategia de su defensa y gestión de su reputación. Además de divertirme un rato, viviría la gloria y la miseria de los medios en pleno azote de lo peor de la política y me recrearía en la épica de la recuperación del honor perdido y su vertiente más vulgar, el ajuste de cuentas.

Para empezar a Bárcenas le importa mucho su imagen, como lo demuestra su apego a los trajes elegantes y los abrigos Chesterfield y el esmerado cuidado de su cabello entrecano. Su estética a la salida de la cárcel es otro ejemplo. Pero Bárcenas no va a librar una guerra de imagen, sino de certezas, en un entorno que no le es propicio y con los canales privados y públicos rendidos al poder. No le ofrecerán los platós solo para ganar audiencia, sino también para la demolición del incómodo personaje. Así que debe extremar la astucia y administrar todo lo que sabe para derrotar a sus peores enemigos: Rajoy, la Cospedal y la mentira, la troika que gobierna España.

La ironía desplegada por Bárcenas al abandonar el talego evidencian su fortaleza inicial, pero también podría ser una táctica de disimulo, porque sobre sus anchas espaldas sobrevuela una posible condena de 60 años, su muerte. No sean ingenuos, porque el guión está escrito: el señor de los dineros jugará la baza de que sus revelaciones causarán mucho daño al PP en año multielectoral y con esa amenaza obtendrá un arreglo. Va a ser un espectáculo, les advierto.

No se hizo Alatriste para la boca del asno

650_1000_alatriste-1LA tele no es una ciencia exacta, ni por aproximación. Tiene su lógica, pero es imprevisible, como lo atestiguan sus formidables fiascos y sus éxitos inesperados, excesiva inestabilidad para un sector con grandes intereses económicos y la influencia social en juego. Uno de sus errores es la soberbia de creer que todo es convertible a lenguaje audiovisual. En las productoras -que no han aprendido nada de la historia del cine- siempre hay un iluminado con un proyecto de adaptación a la pantalla de su libro favorito. “Novela es lo que solo una novela puede decir”, sostiene Kundera. Idéntica idea podría aplicarse a cualquier creación. ¿Cuál es el problema? La ausencia de guionistas, una carencia que se redime acudiendo a la biblioteca.
Los que trabajamos en comunicación lo decimos elementalmente: no se escribe como se habla, ni se habla como se escribe. Insistiendo en este disloque, al capitán Diego Alatriste, genial personaje del siglo XVII español, nacido de la imaginación de Arturo Pérez-Reverte, le han extraviado del papel para sacudir el vulgar reino de la tele. Y en su bautizo de fuego perdió la batalla con menos de 2,5 millones de espectadores, una birria para su descomunal inversión; y aun peor fue su suerte en la segunda escaramuza, el miércoles pasado. Paolo Vasile está de infarto.
Pero Telecinco no es la norteamericana HBO, de cuya factoría han salido productos míticos como Boardwalk Empire, la sorprendente True Detective y sobre todo Juego de Tronos, a la que Alatriste hubiera querido asimilarse. A ver si nos enteramos: Telecinco es la cadena de Sálvame y Gran Hermano, teledetritus. El mismo Reverte ha apelado a HBO para referenciar sus prioridades estéticas; sin embargo, como otros escritores, don Arturo es un purista. Los medios de masas necesitan aproximarse a Robin Hood, Los tres mosqueteros y otras puerilidades narrativas para alimentar el apetito popular de magia barata y cuentos de hadas. El trágico espadachín es demasiado para un canal de culos y tetas. No se hizo Alatriste para la boca del asno.

Balada del perdón y los perdonazos.

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Se ha desatado una plaga de perdonazos. Milan Kundera, en su última novela, La fiesta de la insignificancia, llama perdonazos a los pelmazos del perdón, esas personas con tendencia a pedir disculpas constantemente, bien por mortificación ligera o bien por automatismo de educación protocolaria No creo que exista problema en el ejercicio privado del perdón como parte de los mecanismos relacionales entre hombres y mujeres, padres e hijos, entre amigos: es un consuelo y contiene cierta pedagogía positiva; pero llevar esta práctica indulgente a la cosa pública nos conduce a una simulación social y seguramente a la infantilización de la democracia y las conductas políticas. ¿Necesita la sociedad madura la clemencia de sus líderes e instituciones? ¿Resuelve los males profundos del sistema? ¿Y hasta qué punto las peticiones de perdón forman parte de los artificios emocionales, sin densidad moral, de los que se valen los dirigentes y los personajes relevantes para salir airosos de sus bajezas? La búsqueda del perdón se funda en la fragilidad y candor del ofendido.

Frente al buenismo cristiano, el descargo de conciencia y el sentimiento de culpa, creo en la absoluta inutilidad del perdón. De hecho, en nuestra sociedad el perdón está sobrevalorado, quizás porque se estima como condición indispensable para el reconocimiento del ofendido, todo lo cual conduce a las personas -desde la irrefutable realidad de sus pasiones, carencias y tendencias- a la teatralización emocional y a la exhibición forzada del pesar por el mal causado. La exaltación del perdón encaja con el deseo desmesurado de reconocimiento social (y por tanto de la flojedad de la autoestima) y en esta circunstancia hay que contemplar la proliferación de la disculpa política y la insoportable abundancia de los perdonazos.

