Harrypotteando la cultura

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La heptalogía de la británica J.K. Rowling cuyo personaje principal Harry Potter es un joven aprendiz de mago por el que las tiernas generaciones sienten una admiración desmedida, no ha tardado en dar sus frutos más allá del maravilloso mundo de la imaginación. Aparte de traducirse en pingües beneficios para las industrias del cine y editorial, las cuales, con la escusa de extender la lectura entre los más pequeños -como si faltasen referentes clásicos de mejor hechura y Disney no hubiera enredado lo suficiente en el sector- han llevado sin escrúpulos a la literatura infantil y juvenil, las técnicas de marketing propias de cualquier otro producto de consumo: mucha novedad, mucha publicidad y mucho contenido vacuo, su inocente lectura ha conseguido introducir en las desprotegidas mentes de los niños, vetustas ideas paganas, que en su momento, mostraron su ineficacia cuando sobrevino un cambio de paradigma en la percepción espiritual de la conciencia que las dejó obsoletas, quedando como motivo residual para inspiración de poetas que proyectaban sobre su evanescencia un Beatus Ille añorado desde la expulsión del Paraíso, toda vez sus padres han descuidado su educación religiosa, aturdidos igualmente por la lectura perniciosa del “Código Da Vinci” de Dan Brown, y cuya consecuencia lógica ha sido que, en la esfera anglosajona, el folklore que hasta ahora representaba las noches de Haloween o las pintorescas procesiones al monumento megalítico de Stonehenge, haya cristalizado, de estas resultas, legalmente en una religión, que como tal, merece todo mi respeto, pero que como digo, en su día dejó de merecerlo para sus propios seguidores, salvo en las leyendas artúricas, donde Merlín respecto al Rey hacía las veces de un Panoramix que permite a un anciano Asterix convertirse en Superman, moderna encarnación del héroe salvador, azote de villanos, paladín de princesitas.
La gente es muy libre de creer en lo que quiera. Pero lo queramos o no, en asuntos de Fe hay también que prestar atención a cómo esta evoluciona en consonancia con la Conciencia: desde no inmutarse por la infeliz ancestral pura inmanencia, hasta el desgraciado desasosiego postmoderno provocado por una incierta transcendencia, desde el más bruto Panteísmo, hasta el estilizado Monoteísmo, desde adorar a la madre Naturaleza, hasta rendir culto a la deslumbrante ciencia; Todo para llegar al Ateísmo practico militante magistralmente retratado en “El espejismo de Dios” del también británico R. Dawkins, heredero a su pesar de una concienzuda e implacable Teología occidental. Porque sí todo es relativo, entendiendo lo relativo no por “estar en relación”, sino como mal sinónimo “de dar igual” o “ser lo mismo”, corremos el riesgo de ver proliferar en breve, asociaciones protectoras de dragones, Oenegés reclamando los derechos históricos de los Gnomos y quien sabe si enseñando a los escolares a escribir con runas en clase de lengua, a interpretar la cávala en hora de matemáticas, a practicar la alquimia en clase de naturales o a hablar las lenguas élficas de Tolkien.

Es posible que tal y como están las cosas, los haya que en todo ello, no aprecien cierto retroceso de la humanidad o incluso que lo tengan por bueno, y sean muchos quienes aún sospechándolo, no les parezca preocupante la actual marcha de los acontecimientos, por juzgarlo del todo inocuo ante el imparable Happy End que nos aguarda en el despliegue histórico del Absoluto Hegeliano en el que creen firmemente al extremo de no ser conscientes de su Fe. Pero, no sería la primera vez, que una entera sociedad se colapsa, como enseña el mito platónico de la Atlántida o más recientemente la obra del antropólogo J. Diamond donde analiza los conocidos casos históricos de la cultura Micénica o Maya, pues, aunque hoy todavía nos parezca difícil entenderlo por vivir en la cresta de la ola Ilustrada, hay periodos en los que se desaprende u olvida lo adquirido colectivamente, como sucediera con la lectura jeroglífica egipcia o con la arquitectura tras la caída del imperio Romano. A veces sucede por factores climáticos como una pronunciada sequía, otras por continuas guerras, en ocasiones por una mala previsión de los gobernantes…Mas, no pocas veces, todo ello no hubiera sido suficiente para ponerle punto final trágico a su existencia, si sus integrantes hubieran practicado las virtudes individuales y colectivas celebradas en su tiempo, entre las cuales, que duda cabe, hoy en día habríamos de contar el pensamiento crítico, el método científico, el escepticismo, la inquietud por el saber y desterrar para siempre la superchería, los dogmas y la irracionalidad.

