
La pandemia ha traído como efecto colateral la reducción del lenguaje , de las metáforas y de los esquemas narrativos hasta niveles de una simpleza sonrojante , mayormente bélica en su fondo y forma.
Esta reducción, animada frívolamente por algunos medios de comunicación para captar audiencia, está impidiendo tener una visión más amplia no sólo ya de la crisis sanitaria, sino de sus secuelas económicas, sociales y educativas.
Por otro lado, la exhibición cotidiana de gráficos sobre el número de PCR realizadas, positivos, y muertos, así de como porcentajes aleatorios, aun dando la apariencia de un seguimiento científico por cuantitativo de la evolución de la pandemia , termina por resultar muy poco significativa ante la ausencia de una ordenación cualitativa comparativa, percibiéndose cada vez más como un recurso retórico de última instancia.
Por fin, la combinación de esta simplificación comunicacional con la mentada exhibición numérica, multiplicada por el enfrentamiento político tan permanente como inútil está lastrando enormemente la confianza de la ciudadanía.
Quizá sea pues el momento de recuperar la escucha atenta del matiz y de no confundir la discrepancia con el mal moral o el error lógico, así como de llegar a un consenso de mínimos apartando a tanto tecnócrata inculto y a tanto político tan fiel como oportunista de los lugares de decisión.
Quizá sea, en fin, el momento de abandonar el tiempo de la berrea…








