
Dependiendo del noticiario que se vea o se escuche, estamos en la segunda o en la tercera ola de la pandemia del COVID-19.
Cuantitativamente, el asunto tiene su trascendencia pues implica una delimitación temporal que puede alterar y , de hecho, altera, todas las estadísticas de contagios, PCR’ s, test de antígenos, positivos , negativos, ingresos hospitalarios y en las UCI’ s y, por fin, defunciones.
Pues no salen las mismas cifras ni los mismos cuadros si se tienen en cuenta los datos desde junio ( segunda ola) o desde diciembre ( tercera ola). Y como la argumentación fundamental que se exhibe una y otra vez es de este tenor, la opción por unas cuentas u otras puede parecer arbitraria.
Cualitativamente, la cuestión se complica pues supone valoraciones subjetivas y objetivas. Y sin despreciar , por la mayor, que el apriori identitario y su conflicto enmarquen un nuevo hecho diferencial – ad intra segunda ola, ad extra, tercera- , por la menor , y en consecuencia, una segunda ola indica que la previsión ha sido suficiente y la acción, adecuada,para que no haya habido una tercera, lo cual sería, a su vez, un triunfo de la política aplicada.
Y si bien es cierto que la gestión estatal de la emergencia sanitaria se está llevando a cabo según principios asimétricos correspondientes a las diferentes autonomías, teniendo en cuenta que los recursos son al cabo compartidos aunque sean gestionados según diversas y a veces contradictorias opciones, ¿ no resultaría útil ponerse de acuerdo en algo tan elemental como la definición de la situación sanitaria? Sobre todo antes de que venga una nueva ola…








