
Mikel eta Asisko Urmeneta nere lehengusuentzat
Para apartarme de la rumia apocalíptica que mencionaba en un artículo reciente el ex-ministro Manuel Castells el Breve, me he dedicado este fin de semana ha reordenar la sección filosófica de mi biblioteca.
Pues bien, en la , digamos, sección dedicada al marxismo, amplia, matizada y bastante completa por acumulación histórica, me he encontrado con una amarillenta edición de El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado del sintético Federico Engels …¡de 1918! Y entonces he recordado que me hice con este libro en una saca familiar que se hizo a la muerte de mi tío Augusto Urmeneta.
El tío Augusto era en realidad un tío-abuelo, o sea, un hermano de mi abuelo Ataulfo Urmeneta, jelkide de pro, que vivía en la casa originaria de Pamplona, en compañía de mis tíos carnales Sure (Resurrección) y Miguel. Tenía en aquella casa un cuarto propio y un pequeño despacho que daba sobre el Paseo de Sarasate- siempre llamado “de Valencia”- que utilizaba para sus menesteres como representante de la famosa casa Roca, dedicada a la venta de productos sanitarios.
Era un hombre alto , enjuto y fibroso y hacía una apología permanente del bien estirarse para mantenerse en forma, de lo cual daba continuas muestras prácticas en cualquier momento y lugar. Además se procuraba una incesante actividad con un toque “sportif” que se manifestaba en largos paseos y en extenuantes partidos de pelota que jugaba en un exclusivo club al que sólo podían acudir hombres, de nombre Larraina.
Soltero irredento, se le conocieron varias novias y la leyenda familiar dice que, ya en el lecho de muerte, se casó por poderes con una de ellas, que vivía en Sudamérica.
Este tío Augusto me caía muy bien y siempre lo he recordado como un ejemplo de vida libre en un contexto bastante encorsetado por los apellidos y la religión (por supuesto, católica): probablemente ha sido el antecedente de una vertiente familiar abierta y liberal que ya ha dado algunos frutos.
El tío Augusto, además, siempre tenía a mano algún regalo y yo apreciaba particularmente unas pequeña agendas de la casa Roca, encuadernadas en cuero, que cada año me daba por navidades y que me sirvieron para garabatear mis primeros diarios, esos que con el tiempo se convirtieron en dietarios y que han nutrido luego todas mis escrituras…








