Luto y tente tieso

Mientras toda una sociedad diversa trata de sobreponerse a una crisis inédita que amenaza su vida y hacienda, parte de su clase dirigente pone rumbo al pasado. La España negra ha vuelto. La derecha y la ultraderecha españolas agitan el dolor por los muertos y reclaman el luto como prioridad. Que el negro pinte la realidad y no de color esperanza. Haciendo suya esta lúgubre encomienda, la reina de las mañanas de la tele, Ana Rosa Quintana, luce a diario en su costado un lazo negro. ¡Que se sepa cuánto sufro, doliente y compasiva! Intereconomía TV, la más ultra de las cadenas y emisora de odio, sitúa en el frontal del plató de su tertulia El gato al agua una gran bandera rojigualda con crespón fúnebre. ¡Mal español es quien no se adhiera a nuestra tristeza de campanario! 

            En el último debate parlamentario, los dirigentes del PP y Vox reprocharon a Sánchez que llevara corbata roja. Casado, Abascal y el portavoz de Ciudadanos vestían traje oscuro y corbata negra. ¡Como debe ser hoy para un español de bien! Exigen bandera a media asta, descomunal monumento y un funeral de Estado. Eso sí, lo de ayudar a la solución de los problemas, sentarse a acordar un gran pacto de reconstrucción y sumarse solidariamente a las medidas sanitarias y económicas, de eso nada. Leña al mono. Luto y tente tieso.

            No he visto en duelo a los líderes del mundo; pero España ha de mostrarse negra y compungida. Porque las lágrimas, aunque sean de Lacoste, son útiles para la exageración y el dramatismo. Hace décadas, las familias vestían un mes de luto tras un fallecimiento y quitárselo antes de tiempo era irreverente y causa de murmuraciones. Hemos vuelto al franquismo de los gestos hipócritas, de réquiem y golpes de pecho. En esencia, el mismo tráfico político que con las víctimas del terrorismo. Igualito, igualito que el difunto de su abuelito.

Diario de cuarentena. Día 44. Esperando al mesías

El mundo espera al nuevo mesías, al salvador, la vacunaque nos libere del pecado contraído por un virus demoníaco y la plaga de una pandemia. Todos lo esperamos como nuestra única oportunidad. Y la gente se pregunta: ¿Cuándo vendrá? ¿Cuánto más tendremos que esperar? ¿Será este año cuando llegue y descienda del cielo de algún laboratorio para rescatarnos de la muerte? ¿O habrá que esperar a 2021? 

Los sumos sacerdotes de la ciencia no se atreven a pronosticar la llegada del mesías; pero aseguran que llegará. Nadie sabe dónde. Si llegará de China, que fueron los primeros pecadores; si de Estados Unidos, si de Alemania, si de Francia, si de Euskadi… Nadie tiene una respuesta. Ya lo decía la biblia: “No sabéis el día ni la hora”.

Una legión de científicos trabaja a destajo en centros de investigación, laboratorios farmacéuticos y universidades en busca del mesías que nos salve de la muerte. Es la búsqueda del tesoro. Porque aquel que encuentre la vacuna se hará inmensamente rico y pasará a la historia como el hombre o la mujer que nos salvó de la extinción. Ojalá sea una mujer. Y le den el Nobel de todo. Su nombre será recordado para siempre. Una mujer. ¡Qué gran avance para la causa feminista!

Tal y como se concibe hoy la investigación es difícil que ocurra que una única persona sea quien elabore la vacuna contra el coronavirus. Lo lógico es que sea labor de un equipo y que ese grupo lo compongan muchos miembros, de manera que todos, de lograrlo, serían los creadores del milagro de salvar a millones de personas de la muerte y al mundo de la parálisis y una crisis sin precedentes.

Hagamos números. Supongamos que el precio de una dosis de la vacuna milagrosa sea de 20 euros. Si se fabricasen diez mil millones la ganancia sería de doscientos mil millones de euros. No estaría mal para una multinacional farmacéutica como Abbot, Bayer, Pfizer o Merck. El mundo lucha por la vida, mientras unos cuantos luchan por el golpe del siglo.

¿Pero no debería ser gratis la patente? ¿No habría que comprar la patente, a escote, y que la vacuna sea gratis y a cargo de los sistemas sanitarios públicos? Es más, ¿no deberían esos mismos gobiernos confiscar la patente y que la vacuna sea gratuita para todo el mundo, ricos y pobres? Ya lo sé, es un pensamiento utópico. Sabemos el grado de entendimiento corrupto que hay entre los gobiernos y las farmacéuticas. Así que no habrá ningún Robin Hood que le quite el oro al rey para que la gente no se muera. Pero todo lo posible es imaginable.

