
Al amanecer del 25 de abril de 1974, pese a los continuos llamamientos de los luego denominados «Capitães de Abril» para que la población permaneciera en sus hogares, miles de civiles portugueses ganaron las calles en varias localidades, mezclándose con los militares sublevados.
Los militares del Movimiento de las Fuerzas Armadas se habían levantado contra la dictadura durante la noche anterior al son de
«Grândola, Vila Morena» la canción prohibida de José Alfonso y poco después habían ocupado los puntos estratégicos del país. Ya por la tarde, el presidente Marcelo Caetano se rendía ante el general Antonio de Spinola y partía para el exilio.
Han pasado muchos años desde aquellos acontecimientos y Portugal ha cambiado también mucho. Pero aquella «Revolución de los claveles» generó una enorme expectación en estos lares en los que el franquismo daba sus últimos estertores, aunque el dictador Francisco Franco continuara vivo. Aun así, nadie esperaba un movimiento semejante de unas fuerzas armadas todavía copadas por antiguos alféreces provisionales, promocionados tras la Guerra Civil.
Sin embargo, y más allá de aquella extraña solidaridad entre la gente del común y los militares, lo que más sorprendió fue la ocupación masiva de las calles y de las plazas, aquel deseo de roce colectivo que parecía haber sido evitado por prohibido durante largos años bajo la tutela de la policía política, la temida PIDE, cuyos miembros pronto fueron objeto de persecución y detención.
Deseo de encuentro, de roce colectivo, de alegría compartida, de futuro abierto, de , por fin , esperanza, de aquella esperanza de la que tan expléndidamente hablaba Kant en su famoso texto «¿Qué es la ilustración?»