Y la Palabra se hizo pecado

Os presento a Fe, Esperanza y Caridad.
Os presento a Fe, Esperanza y Caridad.

El natural materialismo humano, el mismo que empujara a Tomás a pedir pruebas de identidad a su Maestro, llegando a meter el dedo en la llaga para verificar su autenticidad, provocó que los seguidores de Jesús, tomaran al pie de la letra su promesa de volver triunfalmente. Pero, mientras esperaban la segunda venida de Cristo, lo que llegó fue la Iglesia. Y ¡menos mal! porque aquellas gentes de marcado carácter práctico latino, incapaces de sentir una espiritualidad abstracta como la judía, bastante sufrían ya con la reducción de dioses del Olimpo a la Trinidad, como para que se les arrebatara también estatuas, imágenes, medallones, copas, velas, reliquias, cultos, fiestas, libros, cartas, sacerdotes, y cuantos elementos darían consistencia material al Catolicismo.
Así, cuando el evangelista Juan declaró “Y la Palabra se hizo carne”( 1,14) no hizo otra cosa que satisfacer aquel apetito ávido de sustancia, del que participa toda la doctrina cristiana en la que el Dios etéreo, invisible, inefable, infalible, oculto en el Sancta Sanctórum se encarnó en un Hombre, se supone, con todos sus placeres, sufrimientos, sentimientos y voliciones, de no querer minusvalorar tan generoso gesto de su parte.
Y efectivamente, así lo creemos todos los Católicos, Fe que basamos en el legado escrito de los Evangelistas recipiendarios de testimonios directos de los hechos, en los que se recoge imágenes muy ilustrativas de un Jesús que come en casas pudientes, tiene necesidad de descanso junto a sus discípulos, se encoleriza en el Templo, duda ante una petición materna, padece tribulación al ver como se suceden los acontecimientos, tiene sus más y sus menos con la parentela, se deja perfumar pies y cabellos por sus discípulas ¡Perdón! ¡Prostitutas! ¡Perdón! ¡Perdón! unas mujeres que andaban por allí perdidas y le seguían a todas partes. Bueno, a todas partes…¡No! Los Evangelistas, muy, pero que muy sutilmente, supieron hacer referencia a los Bio de Danone, apartando repentinamente al personaje de escena con la excusa de que se retiraba a orar. ¡En fin! En su humanidad, tan humano como cualquiera de nosotros.
¿Qué ha sucedido entonces para que, de la fuerza de una estampa tan relevante como que Dios se haga carne, santificando con ello nuestro cuerpo, nuestra materialidad, y cuanto de ella emana, de pronto se hiciera una lectura abiertamente dispar que repudia a la razón colegir que, de tal premisa pueda seguirse conclusiones como las emitidas en los programas de educación sexual que impartirá la Iglesia en centros religiosos y parroquiales de la Comunidad Valenciana a jóvenes de entre 5 y 16 años, donde se recoge que la masturbación es un vicio o la homosexualidad una disfunción?
