Diario de cuarentena. Dia 31. ¿Y ahora, qué hacemos?

Al igual que a la guerra le sigue la posguerra, a la pandemia le sustituirá una devastación que no podemos imaginar aún. Se acabarán las muertes, los contagios, el confinamiento y el parón de la economía, pero vendrán otros males como su lógica e inevitable consecuencia. ¿Cuánto duraba una posguerra, cuánto va durar la pospandemia? Siento una profunda tristeza al sospechar lo que nos espera. No, no soy opti-mista. A la fiesta del fin de la guerra, que solo es un día, le llega una larga y dura reconstrucción: es lo que nos enseña la historia.

¿Y qué vamos a hacer? ¿Por dónde empezamos? ¿Cuáles son las prioridades? ¿Cómo em-prenderemos esta gigantesca tarea? ¿Y quién lo sabe? ¿Los gobiernos, la ONU, las grandes potencias? Estamos ante una crisis inédita y por lo tanto no sirven las viejas recetas de las naciones ganadoras. ¡Un Plan Marshall, se ha dicho! Por favor, aquello fue el proceso de reparación de Europa tras una guerra destructiva. Estamos en otro tiempo y otra situación. 

La gente primero, diría yo. Pues claro. No sé de qué manera, si mediante una renta vital para las familias donde se haya perdido el trabajo temporal o definitivamente y para quienes esperaban tenerlo. Que no sean los paganos de este desastre, como ya ocurriera en la crisis de 2008, cuyo mensaje malvado fue que todo era porque “habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Y nos lo creímos.

El FMI (una congregación de benefactores dedicada a hacer más pobres a los pobres y más ricos a los ricos) ha vaticinado que España perderá un 8% de su riqueza total y que el desempleo alcanzará la cota del 21%, en gran parte por el desplome turístico, al igual que Italia y Grecia. Muy bien, ¿y qué piensan hacer, prestarnos un dinero que necesitamos con urgencia y no podemos devolver?

¿Y qué hacemos con los niños y jóvenes? ¿Les hacemos perder el curso y les robamos un año de vida? ¿Y cómo reemprenderán su actividad las empresas, casi todas pequeñas y medianas, el comercio, la hostelería, los servicios, todo lo que se ha parado? ¿Cómo equilibramos los esfuerzos sin descuidar a ningún sector? 

Hay que replantearse el gasto público. Los presupuestos serán de reconstrucción y hay que suprimir los lujos, lo inútil, lo que puede esperar. Habrá que poner mucho más esfuerzo en la sanidad pública (que nos ha salvado la vida), en los mayores, en la investigación sanitaria. Y hay que producir más aquí y menos en China. Hay que cambiarlo casi todo. Menos Messi y más mesa. Menos curas y más curro. 

Pero no soy optimista. Esta pospandemia no va a revolucionar los valores de nuestra sociedad, como algunos, ¡ingenuos!, creíamos. Pasados un año o dos años, las cosas serán, en esencia, iguales o peores. Quizás la democracia salga perdiendo y la solidaridad de los balcones vuelva a su tradicional egoísmo. Los cambios nacen del corazón y la inteligencia, no del daño temporal causado por un virus. Perro mundo.

Txabi y Melitón

Si el interés por la política se ha reducido al mínimo, porque la pandemia ha alterado nuestras prioridades, imagínense lo que importan ahora los tiquismiquis de la historia. Aun así, Movistar+ emitió el miércoles el primero de los seis capítulos de La línea invisible, serie que nos sitúa en el principio del periplo violento de ETA. Es ficción, sí; pero son hechos reales discutiblemente interpretados. Es innegable la calidad de la producción y la ecléctica actitud del relato. Son sus méritos.

            El foco se centra en dos personajes: Txabi Etxebarrieta, primer militante en matar y caer; y Melitón Manzanas, comisario corrupto y torturador, que comenzó creyendo que ETA solo era un grupo de de “pintadas y petardos” o “niñatos de las juventudes del PNV”. Son los dos bandos de la contienda. El rebelde justificado y el policía criminal. ETA fue fruto del franquismo y su réplica, dramática. El retrato de Etxebarrieta es inexacto: romántico, poeta, carismático, brillante, tímido; pero ofende que se le pinte de amanerado. Hay caricaturas absurdas en la ambientación, como que en el asesinato de Melitón, ocurrido en pleno agosto, le vistan con gabardina. ¡Es bárbaro, Melitón haciendo de Colombo! El cierre del relato con el nacimiento de un bebé de una etarra y su huida por la muga francesa monte a través es un recurso poético que disgustará a muchos por delicado. 

