«¡Hazte un Boston!». Es el eslogan del momento. Hacerse un Boston es recuperar el vigor sexual en edad provecta y volver a levantar… el entusiasmo, milagro que procuran los urólogos de las clínicas del mismo nombre. El lema tenía antes su versión política y se aplicaba a los dirigentes que habiendo perdido su poder -escaño o cargo- e incapaces de retirarse dignamente, suplicaban el placer consolador de la tele. Las tertulias son su cementerio de elefantes. Todas las cadenas, también la vasca, están repletas de tertulianos de muy diferente pensamiento que fueron cargos públicos, ocupación que contribuye al deterioro de la objetividad y a la extensión del tedio partidista.
Los últimos en hacerse un Boston son Cristina Cifuentes, expresidenta de Madrid por el PP, y Juan Carlos Girauta, que fue diputado del menguado Ciudadanos. A la primera la retiró la corrupción de sus másteres y la cleptomanía; y al segundo, el electorado de Toledo. Ambos tienen dos cosas en común: su largo ciclo de chaqueteo ideológico, de la extrema izquierda a la derecha, y sus recientes contratos con Mediaset para los programas de Ana Rosa, en Telecinco, y de Todo es Mentira, en Cuatro. Ya han debutado en su nuevo papel de predicadores y lo sienten como un potente afrodisíaco. Entiendo que Cifuentes busca la oportunidad para resarcirse de su imagen de tramposa y ladrona y salir del ostracismo ¿Qué dirá al comentar la corrupción? ¿Cuál será su argumento con los universitarios? Pero Vasile los prefiere polémicos y no ejemplares.
Lo de Girauta es un asunto de puertas giratorias, en su caso girautorias, un modo de vida alternativo para sobrevivir de lujo tras su desplome en las urnas de noviembre. ¿Qué discurso relevante puede emitir un fracasado? Se hará un Boston con Mejide y así presumirá con su atractivo. Se engaña: solo necesita deshacerse del odio y el sectarismo.
El hambre de ficción es universal. ¿Será por la insoportable realidad? La televisión le ha tomado el relevo al cine, que sobrevive en su escenario público de gran pantalla, y ya es un arte superior en calidad de producción. El último en incorporarse ha sido AppleTV, que llega con avales tan poderosos como Steven Spielberg. El propósito es, como sugiere el icono de su marca, dar un buen mordisco a Netflix, HBO y Amazon Prime, dueños del mercado. Las primeras ofertas son cuatro pequeñas maravillas. La más interesante, The Morning Show, un relato del mundo interior de los grandes informativos, al que dan vida Jennifer Aniston, en su estreno dramático, y Reese Whiterspoon, en el mejor momento de su carrera. Aquí confluyen la implacable competencia de los magazines matinales y el #MeToo: el conductor del programa es despedido tras ser denunciado por abusos sexuales a subordinadas. Le sustituye una ingenua periodista procedente de la Virginia profunda.
También hay un fondo feminista en Dickinson, serie sobre la poetisa romántica con un desarrollo emocional de lujo; y en Para toda la Humanidad, donde se recurre a la ucronía: un astronauta soviético pisa la Luna antes que el Apolo 11 y, además, la primera mujer en tocar el mismo suelo lleva bandera roja, de hoz y martillo. El cuarto producto, See, elige la distopía en la línea de Juego de Tronos: tras una hecatombe vírica mundial, los pocos supervivientes son ciegos.
¿Quién faltaba en la tele? El gigante Disney Plus. Ya ha comenzado en Estados Unidos y en marzo de 2020 entrará en Europa con el catálogo de Marvel, Lucasfilm, Pixar, Century Fox, etc. El capítulo inicial de El Mandaloriano nos traslada a Star Wars después de la caída del Imperio. ¿Y España, qué? Pues parece que solo sabe contar historias en los spots de la lotería de Navidad. ¡Qué buenos anuncios!
Una encerrona. Eso fue la entrevista del pasado jueves de Risto Mejide a Vicent Sanchis, director de la cadena pública catalana. Para la clase política española, que tan pocas lecciones de objetividad y pluralidad puede darnos en la gestión de sus respectivas cadenas institucionales, TV3 es la principal responsable, junto con la educación reglada en escuelas y universidades, de la rebelión independentista: “Han adoctrinado a Catalunya”, claman como párrocos. Es decir, los catalanes son gilipollas. ¡Cuánto de lo que dicen ahora los líderes del PP, Ciudadanos y Vox, -y también Pedro Sánchez- contra TV3 lo escuchamos durante años sobre ETB! Por entonces, los profesionales de la radiotelevisión vasca tenían cuernos y rabo y apestaban a azufre. Y sentenció Antonio Basagoiti, dirigente pepero de infausto recuerdo, antes de marchar de Bilbao a México: “ETB da bola a ETA”. Se quedó tan pancho y abandonó la Villa.