Durante la carrera de Teología se me sugirió como posible explicación, que la culpa a este respecto estaba sembrada en el hilemorfismo griego, idea filosófica pagana que nos divide en materia y forma, en cuerpo y alma. Algo de ello hay. Pero no me convence el hecho que de latinos solo se recoja su materialismo mas no sus Vestales y de los griegos su hilemorfismo pero no sus Banquetes dionisíacos, etc. La verdad es que, el cristianismo se nutrió de distintas tradiciones anteriores, como los cultos a Mitra, los misterios griegos, la filosofía de Zoroastro, los ritos egipcios, distintas prácticas orientales, y por supuesto de la cultura hebrea, influencias que desde un principio afloraron entremezcladas, unas veces de forma armoniosa como en la festividad de San Juan o de la Navidad, otras en constante pugna como con los carnavales, pero siempre, con dos marcadas tendencias heredadas: de una parte, la vertiente que denominaré minimalista en la que enmarco la corriente asceta, esotérica, puritana, anacoreta, recogida, separada, sectaria, unívoca, elegida…y de otra la vertiente maximalista, en la que circunscribo la inclinación sensual, sensorial, sincretista, exotérica, exaltada, comunitaria, participativa, plural, universal…Entre ambas corrientes que ya se daban con anterioridad a la irrupción del Cristianismo, apareció la institución eclesial que debió abrirse paso entre los excesos de unos y otros, para acabar imponiendo un modelo que, por serle ajeno como lo es la organización Estatal, a priori no parecía llamado a triunfar en su seno, pero que a la postre le ha permitido sobrevivir, cosa que difícilmente hubiera conseguido de haberse decantado por una de aquellas dos alternativas, siendo la suya la de dar cabida a todas ellas, siempre y cuando no pongan en peligro el monopolio de la interpretación de las sagradas escrituras, la enunciación de Dogmas, el control de las almas a través de la administración de los Santos Sacramentos y no se cuestione la legitimidad jerárquica del sacerdocio. Pues bien, esta tercera vía por la que optó la Iglesia Católica, que requería equilibrios doctrinales entre las diversas posturas, armonizar las múltiples tradiciones apostólicas de las que todos se proclamaban directos depositarios, pactos entre oponentes de fuerzas iguales, ortodoxia, reglamentación, y todo lo que fuera preciso para gobernar una cada vez mayor estructura que crecía por momentos con vocación de perdurar, primó como no podía ser de otra manera, los sacrificios particulares a favor de la causa, que fueron elevados a la categoría de Mártires y Santos, por hechos generosos de dedicación, fidelidad, extremo sufrimiento por persecución y tortura, al extremo de anteponer su Fe a su vida.
Es lo que sucede cuando se tiene por líder espiritual a un crucificado, en vez de, a un rechoncho sentado sonriente como Buda…que a algunos se les mete en la cabeza emularlo, por lo que si Dios pudo hacerse hombre padeciendo por nuestros pecados, acaso ellos, por vía de la mortificación del cuerpo podían convertirse en dioses. Es la falacia que en lógica se conoce como la afirmación del consecuente. Claro que la Iglesia no es la única en cometer el error inverso; hedonistas, onanistas, libertinos, y cuantos deciden entregarse de lleno al frenesí de los placeres carnales, no se quedan cortos al respecto, cuando desean justificarse, sin necesidad alguna para ello, argumentando que si Dios es amor, el Amor es dios, motivo que les convierte en gente practicante, muy celosa de su credo.