El mesías fue la invención de la ignorancia. Se crea un problema para fabricar un remedio. Primero el miedo y luego el remedio. Y esto es lo que puede haber ocurrido. Malo es que cunda la idea de esta misma estrategia, porque así seguiremos (virus/vacuna) hasta el fin de los tiempos. Esta es la condena de la humanidad: errantes por el mundo esperado a un mesías.

Diario de cuarentena. Día 43. No es un domingo cualquiera

Hoy no ha sido tanto el día del martirio de Gernika, como el día de los niños. Se ha cambiado una realidad por un recuerdo. Quizás porque vivimos en el presente. Sin embargo, cómo olvidar que un día como hoy, en 1937, la aviación nazi al servicio del criminal Franco masacró la ciudad sagrada de los vascos, donde se alza el Árbol que representa desde hace siglos las libertades de Euskadi. Un pueblo sin presencia militar, pero de fuerte simbolismo que los genocidas eligieron para ensayar la primera experiencia bélica aérea sobre una población civil. Los asesinos de Hitler probaron en Gernika lo que sería su práctica devastadora en la guerra que provocarían dos años después y que acabaría con la vida de 50 millones de seres humanos. 

Pero sí, hoy ha sido el día de los niños: han podido salir al recreo de una hora que les desintoxicara del confinamiento al que, absurdamente, estamos todos sometidos. Y se han podido escuchar en la calle las risas infantiles y hemos visto rodar patinetes y bicicletas y rodar balones. Bendita imagen y bendita música. Este respiro para los niños tiene mucho de simbólico, pero es poco, o casi nada.

Y nos lo presentan como un regalo, cuando se trata de nuestra libertad irrevocable. Parece que iremos de regalo en regalo. El sábado se autorizará la salida a pasear y hacer deporte. ¿Y qué esperan, que demos saltos de alegría?

No tiene sentido el castigo sobre la población. Que es doble: por un lado, la restricción de nuestra libertad de movimiento y actividad; y de otro, tratarnos como idiotas. La gente ya sabe, por su propia seguridad, lo que tiene que hacer en cuanto a su protección, de manera que, una vez sabidas las medidas, las tiendas pueden abrir, la actividad industrial se puede reanudar, así como la oferta de ocio y los desplazamientos por carretera. Solo los grandes espectáculos de masas no serían aconsejables, pero sí los cines y los museos.

Mucha gente no acepta, por absurda, la validez del encierro. He leído en prensa que los distintos cuerpos de policía han puesto desde el principio del estado de alerta unas 740.000 denuncias por saltarse el confinamiento. Y lo han hecho aplicando la tristemente célebre Ley Mordaza, obra de Rajoy y su ministro Fernández Díaz, de infausta memoria. Ya vemos, un Gobierno de izquierdas haciendo suya y aplicando con fiereza una ley abusiva, que prometieron derogar. ¿Cabe mayor incoherencia?

Me identifico con el espíritu rebelde de esos miles de ciudadanos y solicito que todas las sanciones sean amnistiadas por la dudosa legalidad en que se amparan. El problema es que no confían en la responsabilidad de los ciudadanos. Hay un exceso de tutela y mucho miedo.     

La libertad a trozos no es la solución. Hoy los niños, el sábado de paseo o deporte y a mitad de mes apertura de comercios. ¡Abran ya las barreras! Hay una sociedad responsable que sabe lo que hay que debe hacer. Y lo que puede.

Diario de cuarentena. Día 42. Maldita (y bendita) pandemia

Maldita y mil veces maldita pandemia, escribo con rabia esta noche, por matar sin piedad a miles de personas en todo el mundo. Maldita pandemia por llevarse con extrema crueldad a los más vulnerables, gente mayor y enfermos. Maldita pandemia por contagiar sin la menor oportunidad a la gente, jóvenes y mayores, mujeres y hombres, personal sanitario y luchadores por nuestra vida. Maldita asesina. 

Pero bendita pandemia, si cabe ver algo bueno de sus consecuencias, por hacernos conscientes de nuestra extrema vulnerabilidad, a nosotros que nos creíamos intocables y a salvo de todo peligro. Esta fragilidad recuperada tan abruptamente nos hace mirar la vida con otra actitud, más compasiva y menos prepotente.

Bendita sea esta pandemia por llevarnos tan dolorosamente hacia la necesidad de un cambio, a escala planetaria, en el respeto a la naturaleza y en la crítica de nuestras pautas irrefrenables de consumo. 

