
Al igual que a la guerra le sigue la posguerra, a la pandemia le sustituirá una devastación que no podemos imaginar aún. Se acabarán las muertes, los contagios, el confinamiento y el parón de la economía, pero vendrán otros males como su lógica e inevitable consecuencia. ¿Cuánto duraba una posguerra, cuánto va durar la pospandemia? Siento una profunda tristeza al sospechar lo que nos espera. No, no soy opti-mista. A la fiesta del fin de la guerra, que solo es un día, le llega una larga y dura reconstrucción: es lo que nos enseña la historia.
¿Y qué vamos a hacer? ¿Por dónde empezamos? ¿Cuáles son las prioridades? ¿Cómo em-prenderemos esta gigantesca tarea? ¿Y quién lo sabe? ¿Los gobiernos, la ONU, las grandes potencias? Estamos ante una crisis inédita y por lo tanto no sirven las viejas recetas de las naciones ganadoras. ¡Un Plan Marshall, se ha dicho! Por favor, aquello fue el proceso de reparación de Europa tras una guerra destructiva. Estamos en otro tiempo y otra situación.
La gente primero, diría yo. Pues claro. No sé de qué manera, si mediante una renta vital para las familias donde se haya perdido el trabajo temporal o definitivamente y para quienes esperaban tenerlo. Que no sean los paganos de este desastre, como ya ocurriera en la crisis de 2008, cuyo mensaje malvado fue que todo era porque “habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Y nos lo creímos.
El FMI (una congregación de benefactores dedicada a hacer más pobres a los pobres y más ricos a los ricos) ha vaticinado que España perderá un 8% de su riqueza total y que el desempleo alcanzará la cota del 21%, en gran parte por el desplome turístico, al igual que Italia y Grecia. Muy bien, ¿y qué piensan hacer, prestarnos un dinero que necesitamos con urgencia y no podemos devolver?
¿Y qué hacemos con los niños y jóvenes? ¿Les hacemos perder el curso y les robamos un año de vida? ¿Y cómo reemprenderán su actividad las empresas, casi todas pequeñas y medianas, el comercio, la hostelería, los servicios, todo lo que se ha parado? ¿Cómo equilibramos los esfuerzos sin descuidar a ningún sector?
Hay que replantearse el gasto público. Los presupuestos serán de reconstrucción y hay que suprimir los lujos, lo inútil, lo que puede esperar. Habrá que poner mucho más esfuerzo en la sanidad pública (que nos ha salvado la vida), en los mayores, en la investigación sanitaria. Y hay que producir más aquí y menos en China. Hay que cambiarlo casi todo. Menos Messi y más mesa. Menos curas y más curro.
Pero no soy optimista. Esta pospandemia no va a revolucionar los valores de nuestra sociedad, como algunos, ¡ingenuos!, creíamos. Pasados un año o dos años, las cosas serán, en esencia, iguales o peores. Quizás la democracia salga perdiendo y la solidaridad de los balcones vuelva a su tradicional egoísmo. Los cambios nacen del corazón y la inteligencia, no del daño temporal causado por un virus. Perro mundo.