De este modo, las dos prácticas ancestrales que al inicio de los tiempos eran realizadas de modo alterno en armonía, pronto empezaron a retroalimentarse mutuamente de modo refractario originándose los primeros especialistas, desde entonces antagónicos: si el uno disfrutaba de la gula, el otro hacía ayuno; si aquel gustaba de recibir masajes y ungüentos en todas las partes de su cuerpo, éste se daba latigazos; que esos frecuentaban fiestas, espectáculos recargados de distracciones bulliciosas con abundante gentío, los otros decidían retirarse del mundanal ruido apartándose de ciudades, pueblos y caminos para vivir en completa soledad, y cómo evitarlo, si la mayoría de los mortales se entregaban a los placeres sexuales, ellos harían lo posible por esquivarlos. No es difícil comprender el desarrollo de estas dos facetas en su paulatina efervescencia: la primera radicalización, apareció en quienes deseaban destacarse del resto emprendiendo el sacrificado camino de la privación, el sufrimiento y el dolor inflingido de modo gratuito al que ya de por si supone el hecho de existir, de lo que cabe colegir que, el mismo debió aparecer en un momento dado del acontecer histórico en el que la abundancia de alimentos, seguridad colectiva, y salud personal, además de vestido y otras comodidades debían estar bastante extendidas como para que sufrir fuera algo diverso a lo que acontecía al grupo del que uno deseaba destacarse. La radicalidad del Maximalismo debió ser muy posterior: Seguramente después de que el modelo radical Minimalista fuera elevado a los altares, alabado, santificado y adorado, lo que ya para muchos fue una ofensa a su modo de vida natural. Pero su extremismo apareció tan pronto lo que desde la Creación de Adán y Eva fuera nuestro instinto primigenio, se prohibiera convertido en pecado, distinción esta que para muchos moderados le añadiera un plus de atractivo del que carecía hasta entonces.
Está bien explicar cómo se sucedieron los acontecimientos, pero ¿cuál fue el factor determinante que hizo preferible institucionalmente para la iglesia la vía Minimalista a la Maximalista? Más o menos ya ha sido apuntada anteriormente: si bien el cristianismo primitivo, espontáneo, libre, personal, que esperaba ardientemente la inminente segunda vuelta de Cristo ponía el acento en la Vida hechos y palabras de Jesús, tan pronto como se percataron que el asunto iba para rato, precisaron de reflexión, compromiso, organización, para poder transmitir la Fe a las siguientes generaciones con la mayor fidelidad posible, de modo que pareció más apropiado decantarse por prácticas que con mayor sencillez permitieran cumplir dichos objetivos que aquellas que pudieran ponerlos en riesgo. Huelga decir que el retiro, el ascetismo, la abstinencia, el ayuno, etc están más en consonancia para dicho menester que aquella otra manera de entender la realidad muy válida para el final de los tiempos, pero de complejo acomodo institucional, más allá de lo que ya la hace pervivir en los individuos la propia Naturaleza. Y precisamente eso fue lo que hizo que la Iglesia, de modo oficial, se decantara por Santificar la especialización en la privación de los placeres: apostó por esforzarse en conservar el camino más arduo y retorcido que da acceso a la divinidad en la convicción de que su dificultad valida su corrección, dado que el otro sendero ampliamente transitado, ya tenía a la misma Naturaleza humana de su parte y no corría riesgo de perder su tradición, si bien, se corría el peligro de dejarse llevar, y no alcanzar la meta. Detrás de esta elección arbitraria de que lo difícil es preferible a lo fácil moralmente, se esconde la milenaria tradición sacrificial, solo que ahora en lugar de entregarse al dios a una virgen, al primogénito, un cordero, distintas ofrendas, o consagración de templos, se le entrega el propio sufrimiento como expiación, no vaya a ser que la simple Oración, el buen comportamiento, y la sola Fe no sean suficientes para un Dios Bueno y misericordioso.
Por supuesto, el culto al cuerpo, el hedonismo, la sensualidad, no han desaparecido de la realidad humana ¡gracias a Dios! Pero si lo han hecho, al menos oficialmente, de la Iglesia Católica, si obviamos lo que sucede intramuros, si solo atendemos a sus discursos. Evidentemente la fuerza del instinto rebasa cualquier propósito de la conciencia, con igual virulencia que esta se propone reprimirlo, unas veces aparece sublimado a través del refinamiento artístico, culinario, científico, deportivo, otras traducido en el ejercicio del Poder, la acumulación de riqueza, la actividad bélica, y no en pocas ocasiones aflora pervertida en el gusto por someter sádicamente a los más débiles, aplicar tortura a infelices, y querer dominarlo todo para ser omnipotentes, omniscientes y omnipresentes, en una versión oscura del Dios al que dicen seguir.