Cumpliendo su guion de bufón de la Corte, Risto acusó a Sanchis de ser autor de “un adoctrinamiento político vergonzoso” y de informar a favor de la mitad de Catalunya. No hacía preguntas: promulgaba dogmas. Toda la entrevista fue demonizadora y sesgada. Mejide, que es catalán, no quiso ser menos que Cayetana o Arrimadas en su asimilación a Abascal. Digno y profesional, pero algo ingenuo por prestarse al juego, Sanchis salió airoso de la encerrona y dejó al presentador de Todo es mentira como lo que es, el Joker de la tele, de máscara oscura y carcajada heladora.
Este lunes, 11 del 11, cuando se recuentan votos y hay risas o lágrimas según en qué partidos, puede ser el comienzo del cierre o censura de TV3, a lo Maduro y Erdoğan, ante la indiferencia cómplice de los colegios de periodistas. Y un dato: la productora del espacio de Risto en Cuatro es la misma de Sálvame. Idéntica basura de la marca Berlusconi.
La ignorancia crea la mentira. Y la de ahora es que las campañas electorales son un derroche que pagamos todos. Estas son algunas profesiones a las que el voto les da vida y curro: agencias de publicidad, asesores de comunicación, speechwritters, productores de vídeo y sonido, locutores de radio para cuñas, periódicos con anuncios, cadenas de televisión e internet, encuestadores, institutos de demoscopia, tertulianos, imprentas que editan folletos, carteles y papeletas, industria del papel, estilistas, diseñadores gráficos, creadores de webs, estrategas de marketing digital, montadores de carpas, alquiladores de vallas y otros soportes, empleados de Correos que amplían su plantilla (158 más, solo en Euskadi), coches de alquiler, funcionarios de censo, organizadores de eventos, proveedores de catering, dobladores de lenguaje de signos, músicos, hoteles y restaurantes, fotógrafos, gente de relleno para mítines, jueces de juntas electorales, expertos en iluminación, cámaras independientes, bancos y cajas de ahorros que conceden créditos a partidos, activistas de redes sociales, cultivadores de rosas que no huelen, empresas de caramelos y quincalla, diseñadores de camisetas y gorras, repartidores de buzoneo, satélites en alquiler, unidades móviles, policías que hacen horas extras, autobuses para militantes, taxistas, agencias de viaje, chinos que hacen banderitas, humoristas, adivinos de tarot, los del engrudo y las pancartas, alquiladores de sillas, bodegas de champán, Hacienda que siempre saca algo, vendedores de humo, psiquiatras, Ferreras y, por supuesto, farmacias que expenden ansiolíticos y analgésicos. La democracia es una industria, amigo mío. ¿Sabe usted el dineral que invertirán las marcas en la tele durante los intermedios del debate de hoy y los siguientes? Ya le digo: votar da muchísimo trabajo.
Pasamos media vida eligiendo y la otra recordando. Elegir tiene mucho de desgarro de la voluntad, porque pierdes lo que rechazas; y es también su gloria como ejercicio de la libertad. Es una estupidez (intelectual) pensar que las personas votan con el corazón, sin más, renunciando a la razón selectiva. Digámoslo más claro: no existe el voto netamente emocional, como tampoco hay un voto racional puro. Los seres humanos tenemos cuatro dimensiones: mente (racional), corazón (afectiva), alma (espiritual) y cuerpo (física) y estas partes -igual de importantes- no funcionan por separado, pues interactúan, se influyen, se condicionan y, a veces, se tiranizan. Felizmente se solapan. Somos complejos y estamos determinados por poderosos factores externos y múltiples circunstancias ambientales.
El voto sentimental es un mito impulsado por las ideologías aristocráticas, de derecha e izquierda, que disfrazan su falsa superioridad negando la pluralidad de pensamiento. Esta creencia de la elección solo por afecto se ha hecho más honda en nuestra época con las tecnologías digitales de ámbito universal que, junto a la información, nos envían sentimientos entremezclados y desordenados con razonamientos. ¿Y qué hay de novedad en esto? Siempre fue así, solo que ahora son masivos. No, el corazón no vota, votan las personas con todo lo que somos en nuestra existencia concreta. Y no, los enemigos del sufragio libre han sido y son la ignorancia, la indiferencia social y el viejo y nuevo caciquismo. En suma, el voto es el resultado del pacto -¡consenso!- entre la razón y el corazón.
El voto no es ciego
Así como el amor no es ciego, votar tampoco lo es. No conozco a nadie que se haya enamorado sin procesar todas las cualidades y defectos de quien ha elegido amar. El amor no es idiota, ni tampoco el voto. Elegir es un proceso lento y complicado en el que intervienen muchos datos. Se opta entre candidaturas reales y, así como en el amor no hay príncipes azules ni princesas ideales, en democracia lo perfecto no existe. El votante lo sabe y por lo tanto ha de ponderar la oferta de los partidos y su historial, así como la capacidad y fiabilidad de los aspirantes.