No gustará a los instalados en el perjuicio ideológico. A la izquierda abertzale le dolerá la desmitificación de Txabi. Los agitadores de la memoria no verán compensados sus 850 muertos. El fundador Julen Madariaga (apodado el inglés) sale malparado y también un viejo periódico de Bilbao. Y los curas. Lo peor es que, confinados en casa y bajo la asfixia de la incertidumbre, el estreno de la serie se antoje inoportuna y pase desapercibida. Lástima, porque vale la pena.

Diario de cuarentena. Día 30. Mozart y el consuelo

¿Y por qué es festivo hoy, el lunes de pascua en Euskadi? Nunca he sabido la razón ni nadie me lo ha explicado, a no ser que fuese por extender las vacaciones de Semana Santa tras el domingo de pascua, coincidente con el Aberri Eguna. No lo sé. Es una festividad arbitraria; pero también lo es San José, el 19 de marzo, y otras. En esta época poscristiana seguimos condicionados por el santoral católico. ¿Cuándo seremos de verdad una sociedad laica, ajena a las sotanas?

Hoy me he sentido agobiado. Llevamos un mes completo de confinamiento y es insoportable. No tiene sentido haber convertido nuestros hogares en celdas de concentración. Quizás pasado el tiempo se demuestre que el arresto domiciliario fue innecesario y una manipulación del poder. Es mi teoría, pero para conocer algunas verdades tienen que pasar años y que se caiga este sistema podrido.

Con este espíritu, entre la tristeza y la indignación, como otras veces, he recurrido a Mozart, mi ídolo infantil, sobre quien leí muchos libros. Fue un genio, capaz de componer a los seis años y crear obras inmortales. Vivió solo 35 años. Cuando visité Salzburgo, su ciudad natal, me sentí muy decepcionado. En los bajos de su casa natal había un supermercado y a los turistas les interesaban más los escenarios de Sonrisas y lágrimas que la figura de Wolfgang. Deberían volar ese lugar.

Mozart fue infeliz porque no tuvo infancia. Su padre, Leopoldo, un hijoputa, a quien su hijo le debe su formación y también el robo de sus años de niño y adolescente, le paseó como un mono de feria por todas las cortes europeas. Y de él se aprovechó hasta que Mozart pudo escapar a Viena, la capital del imperio, donde triunfó pero que le enterró en una fosa común. ¡Canallas! Viena es indigna de Mozart.

La música de Mozart consuela. Porque se filtra en el alma, te penetra y te eleva. He elegido su Réquiem como compañía para este día. La versión es de 1966, con Karajan, la orquesta filarmónica de Viena y el coro Wiener Singverein. Me gusta su tempo lento y su hondura. El Réquiem de Mozart, aunque sea una misa de difuntos, no es una pieza triste, sino espiritual. Estremece y lo mismo puede hacerte llorar que mover tu ánimo y tu conciencia de ser humano. La he escuchado tres veces y me ha calmado, como una caricia.

En los momentos de emoción, escuchando a Mozart, he recordado a quienes han muerto, muchos de ellos solos. Me he acordado del dolor de sus familias y sus lágrimas. Y de quienes luchan por la vida. Esto es una tragedia y tiene que parar. He recordado en especial a un antiguo compañero que en el plazo de tres días ha perdido a su padre, primero, y a su madre después. ¡Por Dios, ya vale! Ya vale, por favor. Es un precio demasiado alto para el mundo. Y, pese a nuestra ignorancia, es injusto. ¿Quién nos ha envenenado, quién ha desatado esta peste? Tú y yo solo somos víctimas.

Diario de cuarentena. Día 29. Aberri Eguna en casa.

Sí, hoy es el Aberri Eguna, Día de la Patria Vasca. En otras circunstancias este domingo de pascua hubie-ra acudido, como durante tantos años, a alguna de las concentraciones festivas organizadas para su celebración. Es una jornada reivindicativa, porque la nación vasca es un proyecto inacabado. Fijaos que tenemos un Estatuto de Autonomía, que data de 1979 y que, más de cuarenta años después, sigue sin completarse. España y su fallido diseño, resultado de una fraudulenta transición de la dictadura a la democracia, está detrás de esta frustración. 

Deberíamos estar en la calle recordando y reclamando nuestros derechos. Pero estamos encerrados en casa. En su lugar, las ikurriñas lucen en los balcones. Recuerdo la primera vez que acudí a un Aberri Eguna. Fue en 1977. Quedaban meses para las primeras elecciones y los partidos políticos emergían. En la víspera se había anunciado la legalización del Partido Comunista. Había mucho miedo a los militares. La concentración del Aberri Eguna no estaba autorizada, pero se pudo llevar a cabo, precariamente, en Loyola, en Azpeitia. Fue un cambio de última hora, porque no se permitió hacerla en Vitoria-Gasteiz. Llovía y los controles de la Guardia Civil a lo largo del camino hicieron la vista gorda para evitar males mayores. Y allí llegamos. Una gran muchedumbre llenaba la explanada de la basílica. Fue emocionante. El nacionalismo vasco mostraba su liderazgo.