En aquella primigenia elección de la Institución eclesial, aun cuando ya había plena conciencia de lo que se quería, como lo prueba Ireneo en el siglo II, dudo mucho que su desarrollo posterior fuera apetecido antes de que Constantino recompusiera el Paulismo en la maquinaria eficaz que sobrevivió a la caída del Imperio Romano Occidental. Y hasta me atrevería a afirmar que los ulteriores desarrollos más que deseados, fueron consecuencia de una racionalidad enfermiza que convirtió la Teología en un tinglado cuya coherencia interna requería mayores reajustes que todo el sistema aristotélico ptolemaico. Así fue como prevaleció en la historia la Iglesia seguidora del Cristo Muerto, mientras el mensaje y obra del Jesús vivo pervivió soterradamente; Mas para ser justos, la pervivencia de esta última, solo ha sido posible gracias a la fortaleza mostrada por la estructura de la otra, que mal que bien, ha conservado parte de textos, tradiciones, cultos…y quien sabe si hasta de la verdad que dice transmitir.
Pues bien. Va siendo hora de que Roma atienda los signos de los tiempos sabiendo vislumbrar en la otra vía Maximalista, que otrora acallara en favor de la Minimalista, más propicia a sus anteriores intereses, la tabla de salvación que necesita, ahora, que dicha opción parece agotada por haberse desviado de su virtud. La historia ha enseñado que la vía ascética, la privacidad sensorial, el silencio, la soledad, y demás prácticas, bien encauzadas pueden elevar el espíritu hasta el Éxtasis espiritual como en el caso de Santa Teresa, pero también puede arrastrar la mente humana a lo más sórdido y aberrante de nuestra Naturaleza como lo prueban los casos de pedofilia y los cuadros ilustrados por el Marqués de Sade entre cuyos personajes principales siempre figuraban clérigos y miembros de la Curia. ¿por qué entonces empeñarse en apostar por esta vía que ha demostrado no ser segura, cuando existe otra cuyos resultados, en mi opinión, no son distintos de los ofrecidos ahora? Con ello, podría abrirse una segunda vía de Salvación… La mirada estética, la insinuación sensual, la sugerencia sensorial, la aspiración apolínea, el goce dionisíaco, el esfuerzo cosmético, la contemplación narcisista, el culto al cuerpo, y evidentemente el sexo, pueden ciertamente comportar vicios, pero no más que sus opuestos, que también dan lugar al genio artístico como Debussy, la construcción de catedrales góticas, ejemplos de superación y honradez como los atletas y deportistas, las mismas fiestas, la gastronomía, los avances científicos, etc. ¿ Por qué entonces a la una se la continua midiendo por sus virtudes y a la otra por sus vicios cuando amabas bien practicadas pueden traer el éxtasis u orgasmo psicosomático y mal llevadas con exceso sin cuidado pueden degenerar en vicio?
