
Me pongo hoy en el corazón y la mente de millones de niños y jóvenes que están viviendo el curso escolar más extraño y alucinante que podrían imaginar. ¡El curso de 2020 no lo van a olvidar nunca! Ni siquiera sabemos si las autoridades educativas lo darán por válido o lo declararán nulo y será como si no hubiera existido. En el mejor de los casos perderán un año educativo. Y en el peor…
Decimos con frecuencia, quizás con cierta precipitación que los niños y jóvenes son unos artistas de las tecnologías de telecomunicación y que, con la enseñanza on line, podrán sacar los objetivos del curso sin mayores problemas. Tengo mis dudas. ¿Estaban preparadas la escuela y la universidad, profesores y sistemas, padres y alumnos, para esta situación de teleenseñanza? No lo creo, o al menos no hasta el punto de que todos los alumnos y todos los profesores están siendo capaces de adaptarse al cambio de forma tan rápida. Y que ningún alumno se ve perjudicado en su formación.
Si la teleenseñanza consiste en enviar por correo electrónico los temas y deberes del día, que los alumnos han de seguir por sí mismos, entonces no hay problema. La cuestión si, además, el profesor/a está dialogando on line regularmente con todos sus alumnos y se crea esa conexión mental y emocional que requiere la educación. ¿En qué medida está ocurriendo?
La misma clase, con los mismos contenidos y eficacia, pero sin tocarnos ni habitar el aula: eso sería lo adecuado. ¿Y lo está siendo?
Entiendo la dificultad, pero seguramente la mitad del trabajo del profesor, al menos en secundaria y primaria, lo están cubriendo los padres/madres, no sólo en la explicación de los temas, sino también en hacer que los niños cumplan sus tareas sin falta. ¿Y qué pasa cuando un hijo, desasistido por un profesor, te pregunta una duda sobre cálculo infinitesimal?
Es seguro que este drama de la pandemia va a impulsar lo que deberíamos haber hecho hace tiempo. Y sacará del pasado mental a todas esas personas que despreciaban las posibilidades de las tecnologías, los clásicos de la pizarra y los apuntes. Este curso 2020 va a ser lo más parecido a un experimento por obligación.
Pobres chicos y chicas. ¿Y qué pasa con los malos profesores, irredentos en su metodología, y con las familias que no tienen ordenador ni siquiera conexión a internet? Porque los hay. ¿Cómo les salvamos?
En la Universidad es más complejo, sobre todo en las ramas donde se requieren prácticas, como medicina. ¿Cómo se disecciona un tejido humano en la distancia? ¿Cómo es un laboratorio de uso remoto? La pérdida de oportunidades es brutal. Teníamos un viejo cacharro a pedales y, de repente, tiene que volar. Por favor, que el 2020 no sea el peor curso de la historia. Distinto, sí; perdido, no.










