Diario de cuarentena. Día 27. Curso del 2020

Me pongo hoy en el corazón y la mente de millones de niños y jóvenes que están viviendo el curso escolar más extraño y alucinante que podrían imaginar. ¡El curso de 2020 no lo van a olvidar nunca! Ni siquiera sabemos si las autoridades educativas lo darán por válido o lo declararán nulo y será como si no hubiera existido. En el mejor de los casos perderán un año educativo. Y en el peor…

Decimos con frecuencia, quizás con cierta precipitación que los niños y jóvenes son unos artistas de las tecnologías de telecomunicación y que, con la enseñanza on line, podrán sacar los objetivos del curso sin mayores problemas. Tengo mis dudas. ¿Estaban preparadas la escuela y la universidad, profesores y sistemas, padres y alumnos, para esta situación de teleenseñanza? No lo creo, o al menos no hasta el punto de que todos los alumnos y todos los profesores están siendo capaces de adaptarse al cambio de forma tan rápida. Y que ningún alumno se ve perjudicado en su formación.

Si la teleenseñanza consiste en enviar por correo electrónico los temas y deberes del día, que los alumnos han de seguir por sí mismos, entonces no hay problema. La cuestión si, además, el profesor/a está dialogando on line regularmente con todos sus alumnos y se crea esa conexión mental y emocional que requiere la educación. ¿En qué medida está ocurriendo?

La misma clase, con los mismos contenidos y eficacia, pero sin tocarnos ni habitar el aula: eso sería lo adecuado. ¿Y lo está siendo?

Entiendo la dificultad, pero seguramente la mitad del trabajo del profesor, al menos en secundaria y primaria, lo están cubriendo los padres/madres, no sólo en la explicación de los temas, sino también en hacer que los niños cumplan sus tareas sin falta. ¿Y qué pasa cuando un hijo, desasistido por un profesor, te pregunta una duda sobre cálculo infinitesimal?

Es seguro que este drama de la pandemia va a impulsar lo que deberíamos haber hecho hace tiempo. Y sacará del pasado mental a todas esas personas que despreciaban las posibilidades de las tecnologías, los clásicos de la pizarra y los apuntes. Este curso 2020 va a ser lo más parecido a un experimento por obligación. 

Pobres chicos y chicas. ¿Y qué pasa con los malos profesores, irredentos en su metodología, y con las familias que no tienen ordenador ni siquiera conexión a internet? Porque los hay. ¿Cómo les salvamos?

En la Universidad es más complejo, sobre todo en las ramas donde se requieren prácticas, como medicina. ¿Cómo se disecciona un tejido humano en la distancia? ¿Cómo es un laboratorio de uso remoto? La pérdida de oportunidades es brutal. Teníamos un viejo cacharro a pedales y, de repente, tiene que volar. Por favor, que el 2020 no sea el peor curso de la historia. Distinto, sí; perdido, no.

Diario de cuarentena. Día 26. Jones y los niños de Bilbao

La muerte nos sigue golpeando más allá de lo soportable. Me entero de que ha fallecido alguien que fue una leyenda en Bilbao, el futbolista Miguel Jones, nacido en la Guinea española, pero criado en Bilbao, donde también ha muerto a los 81 años. 

Jones y su familia eran negros, pero eran ricos. Esto en la década de los 60 y años posteriores no era lo normal. Para los niños de Bilbao de aquella época los Jones eran los únicos negros que conocíamos, porque los demás eran de ficción en las películas de Tarzán. Los Jones vivían en la plaza del Sagrado Corazón, al final de la Gran Vía, y a tiro de piedra de San Mamés, zona de postín burgués.

Los niños de Bilbao cuando veíamos a Jones descubríamos lo insólito. ¡Eran negros!, y alucinábamos. El caso es que, aparte de negro, Jones jugaba muy bien al fútbol. Y como todo el que se precie en Bilbao, quiso jugar en el Athletic. No le dejaron. Por ser negro, y no por haber nacido en Guinea, porque en el Athletic pueden jugar quienes, aun no siendo vascos, se hayan formado en las canteras futbolísticas de Euskadi, de Pamplona a Donostia y aún en la Euskadi vasco francesa. Los vascos se hacen.

