
Se han cumplido 20 días de este encierro surrealista. Un hombre puede ser sancionado por viajar en el coche con su pareja, pero al llegar a casa dormirá con ella en la misma cama y le hará el amor con dulzura. Uno podría estar absolutamente solo en un parque de noche y ser amonestado por ello. Pero el aislamiento no remedia ningún virus. Tampoco lo cura el miedo por decreto. ¿Es esto un cruel experimento sociológico o quizás un ensayo de nueva dictadura que convierte cada hogar en una cárcel? Se burlan de nosotros.
Si se cumple la amenaza del Gobierno de prolongar el confinamiento hasta el 26 de abril, este diario superará las cuarenta páginas, un cuaderno que nació para no descender a la locura de la soledad. Los que han diseñado este esperpento quieren saber cuánto es capaz de resistir el ser humano en la isla de su casa. Y cómo se las apaña cada uno. ¿Es este el 1984 que imaginó George Orwell?
Si me están viendo los guardianes a través de las pantallas, verán que me escapo todo lo que puedo y que no me doblegarán en mi encierro, no conseguirán que aplauda su dictadura. Tengo aliados. Estos últimos días tengo a Elvira Lindo de compañera. Su libro A corazón abierto me ha sumergido en la crudeza de la historia de sus padres y su vínculo crítico e intenso con ellos. Y lo cuenta todo con una gran soltura, no se corta un pelo. De paso es la narración de una época española, de la miseria a los colegios de monjas, la militancia y los novios, de la posguerra a los sesenta y después al fin del franquismo y el fraude de la transición. No ha escrito una novela al uso, es una confesión osada de lo vivido, con amargura y respeto. A ver quién se atreve a hacer lo mismo con los fantasmas de su familia. Yo no lo haría ni para desquitarme ni para perdonar.
Los que me espían habrán visto que me he pasado a la vieja música, como un viaje sin tentativa de nostalgia. ¿Hay una música para el confinamiento? No lo sé, no creo en la música como consuelo. El caso es que escucho estos días a Peter, Paul and Mary, trío folk de canciones ingenuas y armonías simples, de los 60, que aquí conocimos una década después. Me da sosiego escucharles de nuevo. Lo mismo que a Kenny Rogers, muerto hace unos días; y al profundo Leonard Cohen, y a Coldplay, cuyo Amazing day resuena como himno de libertad.
No, no me doblará el alma esta prisión impuesta e inútil, este ensayo de locos. Si el aburrimiento es lo que pretenden, se equivocan con los espíritus libres. Ya lo intentan forzando a la gente a consumir cinco horas de televisión cada día con lo que intentan distraer y finalmente mostrar a los culpables y los héroes de esta primavera del siglo XXI, cuando se reinventó la tiranía.










