
Como todos los años he acudido al recital de fin de trimestre de la Escuela de Música en la que aprende piano mi hija.
Al comienzo de la sesión, la sala estaba muy concurrida y, quizá debido a que algunos de los músicos no tenían más de cinco años, se ha mantenido un silencio respetuoso, finalizando cada actuación con un fuerte aplauso.
Al pasar a los pre-adolescentes, el público ha comenzado a disminuir: cada padre o madre implicado ,se levantaba de su asiento, grababa en video la actuación de su lebrel y abandonaba la sala en cuanto finalizaba la actuación. Por lo demás, y a pesar de las advertencias del programa de mano , entre tanto, no cesaban de hablar en voz alta, de gesticular ostentosamente y de dejar correr de aquí para allá a sus criaturas de menor edad.
Con la llegada de los jóvenes, la sala ya casi se ha quedado vacía. Salían los músicos de uno en uno entre tímidos aplausos del profesorado y de algún familiar, actuaban y, haciendo un amago de saludo , abandonaban el escenario rápidamente.
En recitales anteriores, al finalizar el acto, solían presentarse en grupo todos los artistas para hacerse la típica e histórica «foto de familia», pero en esta ocasión, dada la desbandada general, la presentadora ha optado por un agradecimiento escueto y formal.
A la salida de la Escuela de Música, dirigiéndome con paso lento hacia casa , he estado pensando si estos padres y madres que sólo van a grabar en video a sus hijos e hijas y a los que les parece que todo lo demás y todos los demás , sobran, hasta el punto de no saber guardar el mínimo silencio, e incluso de marcharse sin respetar los descansos en cuanto ha finalizado la actuación de su descendiente, si estos padres y madres, digo, se quejarán luego de la mala educación que campa a sus anchas, o si por el contrario, como parece que ocurre en un centro educativo privado no concertado, esa «mala educación» manifiesta forma parte de la » distinción» ( en el sentido de Pierre Bourdieu) que pretenden conseguir para sus hijos…