Se diría que el perdón no es eficaz ni para quien lo recibe ni para quien lo expone. Lo dice Kundera: “Si te declaras culpable, animas al otro a seguir insultándote y a denunciarte públicamente hasta la muerte”. La disculpa, generalmente, no vale lo que vale el daño ocasionado, salvo el agravio de palabra, el más comprensible de todos. Para alguien ofendido el perdón es una acción deprimente y muchas veces poco creíble, como una baldía prolongación del sufrimiento. Recordemos el caso de la triatleta bilbaína Virginia Berasategi, quien, tras tomar en su última carrera algún tipo de sustancia prohibida, reconoció entre lágrimas su profundo arrepentimiento, solicitando excusas por su único error deportivo en muchos años. La respuesta social fue despiadada, lo que vino a significar que el perdón público es una especie de inmolación para el desahogo de la gente y puro masoquismo para el culpable. La frustración de las masas tiene en el perdón de los triunfadores su ruin divertimento.

Los perdonazos de Euskadi

El arrepentimiento es personal, por lo que el perdón público es exhibicionismo. En el contexto vasco y tras el largo período de violencia terrorista el perdón ocupa una posición demasiado destacada, al menos en las declaraciones políticas. Se le pide a quienes practicaron la violencia -ETA y el Estado- que pongan a la intemperie sus disculpas y que quienes la justificaron y apoyaron -la izquierda abertzale y un sector de la sociedad española- expresen igualmente su pesar por haber tenido arte y parte en aquella historia trágica, que ahora busca proyectar la verdad -toda la verdad- al futuro. Se enfatiza que el perdón de los asesinos hacia las víctimas es un requisito imprescindible para el objetivo de la paz y la normalización. Lo pongo en duda. A la mayoría de las víctimas no les interesa tanto las disculpas y las aflicciones en voz alta como situar en su justo lugar la memoria de su irreparable sacrificio. Porque a menudo las damnificados aparecen como culpables y los responsables como víctimas, en un macabro baile de papeles intercambiados.

No nos hacen falta arrepentimientos, sino la verdad. Y este es el problema: hay una sombra de sospecha sobre todo acto de contrición pública. Tiene algo de escenificación tramposa, de reserva de sinceridad, incluso de justificación, con más deseo de olvido que de proyecto de reparación. La demanda no es el perdón, es la verdad, conocer lo que ocurrió. Saber por qué, cuál era el objetivo, qué se pretendía, en qué valores se apoyaba la violencia, qué creen haber conseguido, por qué se justificó, por qué se hizo en nombre de la libertad, de Euskadi, del Estado… No digáis lo siento, mejor decidnos la verdad.

Precisamente por esa ocultación de la verdad entre quienes fueron responsables de la violencia -ETA y el Estado- es por lo que cuesta tanto acometer un relato verídico de todos aquellos hechos terroristas y cuanto les acompañó de corrupción y miseria. Y lo curioso es que lo que unos quieren olvidar, otros quieren recordar especialmente, y al contrario. Por eso no avanzamos: porque hay una negación intencionada de la verdad, lo que en el fondo acreditaría la insinceridad de las disculpas. No les importa la verdad, sino un olvido rápido y un tácito pacto de compensación mutua entre las dos violencias. Una historia enterrará a la otra y la sociedad vasca y la española -que no sé yo si están por la labor- se quedarán sin la verdad a cambio de un vacío memorable. Hay un propósito mayoritario de amnesia cómplice.

Los perdonazos de España

Juan Carlos I pidió perdón por sus lujos y cacerías africanas. Rajoy se disculpó en nombre del PP por la corrupción. Esperanza Aguirre, por sus soberbias. Los socialistas de Pedro Sánchez, por sus corruptelas y errores. El Papa reclama ahora perdón por la pederastia de sus clérigos. El presidente Obama lo ha hecho a propósito de la torturas de la CIA… Esta epidemia de disculpas desde las tribunas es una moda, pero también una burla a la memoria de la gente. Es como si estas reclamaciones de clemencia pretendieran obtener, por el mero hecho de manifestarlas, la exculpación inmediata y gratuita. Es una retórica de campanario que se ha instalado en la política como una de sus muchas imposturas, propia de un sistema que niega su regeneración y se refugia en la mezquina moral del confesionario. El perdón escapa furtivamente de su responsabilidad.

Si el presidente español tuviera auténtico sentido de culpa hubiera abierto los archivos de su partido a la exposición pública y entregaría al juez todos los datos sobre las diferentes tramas corruptas del PP. No solo no ha revelado la verdad, sino que ha tratado de ocultarla, manipulando los poderes de la justicia y negando todas las evidencias. ¿Qué perdón le cabe a España sobre los crímenes de la guerra civil y la posterior dictadura si las cunetas siguen repletas de cadáveres y el dictador yace al pie del altar mayor del Valle de los Caídos, una instalación patrimonio del Estado, reclamo turístico y símbolo de la victoria fascista? ¿Qué descargo de conciencia cabe en la dirección del PSOE si se revuelve contra la certeza del inmenso fraude de los ERE y presiona sin piedad a la jueza Alaya? ¿Qué clase de perdón se le puede otorgar a Obama si no piensa actuar contra los brutales delitos de los torturadores y sus mandos? ¿Puede la Iglesia solicitar clemencia para los curas pederastas si huye de una lectura completa de su miserable comportamiento con los niños durante décadas y siglos? El perdón no es un derecho ni un regalo, porque antes que cualquier disculpa está la disposición a la verdad. Y en todo caso, el perdón hay que ganárselo con la sinceridad de una rectificación efectiva.

¿Qué le ocurre a los perdonazos? Que aspiran a la impunidad. Detrás de todo ofrecimiento de disculpas hay un deseo de amnesia. Entre los ofendidos, que quieren pasar página y vivir sin sufrimiento, y los ofensores, que buscan eludir responsabilidades, se está imponiendo el olvido, la peor de las respuestas, la más torpemente humana.