En mi opinión, el Catolicismo debe afrontar su enésima reforma sin miedo a romper con la Tradición, pues es Tradición en la Iglesia acomodarse a cualquier circunstancia sin renunciar a lo esencial, que no son ni el idioma en el que se expresa, ni su vestimenta, ni su calendario eclesial, ni sus liturgias, ni las Sagradas Escrituras, ni la forma en que se administran los Santos Sacramentos, ni siquiera los Dogmas de Fe, pues todos ellos han sufrido y sufrirán diversas transformaciones, sino su supervivencia como Institución, cosa que en principio está garantizada por parte del Espíritu Santo, pero como quiera que los seres humanos estemos capacitados para obrar en contra de nuestros intereses por habernos creado Dios libres a su imagen y semejanza, podría ocurrir que no fuera así, de continuar resistiéndose su burocracia vaticana a hacer lo que sus antecesores supieron hacer cuando debieron hacerlo, es decir, acometer las necesarias reformas, sin miedo a romper con cuanto de accidental y perentorio había en su seno, desprendiéndose de todo ello como si fuera un lastre, para reemplazarlo por nuevas y mas eficaces instrumentos con los que seguir guiando a las almas sin necesidad de cambiar de religión, porque no otra cosa les sucede a las doctrinas que fieles a su tradición, cuando su tradición no fue fiel más que a su necesidad, que acaban por agarrotarse por un idolatrado pasado que las incapacita para responder a la necesidad de su tiempo que pretender atender con fórmulas eficaces cuando fueron aprobadas, pero del todo caducas para su presente, que acaban por languidecer en una escandalosa agonía hasta verse superadas por una espiritualidad de nuevo cuño que si sabe recoger cuanto de bueno había en su antecesora.
Si en nuestro imperfecto mundo, todos los caminos llevan a Roma, con mayor seguridad lo harán a Dios que está en todas partes habitando, no en las leyes pétreas, sino en el corazón de los hombres. Por eso Benedicto XVI debería plantearse seriamente, no ya abolir la obligatoriedad del celibato, la prohibición del acceso de la mujer al sacerdocio, la condena de la homosexualidad, el divorcio y resto de posiciones anacrónicas sin fundamento en los evangelios que alejan a la Iglesia institucional, de la Iglesia Pueblo de Dios, imposibilitando la fluida comunicación de la Verdadera Fe, cosa que en tiempos de Pío IX hubiera sido vanguardista pero que ahora resultaría insuficiente para contra restar el recelo -cuando no mofa- general hacia cuanto se diga desde un púlpito eclesial, sino apostando decididamente por dar cabida dentro de la Institución, sin por ello prohibir las que hasta ahora son la norma – gran error del Vaticano II – aquellas opciones defenestradas por motivos ajenos a la auténtica práctica religiosa, que gozaron en otro tiempo de probado prestigio entre la noble aristocracia, que de actualizarse, podría elevar de nuevo la relevancia social de quien ocupara el Trono de San Pedro, facilitando a su vez, la continuidad de la labor Evangélica.

Por un Sacramento Prenatal

¡Ay! Mísero de mi. ¡Ay! Infelice/ Apurar cielos pretendo ya que me tratais así/ ¿Qué delito cometí contra vosotros naciendo?/ Aunque si nací...ya entiendo/ Bastante causa ha tenido vuestra justicia y rigor/ Pues el delito mayor del Hombre, es haber nacido.

Recientemente hemos conocido por boca del Cardenal Cañizares, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino que, el Vaticano estudia adelantar la administración de la Primera Comunión a etapas infantiles anteriores a los 7 años a las que Piaget no concedió todavía la madurez mental suficiente como para elaborar el pensamiento.  Asunto problemático dentro de la Iglesia por cuanto la Teología ha huido siempre de las vertientes intencionales que apuestan por una Fe pura sin anclajes, y fuera de ella, dada la gran ignorancia que hay respecto a la noción de Sacramento y en consecuencia el enorme atrevimiento con el que propios y extraños al Catolicismo se pronuncian con mayor libertad y gracia con las que Dios en su generosidad se nos ofrece a través de ellos, pues aunque 7 son los Sacramentos fundamentales para el Católico (Bautismo, Comunión, Confirmación, Matrimonio, Unción de los enfermos, Sacerdocio, Confesión), podría entenderse que por definición cualquier cosa es susceptible de entenderse como un Sacramento, desde la inspiración artística, hasta la propia Vida. Y aquí quería yo llegar.

