
Los mandamases ( y mandamasas, of course) de estos lares norteños todavía orgasmean cada vez que arriba un crucero a sus costas
El Ayuntamiento de Barcelona , en su último pleno, ha aprobado un decreto por el que se limita a 20 personas los grupos de turistas con guía en el distrito de Ciutat Vella, estableciendo el aforo máximo en determinados lugares muy concurridos, y prohibiendo el uso de megáfonos.
Suma así el consistorio catalán una nueva normativa restrictiva consecuente con otras, como la limitación de la llegada de cruceros, que con el desembarco del pasaje, venían colapsando la vida ciudadana.
Lo ocurrido en la Ciudad Condal ha demostrado que aquello de «Barcelona és bona si la bossa sona» es ya un lema del pasado y que el turismo global y globalizado, en la actualidad el mayor negocio del mundo, es nefasto para la vida cotidiana de las ciudades y un pingüe beneficio para las multinaciones.
Y también que la locura de quienes tienen el mando en plaza no tiene límites: según el siempre atento y agudo escritor Quim Monzó, la Presidenta de la Agencia de Turismo y Desarrollo ucraniana, Mariana Oleskiv, ha afirmado en unas recientes declaraciones que su país se está preparando para recibir la previsible avalancha turística que llegará en cuanto finalice la guerra, diseñando rutas en las que «se mostrarán las atrocidades cometidas por Rusia en Ucrania»( sic) .
Obviando por incuria o por mera incultura todos estos precedentes, los mandamases ( y mandamasas, of course) de estos lares norteños todavía orgasmean cada vez que arriba un crucero a sus costas, se inauguran hoteles, restaurantes y comercios de cadenas internacionales y mientras, por poner un ejemplo, los pintxos de cada bar se van convirtiendo en homologadas tapas de catering, cocinadas a miles en sórdidas naves industriales…
(c) by Vicente Huici Urmeneta