Maldita sea esta pandemia por barrer del mundo tantas ilusiones. Por acabar con el trabajo y el medio de vida de millones de personas. Por arruinar de un plumazo negocios y empresas levantados con duro esfuerzo y no pocos sacrificios. Maldita pandemia por quitarnos lo que era nuestro. Nuestros proyectos, nuestras rutinas, nuestras relaciones, nuestras risas y fiestas, el abrazo de nuestros amigos, por dejarnos las calles sin niños y a todos ellos sin escuela. Maldita seas por poner en peligro el futuro de tantos jóvenes, enfilados hacia la universidad y que ahora mismo ni mañana no saben qué ocurrirá. Maldita pandemia por quitarnos la vida más sencilla, mis noches de lluvia, las lunas de consuelo, mi sueño y el sosiego, todo, todo.

Pero bendita por habernos mostrado las falsas realidades falsas y las verdades más profundas, como la de médicos y enfermeras, nuestros héroes, y que hayamos podido darnos cuenta, tan cruelmente, de la importancia de invertir más recursos y más profesionales en la sanidad pública. Nos la habían recortado.

Bendita pandemia por dejarnos ver a lo mejor y lo peor de nuestra sociedad. De lo bueno, la solidaridad de la gente, su responsabilidad en este confinamiento injusto y, sin embargo, aceptado. Bendita por habernos recordado el valor de la libertad más simple, poder salir, poder pasear, poder respirar el aire libre, poder elegir cuándo y qué hacer fuera de casa.

Bendita pandemia, también, por evidenciar la mezquindad que ya existía y no veíamos, como la estupidez trágica de Donald Trump y su recomendación de inyectarse desinfectante. De los malos políticos que, como el perro del hortelano, ni hacen ni dejan hacer. 

Maldita pandemia por restarnos tanto tiempo de vida y a tantas personas inocentes. Ojalá, al menos, propicies el cambio del mundo; pero temo que eso no llegará, pero es un gran deseo. ¡Todo no es culpa ni mérito tuyo, hija de puta!

Diario de cuarentena. Día 41. Expertos al poder

No oigo más que hablar de expertos. Los expertos en esto o en lo otro. De repente, España está repleta de expertos. Y quienes se refieren a ellos lo hacen de una manera que parece que hablasen de los salvadores del mundo, de los sumos sacerdotes, de los infalibles, de aquellos en los que debemos confiar porque nuestra vida está en sus manos. Aún peor, algunos dicen que hay que dejar que decidan los expertos. Que decidan lo que hay que hacer y lo que debemos acatar sin réplica. Piden así el gobierno de los expertos, la tiranía de la soberbia.

Ah, ya sé. Reclaman la vieja tecnocracia, el gobierno de los especialistas, de los técnicos en economía y otras áreas del conocimiento. Una especie de aristocracia, literalmente el poder de los elegidos, de una categoría social. ¡Acabáramos! En el Estado español ya se hablaba de tecnocracia y de tecnócratas en la tiranía franquista, con los ministros, afines al Opus Dei (López Bravo, López Rodó y otros), que estaban allí más por sus conocimientos que por lo fachas que fueran, que lo eran, ya lo creo. Y se hablaba de tecnocracia por eludir la democracia, que es lo que faltaba. Esta gente, recuerdo, cambió el término de obreros por productores, porque así, cambiando las palabras, se intentaba cambiar la realidad de un país oprimido. ¡La repera! ¡Los tecnócratas! 

Si pudiera existir un gobierno tecnócrata, debería contar con legitimidad democrática, es decir, ser elegido o nombrado por la sociedad. Gobernantes de todos los países ya lo hacen. Ponen al frente de la economía o la ciencia a personas independientes con mucho conocimiento en una materia determinada. Sí, pero quedan al servicio de la democracia. 

Me crea desasosiego la idea del poder de los expertos. ¿Qué expertos? ¿Expertos en qué? ¿Quién o dónde se otorga ese título de expertos? En materia de coronavirus y la pandemia consiguiente no había expertos. Ni los hay aún. Estamos ante un virus nuevo. Y los expertos discrepan entre sí. Discrepan sobre su tratamiento, de cómo acometer el aislamiento social y de cuál puede ser la evolución a corto plazo. No hay expertos, aunque sí mucha gente con profundos conocimientos en áreas medicina y la biología. Y mucho fraude entre ellos.

Esta noche tengo la impresión de que, en su ignorancia y mala fe, hay grupos que llevan su rechazo de la democracia al deseo de la dictadura. ¡Todo el poder para los expertos! Una tiranía cualificada. Pues no. Puede que tengamos una clase política mediocre; pero de ahí a poner a los robots al frente, ni por el forro.

¿Y por qué no el poder del algoritmo? Necesitamos un sistema elegido y dirigido por líderes de corazón y con razón, que gestionen las diferencias, las prioridades y la realidad humana hacia su dignidad. ¿Poder de los expertos? ¿Expertos en qué? No, el poder de la gente.