Por entonces, en el Athletic mandaba Neguri, los franquistas ricos que habían liquidado todo lo que de vasco podía tener el Athletic, incluso el nombre y que cambiaron por el de Atlético de Bilbao. Un oprobio con propósito de humillación. Los fachas que gobernaban el Athletic no permitieron que Jones jugase en el equipo. Antes de eso, Jones había estado en el Barakaldo y el Indautxu, donde coincidió con otros dos grandes, Gárate y Pereda, que también tendrían que haber jugado en Bilbao, pero habían nacido en Argentina y Cantabria, respectivamente. Formados en Bilbao, tenían ese derecho. Los tres fueron fichados por el Atlético de Madrid, un club creado por vascos en la capital de España, de igual camiseta rojiblanca. Allí alcanzaron el éxito.

El racismo estúpido de Neguri truncó el sueño de Jones. Pero los niños de Bilbao siempre lo consideramos uno de los nuestros y un amigo. No pronunciábamos su apellido “yons”, como se haría hoy, sino Jones, con su rotunda jota, tal y como suena. Como broma, en nuestra ingenuidad, poníamos delante de su apellido el nombre de Losco. Y decíamos: Losco Jones. Y nos reíamos como tontos.

Jones amó Bilbao y el Athletic. Su familia se fue dispersando e incluso uno de sus hermanos anduvo de mala manera, metido en problemas. ¡Qué pena, Miguel! Los niños de Bilbao te queríamos. Ahora, ya ves, hay un negro en San Mamés, Iñaki Williams, triunfando. Supongo que es la revancha por ti. Los que tenemos memoria y corazón celebramos que todo el que ama Bilbao tenga un sitio en casa. Bien lo sabes, Jones, lo que aquí decimos de los foráneos adoptados: “Un bilbaíno nace donde se le pone en los cojones”. ¡Agur, Jones!

Diario de cuarentena. Día 25. Lunáticos y románticos

Hay Superluna en este desventurado 8 de abril de 2020. Nada más lejano al sentido soñador evocado por la luna que estar en presos en casa. Y para aportar más tristeza, las nubes, que mañana descargarán su lluvia sobre nosotros, me impiden ver esta luna gigante. Ninguna buena noticia, porque las cosas siguen mal, muy mal, con más contagiados y más víctimas mortales.

La Superluna es una luna más grande y visible porque está más cercana a la Tierra en su viaje orbital. Se supone que causará mareas más vivas y quizás, como es leyenda, alterará el espíritu de los lunáticos. Espero que en medio de este confinamiento no cause estragos entre las personas de caracter inestable. A mí también me afecta, pero hacia la introspección. 

Los antiguos vascos adoraban a la luna, al igual que otros muchos pueblos primitivos. Los poetas la hicieron suya, a veces del modo más cursi. A propósito de esto, recuerdo una canción española, muy vieja, que decía: “Es el toro enamorado de la luna / que abandona por la noche la maná”. Cuando la escuchaba, de niño, me causaba estupor. Me preguntaba: ¿La maná, qué es la maná? El maná bíblico no era, estaba seguro, porque era comida. Y yo no me atrevía a preguntar qué era maná, si un lugar, un establo o algo así. Y durante muchos años guardé mi ignorancia. Hasta que, por fin, ya de mayor, me enteré que maná se refería a la manada. ¡Acabáramos! Maná es la forma andaluza de decir manada. Y yo qué sabía. Menudo peso me quité de encima.

Además, pensaba, con la meditación ingenua de un crío, que cómo podía ser que un animal se enamorara de la luna. ¡Qué idiotez! Lo suyo deberían ser las vacas, ésta o aquélla; pero la luna… ¿cómo podía ser? En fin, que era inconcebible que algo tan misterioso y mágico como la luna fuera cortejada por un toro.

Como soy un romántico, el último que queda en Euskadi, me seduce la luna por ese ideal de belleza y perfección que está lejos de nosotros y el mundo real. ¿Qué es lo real? ¿Dónde está nuestro infinito? Cuando el hombre pisó la luna, allá por 1969, en la misión del Apolo 11, no me sentí disgustado, como dicen que se sintieron algunos. Era demasiado joven y un idealista. Aquello fue una proeza y dio sentido a la aventura hallar mundos nuevos y mejores más allá del nuestro. En la luna no había nadie, ya lo sabíamos, solo pedruscos y polvo. Y fue bonito llegar hasta allí. 

Esta Superluna de hoy lanza su luminosidad sobre un mundo oscurecido por el miedo, la muerte y la incertidumbre. Ojalá sirviera de inspiración en la forma de acabar con el virus por medio de una vacuna. ¿Quién será el que la consiga primero? ¿Un chino, un alemán, un americano, un vasco? Da igual, un ser humano.