No me parecería mal que los Doctores de la Iglesia decidieran, como en su día se hiciera con el Bautismo, anticipar la Primera Comunión de los más jóvenes a un tiempo en el que todavía creen en la llegada de los Reyes Magos y la realidad histórica de todas y cada una de las figuras Asisinas del Nacimiento, incluida la del Cagador, pues si los padres están autorizados por naturaleza para determinar desde que viene al mundo la criatura, la educación de su paladar por medio de los alimentos, apariencia física a través de la vestimenta, lo que debe o no debe aprender de la cultura en la que está inmerso como puede ser la música, las matemáticas etc, sin esperar a que su hijo decida por si mismo lo que desea o no desea comer, vestir, o aprender, es lógico presuponer que también lo estén para transmitirles con la misma intención e intensidad todo aquello en cuanto creen, pues no solo de pan vive el hombre, sin temor a ver en ello mayor manipulación que transmitirle la lengua materna o a caminar en posición erguida antes de que tenga capacidad racional para elegir entre los distintos idiomas o andar a cuatro patas.

Por si este argumento no fuera suficiente, hemos de tener presente que, de entre el mínimo de los 7 Sacramentos oficiales, 5 requieren ineludiblemente de la razón hecha y derecha, para ser genuino y eficaz, por lo que, que el Bautismo y la Comunión tengan lugar, uno a pocos días de nacer y el otro durante la primera infancia, no solo no me parece mal, sino que me parece inmejorable, si la familia del interesado vive su Fe y creen en lo que están haciendo. Por que yo no estoy aquí para malgastar saliva y tinta de las malas cosas que están mal hechas por gente ignorante, carente de Fe, que acude a Bautizos, Comuniones, Bodas y Entierros, como quién celebra un cumpleaños, sale la Noche Vieja o va a una despedida de soltero, con el único propósito de recibir regalos, darse un banquete y tener una escusa para disfrazarse.
Pero mis estudios de Teología en Deusto, me capacitan para ser más papista que el Papa y proponer aquí y ahora, una idea que ya expuse a mis profesores hace más de tres lustros y que espero esta vez, sea atendida como corresponde en los Obispados, a saber, la creación de un Sacramento Prenatal o si se prefiere, de la Concepción. Yo soy de los que estoy en contra del aborto, por cuanto creo que, desde el mismo momento de la Concepción hemos ahí física y espiritualmente un ser humano.

Cuando los Padres de la Iglesia adelantaron el Bautismo, no se les ocurrió ir más allá del neonato porque su mentalidad romana de índole práctico se lo impedía; para ellos no tenía mucho sentido otorgar el Sacramento a un recién nacido de igual manera que para el Derecho Romano todavía no era persona y mucho menos ciudadano. Sin embargo, en los tiempos que corren nuestra querida Santa Madre Iglesia, si desea convencer en lugar de vencer a la hora de mostrar el aborto como algo dañino para el espíritu humano, nada mejor que instaurar un Sacramento Prenatal para administrárselo a toda mujer embarazada, pudiéndose operar el mismo sobre el propio vientre de la madre o por vía oral ingiriendo unas gotas de agua vendita, ya que de continuar resistiéndose a este proceder, si a San Agustín y compañía les surgiera el problema del Limbo de los niños no bautizados, a Cañizares y Benedicto XVI, les podría aparecer la actual práctica de la Iglesia respecto al feto al que se le niega un mínimo sacramental, como el mejor contra argumento que los proabortistas pudieran escribir en el debate social.
La coherencia teológica de mi propuesta, no puede rechazarse por motivos operacionales, dado que la actual dinámica ya posibilita el hecho inaudito de que criaturas de Dios desprovistas de libertad, voluntad y razón, sin bautizar, confesar, ni haber hecho la primera comunión, participan de la Eucaristía recibiendo el Cuerpo de Cristo infelizmente, sin beberlo ni comerlo, en el útero materno, dado que las embarazadas, a diferencia de divorciadas y proabortistas, si pueden comulgar en misa todos los domingos.