Nepotismo

El nepotismo es una práctica tan antigua como la humanidad. Los filólogos no se ponen de acuerdo en el verdadero origen de la palabra. Hay fuentes que nombran al penúltimo emperador Romano, Julio Nepote, como inspirador del término. Podría ser, aunque, dado que la práctica de favorecer a familiares con cargos y prebendas venía de muchísimo antes, resulta más factible que el vocablo proceda de Nepos, que en latín —no he llegado a descubrir si también en griego; probablemente algún lector me ayude— significa sobrino.

Viene este introito etimológico a cuenta del último par de presuntos casos de nepotismo que hemos conocido. Su característica común es que afectan a las candidaturas de confluencia de izquierda —con el permiso de Iglesias Turrión, que de un tiempo acá es reacio a ese concepto— que se han hecho con el poder en Madrid y Barcelona. Así, a la alcaldesa de la villa y corte, Manuela Carmena, se le acusa de haber enchufado a un sobrino político como jefe de gabinete. Por su parte, Ada Colau habría facilitado la contratación de su pareja como asesor de su partido, Barcelona en Comú.

Si somos honestos, ni uno ni otro caso deberían llamar a escándalo. Hablamos de cargos de libre designación. Es perfectamente natural que Carmena o Colau escojan a personas próximas, máxime si entienden que son aptas para el puesto que van a desempeñar. De haber problema, está en la eterna doble vara y en la inevitable tentación demagógica. Bien sabemos que si los protagonistas de las contrataciones correspondieran a otras siglas, ahora mismo estarían denunciando el desafuero exactamente los mismos que lo niegan.