Los gobernantes deberían valorar que el voto tiene buena memoria. El elector no toma su decisión sobre hechos nuevos. La ciudadanía recuerda lo que hizo, dijo, no hizo, calló, acertó o se equivocó cada partido, con todos los beneficios y perjuicios que le pudieron ocasionar. A veces, las campañas quisieran borrar el recuerdo. Se vota por el presente y también por el pasado. Ahí está la inteligencia del voto: que no olvida. Y junto al balance de los hechos concretos, el votante guarda memoria de las ofensas, los afectos, cómo se le trató, la grandeza o mezquindad demostradas, los méritos y deméritos y con qué estilo se gobernó. En suma, el elector tiene en cuenta lo objetivo y lo subjetivo. Nadie vota por una cara bonita, ni por herencia familiar o por superficial simpatía. La decepción es un sistema de advertencia, como la aprobación al buen gestor tiene su recompensa. Empiecen los líderes a no tomar por idiota a la gente engañando con promesas de hoy y la prescripción de las mentiras de ayer.
Las campañas electorales tienden a movilizar a los electores con flores, música y sonrisas. Hay un exceso de pompa festiva, pero es solo espectáculo. Los partidos elaboran densos programas de gobierno. ¿Y quién los lee? ¿Acaso no interesan? ¿O será que se rechaza su retórica, su falta de compromiso, sus engaños programados? Las campañas son un conjunto de actos de notoriedad pública con demasiada simpleza y exceso teatral. Son también la suposición de que la gente es estúpida que cambia el oro de su voto por deslumbrantes espejitos. La abstención es su fracaso.
Voto emocional vs. voto racional
Aceptemos que las elecciones son mitad drama y mitad comedia, un hecho social transcendental, pero con apresuramiento y vehemencia formal. La ilusión por renovar y mejorar la realidad exige también serenidad y calma. Tiene mucho de militancia democrática y una porción de rutina cada cierto tiempo. La democracia es un acto de manifiesta igualdad: una persona, un voto que, a algunos, sobrevalorados por su cultura adquirida y competencia individual, les cuesta aceptar. Niegan que su voto valga lo mismo que el de otros electores con menos formación. Es un pensamiento de caciques, autoinvestidos de una autoridad ficticia que les otorga el derecho a pastorear a la ciudadanía según sus intereses.
La derecha y la izquierda tradicionales conservan esos complejos de superioridad e inferioridad en sus trincheras mentales. La derecha cree que los votantes del otro lado son resentidos, ignorantes, envidiosos de sus bienes y dispuestos a la violencia. Y los de la izquierda piensan que los electores contrarios poseen una mente caduca y son guardianes de la desigualdad heredada de las fechorías de la historia, los que rechazan el progreso y los cambios. El sindicalismo militante, con su vetusta lucha de clases, se mueve por estos parámetros mentales. De este maniqueísmo -de buenos y malos, según se mire de un lado u otro- se deriva la dificultad del desarrollo democrático. Detrás de la impresión de que unos votan con la inteligencia y otros con las vísceras está la negación de que todos tienen sus razones y sus impulsos emocionales.
Hay un punto donde convergen la izquierda y la derecha doctrinarias: en la afirmación de que el voto nacionalista es puramente sentimental, de manera que sus seguidores se mueven solo por la pasión de la tierra y el rechazo del mundo exterior. Es un diagnóstico recurrente aún hoy en los mítines y declaraciones de los líderes españoles. También es común entre ellos y sus publicistas a sueldo la convicción de que la izquierda nacionalista es un oxímoron: imposible que vayan juntas ambas ideologías, proclaman. Y afirman que el nacionalismo es reaccionario y la izquierda su única alternativa. Qué viejo y casposo es el discurso que identifica el voto al PNV con el aldeanismo o el etnicismo. No hay en Euskadi, voto más urbano que el del PNV. ¿Cuántos siglos de evolución serán necesarios para que se caigan estos tópicos bobos que separan el voto en dos orillas, la racional y la emocional? Unos necesitan siglos de evolución para cambiar y otros un instante de humildad intelectual.
No menos tópica y falsa es la idea de que el voto socialista en Euskadi proviene de la población emigrante y el nacionalista de los apellidos vascos. O que el conocimiento del euskera da más votos a la izquierda abertzale. Estas y otras por el estilo son las peregrinas apelaciones que demostrarían la carga emocional que condicionan a los electores y por tanto su perversión. ¿Por qué los partidos y los politólogos no se dan un paseo por la realidad en vez de verla desde el gallinero?
Las tecnologías globales aportan nuevos desafíos a la dualidad del votante. Hay un estilo de comunicación política que sabe que las razones sienten y que las emociones piensan y han decidido sacarle partido. Su contradicción absoluta es la posverdad, que algunos definen como “la mentira emotiva” y que en realidad es una deformación de la opinión pública mediante la exageración de los sentimientos. La exacerbación pasional no pertenece al universo de las emociones que las personas necesitamos para ser felices y seres plenos. La posverdad es la frustración nutrida de sentimientos de pérdida y de la negación de la decadencia de un modo añejo de entender el poder. En la práctica, es un predominio de los intereses económicos disfrazados de patriótica aristocracia frente a un mundo considerado inferior y al que se debe vencer y tutelar. Es un disfraz del más radical fascismo. Nadie que active su inteligencia sin desconexión con su paraíso emocional será víctima de la posverdad ni de las fake news. Mira por donde, lo que está en juego es la libertad y la ética del bien común. Como siempre.
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