Diario de cuarentena. Día 24. Asintomáticos y ofendidos

Hoy ha sido un pésimo día en la evolución de víctimas y contagiados por coronavirus. Vuelta a la desesperanza. Puedo entender la tristeza del mo-mento, pero no cabe admitir la desesperación en las autoridades con propuestas que van más allá de lo admisible en una sociedad madura y responsable. ¡Esto no es China, maldita sea! Pero el Gobierno se ha propuesto una medida que nos sitúa ante la mismísima tiranía.

Pretende que tras la realización de test masivos (que ya veremos cómo se organizan) para la detección de infectados que los asintomáticos sean confinados en lugares específicos, como hoteles, recintos públicos y otros espacios aún sin determinar. Sánchez requirió de las Comunidades Autónomas en su última reunión virtual que hicieran un listado de instalaciones para ese monstruoso cometido. ¡Tal cosa es absolutamente ilegal!

Fuentes jurídicas relevantes ya le han hecho saber al Gobierno que no se puede obligar a nadie a ser confinado en un espacio que no sea su domicilio y ni siquiera en éste, porque le asiste el derecho de acudir a comprar víveres, medicinas y otros bienes esenciales. El ministro de Sanidad, el hombre de mirada derrotada, ha dicho que el confinamiento de los asintomáticos en lugares ad hoc sería voluntario. Sin embargo, el ministro de Justicia, un tipo siniestro, ha declarado que se están estudiando fórmulas para obligar a los asintomáticos al encierro obligatorio en esos espacios de confinamiento neonazi.

Hablemos claro. Estamos ante una nueva y más sutil versión de los campos de concentración. Sí, volvemos al espíritu del nazismo o los gulags bajo la excusa de la salud pública. En esencia es lo mismo: condenado a un arresto sin previa condena, ni proceso judicial justo.

¿Que hay personas de alma servil que aceptan ese atropello? Pues muy bien. Pero a mí nadie me va a encerrar en un campo de castigo. ¿Y cómo se identificará a los asintomáticos para que no salgan de casa? ¿Quizás les borden una estrella amarilla en el brazo? ¿O se les marcarán sus domicilios con la mancha del estigma? Estamos ante la previsión de una tiranía descomunal. Y no podemos permitirlo.

Temo lo peor. Es probable, como también se ha apuntado, que realice una monitorización sin tutela judicial o seguimiento a través de los móviles y la localización por satélite. Eso sería posible técnicamente. Está bien saberlo para desprenderme de mi teléfono o depositarlo lejos del control de esta nueva Stasi.

¡Qué miedo! La desesperación ante una crisis pandémica contra la que sabemos poco no puede conducir a fórmulas de control tiránico de la gente, ni doblegar los derechos democráticos. Antes morir que perder mi honra de ser humano. Cuidado, ciudadanos, que al coronavirus le ha salido un rival para destrozarnos la vida, más letal y oprobioso

De mayores quieren ser médicos

En algún lugar del mundo, ahora mismo, se están escribiendo los guiones de los que saldrán grandes películas y series sobre la pandemia y sus consecuencias humanas y globales. Serán historias de médicos y de quienes tienen nuestra salud en sus manos y que, en estos instantes oscuros, son los héroes de una lucha contrarreloj por la vida y contra la muerte. Sí, siempre hubo relatos de galenos, enfermeras y quirófanos; pero esta vez contendrán más factor humano, con doctores que caen y se contagian en acto de servicio, vistos como luchadores contra un enemigo invisible y letal en las trincheras de la supervivencia.

            La casualidad ha hecho que la tercera (¿y última?) temporada de The Good Doctor, que gira en torno de un joven cirujano autista y genial, terminara la semana pasada y que el episodio final fuese dramático, con la crisis provocada por el derrumbe de un edificio en la sísmica California y con víctimas entre los médicos.  Cuando a muchas personas les alcanza el sufrimiento los hospitales se convierten en el centro del universo. Es lo que ocurre hoy y de lo que tratarán las historias que ahora se imaginan los guionistas y que veremos en las pantallas en un año, de salvadores y salvados, de la épica que se ovaciona cada día a las ocho de la tarde en los balcones.

            Esta realidad amenazante estimula que muchos niños y adolescentes estén deseando convertirse en hombres y mujeres de la medicina, la enfermería y la investigación. Y como habrá avalancha hacia las facultades, ya puede ir pensando la Universidad en abrir la limitación del numerus clausus y dar cabida a tanta vocación sobrevenida. Esos soñadores tardarán diez años en recorrer su camino, y la mayoría lo logrará. Por cierto, un candidato médico tendría hoy más posibilidades de ganar unas elecciones que un aspirante común; pero esa es otra historia.