¿Y qué ocurre hoy, 43 años después? Que el enemigo de Euskadi y del mundo es un nuevo e invisible imperio, un virus mortal originado en China y que se ha propagado y está asesinando a miles de personas, además de detener en seco la economía planetaria. ¿Estamos para causas ideológicas en medio de una situación de emergencia? No, el orden de las prioridades se ha alterado. Celebramos esta fiesta, sí; pero nuestras fuerzas están concentradas en lo primario, en salvar a la gente y al país de este desastre. Y dejamos las elecciones y la bulla de los votos para cuando sea posible.

Sí, la política ha quedado en segundo plano; pero no su esencia, el ejercicio de la libertad. Porque el riesgo de esta hecatombe es que los poderes nos lleven, bajo la excusa de la alarma sanitaria, hacia un estado autoritario, con la estatalización de la economía y el intervencionismo público, así como el control de las comunicaciones personales, la censura informativa y la restricción de movimientos. El Aberri Eguna tiende hoy, por necesidad vital, hacia el Askatasun Eguna, día de la libertad.

Junto al dolor y el miedo, repugna que la clase política se muestre tan mezquina. ¿Acaso no es hora de cooperar y aplazar diferencias? Me espanta ver a algunos partidos intentando sacar rédito de la situación y manipulando emocionalmente a los ciudadanos. Ojalá les salga el virus por la culata. ¡Euskadi: somos un país pequeño, seamos una sociedad grande!

Diario de cuarentena. Día 28. Cajeras del mundo

Ir al supermercado es de las pocas cosas que tenemos permitidas en este confinamiento militar forzoso. Y con limitaciones. Mi súper es pequeño y está muy cerca de casa, en Las Arenas-Getxo. Es un BM, que antes pertenecía a Erkoreka, tiendas de postín absorbidas por BM, rival de Eroski. 

Me gusta mi tienda de comestibles. Tiene todo lo que consumo y no suele estar abarrotado, lo que para un agorafóbico es vital. Lo que hace de bueno mi Súper, además de productos buenos y precios más que aceptables, son las cajeras y demás personal que allí trabajan, reponedoras y gente de carnecería y pescadería. Todas mujeres. Son veteranas en su trabajo y tienen ese punto vocacional de servicio de atención al público que tanto echo de menos en grandes superficies, donde te maltratan. Mis cajeras sonríen, me conocen, saludan, bromean conmigo, comentamos chascarrillos y cosas menores. Me encantan. 

Las cajeras nos conocen bien por lo que compramos. Saben nuestros gustos y manías. Saben si vivimos solos y nuestros caprichos. Nos conocen mejor que un algoritmo.

Estos días, desde que empezó el arresto domiciliario, están más serias. Se las ve estresadas, preocupadas, seguramente porque se ven expuestas al contagio. Van protegidas, eso sí, con una especie de prótesis de plástico en la cara. “¡Pareces de antidisturbios!”, le dije a una de ellas cuando vi su atuendo protector. Hicimos risas; pero no están bien, trabajan mucho y en tensión. Es natural. El otro día una me riñó, con razón, porque me había quitado los guantes antes de terminar mi compra. Cumplen con el protocolo y lo acepto. De ellas, lo acepto. A otro, en otra tienda, le mando a paseo. En una ocasión, a un revisor ferroviario, en Venecia, le grité a la cara: “¡Fanculo!”, después de que nos multaran por no haber validado el billete. A algunos (policías y seguratas) se les ha subido estos días el autoritarismo a la cabeza. Y eso me revienta, fachas encubiertos, pardillos de uniforme.

Las cajeras de mi Súper son excelentes en el trato porque han recibido una buena formación. No es casual. No vale cualquier persona para atender a los clientes. En algunas instituciones dan miedo los funcionarios. Ganaron una oposición, pero nadie les enseñó a tener paciencia, escuchar, explicar, sonreír, ser amables. El personal de IKEA es un ejemplo de formación en el servicio a la gente. Seguramente, fueron elegidos por su carácter y después recibieron una formación específica. 

Cuando esto termine (la frase más repetida por la gente en su desesperación) seguiré yendo a mi Súper. Será porque es una tienda amable y de buena calidad, cercana y responsable; pero también seguiré yendo para agradecer que, en los momentos difíciles para todos y para las cajeras, se portaron de maravilla. Son mis héroes de la tienda.